28 de octubre de 2016

Andrés Boero Madrid - Fotografías

Brazo de Monte
Un hombre desaparece en la foresta para aparecer en un atardecer frío, en una helada escarcha. Un oficio que deviene entrelazamiento vital con el territorio. Herramienta, perro, canoa. Bruma o pasto, agua. Una visualidad que se deja arrastrar por las emociones del existir: neblinosa, centelleante, apaciguada. La muerte ronda. La de la propia historia. Expresada en un árbol que resiste, que sobrevive, en una huella que zigzagueante se pierde en el horizonte. En los pastos duros, persistentes. En los animales atentos. Los utensilios prestos. Un hombre aparece en su propia indistinción.
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Andrés Boero Madrid, Uruguay, 1983. Artista multidisciplinario, con su trabajo reflexiona sobre el hombre, paisaje desde la identidad y memoria latinoamericana. Es graduado como Director de Fotografía de la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños. Actualmente, lleva adelante un proyecto de residencia artística en un pequeño pueblo del interior uruguayo, promoviendo la descentralización de la producción artística contemporánea.
[FUENTE: https://revistacarapachay.com/2016/04/12/fotografias-por/]

27 de octubre de 2016

El Delta y su poética - Javier Cófreces


Yo no sé nada de ti…yo no sé nada de los dioses o del dios de que naciste / ni de los anhelos que repitieras / antes, aún de los Añax y los Tupac hasta la misma armonía / Nevándote, otoñalmente, la despedida a la arenilla / no sé nada, ni siquiera el punto en que, por otro lado, caerías / del vértigo de la piedra bajo los rayos…

Así comienza el poeta Juanele Ortiz su canto al río Paraná. Son 180 versos en los que dialoga con el caudal de historia fluvial de su paisaje cercano, exponente de la geografía que habitó y en la que construyó su obra. Los versos del autor entrerriano fluyen como la misma corriente del gran río, y lo interroga desde todas las incertidumbres humanas y esa voz se funde en las profundidades para dar origen a una poesía deslumbrante.

Desde allí accedí al ámbito isleño. El Delta para mí fue una resultante poética, y recuerdo perfectamente un hecho epifánico en mi relación con este paisaje. Año 1990, recreo “El tropezón”, donde se suicidara el poeta Leopoldo Lugones en 1934, allí comenzó todo. Con mi mujer habíamos resuelto pasar un fin de semana en la célebre hostería, era pleno invierno. Cada uno llevaría lecturas preferidas para compartir con el otro en voz alta. No había calefacción en las habitaciones y hacía más frío dentro de ellas que a la intemperie. Por la noche nos acercamos a la orilla del Paraná de Las Palmas, llevábamos un viejo farol de kerosene para alumbrarnos. Mi mujer leyó un texto de Yourcenar, yo escogí “Fui al río”, de Juanele, que empieza así: Fui al río y lo sentía / cerca de mí, enfrente de mí. / Las ramas tenían voces que no llegaban hasta mí. / La corriente decía cosas que no entendía… Luego de leer el poema completo arrojé al agua las hojas de papel que lo contenían y el escrito se fue alejando con la corriente.

Al poco tiempo, comenzamos a frecuentar la casa isleña del poeta Alberto Muñoz, “El establo”, en el río Espera. Fueron noches con más lecturas ante una vieja salamandra, en las que descubrimos la poesía de Enrique Urquía, su Rama negra. Más tarde rescataríamos La cimbra y Amistad en las islas, obras que confluyeron junto a Sintaxis del Ibicuy en La islíada, un auténtico compendio de poética isleña, recién publicado en 2015.

También por esos años iniciamos nuestras travesías en canoa, remontamos el río Salado, el Luján, navegamos los cauces interiores del delta del Paraná y nos animamos a cruzar el Gran Río. Luego de esta aventura con Muñoz escribimos Canción de Amor vegetal, publicado en 2006.
Todas estas circunstancias vincularon inexorablemente las islas y el río con la poética. Conformaron mi acceso personal a una región y a un paisaje. Cada cual resuelve su abordaje a una geografía determinada. Mi opción se planteó a través de la poesía, que operó como un auténtico motor fuera de borda, que en 2003 me condujo a “La blanqueada”, una antigua casa isleña ubicada en el arroyo Caraguatá y que compramos antes de que se derrumbara del todo.

La permanencia y la integración definitiva con el hábitat que hasta entonces miraba de afuera, me llevó a establecer un compromiso mayor con la región, y la necesidad de compartir y expresar la experiencia con el río y el paisaje isleño. Fui en busca de toda la literatura existente. El comienzo ineludible resultó el uruguayo Marcos Sastre con su tesoro literario, El tempe argentino. A la misma época, último tercio del siglo XIX, pertenecen las obras de Domingo Faustino Sarmiento y M. Santiago Albarracín. Posteriormente llegarían las evocaciones de Liborio Justo, Haroldo Conti y de una gran cantidad de poetas que le cantaron al Delta durante el siglo XX.

La tarea de recuperación literaria, más la investigación y las experiencias personales, dieron origen a una obra escrita a cuatro manos junto a Alberto Muñoz, Tigre, que publicamos en 2010. Durante cinco años trabajamos en ese libro de 500 páginas, con la intención de aproximarnos a una suerte de tratado isleño polifacético, compuesto de poemas, historias, bestiarios, glosario y apuntes.

Mi profesión de editor me llevó un poco más lejos todavía, la isla ya no sólo me exigía habitarla, navegar sus ríos y escribir acerca de todo eso. Sentí la necesidad de crear un espacio particular para propulsar la literatura isleña y desde el sello que dirijo, Ediciones en Danza, lancé “La biblioteca isleña”, el sitio que con el tiempo irá recogiendo las obras de todos aquellos que se refirieron a la región. En 2016 fueron publicados los tres primeros títulos que inauguraron la colección: El Delta y su antigua fauna, de Félix de Azara; Aguafuertes deltianas, de Roberto Arlt; y Apuntes isleños, de M. Santiago Albarracín. Aspiro a que año a año los títulos y autores se vayan multiplicando. Esta nueva propuesta contó con el apoyo de dos isleños de ley, habitantes de la Segunda Sección, la poeta y docente, Marisa Negri y el artista plástico, Martino. Ambos llevan adelante, junto a la directora Guillermina, la recuperación de la biblioteca isleña Santa Genoveva, instalada en el arroyo Felicaria.

Podrá observarse que en mi caso no hay forma posible de no vincular la isla con la literatura. Cada uno de los abordajes a la región desemboca en más lecturas, más libros, más poesía…

A la vez, me enteré que existe un proyecto que se está construyendo de a poco y que tal vez algún día logre cristalizarse. Se trata de una antología que abarcará la poética del río desde los albores de la patria. No dudo que en sus páginas encontraremos la “Oda al Paraná”, de Manuel José de Lavardén; “El carapachay”, de Martín Coronado; el “Poema de las islas”, de Raúl González Tuñón; “Loa al Río de la Plata”, de Alvaro Yunque; “Río de la Plata en negro y ocre”, de Alfonsina Storni; “Oda a los viejos y grandes ríos”, de Ricardo Molinari; “Cuenca del Pata”, de Francisco Madariaga. Y no debieran faltar decenas de apellidos ilustres que le escribieron a los ríos de la región, Beatriz Vallejos, Oscar Hermes Villordo, Enrique Wilcock, Ignacio Anzoáteguí, Alfredo Veiravé, Cristina Villanueva, hasta llegar a los poetas contemporáneos más recientes, Diana Bellessi, Alicia Genovese, Miguel Gaya, Ana Lia Schifis y Marisa Negri, entre tantos otros.

Por cierto, en la isla encontramos habitantes, permanentes o esporádicos, que valoran su particular naturaleza. Los centenares de ríos, arroyos y canales convierten al territorio en una superficie móvil, susceptible a transformaciones constantes. Están los que eligen esta zona como lugar de esparcimiento náutico. Están los paseantes que disfrutan los recreos de Tigre y contemplan el encanto de los anocheceres, o sus amaneceres neblinosos. También están los que se acercan a esta zona para la práctica de la pesca deportiva. En fin, las opciones de acercamiento al delta son múltiples… A todas ellas les agrego la que elegí por convicción y belleza y que comparto con tantos amigos: la poética. Fue la que más me sedujo, la que logró atraparme para siempre a este paisaje de infinita riqueza que nunca abandonaré.

[FUENTE: https://revistacarapachay.com/2016/08/12/el-delta-y-su-poetica-por-javier-cofreces/]

24 de octubre de 2016

Estrella Herrera - Fotografías

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Nací en Buenos Aires en 1984.
Estudié y me gradué como licenciada en Artes en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. A la vez fui investigando en la práctica de fotográfica, recibiéndome primero en el terciario de la Escuela Creativa Andy Goldstein y después participando de los talleres artísticos de distintos los fotógrafos Juan Travnik, Adriana Lestido y Julieta Escardó y la artista plástica Diana Aisenberg.
En el 2008 gané una beca de estudio para ir a estudiar a la Universidad Federal de Minas Gerais Brasil donde tomé clases de teoría del arte e hice talleres de producción fotográfica.
En el 2009 gané el 2° Premio del Concurso Estímulo de Fotografía Francisco Ayerza de la Academia Nacional de Bellas Artes. 
Participé de exposiciones colectivas como el Salón Nacional de Fotografía en el Palais de Glace en 2008 (Bs As), Concurso Metrovías en 2009 (Bs As), Las Palmas 2010 ( Bs As), Concurso Iberoamericanos 2010 ( La Paz), Koop. activ.e, StudioFroh 2010 ( Berlín), Collective Bodies 2011 (Belo Horizonte).
Siempre me interesaron los espacios de discusión y creación colectiva. Formé parte de la C.I.E.P.A (Compañía itinerante de educación por el arte; 2011-203) y RONDA (2010-2011). 
Desde el 2013, junto con Agustina Triquell, llevo adelante la residencia NidoErrante, para artistas que utilicen la fotografía. Nido una experiencia de producción que reúne artistas de diferentes regiones del país y latinoamérica para trabajar en relación a un lugar y comunidad específica con proyectos de fotografía. Desde el 2014 formo parte de RIFA (Relatos e imágenes fotográficas en acción), grupo interdisciplinario formado por personas con caminos diversos ligados a las ciencias sociales, las artes visuales y la práctica fotográfica. Con RIFA participamos del Festival de Fotografía de Valparaiso en 2014 trabajando en la reconstrucción de los ámbunes familiares de familias afectadas por los incendios de marzo del mismo año. 
En 2013 participé del Festival de Arquitectura Open House con la instalación de dos cámaras oscuras en distintos edificios de la Ciudad de Buenos Aires.
Como docente di talleres de fotografía en bibliotecas, escuelas primarias y la Unidad Penitenciaria 48 ( CUSAM) junto con la C.I.E.P.A y con talleres privados para adultos. 
Vivo en Buenos Aires, trabajo en mis propios proyectos y como fotógrafa para distintos medios.
 
[FUENTE: https://revistacarapachay.com/2016/08/12/fotografias-por-estrella-herrera/]

23 de octubre de 2016

Guillermo Korn - Lo que arrastra el río

El río oscuro fue su primera novela. Y también la única. Fue publicada por primera vez en 1943, cuando su autor no llegaba a los treinta años. Hasta entonces, sus escritos abonaban las páginas de algunas revistas de izquierda; y desde 1940, las del diario comunista La Hora, en el que llegaría a ser secretario de redacción. Alfredo Varela dejó entre sus papeles personales otra novela esbozada a mediados de los años cuarenta. Listados, publicaciones oficiales, un mapa de la región, boletas de pedidos de libros en la Biblioteca Nacional sobre la cosecha de algodón y notas a lápiz, de letra ínfima –que encontramos con Javier Trímboli para una investigación conjunta– insinúan que su contenido iba a girar en torno a los algodonales chaqueños. Las condiciones laborales y las tenaces explotaciones vuelven a reclamar su atención.
El tema asomaba en El río oscuro a través de la vida de los mensúes –trabajadores de la yerba mate– casi siervos en la zona del Alto Paraná: aquella región transnacional, sin ley, comprendida por Paraguay, el sur de Brasil y las provincias de Corrientes y Misiones. El resumen, no hace justicia con los matices múltiples del libro. Ampliemos, pues. Su registro da cuenta de un exhaustivo conocimiento de las distintas labores en torno al proceso de la yerba mate, como de las condiciones de conchabo, de engaño, maltrato, semiesclavitud y muerte, en medio de fallidos intentos por romper ese designio. En la trama no faltan las pasiones amorosas, como tampoco la experimentación formal en su estructura narrativa.
Varela había publicado –en 1941– una serie de notas periodísticas de denuncia, en una revista masiva primero y luego en otra destinada a la militancia comunista, que servirían como base de la ficción. Existen desplazamientos entre el Varela periodista y el Varela narrador que lo alientan a recuperar, reciclar y reconvertir bajo nuevas formas aquel material. El resultado fue un ensamble que recorre la tensa convivencia entre conquistadores y aventureros, pioneers y misioneros, mensúes y explotadores, salpicada con citas de Whitman, Ambrosetti o Amaro Villanueva. En Varela, el credo iniciático surge de la lectura de Rafael Barrett y de la distancia frente a lo que considera un exotismo mistificador por parte de Horacio Quiroga. Al repasar las notas periodísticas de 1941 surge un dato significativo: Ramón Moreyra, nombre del futuro protagonista de su historia, existió. Pudo escapar de un yerbal y sobrevivir para contarlo. Un hombre de valía, un sobreviviente, una especie de rebelde primitivo. De eso se trata. En varios comentarios que valoraban la denuncia por sobre la ficción se leyó como pedagogía política, hasta festejar la presencia de líderes de masa que el libro no contiene. Ni Moreyra ni los demás protagonistas eran presentados por el narrador como héroes. En todo caso, la historia de Ramón corre en paralelo a la Historia. El río oscuro se presenta serpenteante, en oleadas, con cuatro variaciones: el relato sin título con la historia del protagonista; las partes de “Galope en el río” donde aparece su lucha por sobrevivir en una precaria jangada con el río revuelto; y como telón de fondo “La conquista” y “En la trampa” –partes que se intercalan y fluctúan en un lenguaje por momentos poético, por momentos informativo. Allí aparece la vida de la región y las búsquedas del oro verde.
Su moderna estructura narrativa cobija un particular registro del mundo popular. El boliche como escenario donde el ánimo se desata o se aplaca, según cómo pega el alcohol; el sitio donde se comparten los pesares y las ilusiones futuras sin sanciones morales, que sí señalaron las críticas contemporáneas a la novela (1); a pesar del montaje que sostiene el engaño y el reclutamiento de trabajadores. Mujeres sensuales y voluptuosas, o magras y agotadas por la tarea física, parecen integrar el escaso patrimonio comunitario. El fogón, a diferencia de los relatos de frontera del siglo XIX, no comprende la disolución de jerarquías, porque en El río oscuro los patrones y los trabajadores no comparten espacios salvo aquellos donde se explicita la violencia. El fogón habilita un coro que hilvana las historias narradas en voz baja, de tono confesional, donde las más de las veces se tematiza la fuga. Polifonía de susurros clandestinos.
El río oscuro sigue siendo una novela que no posee fecha de vencimiento: en su singularidad habita un universalismo que permitió su traducción a quince idiomas y tiradas de cientos de miles de ejemplares. La maquinaria de prensa del Partido Comunista al que perteneció su autor (2) en primer término, y que la novela fuera llevada al cine -en 1952- amplió el marco de lecturas y lectores posibles. Hugo del Carril fue director y protagonista de Las aguas bajan turbias. Ambos realizadores, también Eduardo Borrás, trabajaron en conjunto en el guión, a pesar que de Varela no aparece consignado en los títulos por estar preso bajo el peronismo, al que adscribía el director del film.
El río oscuro significó, sin minimizar esos datos, un paso más allá en lo que refiere a la literatura social. Su propuesta es narrar el mundo del trabajo sin artificios, superhombres ni construcciones colectivas. La yerba mate, fuente primaria de subsistencia, aparece como modo de salvación laboral, pero también de condena, o de muerte. Como el río que introducía a los trabajadores a un paraíso que se convertía en un infierno del que difícilmente podía escaparse. De allí que, corriente abajo, transportara los restos humanos de aquellos que se animaron a resistir, y muy excepcionalmente sus aguas meciera a un hombre que gana la libertad.

Guillermo Korn es docente y ensayista. En 2015 publicó –junto a Javier Trímboli– el libro Los ríos profundos. Hugo del Carril / Alfredo Varela: un detalle en la historia del peronismo y la izquierda, por Eudeba. 
Notas:
  1. El escritor Raúl Larra le reprochará a su camarada Varela, en La Hora, el diario del Partido Comunista, el “excesivo sensualismo” y la “crudeza sexual” de la novela.
  1. Y por el que viajó como delegado argentino a los congresos de Polonia y Hungría en 1948, visitante de la URSS –como testimonia en Un periodista argentino en la Unión Soviética. Desde entonces fue un activo partícipe del Consejo Mundial de la Paz casi hasta su muerte, en 1984.

[FUENTE: https://revistacarapachay.com/2016/04/12/850/]

20 de octubre de 2016

Teatro Independiente: El acompañamiento, de Carlos Gorostiza

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Tuco (Enrique Villa) es un cantante de tangos frustrado. Cierto día decide abandonar su trabajo como operario en una fábrica para cumplir su más anhelado deseo: cantar en la televisión y ser como su ídolo Carlos Gardel. Para lograr su meta, se encierra en un cuarto de su casa, armado con un cuchillo, aislado de su familia y del mundo que lo rodeaba.

Dado que los intentos de la familia para alejar a Tuco de esa aventura son en vano, deciden recurrir a su mejor amigo Sebastián (Bruno Cataldi) para que este intente convencerlo de abandone su utópico sueño y devolverlo a la cordura y al comportamiento social esperado por todos.
A partir de ahí y con el desarrollo de diversos diálogos y reflexiones sobre el valor de los sueños, el peso de las decisiones, la amistad, el éxito y el fracaso, y la verdad que puede esconderse atrás de la "locura', Sebastián encontrará en Tuco un espejo donde poder mirarse y poner en duda la aparente locura de su amigo.

Actuan: Enrique Villa y Bruno Cataldi.

Danza: Catalina Jure

Músico en vivo: Mateo Abelenda.

Dirección y puesta en escena: Ariel Donda

Coordina: Susana Tognola.

13 de octubre de 2016

Correspondencias isleñas: Ines Garland – Eugenia Almeida

La Revista Carapachay convocó para este nuevo cruce epistolar a las escritoras Inés Garland y Eugenia Almeida. Ellas no se conocían personalmente antes de estas cartas. Pero, más allá de eso, comienzan aquí una charla en donde lo familiar, la memoria y la escritura giran sobre el espacio del río para indagar una geografía. Porque todos estamos, tarde o temprano, atravesados por la experiencia de un río. Con las cartas irán también las fotos que Inés Garland quiere mostrarle a Eugenia Almeida. Una selección familiar que acompañan los textos, que se entremezclan. Así se irá macerando este diálogo intenso, emotivo, entre dos grandes escritoras, que saben contar, que saben conmover. Que saben compartir con las palabras.

Querida Eugenia:

El río está en mi vida desde siempre, desde antes de saber la palabra río. En nuestra vida, el río es nuestro, de mis abuelos paternos, de mi padre, de su hermana, de mis primos. Dicen que la sangre es más espesa que el agua: para nosotros el río es agua y también sangre. Somos sangre de su sangre. Lo oigo nombrar y tiene el peso de los amores verdaderos. Es tanto lo que lleva de mí y lo yo que llevo de él y de la isla, que estuve días sin saber por dónde empezar esta carta (nosotros le decíamos “la isla”, y los niños ciudadanos amigos se imaginaban una isla redonda con una palmera). Empezar la carta por cualquier parte, un detalle cualquiera es la punta del hilo de oro. Hoy decidí empezar como fuera. Me pasé una hora buscando una foto que no encontré. En la foto tengo nueve años y corto una rama de sauce para hacerme una pollera hawaiana. A lo mejor la encuentro antes de terminar este intercambio epistolar. La quería para mirarla, pero la tengo guardada en la mente. Estoy descalza o con medias, embarrada, una polera de algodón estirada y un poco corta, vaqueros. Mi primo Jack, está sentado mirando lo que hago, embarrado también. 

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En la isla se soltaban todas las correas de la semana, las órdenes eran pocas: no bañarse en el río a la hora de la siesta cuando los grandes duermen, lavarse los pies antes de meterse en la cama, no zambullirse de cabeza porque puede haber un tronco sumergido, tener cuidado con la corriente. No las obedecíamos. Cuando los grandes dormían íbamos a uno de los últimos muelles de la costa, que tenía una puertita que se abría al espacio, hacia la corriente. Hacíamos carreras, salto en largo desde el borde del muelle al río, subíamos por la escalera, corríamos de vuelta, tratábamos de saltar cada vez más lejos, ganarnos los unos a los otros. Éramos tres primas Garland, tres primos Bell, después cuatro y cuatro. Seis chicas dos chicos. Durante años, cuando éramos seis, vivíamos todos en la casa de mis abuelos. Los cuartos eran de dos metros por dos. En uno dormíamos todos los niños, cabezas en los lados opuestos de las cuchetas, los pies sin lavar en la cara del compañero de cucheta. En el otro cuarto, que no llegaba a dos metros de ancho, dormían mis padres, también en cuchetas. En el tercer cuarto, de uno por medio metro, cuchetas para mis tíos. En el living, mis abuelos. No había luz eléctrica. En los primeros años, tampoco motor. Comíamos a la luz de un farol de kerosén colgado del techo en el medio de la mesa redonda. Comíamos en el círculo de luz. Todos juntos. La comida del sábado a la noche era roast-beef con papas al horno, mi abuelo era inglés y victoriano, un victoriano de ojotas. No sé cuántas noches conforman mi recuerdo, pero no importa. Esa puede ser mi infancia ahora, en esta carta. Este recorte, la noche en la isla, el río que corre en la oscuridad. Después, con el tiempo, cuando también yo sea grande y sepa el nombre del río y de los canales y de tanto más, y haya pensado y revisado lo que entonces era pura sensación que se me metía en el cuerpo, voy a saber otras cosas, y voy a creer que contesto las preguntas o que entiendo mejor lo que pasa a mi alrededor, fuera del círculo de luz. Pero si nos veo ahí esa noche, sólo veo a la manada, a mí manada. Y tengo la felicidad de formar parte, la desazón y la angustia que trae el riesgo de ser exilada.

A veces invitamos amigas del colegio. De esos primeros años recuerdo a las amigas de mis hermanas, no sé si yo invitaba a alguien. Aparecían con su ropa de ciudad de niñas bien y volvían con una capa de barro en el cuello de volados. La pista de patinaje sobre barro al fondo del jardín no distinguía estilos. Había una que invariablemente volvía con neumonía. No la dejaron venir más en invierno. No la hubieran dejado volver más en verano tampoco si hubieran sabido que nos bañábamos desnudas, que esperábamos a oír el motor de una lancha que entraba por el canal para desnudarnos, los trajes de baño hechos un bollo en el escalón más cercano al agua —¡qué ganas de hacer que se cayera el de la que ahora subía corriendo, los brazos y las piernas doradas, la línea marcada de la elipsis en la espalda, arriba dorada, abajo blanquísima, hasta los muslos y otra vez dorado!—, corre escalones arriba, tiene que entrar otra vez en el río antes de que la vean los de la lancha. ¿Cuántos años tenemos? Diez, once, doce. ¿Cuántas veces hacemos este juego? ¿Dónde están los varones?

El agua dulce en la boca. El barro en los labios. El de la orilla cuando baja el río y nos hacemos baños de barro en la cara, es bueno para el cutis, el barro frío a la sombra, caliente al sol, espeso, chirle, entre los dedos, el barro costra, el barro polvo, el barro podrido de las bajantes; el sol, las maderas del muelle calientes contra la piel, los frutos de las casuarinas que pisamos como si fueran brasas, la quemazón de las gatas peludas; los sonidos, las olas contra los palos, el agua mansa que se abre y acaricia los tobillos, los obenques de los veleros anclados frente a la casa, la oscuridad, los grillos, las ranas, los mangangás, los aguaciles. Ahora mismo, a mil años, está todo ahí. ¿Cómo puede ser? Y la nostalgia, ¿dónde se guarda la nostalgia? ¿En el cuerpo?

Eugenia: No quería hablarte solamente de mi niñez, y escribirte fue la gran oportunidad para rescatar de mi biblioteca de pendientes un libro que me regaló en el 2011 mi tía (la del cuartito de uno por medio metro). Se llama Tigre, de Cófreces & Muñoz. Me enamoré del libro y ahora es otra cosa más que se me vuelve imperioso compartir en mi escritura. Pero ya ves, ganaron los recuerdos.

Hace casi treinta años que dejé de ir al río regularmente. Todas las últimas veces que fui, me puse a llorar. Soy del río. Soy del cardumen humano que el río llama con su canto a veces luminoso, a veces oscuro. Soy del bestiario de islas, una gran monchola, una dama de los botes (mujeres del maravilloso capítulo del libro que cuenta la saga de Vittorio Matregrano, italiano que vino a fines de 1800 y logró su sueño de un paraíso isleño comunitario, de su hijo Piero, acusado de pornógrafo por sacarles fotos a las isleñas desnudas —las damas de los botes—, y de su nieto, Olímpico, que se avergonzó de su padre hasta que encontró en parque Rivadavia un libro con esas fotos y entendió algo de quién había sido su padre, algo que ya no lo avergonzó).

Pero dejo esto y otras maravillas del libro para la próxima carta. O no. Porque estamos conversando y nunca se saben de antemano los derroteros de una conversación. Estoy teniendo otra con vos, a través de tu libro La tensión del umbral. Otro pendiente que aproveché para encarar. Sé, por lo que voy leyendo, que puedo conversar con vos. Te mando esta carta con la esperanza de que también vos sientas que podés conversar conmigo.

***

Querida Inés:

Qué extraño y qué natural empezar así. Nosotras que no nos conocemos, que sólo tenemos como lazo esta carta tuya que está sobre mi escritorio. Y tan natural decirte “querida” porque hace días que te pienso y me digo “voy a contestar la carta de Inés”, como si fueras alguien que ha estado aquí desde siempre.

Extraño y natural. Como el río. Así lo definiría yo: con ese cruce de lo extraordinario y lo cotidiano. El deslumbramiento de redescubrir lo que está a la vista.

Acabo de apoyar una taza de café sobre la mesa y he dejado una huella, un semicírculo oscuro sobre el papel de tu carta. No sé por qué, eso me ha hecho sentir que quizás vos también estás tomando algo caliente ahora, que quizás también estés buscando palabras para decirle algo a alguien.

Me conmueve como podés ser tan certera. La definición de tu abuelo como “un victoriano de ojotas” es tan efectiva que logro verlo.

Tu relato de esos veranos con tus primos me resuena como las infancias de algunos amigos. La mía fue más bien solitaria, silenciosa. Cuando usás la palabra “manada”, algo se sacude. Sé bien lo que es. Pude encontrarla de grande. Me pregunto cómo será haber vivido eso en la infancia. Qué seguridades o inseguridades otorga.

Leyendo las primeras líneas de tu carta (y asomándome a lo importante que es el río en vos, en tu familia, en tu cotidiano), me saltaron a la vista las palabras “la isla”. Ese era el modo en que un primo de mi madre nombraba el lugar donde tenía su casa. “La isla”. En algunos de los brazos del Paraná, en la Provincia de Santa Fe. Un lugar al que fui sólo una vez, cuando tenía 8 años. Una curiosa vacación que compartimos mi madre, su primo, su tía y yo. Río. Para mí, el Paraná merecía una palabra nueva. Tanta agua, tantos peces, tanto verde, tanta luz.

en la isla retocada

Aprendí a andar en bote, a pescar “armado chancho”, a saber qué hacer si una raya cortaba los tendones de alguien, a devolver los doraditos al agua, a cuidarme de la furiosa mordida de las palometas. Oíamos de noche la radio, en la oscuridad de la cabaña. Todos juntos en el mismo cuarto. La piel tensa por el sol, el sabor del agua. En las paredes de madera, una línea de pescador. Al lado de las redes, una pila de libros: una biblioteca orillera que disfrutábamos bajo los árboles. Pececitos fritos para el almuerzo. Una mezcla aceitosa para untarse en la piel y espantar los mosquitos.

Posiblemente esos días hayan sido algunos de los más felices de mi infancia. Una semana en el río, rodeada de gente amable. Sin gritos, sin estridencia, sin violencia. Aprendí que el sol castiga de un modo impiadoso. Desobedecí la orden de no sentarme en el bote a la siesta (me escapé por una puerta mosquitera, siguiendo los pasos del perro). Lo pagué con quemaduras de tercer grado en una pierna. Una pierna que, treinta y cinco años después, se llena de pecas cada vez que le da el sol.

Volvimos a la ciudad. Pasé unos días acostada en una cama, tratando de que nada rozara la enorme quemadura, dejando que el tío me acercara libros, pequeños sorbos de jugo de naranja y paño frío sobre la frente.

Tu carta me ha devuelto esos recuerdos, Inés.

Mi tío se llamaba Héctor. Tenía un apellido vasco. Le gustaba tomar cerveza en la vereda de un bar en la ciudad de Santa Fe. Creo que era un hombre bueno.

Muchos, muchos años después recibí una carta suya. Me decía que tenía algunas cartas que le había escrito mi madre cuando ambos eran adolescentes. Me decía que quizás a mí me gustaría leerlas. Recuperar alguna huella de mi madre, que había muerto pocos años después de esas vacaciones en la “isla”. Dije que sí. Él me mandó por correo un sobre con otros sobres dentro.
Cartas y cartas, lazos de personas unidas por el río.

Todo eso me has devuelto hablándome de vos y de tus primos.

El tío Héctor murió hace tiempo. Había quedado en viajar a verlo. No se dio. No sé si él sabía cuán importantes eran para mí esas vacaciones, esos días compartidos, todo lo que aprendí en el río. Creo que, sin habérmelo propuesto, una de mis novelas es un largo homenaje a ese tío, a ese río y a esos días.

Al leer tu carta me vienen muchas preguntas. Y el temor de hacerte alguna que sea incómoda o que, en mi desconocimiento, te deje en territorio hostil. Por eso, suelto las preguntas sobre la corriente del río. Vos agarrá las que te gusten. Y aquí van:

¿Por qué hace treinta años que dejaste de ir al río regularmente? Las últimas veces, cuando lloraste ¿era de pena o de alivio? ¿De añoranza? ¿Tiene algo que ver con la “desazón y angustia que trae el riesgo de ser exiliada” de la manada?

Me gustaría saber más del libro que estás leyendo. Quiero saber más de Olímpico. Trato de imaginarme cómo serán los padres de alguien que recibe un nombre así.

Qué lindo saber que sentís que podés conversar conmigo. Esto también es un río, Inés. Por favor, mi querida dama de los botes, contame algo más.

Un abrazo

Eugenia

***
Querida Eugenia:

No estoy tomando algo ahora mismo y no apoyé una taza sobre tu carta todavía. Pero hay redondeles oscuros en muchos de mis papeles y hasta en las tapas de mis libros, y en cuanto a estar buscando palabras para decirle algo a alguien, a veces me parece que no hago otra cosa. Para decirme algo a mí misma, también, a alguna de las mí mismas que llevo dentro, esas que no siempre toman el mando pero hablan desde las sombras. Creo que escribo para sacarlas de ahí —porque vieras cómo argumentan—, para discutirles o entenderlas, o por lo menos para compadecerlas. Así que no, las preguntas no me incomodan, tienen el mismo efecto de traer a la luz.

Dejé de ir al río porque mis padres vendieron el último barco que tuvimos —en mi adolescencia habíamos abandonado la isla de mi abuelo por los barcos— un patacho naranjero, mangudo, lento, con la mala costumbre de garrear en medio de la noche, de obligarnos a levantar el ancla sonámbulas y volver a anclar en otra parte, a reparo de lo que fuera que esa noche no le había gustado. Habrás notado el femenino plural: cuatro hijas mujeres y un padre capitán que daba órdenes. Una noche sola en la vida: la madre capitana, las hijas y un novio terrestre que nunca se olvidó de la experiencia de levantar el ancla en medio de una sudestada. Pasábamos los fines de semana en la desembocadura del canal, con la ciudad a la izquierda, como una lejana torta de cumpleaños, y un banco de juncos a la derecha por donde salía la luna en las noches de verano. Dejé de ir al río porque hice el intento de armar mi propia manada y mi compañero de fórmula no era de las islas. Y después él y yo nos separamos, pero fue pasando la vida y me ancló un poco mucho en la ciudad, todos estos años soñando con la isla y sin ser capaz de parar la estropada y corregir el rumbo. Entre paréntesis: creo que ese verano cuando dormías con tu mamá, tu tío y la madre de él en el mismo cuarto a la orilla del río, tuviste tu manada. Una manada fugaz, pero que alcanza para la eternidad como muchos momentos de la infancia. Cuando describí la escena a la luz del farol de kerosén, insinué que había cosas que no sabía, las cosas que pasaban fuera del círculo de luz. Me refería a las que pasaban en mi propia manada, a escondidas de mis ojos infantiles, aunque estoy convencida de que los niños lo saben todo, lo saben, como dije en mi primera carta, con el cuerpo, con los ojos de la mente que todavía no tiene palabras para describir lo que perciben. Fuera del círculo de luz había mucho por conocer, pero las primeras perturbaciones estaban ahí nomás, al alcance de la mano, y me quedé demasiados años dilucidándolas.
Yo también tuve la curiosidad de hacerte preguntas cuando leí que te referiste a esa semana en el río como un tiempo que viviste “rodeada de gente amable. Sin gritos, sin estridencias, sin violencia”. Pero también yo tendría miedo de dejarte en territorio hostil. Es emocionante como la escritura pasa de largo por puertas cerradas que se pueden abrir en otro momento, que casi inevitablemente se abren en otro momento para el que escribe, a veces porque le preguntan, a veces porque un relato pide, como si tuviera hambre.

 bailando en el fuego

Flannery O’Connor decía que cualquiera que sobrevivía a la infancia tenía tema para escribir el resto de su vida. Estoy de acuerdo con ella. No hago otra cosa que tratar de conservar ese modo de estar en las cosas, totalmente atenta, asombrada de la arbitrariedad de todo, de que nada tiene por qué ser como es y sin embargo nos acostumbramos como si todo fuera dado. Hace unos meses fui a un cumpleaños en la isla, y, cuando llegamos, dije que el río estaba creciendo a mucha velocidad y que, si seguía, pronto íbamos a estar bajo agua. Otras personas que estaban conmigo se inquietaron, pero no supieron si creerme. Cuenten los escalones, les dije. A la media hora había un escalón menos y yo volví a sentir el orgullo infantil de conocer algo. Se ama lo que se conoce, decía San Agustín. ¿O era “se conoce lo que se ama”? ¿Ya leí esta última pregunta en alguna parte o es que ya me la hice otras veces? Así es mi memoria. Inundada. La primera colectiva que volvió a Tigre ese atardecer se llenó de metropolitanos que no se sintieron cómodos con el agua avanzando sobre la tierra. Me di cuenta de grande, escribiendo, de la diferencia entre nosotros, que subíamos los muebles y la heladerita a la mesa de patas de hierro y nos íbamos de vuelta a nuestra casa en la ciudad, y los isleños. Ellos también subirían sus cosas a los muebles más altos, pero se quedaban ahí, comparando las crecientes por las marcas en la pared. Durante años nuestra vecina isleña vivía a ras del piso. Su casa se inundaba, pero las camas quedaban en un entrepiso que balconeaba sobre el espacio de la cocina. En Piedra, papel o tijera le inventé unos cuartos a ese entrepiso, y a la vecina le inventé unos nietos de la edad de mi protagonista. Ella era como la Doña Ángela de la novela: una mujer inmensa, siempre vestida de negro, con el pelo blanco, las manos cuarteadas, las uñas quebradas con rayas negras; la veo ahora, sentada en el muelle, de espaldas al nuestro. La pollera negra le llegaba bien por debajo de las rodillas, caminaba despacio, arrastrando un poco las ¿boyero? rotas. ¿Les decíamos boyero a esas alpargatas con suela de goma? Yo no sabía que con los años me pondría a pensar en ella tantas veces, que llegaría a sentirla tan próxima y tan lejana. Su apellido era Persoglio, Zulema Persoglio. Si pudiera volver atrás en el tiempo, me sentaría con ella en el muelle y le preguntaría por su vida. ¿Cómo había llegado ahí? ¿Dónde estaba su marido? ¿Cuántos hijos tenía en total? Su hija mayor se llamaba Argentina. Argentina Persoglio. De cómo un nombre puede ser también una puerta.

La curiosidad por los otros, por los otros bien otros, me llegó tarde en la vida. Estuve siempre tan ocupada en desbrozarme, en dilucidarme, en dilucidar a mis padres, en querer saber quiénes éramos, quién era yo, escuchar mis voces, reconocerlas, desactivar algunas para atreverme después a los otros, como si conocerse más sirviera para perder, aunque sea un poco, el pudor, cuando en realidad el pudor lo fui perdiendo a medida que conocí más a los otros. No a los otros de mi manada, a los otros bien otros, como dije. ¿Qué importancia tiene quién soy yo? No soy ni tan monstruosa ni tan diferente. Antes de que sea tarde me gustaría que me dejara de importar. Ahora quiero saber de los otros. A lo mejor las preguntas son distintas. A lo mejor son las mismas. Una vez alguien me dijo que el día que me sintiera una gota en un río que corre, dejaría de preocuparme la muerte. Algo de eso tiene sentarse en el muelle en silencio.

Necesito volver al río.

***

Querida Inés:

Acabo de leer un libro que me hizo pensar en vos, en nosotras, en este intercambio que propició el querido Ronsino.

Se llama, justamente, El río. Es la última novela de Débora Mundani. Una historia conmovedora y algunas imágenes que se quedan, rodeándote, como un sueño: una comadreja haciendo equilibrio en una isla de camalotes; un árbol que desprende su raíz y cae; un grupo de chicos sobre el techo de una casa.

Cuando leo tu frase “Dejé el río porque mis padres vendieron el último barco que tuvimos” pienso que me gustaría ser alguien que pudiera decir eso. Alguien en cuya vida los barcos hayan estado tan presentes que haya habido más de uno.

“Un patacho naranjero, mangudo, lento”, decís. Cuando hablás de tu barco parece  que estuvieras hablando de una persona. Y eso me gusta. Hay algo en los modos de decir que siempre me ha llamado la atención. No podría decir qué es. Me gusta oír. Generalmente recuerdo mejor las expresiones que los contenidos. Y algunas palabras resuenan como si fuera música, una música que me distrae de toda otra cosa. “Ahicito”, por ejemplo. O “ahorita”.

Me gusta esta forma de decir que tenés: un barco es alguien, un relato pide porque tiene hambre. Hay que tener una mirada repleta de agua para ver eso.

Respondiendo a tu carta: las cosas que pasan fuera del círculo de la luz son las que buscan siempre una palabra que las nombre. Aun sabiendo que es imposible. Son como un perro que llora detrás de la puerta para que le abras; son como un barco que “garrea en medio de la noche”.

El lenguaje es, posiblemente, lo que más me interesa de nuestra especie. No. No es eso. Es más bien aquello que queda delimitado por el lenguaje: todo lo que no es lenguaje, lo que corre por detrás, por dentro, lo que es invisible, lo innombrable, lo que se presiente pero se deshace antes de ser sentido, todo eso, estoy segura de que entendés; todo eso es lo que más me interesa de nuestra especie.

Tu carta me ha dado alegría. ¡Boyero! La palabra sonó como un pez que apenas toca la superficie antes de volver a hundirse y, en ese segundo, expone su costado al sol y hay como un brillo, algo, un relámpago de entrecasa. También mi memoria está inundada.

Cuando hablás de Zulema Persoglio y de tus ganas de sentarte en el muelle y preguntarle sobre su vida, vuelvo a la novela de Mundani. Hay una escena en la que dos personas charlan sobre el techo de un frigorífico, rodeadas por el agua del Paraná que ha crecido hasta taparlo todo. Ahora, en la imagen, no están esas personas sino vos y Zulema.

En la carta anterior me preguntaba qué piensa alguien que decide bautizar a su hijo con el nombre “Olímpico”. Esta vez me pregunto qué piensa alguien que decide llamar a su hija “Argentina”. ¿Vos sabés por qué te pusieron Inés? Yo sé que iba a tener otro nombre. Pero el que tengo está bien.

colectiva en la niebla silvia sergi 

No conocía la frase de Flannery O´Connor. Por supuesto, acuerdo con ella. La infancia es un territorio inhóspito para mí. Un lugar al que nunca querría volver, ni siquiera por un segundo. Siempre me ha llamado la atención el culto a la infancia como “época de ensueño”. “La jaula del infierno” la llamaría yo. Aunque haya habido, por supuesto, espacios de luz como esos días en la casa de mi tío.

Querida Inés: las cosas siempre suceden, creo, como en un río. Un río más sabio que uno, que los otros, que todos juntos. Quizás un dios en forma de río. O un río que sabe ser dios. Lo que quiero decir: es raro cómo se enlazan las cosas. Sería imposible explicarte por qué algunas de tus frases parecen venir justo después de una charla muy larga. Un encuentro en el que te hubiera contado qué me preocupa en estos días, qué es lo que he estado pasando, qué fantasmas han aparecido, qué se fue para siempre, qué cosa inesperada vino a surgir desde atrás de los días. Eso parece. Que supieras por dónde ando.

Tu pregunta “¿Qué importancia tiene quién soy yo?” resume todo lo que he querido decir en el último tiempo.

“¿Qué importancia tiene quién soy yo?”

Ojalá puedas volver al río.

Ojalá cuando vuelvas me escribas. Unas líneas aunque sea. Sólo para decir: “Volví”.

Un abrazo

Eugenia

[Fuente: https://revistacarapachay.com/2016/08/12/ines-garland-eugenia-almeida/]

8 de octubre de 2016

Fedra Spinelli - Delta (Fragmento)


Pasaba mucho tiempo en el muelle, mirando el agua. Incluso si llovía suave se instalaba en la punta, observando, sintiendo, dejando que los poros se adivinen en la humedad. Veía las gotas de arriba penetrar la masa de agua de abajo. Veía la forma blanda, sumisa, en que la lluvia se funde para entrar al cuerpo del río. Como las gotas se disuelven a sí mismas cuando lo tocan.
Morir en el contacto para entrar en otra forma de vida. Algo debía desaparecer si se quería la unión, algo del sí mismo, genuino, debía renunciarse si quería ser parte de ese todo. O voluntad o simple destino de agua, o una de sus tantas mutaciones. Todas estas cosas son ciertas.
***
La segunda vez que fue a la isla llegó más tarde. Era casi de noche. Ya muy entrada la hora crepuscular. Esta vez tuvo que remar, el río estaba inquieto, había viento. Cada intento de remo era fallido. El bote siempre estaba en el mismo lugar. Desplegó toda la fuerza de la que disponía, se ubicó en posición recta, en el extremo, tal como la técnica decía. Agregó su espíritu de aventura, su adrenalina y algo de confianza. Pero el río le cerraba el paso, la dejaba inmóvil, el viento la burlaba. Se frenaba y dejaba de remar, la fuerza la arrastraba hacia otra dirección contraria a la casa. Ahora todo era noche, noche arriba y noche abajo, una masa que golpeaba el bote y sacudía. Estaba sola en medio de eso, fuerza contra fuerza.
***
La corriente arrastra objetos, los manipula, los moldea, los transporta, los pasea. Ella decide esos destinos de cementerio para hojas, ramas, botellas, restos de casa o embarcaciones, cosas que la gente abandona.
Ella pensó que hay dos tipos de objetos, los que flotan y los que se hunden. Mientras ve el agua discurrir, crecer, subir la costa y avanzar a tierra. Masa duplicada (aumentada) de agua por la lluvia. Mientras observa el brillo sinuoso de esa danza que hace el río. Intenta hacer una lista de lo que queda en la superficie, lo liviano; y lo que se sumerge, lo que pesa. Trata de descubrir si lo que flota está vivo y lo que se hunde muerto. Pero no puede, no le sirve ese pensamiento. Le preocupa no poder saber qué tipo de cosa es ella. Si se va a ir al fondo o va a rodar a la deriva. Pero ve que el fondo también es una deriva, que si se hunde está viva, que el peso de algo se define en la corriente.
***
En esta historia también hay fragmentos que se hunden y otros que flotan. Y no puedo decir si algunos están más vivos que otros. Si se hunden porque están muertos o porque pesan y van al centro, al fondo. ¿Nos alivian? ¿Nos sumergen? Leer es viajar a la deriva. Estar a merced del río. Es convertirse en objeto de arrastre.
***
El viento sacude todo lo que se pone a su paso. El bote, las ropas, las ramas, los cabellos, los papeles. Se desata con una especie de furiosa alegría, fustiga desbocado a la mujer que lo desafía en el muelle. Y él se enamora de esa terquedad, de esa torpeza.
La mujer mira la violencia de la tempestad. Ve los gigantes, oscuros erectos y danzantes, imagina un ejército de verdes primitivos, antiquísimos, resistiendo tormentas y truenos por siglos, por millones de años. Los ve vivos, los ve bellos. Las hojas como melenas en vuelo, erguido bosque.

[FUENTE: https://revistacarapachay.com/2016/08/12/delta-fragmento-por-fedra-spinelli/]
[Foto: Santiago Fisher http://imagenesdeltigre.blogspot.com.ar/2012/03/equivalencias-vi.html]

7 de octubre de 2016

Roxana Palacios - "De cara al río" - Delta (2012)



De cara al río ves las contenciones,
el hierro que trabajabas con tu padre,
láminas rectas para detener el agua.
Así tu nombre desde la ventana,
la mesa puesta, tu respiración,
la estampida del asma en la casa segura.
Así las tablas sumergidas en el muelle,
el pozo verde y encerrar lagartos.
Caminás la plantación de punta a punta,
la lluvia trae culebras a morir sobre la isla,
flores amarillas como mundos
se rompen en la superficie.
Perdóname, Padre, por enterrarte
debajo de los robles, el barro
se come tu cuerpo inútil,
la voz con que rozabas las hojas
que acababan de nacer.
Voy a beber tu sangre
hasta el fondo del vaso,
masticar las raíces de tu ciencia,
tu voluntad,
nuestros corazones a tu antojo.

Por no dormir fumaste hasta la madrugada,
el sauce al frente de la casa, entre los juncos;
te inclinás sobre la motosierra
como una madera hueca.
Los barcos empiezan a pasar hacia el oeste,
vos limpiás las cuchillas, apilás los cortes,
cavás otro pozo lo llenás;
         después hablás de vos,
de tu destreza para deslizarte sobre el río,
el torso como un péndulo esquivando las boyas.
Dejás las herramientas,
no ves nada más que el fuego que se inicia.

Se habló poco después de la muerte,
se respiró despacio,
caminamos por un pasillo de lajas,
vos fumabas y el humo era otro cuerpo
embolsando mi tapado.
Algunos le cantaban a Racing.
Otros aplaudieron.
Nosotros ni siquiera nos miramos.

Se habla poco después de una muerte.
Se escribe poco.
Un tiempo después, un día que no importa,
recibís un mensaje,
estás frente a tus papeles,
la bandeja del mate a tu derecha,
todas las fotografías en tu lóbulo frontal,
junto al agujero del derrame,
y ahí ves la cara de tu amigo,
limpia, enterita, como una caricia.

El río oscuro (fragmento ) - Alfredo Varela

Capítulo XX.
Al fondo del establecimiento, muy monte adentro, estaba la roña del obraje donde lo habían enviado a Adolfo. Ramón pensaba si no los habrían separado por cálculo. Aquí, el trabajo era sin horario, de domingo a domingo, sin abandonar la faena ni aun cuando llovía fuerte. Al principio cuando quiso averiguar, un tal Alegre le dijo bajando la voz:
-Aquí no se sabe, ch’amigo. Mientras se está en salú, se trabaja nomás, todo seguido; mientras no está oscuro se trabaja nomás…
Tenía la cabeza medio hundida entre los hombros como si constantemente estuviera temiendo un mal golpe. Era el encargado de acarrear hasta el barbacuá los raídos cuando se acercaban los carros llenos hasta el tope. Entonces hundía sus manos en los dos grandes ojos abiertos en los bultos, y emprendía una calculada carrerita para descargarse cuanto antes del terrible peso, mientras jadeaba penosamente. A veces, después de dejar un raído sentíase sacudido por terribles mareos. Pero como por ahí cerca siempre vigilaba el capataz, no podía entretenerse mucho en descansar. Esa vez aprovechó una pausa, después que había descargado el último carro de la mañana. Nadie espiaba por los alrededores, y entonces se detuvo junto a Moreyra, dejándose caer en el suelo, entre las verdes hojas desparramadas al azar. Se enjugaba el constante sudor con un gran pañuelo-pará.
-Esto es la esclavitú, propiamente. Pero si le contara… Yo estuve trabajando con Matiaúda, en el Puerto Paranambú. Queda allá, en la costa paraguaya. Ganábamos 25 pesos al mes. Después que entraba el sol, teníamos que seguir trabajando mucho rato. Y si nos retobábamos, nos volvía locos a gritos. Cuando queríamos largar porque estaba oscuro gritaba: “Mientras que yasechá nandepó ñamba’apó vaëra”…(2)
Se miró pensativamente las manos como si guardara los recuerdos en sus palmas.
-Mal hombre era, sí, mal bicho…
Sobre el barbacuá, surgía agigantada la figura del viejo Sinforiano, erguido sobre su pedestal de yerba caliente. Mientras escuchaba no suspendía el trabajo. Siempre era así, metódico, obstinado, tranquilo.
-Yo estaba trabajando de jangadero. ¡Añamembuy! Allá me agarré esta puntada en los riñones que no me deja nunca. A veces había temporal, y ni podíamos movernos en l’agua ni manejar bien los rollizos. Era cosa de salir disparando. Pero el Matiaúda estaba en la orilla, con el chicote en la mano: “¡Eh, mientras que oky na ñamanó möai”. (3) Y así siempre.
Ramón ya se había acostumbrado a manejar diestramente la horquilla. Enlazó uno de los grandes atados de yerba, lanzándolo con certero impulso hasta el piso del barbacuá, donde el viejo Sinforiano lo esperaba para desparramarlo en seguida. Interrogó:
-¿Anduviste mucho por esos pagos?
El otro movió la cabeza.
-Un año y medio, o más. Después, me escapé. Ya no podía aguantar más. Crucé a la costa argentina y fui a parar a Puerto Segundo. Cuando ya m’iba internar n’el monte, m’encontraron un capataz y dos piones de allí. Resulta que de Paranambú habían mandado este mensaje: “Anoche se me fugaron dos. Si salen por esos rumbos, metanlén bala”.
Se quedó parado en la puerta del galpón, mirando hacia afuera. Desde el lugar, penumbroso en que se hallaba, Ramón veía destacarse contra la luz solar el cuerpo encogido de Alegre, como una enorme araña rosando en su tela, indiferente a los sucesos, cansado de ver desfilar ante su vista tantas cosas iguales, tantos horrores, tanta locura. Permanecía allí callado, enredándose en sus perdidos pensamientos.
-¿Y después?
El hombre tuvo un leve sobresalto, como si ahora lo molestara la curiosidad del huayno. Después se puso de espaldas a la luz:
-Me salvé a gatas. Yo no sabía que otro compañero se había huido al tiempo que yo. A él lo habían alcanzado la misma noche cuando estaba por tocar costa argentina a nado. Le pegaron tres balazos, y listo. Pero los que yo encontré eran buena gente. Me dejaron ir, y entonces seguí viaje. ¡Qué penurias, ch’amigo…! Pero si encima le contara todo lo que pasa aquí…
Ahora se interrumpió bruscamente. Había visto venir lejos a un capataz y un miedo súbito hizo nido en él. Hundió la cabeza más profundamente aún, como si fuera a zambullirse en la luz, y salió dando tropezones.
Ya nada turbaba el silencio del galpón, uno de esos silencios de las mañanas tropicales, que se imponen a todos los ruidos con su pesadez abrumadora. A veces, chisporroteaba un trozo de yerba, o se oían sus leves crujidos de protesta cuando el viejo Sinforiano movíase sobre las hojas, con sus agrietados pies desnudos. Pero esos mínimos ruidos contribuían a destacar más aún la mudez de las cosas y de los hombres. Ramón se sentía tentado de confidenciarse con el urú. Pero parecía imposible atravesar el silencio, y además el viejo Sinforiano gustaba trabajar reconcentrado, con una testarudez estoica, como si estuviera convencido de que si suspendía por un momento la tarea ya nunca más podría reanudarla. Con movimientos iguales y pausados, rítmicos, empuñaba la pala firmemente, distribuía los manojos verdes, vigilaba los que estaban suficientemente chamuscados y seguía moviéndose en el estrecho recinto semejante a un gato montés prisionero que palpara incesantemente las rejas de su cárcel, obstinándose en la posible huida. Después de contemplarlo unos momentos, Ramón dejó la horquilla y abriéndose la bragueta comenzó a mear tranquilo, indiferentemente, sobre la yerba que habría de ser quemada poco después. El líquido refulgía un insume sobre las hojas, y luego deslizábase por el corto tallo hasta filtrarse y desaparecer para mojar a las de abajo. Por la abertura que servía de puerta al galpón llegaba el resplandor del sol, y con él los mosquitos y un tábano grande y azulado. Se posó en el brazo de Ramón, que lo aplastó casi sin mirarlo, despanzurrándolo. Después, siguió orinando.
***
Galope en el río 3
“Alguien siembra palomas
por el asombro de la tierra roja”
Juan E. Acuña
…los rayos de este sol demasiado joven que lamía perezosamente el paisaje, iluminando el disco de agua con su beso mojado. La jangadilla seguía dando vueltas pero siempre en forma lenta, con una lentitud medida, con la persistencia de la fatalidad. Presentaba al este su parte ancha, luego ese costado donde más maltratada había sido y donde colgaban de los isipós algunos restos de cañas rotas y en seguida el otro extremo donde aparecían los desnudos pies del hombre dormido y el otro costado inmediatamente, y luego recomenzaba la vuelta bajo el sol que ahora tenía una cara redonda y colorada, de incorregible borracho. La jangadilla parecía ir palpando las puertas del agua como para encontrar la salida de la jaula y en su búsqueda recorría todo el vasto círculo hasta volver al punto de partida para empezar otra vez como si fuera la primera vez; y en ese incesante palpar la acompañaban unas cuantas naranjas podridas y una gran cantidad de hojas desparejas, anchas algunas, otras chiquitas y redondas y otras alveoladas y otras puntiagudas o con los bordes dentados, pero todas juntas, estrechamente unidas por los desperdicios y la basura y el agua sucia como si estuvieran unidas desde el comienzo y como si todas pertenecieran a la misma planta; y todas esas cosas arrojadas por el río al remanso para conservar su pureza cristalina, y ese leño medio negro y medio quemado, esas naranjas y esas hojas reunidas como obedeciendo a un solo tallo, giraban lentamente junto a la jangadilla que seguía dando su interminable paseo por el petrificado espejo; y pasaban las horas y la aburrida danza no era alterada mientras el sol cumplía sin prisa su camino por el cielo cada vez más amplio y luminoso que echaba su luz a raudales, como un enorme balde de agua, sobre el hombre dormido y exhausto, que con la ayuda del sueño y del instinto iba alejándose cada vez más seguramente de la derrota total, es decir, de la muerte.
Hacia mediodía esa calma ejemplar fue quebrada de pronto. El hombre abrió repentinamente los ojos y tomó conciencia inmediata de lo que lo rodeaba. Sentía el cuerpo molido, pero ahora podía manejarlo, como si esas ocho o diez horas de sólido sueño hubieran ido encajando cada miembro y cada nervio y cada hueso y cada músculo en su exacto lugar; y todo era maravillosamente real y en lugar de estar ahogado y partido se hallaba con sus muslos y su culo sólidamente asentado sobre las tacuaras, y la jangadilla era la misma que había fabricado apenas la noche anterior y estas cañas tan empapadas que el sol iba secando con pequeños y curiosos chasquidos, eran las que él había cortado con sus propias manos, con esos dedos gruesos y morenos y nudosos como diminutos troncos, gruesos y cortajeados y cubiertos de heridas y de sangre seca; y de pronto lo invadió un torrentoso júbilo al encontrarse vivo aún, y al parecer a salvo, y todo le pareció sorprendentemente familiar y amigo como sus antiguas manos trabajadoras con sus uñas chatas y terrosas, y la catarata de esa pelambre en su pecho desnudo y esos grandes pies sólidos como barcos que erguíanse allá, al extremo de la jangada, con los dedos machucados y mordisqueados por los peces; todo era familiar como ese divertido y un poco mareador juego de las costas que variaban con el continuo rotar de la jangadilla en el remanso y… Pero no. Había algo diferente: el río. Este tan chato y dormido río, este apacible buey de agua que procuraba pasar desapercibido tras su tímido balanceo entre las orillas, no era el que había conocido vertiginoso y brutalmente varias horas antes; ni la rabiosa perra cuyos dientes amarillos lo habían triturado durante minutos que valían por años; ni la delirante tromba que lo arrastraba como una hoja desprendida y sola por los cerrados caminos del agua. No. Ya no creía en esto que ahora se presentaba como una caricia de aceite lustroso ni podría creer nunca más. Aunque continuara viéndolo así, domesticado y bonachón, en la paz de sus amplias canchas, en la premura jubilosa de sus correderas o en la suavidad viscosa con que lame las costas cercanas, ya no podría confiarse jamás sin recelos a su abrazo siempre dispuesto. Ahora había visto su rostro tormentoso y esa boca alucinante en la locura del remolino, recordaba cómo había abierto repentinamente su abismo de piedra para envolverlo en su oscuro abrazo. Recién ahora media la exacta identidad del río. Nunca más podría engañarlo.
Y entonces pensó en salir del remanso y le sorprendió ver que lo conseguía fácilmente y fue orientándose hacia el canal hasta que una violenta vaharada de agua lo tomó por su cuenta, arrastrando velozmente las tacuaras río abajo. Le costaba conservar el equilibrio al principio, pero pronto estuvo de pie mientras la balsa seguía descendiendo con rapidez entre las verdes costas. Y recién entonces se dio cuenta que estaba completamente desnudo, porque la ropa había sido arrastrada por las aguas en la furia del torbellino y los calzoncillos habían sido rasgados como tiras de papel hasta desprenderse en una de las etapas de la lucha contra el enemigo de agua. Bulliciosos espumarajos iban a golpearlo en la cara descubierta, en las rodillas gruesas como raigones, en los testículos de bronce bañados por esa caricia negra que surgía como un monte de las ingles, en la barba caudalosa que parecía haber crecido con más fuerza en las últimas horas y en esos labios endurecidos que ahora se abrían en una amplia sonrisa coma para abarcar la gloria del horizonte. Él no se dio cuenta cómo había sido, pero súbitamente fue creciendo en alguna cueva de su cuerpo, ganó la sala sonora del pecho, alzándose ágilmente con la garganta y de pronto el grito jubiloso estalló ampliamente, haciendo una fuerza terrible para abrir paso por la boca de anchos labios y expandirse entonces hacia afuera, hacia la inmensa claridad del día. Fue un grito humeante, con alas, que parecía arrojado por diez hombres a la vez, como si él lo hubiera ido criando desde gurí, durante meses y años espesos, en su tenaz estatura de hombre callado; como si lo hubiera ido alimentando con sus silencios y sus pausas para que surgiera en el momento oportuno:
-Pi… pi… piú… JUUUUU!!
Atrás quedaba la mueca de Santa Cruz y los restos de Frutos y los martirizados yerbales silvestres; atrás el pavor del remolino y el chasquido de la guacha sobre las espaldas mojadas y el bulto anónimo del hijo que no había llegado a ser suyo; y la caza frenética del hombre y la tos seca de la Amelia. Dejaba a sus espaldas nada menos que una época y marchaba raudamente hacia la otra conducido por esas frágiles tacuaras, viajaba hacia los yerbales de cultivo y el Sindicato, hacia allí donde los hombres son igualmente explotados pero luchan unidos en defensa de su dignidad, y donde él tenía seguramente un puesto reservado porque estaba dispuesto a hacer pata ancha allí como en todas partes. Viajaba como un oscuro ramalazo, como un golpe de viento, por las correderas amigas del Paraná, de pie, en pelotas, iluminado plenamente por el sol violento del mediodía.
-Pi… pi… piú… JUUUUU!!
El grito salvaje conmovía hasta sus raíces a los árboles costeros, rebotaba en las resbaladizas rocas y erraba por el cielo abierto que seguía derramando su luz a raudales sobre el exuberante mensú. Abierto de piernas sobre las delgadas cañas, Ramón seguía su viaje río abajo, abandonando una época y yendo al encuentro de la otra. Pero él no lo sabía. Sólo abarcaba una confusa sensación de su triunfo sobre las emboscadas del hombre y de la naturaleza, y una alegría gigante que únicamente podía expresarse con ese alarido triunfador que lanza el hachero ante el árbol derribado:
-Pi… pi… piú… JUUUUU!!
El canal viboreaba sorpresivamente acercándose a peces a la costa. Desde allí, tres chinas lavanderas levantaron la cabeza y soltaron la risa ante el espectáculo desacostumbrado. Sólo veían a un mensú desnudo y ridículo, gritando como un loco entre la mansa quietud del mediodía. Pero él no se dio cuenta y cuando quisieron mirar de nuevo ya había desaparecido en otra vuelta del río, Paraná abajo, dejando como una estela su grito de victoria.
[FUENTE: https://revistacarapachay.com/2016/04/12/848/]

6 de octubre de 2016

Jeremías Wolf - Alas sin amor (flyer, descripcion y audio con entrevista)

Jeremías Wolf. Escritor del Delta. Publicó un libro de cuentos, un poemario (“Poesía desde el río”) y su última obra, Alas sin Amor, que la ha presentado recientemente en el Delta.
Jeremías comparte su pasión por las letras junto con su compromiso social hacia su lugar en el mundo, el Delta. Es en su programa radial – La “colectiva” del Delta – donde encuentra el camino para ponerle voz a los pensamientos y emociones generados desde el mundo isleño. Puño y letra, voz y radio, senderos de expresión que transita de manera incansable.
Sus historias son de Tigre y su Delta y sus personajes transitan el amor y los desencuentros en viajes que van por tierra, agua y aire, y en los que la imaginación no impide una preocupación por una naturaleza, “dueña de los días”, que reprocha y consuela a la vez. Hay en Wolf una sutil mirada ecológica que contrasta con la violencia de la ciudad.
Los relatos del autor son íntimos, cálidos, “almacenando los pedazos de la historia que nos fueran quedando”. Wolf se mete con su mirada romántica en el alma del isleño mientras por el espejo ve “la estela de agua abrirse como un abanico”. Su vital escritura recorre el tiempo, una de sus preocupaciones recurrentes, y nos sacude con historias de seducción, engaños y sorpresas. Su mirada esperanzada y melancólica a la vez, sensual y utópica, por momentos se vuelve erótica y popular. La mujer es una pregunta y las relaciones familiares tan importantes como la soledad.
Para Wolf la isla es mágica. La enfermedad y la muerte acechan pero nunca perdemos la verde libertad en su amado río. Si un amor muere, la ternura permanece en la casa de su escritura. Sus relatos precisamente parecen haber sido escritos para no extraviarse “entre madejas de civilidad”, textos de aprendizaje y mano extendida, de memorias recuperadas en “el rojo de los cuentos” resistiendo frente a la ceniza gris. Wolf nos revela su búsqueda, su hallazgo, y nos recuerda la existencia de un manto protector del desborde urbano: el Delta, sinónimo de lo pantanoso esencial que ama y que contrasta con la casquivana ciudad.
Daniel Scarfo. Sociólogo. Doctor en Letras
[FUENTE: http://www.sanfernandonuestro.com.ar/wp/agua-de-amor-por-jeremias-wolf/]


3 de octubre de 2016

Cófreces y Muñoz, OCTUBRE



La inercia primaveral extiende su beatífica iluminación, como una santa que difumina por su espalda el cilicio doloroso. Se ven pájaros alborotados de rama en rama. Las golondrinas recién llegadas replican con su vuelo de flecha y su cola de tijera abierta a 45°. Hay leve brisa y temperatura que agrada a las bogas que se acercan a los muelles en busca de grano y aceite de máquina. La candidez es el mejor termostato de la época, afloran la claridad y el el brillo de las especies. Los mosquitos comienzan su dulce espera y el atroz desenlace ante los sapos. La maravilla templada azuza con su falda a las chatas cargadas de palos y canastos con frutas y cabezas de diversa especie. Puede que llueva y que también refresque. Puede que el tiempo esté loco y puede que todo ocurra como si tal cosa sobre esa noble tibieza eléctrica.

[FUENTE: Cófreces y Muñoz, Tigre, Buenos Aires, Ediciones en Danza, p. 395]
[foto: Santiago Fisher: http://imagenesdeltigre.blogspot.com.ar/2012/11/amarillo.html]