18 de agosto de 2015

César Bruto (Carlos Warnes)

 
Cuando a Copi le preguntaron cómo había aprendido a dibujar, contestó “copiando a Oski, leyendo al César Bruto de Carlos Warnes”.

Marthita, la hija de Warnes, cuenta que un día un actor de teatro jovencito le pidió material sobre su padre para escribir una obra de teatro. “Yo me quedé un poco sorprendida, turulata, ¿sabés?” –recuerda Martha–, “porque ese pibe desgarbado, con ojotas y jeans gastados, ¿qué podía tener de común con el humor de mi padre?, pero me contó que cuando iba al colegio su maestra le daba los libros de César Bruto para que corrigiera las faltas de ortografía y su incorrecta sintaxis”.

Carlos Warnes fue quien creó ese otro yo, ese heterónimo de analfabeto gracioso y popular. ¿Quién de la generación de los 70 no lo conocía?

El niño Warnes había transcurrido su infancia “adoptado” por una familia bien que lo vestía de marinerito, aunque, según su hija, no lo enviaban al colegio. Su madre lo visitaba con frecuencia, pero no lo podía mantener. Una historia de inmigrantes europeos como cualquier otra.

–Mi padre no fue jamás al colegio –me dice.

Pero para lograr un Bruto como el personaje inventado, había que ser muy culto. Warnes era un autodidacta y su humor casi naif tenía una fuerte impronta argentina. Durante doce años, Carlos Warnes fue el exitoso guionista del humorista-actor Tato Bores, con tres premios Martín Fierro a la creación artística. Un hombre alto y forzudo que tenía un aspecto más de herr professor de filosofía que de humorista político.

ESTILO. “Humor, Sí, Ironía, No”: así definía Warnes su creación; siempre dentro del límite del buen gusto y de la generosidad hacia el género humano. El humor como una forma de piedad.

En una entrevista publicada en la desaparecida revista Extra, se explicaba: “Yo creo que un país joven como el nuestro debe experimentar durante tres o cuatro siglos con toda la gama de gobernantes, jóvenes, viejos, lentos, apresuradas, honestos, deshonestos, cultos, analfabetos, etc. Y cuando tengamos esa experiencia de siglos, sabremos cuál es el tipo de presidente que nos conviene más, y se acabarán nuestras preocupaciones”.

Carlos Warnes se escondía bajo los seudónimos de Napoleón Verdadero, Uno Cualquiera o José Spadavecchia. Había nacido en 1905, y su primer oficio fue el de carpintero. El gran poeta Conrado Nalé Roxlo lo llevó a la redacción de Crítica. Conoció al “Viejo” Botana y convivió generacionalmente con talentos como el dibujante Mono Taborda, Borges, los hermanos González Tuñón, Bernardo Ezequiel Koremblit, pasando madrugadas de chistes, puchos y vino en compañía de amigos como Oski (Oscar Esteban Conti) y Jaime “Tito” Botana. Era, también, otro Buenos Aires, anterior a la larga noche oscura salpicada de sangre.

Nunca fue perseguido por los sucesivos gobiernos de facto. Algún militar ignorante y sin gracia le dijo que mejorara su lenguaje, “hombre, que es usted un mal ejemplo para los niños”.

LOS NOMBRES DEL HOMBRE. Los nombres del hombre. Warnes fue ganando espacio y popularidad en las revistas más leídas de la época, como Mundo Argentino, Aquí Está, El Mundo, Patoruzú, Rico Tipo, Satiricón, Leoplán, Vea y Lea, Clarín. También fundó con Oski la revista Cascabel, en cuyas páginas nació César Bruto, el redactor iletrado que desde su ignorancia y desparpajo –libertad, en definitiva– recrea la actualidad nacional.

En Rico Tipo firmó como Napoleón Verdadero las “Historias de Lío Tras Lío”, relatos de un reino imaginario donde se ríe de los ridículos actos de la clase política. En el mismo tono satírico escribió, a partir de 1960, los guiones de Tato Bores.

Publicó siete libros bajo el seudónimo de César Bruto: El pensamiento vivo de César Bruto (1946), Lo que me gustaría ser amí si no fuera lo que yo soy (1947), Los grandes inbento deeste mundo (1952), El secretario epistolárico (1955), Brutas biografías de bolsillo (1972) y los actualísimos Brutos consejos para gobernantes (1973) y Consejos para futuros gobernantes (1982). Entre medio, El Pequeño Brutoski Ilustrado, a cuatro manos con Oski.
Un buen día decidió retirarse al río.

LA GUARIDA DEL ESCRITOR. César Bruto se compró una pequeña y típica casita de madera sobre pilotes, para protegerse de los repuntes del río Capitán, en Rama Negra, a hora y media de navegación desde el puerto del Tigre, y la bautizó Aymará. Allí vivió durante años y esa casa se convirtió, a partir del esfuerzo de su hija, en un museo que reúne la obra y los recuerdos del escritor.

Para llegar a la casa museo hay que llegar a la Hostería-Restaurant-Salón de Té & Spa Alpenhaus, cuya dueña, Suzanne Holzer de Krieg, una austríaca nacida en Viena, es la responsable de acercar a los visitantes hasta la casa que disfrutó César Bruto.

Del gusto que le daba vivir allí da cuenta su declaración de puño y letra que puede verse en el museo y que muestra su deseo de vaguear y nunca más trabajar.

Todo es diminuto, pero cómodo: la cocina sobre el exterior, el baño, el dormitorio estrecho y la salita-comedor donde escribía, leía y miraba la tele.

Julio Cortázar abre su novela Rayuela citándolo: “Lo que me hubiera gustado ser a mí si no fuera lo que soy”. Y en La vuelta al día en 80 mundos, ubica la prosa de César Bruto a la altura de la de Macedonio Fernández y Adolfo Bioy Casares. Pavada de elogio para un humorista que supo combinar el ingenio con la creación de personajes inolvidables. Tan inolvidables como él mismo.

[Fuente: Diario Crítica . http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=38309]

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