30 de abril de 2017

Escritores del mundo anfibio - Julián Varsavsky

El embarcadero de la vivienda que alquilaran Rodolfo Walsh y Lilia Ferreyra.
El embarcadero de la vivienda que alquilaran Rodolfo Walsh y Lilia Ferreyra.
(Imagen: Julián Varsavsky)









El río es memoria. Haroldo Conti
El Delta de Tigre es un territorio literario, dice Juan Bautista Duizeide en la casa isleña de Haroldo Conti, frente a los asistentes al taller anual de escritura a partir de la obra del gran autor, que comenzó el mes pasado. Estamos en la cocina de una casa de dos pisos hecha con madera de timbó y barro, donde Conti desarrolló mucha de su escritura incluyendo su obra maestra Sudeste, protagonizada por El Boga, ese existencialista silvestre habitante de este submundo que fluye. Tras los inspiradores ventanales no se ve el cielo sino una “muralla” verde y plantas caña de ámbar, con un colibrí en vuelo suspendido, libando sus flores blancas como un zafiro alado.
 
“Esta casa no solo es importante en la biografía de Conti sino también en la literatura argentina y en la historia misma de este territorio isleño, que si bien fue abordado antes en otras ficciones, aún no había tenido una presencia tan fuerte en la literatura como la que inauguró Conti”, fundamenta el periodista, escritor y navegante Duizeide al frente del taller.
 
Según el docente la primera marca literaria de no ficción en este territorio anfibio fueron los escritos de Sarmiento, un poco “el inventor” de estas islas para las cuales ideó un proyecto político fundacional y productivo, inspirado en sus viajes por el Delta del Mississippi. Esos textos publicados en el diario El Nacional –donde proponía la industria del mimbre– se recopilaron en el libro El Carapachay, como llamaba el presidente a la región en la que veía una “masa de verdura” habitada por los “carapachayos”. A pesar de su formación positivista, cuyas posturas racistas excluían la integración de aborígenes y gauchos a la sociedad, el sanjuanino no estuvo de acuerdo con el método de distribución de la tierra en latifundios después de la Campaña al Desierto. Propuso no repetir ese modelo en el Delta: pensaba en un sistema productivo basado en unidades pequeñas y medianas. Y llegó a plantear, contra toda lógica en su época, que “la tierra es para quien la trabaja”. De todas formas esos modestos agricultores debían provenir de la “civilizada” Europa.  El otro escritor íntimamente ligado a la región fue Rodolfo Walsh, quien escribió la famosa crónica Claroscuro del Delta. Cuenta Duizeide a los talleristas que en cierta ocasión Lilia Ferreyra le pidió a su compañero Rodolfo algo para leer y él le dio Sudeste, diciendo cariñosamente: “Este hijo de puta escribió la novela que a mí me hubiera gustado hacer”. Y en cierta entrevista, ante una consulta sobre su escritura, Walsh respondió: “Mi método de trabajo es el Delta”, a donde vino durante años a dos casas que alquiló.
Haroldo Conti y Rodolfo Walsh en sus exploraciones por el Delta.
EL DELTA DE WALSH “Un día de marzo en 1996 yo estaba descansando cuando vi desde la ventana a cuatro personas en una lancha debatiendo acerca de mi casa”, cuenta Daniel Arguello, actual dueño del refugio isleño que entre 1971 y 1976 alquilara la pareja Ferreyra-Walsh, en el 459 del río Carapachay. En esa lancha estaban Lilia Ferreyra y los periodistas Coco Blaustein y Luis Bruschtein.
Arguello, sorprendido, los invitó a desembarcar mientras los extraños discutían: “No Luis, yo creo que no es acá”. Entonces los invitó a pasar y ella dijo mirando el suelo ajedrezado: “¡Las veces que habré baldeado estas baldosas!”.
La recién llegada se presentó por su nombre agregando que era la compañera de Rodolfo Walsh y se hizo un emotivo silencio de catedral. “Lilia me contaría más adelante que, por mis bigotes y la experiencia de la casa de San Vicente tomada por un policía, tenía miedo de que yo fuera milico”, cuenta muerto de risa Arguello, quien también fue militante peronista. La conmoción fue grande porque Daniel y su esposa Mabel habían armado a retazos los avatares de esta casa –comprada en 1992– a partir del testimonio de los vecinos: “La llegada de estos desconocidos nos produjo una alegría inmensa, hacía tiempo esperábamos que, de alguna manera, alguien viniese en busca de esta historia incompleta”.
A El Edén, nombre actual de la casa, se ingresa por un muelle y una pérgola como un túnel vegetal de enredaderas y flores colgando hasta el suelo. La casa no es un museo -aunque las fotos de Ferreyra y Walsh en el interior crean cierto ambiente histórico- pero los anfitriones le cuentan la historia a quien pase por casualidad frente a su galería con cuatro columnas por donde trepan las plantas y anidan colibríes.
En el frente, una placa: “En esta isla Rodolfo Walsh practicó el peligroso oficio de escribir junto a su compañera Lilia Ferreyra”. Aquella pareja de militantes setentistas alquiló esta casita entonces sin luz, para descansar y sobre todo escribir los fines de semana.
Para hacernos conocer la historia de primera fuente, Arguello llama a su vecina Rosita. Nos sentamos en la cocina viendo a los colibríes entrar por una ventana y salir por la otra: “Se meten especialmente cuando pongo a Chopin”.
Rosa Rotblat es una señora octogenaria a quien le tocó vivir el allanamiento de esta casa. Según Rodolfo Walsh, Buenos Aires era ya “un territorio cercado” y emprendió su repliegue clandestino hacia San Vicente después del golpe de Estado: “Hay que seguir la ruta de las lagunas porque nos quitaron el Tigre. Necesito vivir cerca del agua.”
Después de abandonar esta casa a mediados de 1976, cierto día Lilia vino sigilosamente a retirar pertenencias y documentos, dejando abandonados una máquina de escribir y un “mapa del cielo” con las constelaciones que fascinaban a Walsh y que un sobreviviente dijo haber visto en la ESMA.
El 18 de septiembre de 1976 dos hombres amarraron una lancha en el muelle de Liberación, como se llamaba esta casa desde hacía mucho (Walsh y Ferreyra descubrieron el cartel con el nombre durante una poda y celebraron la coincidencia). Los recién llegados le pidieron permiso a Rosita para usar su parrilla ya que venían “desde muy lejos” y querían almorzar. Se los concedió y la invitaron a comer junto con sus hijitas; incluso sacaron una guitarra y se pusieron todos a cantar. Después pidieron con suma amabilidad que sus hijas les mostraran la isla, aprovechando la oportunidad para hacer inteligencia: la casa de Walsh, claramente, estaba vacía.
Esa misma noche Rosita oyó ruidos y descubrió hombres con pasamontaña y ametralladora desembarcando frente a su casa. Uno de ellos le advirtió por la mirilla de la puerta: “Váyase a la cama con las chicas y, pase lo que pase, olvídese de todo”.
Avanzaron en dos columnas que rompieron a culatazos la puerta de Liberación y también la de la casa de al lado, donde hasta unos meses antes iba Piri Lugones –nieta de Leopoldo Lugones– desaparecida en 1977. El objetivo era saquear y obtener información: destrozaron todo llevándose objetos de valor como la máquina de escribir. Y secuestraron a un vecino, el profesor Gutiérrez con su esposa, liberados dos días después.
En el fondo de la casa de los Arguello hay un gran jardín protegido por una muralla rectangular de árboles, entre ellos dos liquidámbares plantados por los dueños de casa y que tienen un nombre cada uno indicado con un cartelito: Lilia Ferreyra y Rodolfo Walsh. En la fachada de su casa Mabel escribió con marcador la última frase que le dijo Lilia a Rodolfo al despedirse por última vez en la casa de San Vicente, cuando iba hacia la cita fatal: “No te olvides de regar las lechugas”.
La casa de Haroldo Conti está sumergida entre la vegetación, lejos de la costa.
(Imagen: Julián Varsavsky)
LA CASA DE CONTI Al refugio verde del autor de Sudeste se llega con la lancha colectiva y luego de una larga caminata bordeando la isla encerrada por el arroyo Gambado, el río Sarmiento y el canal Buenos Aires: aparece al fondo de un claro en la espesura vegetal que invade esta casa muy isleña sostenida sobre pilotes.
Nos recibe María del Carmen Bruzzone, encargada del museo, quien sabe la historia del lugar como nadie, ya que se crió y vive en la casa de al lado construida por su abuelo: “A Haroldo lo conocí de chiquita; era amigo de mi padre con quien se pasaba horas hablando sobre la vida en las islas y de ahí sacaba cositas que imprimía en los libros…   pero él tenía más amigos por la zona del arroyo Anguila y otros lugares, y todos están en los libros; mi padre –el Nene Bruzzone– está en el cuento Los Caminos, y también Don Noy, quien tenía dos perros, Quién sabe y Como nunca”.  
Recorremos la cocina de la planta baja donde está la mesa de madera rústica que los días de creciente llevaban al piso superior, la misma que se usa ahora para el taller de escritura. Allí siguen estando la cocina “económica”, el anafe de dos hornallas, una heladera a kerosén, ollas, una caja de galletitas Bagley, tacitas de café y una guadaña para cortar el pasto, como en una cápsula del tiempo de los ’70. No se trata de objetos recolectados sino la casa tal cual quedó luego del secuestro del gran escritor, ya que durante años la familia no volvió y la vegetación se comió la propiedad adquirida en los ’50.
En el primer piso hay un living con hogar a leña adornado con acuarelas de veleros y barcos, boyas y timones, creando un ambiente muy ligado al agua. En un cuarto hay dos camas y también se mantiene la decoración original: una virgencita de Luján (Conti fue seminarista), una foto del Che, una postal que alguien le envió desde Moscú con la foto de una estatua de Lenin, y un volante del PRT titulado “La crisis tiene salida, el futuro nos espera”. Y perdura una pequeña biblioteca: La sangre de la libertad (Albert Camus), Una historia hindú (Tagore), Hombre y superhombre (Bernard Shaw), La tierra azul (Bernardo Verbitsky) y un ejemplar de la revista El Combatiente. Una escalera de madera conduce al altillo donde dormían los niños.
–Acá venían muchos escritores, me acuerdo de Galeano y Walsh; con este último eran muy unidos, iban a pescar, remar y andar en barco… ¡si lo habré escuchado teclear a Conti por las noches! Cuando escribía, su mujer y los hijos tenían que venir a mi casa y jugábamos… muchas veces él venía nadando hasta acá por un kilómetro desde la Prefectura y se volvía con el botecito a buscar a la familia –cuenta la señora Bruzzone.
Bajamos a la cocina-comedor de la casa porque el taller literario está arrancando y Juan Bautista Duizeide hace una introducción a la obra de Conti: “El autor terminó de constituirse como tal en esta casa y en este territorio. Me parece que el Delta, además de ser un territorio que lo sedujo y al cual abordó como una suerte de etnógrafo, estuvo en los cimientos de su obra madura. Y creo que siempre hubo una gran afinidad entre Conti y la forma poética japonesa del haiku, con su capacidad para hacernos sentir ambientes naturales a partir del detalle significativo. El río salta a la cara de quien abre la novela Sudeste. Su primer párrafo –en el que se retuerce y se alarga la frase como el mismo arroyo Anguilas descripto, hasta desembocar en otra frase, el río abierto– me parece uno de los inicios de novela más memorables. Conti era capaz de infinitos matices relacionados con el agua, los vientos, los cielos y el paso de las estaciones, con sus colores, sus rumores, sus aromas. Pero no se limitó a ser un paisajista. Su río no es naturaleza, sino territorio. Con sus hombres desasidos y a la orilla de todo, con sus barcos, con sus naufragios. Su río es de historias, es poesía, es metáfora: cifra la conjunción del desarraigo existencial con los avatares políticos”.
La Casa Museo Sarmiento, resguardada para la historia en su caja de cristal.
(Imagen: Colectivo Modo B – Fetival Latinoamericano de Cine 2015)
MORADA SARMIENTINA En 1855 Sarmiento hizo su viaje iniciático de “exploración y descubierta” por las islas de Tigre, en un barco impulsado por doce remeros y dirigido por el Coronel Bartolomé Mitre. En diversas incursiones se dedicó a recorrer las islas machete en mano sobre un pony zaino, mientras veía yaguaretés cruzando a nado el Paraná de las Palmas y recogía historias de algún poblador acorralado por ellos en su rancho. Rápidamente desbordó de entusiasmo por la región y adquirió una isla en la zona del río Abra Nueva.
Su brega civilizatoria lo llevó a hacer experimentos agrícolas con una mula y un arado pero concluyó que no era posible labrar la tierra de esa forma en un suelo tan esponjoso, sino con la mano del hombre: “La forma de las islas es lo más caprichosa e indescriptible; no pueden someterse a ningún género de mensura porque la superficie es una ilusión; no es tierra todo lo que parece, ni puede saberse de antemano la que existe útil, sino después de haber invertido un capital”. Su conclusión fue que en el Delta ”el trabajo del hombre vale diez veces más que en tierra”.
Sin embargo hizo extender el tren hasta Tigre y después de su campaña mediática llegaron cantidad de pobladores, con un entusiasmo al estilo de la fiebre del oro en California. A la larga terminaría desarrollándose una industria frutera a mediana escala, no tan lucrativa como creía Sarmiento: para muchos la incursión isleña fue una decepción.
La casa de madera de timbó de Sarmiento perdura hasta hoy, restaurada en 1996 y protegida por un gran cubo de cristal, una discutida técnica conservacionista que produce un efecto invernadero. Como senador y presidente, pasaba largas temporadas aquí dedicado a reposar y escribir, recibiendo también a su amante Aurelia Vélez Sarsfield y a toda clase de visitas internacionales, a quienes mostraba orgulloso el potencial económico de la zona.
Susana Bruzzone, la hermana de María del Carmen, nos recibe en la Casa Museo Sarmiento y nos completa la historia mientras recorremos los cuartos con la cama y un escritorio del prócer. En 1893 la isla fue vendida a la familia Delcasse, que en 1915 donó la casa a Sociedad Protectora de Niños, Pájaros y Plantas. De aquel tiempo queda una placa que reza: “Los niños son el porvenir de la patria, edúquemoslos; los pájaros son auxiliares de la agricultura, protejámoslos; las plantas dan salud, placer y riqueza, cultivémoslas. Los niños, los pájaros y las plantas son la delicia del hogar, amémoslos”.
En tanto “adelantado” del racionalismo positivista de su tiempo, Sarmiento publicó un texto titulado Arquitectura y paisajes isleños donde proponía para esta región no una casa de piedra ni ladrillo sino de madera aserrada. En lugar de columnas corintias prefería el diseño hogareño al estilo norteamericano. Y por supuesto, predicó con el ejemplo a través de su chalet de planta en forma de cruz griega, punta de lanza para su sueño de progreso en el que imaginaba un Delta lucrativo como el del Nilo, con el agregado de una suerte de Venecia americana floreciendo entre una barroca vegetación.

FUENTE_ Página 12 - suplemento de turismo - 30 de abril de 2017

26 de abril de 2017

Vigencia de un gran cuentista del Litoral - Sobre Oxley

Diego Oxley fue un escritor que tradujo con hondura la vida que se oculta en las islas y pajonales del Paraná
Sábado 27 de enero de 2007

Ese río que se nombra es el Paraná. Augusto, sagrado, "primogénito ilustre del océano", lo exaltó Manuel José de Lavardén. Las islas que remojan sus orillas en las aguas encierran vidas, usos y costumbres. En el interior más sombrío, flora y fauna resplandecen raigales. Chajaes y carpinchos alborotan el desgano de los ranchos. "La isla castiga, la isla endurece, domina y aplasta", se reflexiona.

Quien vivió fascinado y observante de esa gente y ese paisaje, fue Diego R. Oxley (1901-1995). Coetáneo de otros ilustres narradores -Mateo Booz, Luis Gudiño Kramer, Gastón Gori o Amaro Villanueva-, expresó bellamente, con emoción y hondura, la peripecia del islero, su acaecer en el tiempo, la contingencia vital y el inexorable devenir de los hechos y las cosas.
Aquel maestro rural supo de sus hombres rumiantes y silenciosos. Los describió, primero, en el periodismo santafecino. Los llevó al libro en Quebrachos (1947) y El dolor de la selva (1950). Tierra arisca (1955) expone el conflicto del hombre con su medio goegráfico.

Será en El remanso (1956) donde revelerá, como apuntó W. G. Weyland, su fiel amigo y crítico, el "tremendo e insospechado vivir que se oculta en las islas y pajonales del Paraná".
La sincera humildad, la digna discreción, hicieron de Oxley una personalidad singular. Dueño de una severa sobriedad personal, su obra supo traducir con hondura y fidelidad la problemática del hombre del interior.
Escritura fecunda que reflejó con holgura, al ceñirse a la realidad más solidaria, la ternura intrínseca, la desnuda sensibilidad, el gesto ritual, mediante la palabra conmovida.

Un estilo propio

Narrador nato -tanto en cuento como en novela- que fue tejiendo sutilmente las diversas tramas, encarnándolas en protagonistas reales, haciendo del silencio o la pausa literaria un estilo propio, sin desencuadrarlos del ambiente y el registro regionales.
Su mayor preocupación de escritor fue, sin duda, dejar que en sus textos el relato fluyera generoso, casi espontáneo y dinámico, como la correntada (a veces serena, encresapada, otras) de "su" río.
Supo elegir su lugar en cierta región del país, que le era de pertenencia; describirla, más allá de la mera anécdota, en su savia humana y natural.
Aspiró siempre a subrayar el silencio o el monólogo -los personajes de Oxley no dialogan entre sí, sólo en ocasiones- como si los habitantes de las islas rindieran culto al silencio.
Entre la realidad social, el color costumbrista y la documentación fidedigna, Diego R. Oxley fue -es- uno de los exponentes más válidos y representativos de la literatura nacional.


Por Lily Franco Para LA NACION
FUENTE: http://www.lanacion.com.ar/878471-vigencia-de-un-gran-cuentista-del-litoral

24 de abril de 2017

Sobre Diego Oxley, narrador del silencio y la soledad

Diego Oxley, el narrador del silencio y la soledad - Por Beatriz Actis 
Publicado originalmente en 1966, "Soledad y distancias" es una de las obras más importantes del escritor nacido en Rosario y radicado en Santa Fe. El libro aparece en el sello Ediciones Culturales Santafesinas

La obra de Diego Oxley (Rosario, 1901 - Santa Fe, 1995) representa el paso del costumbrismo de la década del 20 al realismo social que caracterizó a los grupos literarios representativos de la década del 40. Los relatos de "Soledad y distancias", al igual que otros del mismo autor -como los incluidos en "Quebrachos", 1947; "El dolor de la selva", 1950; "Cenizas", 1955; "Agua y sombra", 1958 y "Las aguas turbias", antología, 1975- articulan elementos documentales sobre la vida del hombre de la costa y referencias a la problemática social, y se imponen no sólo por su vigor narrativo sino porque exhiben el fondo metafísico que recorre toda su obra, constituida además por los géneros novela ("Teutaj", 1952; "Tierra arisca", 1955; "El remanso", 1956) y teatro ("Se borran las huellas", 1956). Su calidad literaria permite recortar claramente la figura de Oxley en el panorama de nuestras letras.
La trayectoria personal de un escritor es siempre una trayectoria socialmente inscripta y a través de ella el creador hace su experiencia del mundo natural y social. Dice el autor: "No sólo no se puede prescindir de la experiencia necesaria ni del profundo conocimiento de los elementos que el escritor toma para sus creaciones, sino que además de haberlos sentido debe haberse emocionado (ante ellos)". Sus textos revelan inicialmente una experiencia del mundo aportada por su periplo personal como maestro rural en el Chaco Santafesino y gran conocedor de las islas del Paraná Medio, experiencias sin duda trabajadas en el momento de la producción literaria. Cabe señalar además que, luego de recorrer las zonas mencionadas debido a su tarea docente, Oxley se radicó en la ciudad de Santa Fe, donde se desempeñó como periodista en el diario El Litoral.
En el exhaustivo prólogo de la reedición que nos ocupa, titulado con acierto: "Oxley, una moral en el territorio de la derrota", Carlos Roberto Morán ubica la obra de Oxley en el contexto cultural de su época al afirmar que "Horacio Quiroga, el realismo social, hasta el radioteatro, tan propio de la época en que transcurre la gran mayoría de sus historias -décadas del 40 y 50, comienzo de los 60- «subyacen» en los textos. El primero porque había hablado antes, en sus relatos, sobre personajes y situaciones similares; el segundo, en cuanto género, porque las narraciones de Oxley son legítimas representantes de una época testimonial en la que aparecen otros nombres con preocupaciones estéticas (y éticas) similares, por ejemplo, Luis Gudiño Kramer. En cuanto al radioteatro (...) aquí se lo referencia en cuanto a las historias que contaba, signadas por la adversidad y el destino aciago". 

Naturaleza salvaje y comunión cósmica
En sus relatos, Oxley incorpora esta temática que representa una doble realidad significativa: la del hombre (el isleño, el habitante rural) y la de la naturaleza (la isla, el monte). La relación del hombre con la naturaleza obedece a la vez a una doble vertiente: la comunión cósmica -que se construye de modo recurrente en torno de la figura emblemática del río- y el determinismo de un paisaje salvaje, e implica por lo tanto la posibilidad de armonía y desarmonía, a través de un doble juego de naturaleza protectora-naturaleza devoradora.
La unión con la naturaleza sirve a las criaturas de Oxley para sobrevivir, y al mismo tiempo las devuelve al estado primitivo de los hombres de barro y de madera de las cosmogonías amerindias.El segundo elemento de la dualidad descansa en la fuerza devoradora de la naturaleza y en el duelo que el hombre emprende contra ella, duelo en el que muchas veces la naturaleza vence: los personajes están integrados a la naturaleza, incluso cuando ésta los devora.
La vida de la naturaleza conforma el objeto con el cual el sujeto se identifica, tras el objetivo mítico de restaurar la experiencia de la inseparabilidad original, de la identidad de todas las cosas, que equivaldría a ponerse uno mismo en relación subjetiva con lo exterior sin tener conciencia de su objetividad. Esa profunda necesidad de identificarse con la vida natural nos advierte sobre una significativa unidad de lo diverso, y reafirma la dimensión cosmogónica que adquiere en Oxley la relación del hombre con la naturaleza.

Silencio referencial y vacío narrativo
Esta relación puede ser leída como una dialéctica de opuestos complementarios cuya síntesis no se construye a través de un tercer elemento, sino que permanece en la propia dualidad y por lo tanto resulta una dualidad vinculante sin rupturas: "Nació a orillas de un arroyo y se crió en el agua, como las nutrias. Se alimentó de esa soledad, de esta dureza hecha para templar a golpes (...). Su sangre lleva este mismo aliento salvaje que levanta en fuerza inquebrantable esta hosquedad retraída" (en el cuento "Se aquieta el juncal").
La recurrencia significativa del silencio en la obra de Oxley surge en primera instancia como consecuencia del aislamiento geográfico y la soledad del hombre ante la naturaleza; se corresponde con la soledad del paisaje isleño y rural y el aislamiento de su gente. El paisaje impone la soledad; ésta a su vez condiciona el hermetismo de los seres que la habitan, y que nos remite a su desamparo individual y social: "Solo, en medio de la extensión desierta, que no tiene más voces que las nacidas en su propio seno hermético y misterioso" (en "Se aquieta el juncal"). El medio condiciona los comportamientos, las actitudes: la naturaleza es presencia real y también símbolo de fuerzas telúricas que determinan el carácter de los hombres: "Son gauchos sus hijos y se han curtido en el rigor de las islas. Saben defenderse y saben aguantar. Son duros, no han aprendido a quejarse" (en "El rigor de las islas"). A partir de la naturaleza como condicionante de un modo de ser del hombre de la región, se despliega el espíritu del pueblo, un ethos que es el mandato mediado por sus particularidades idiosincráticas: sus creencias, sus atavismos, sus códigos, su pensamiento. Es en este contexto que advertimos que el silencio es también mandato cultural.
En cuanto a los mecanismos discursivos, señalaremos someramente que el silencio referencial deviene en silencio textual. La pasividad de los personajes posee su correlato narrativo: las acciones son concisas; en numerosos relatos los personajes repiten obsesivamente esas mismas acciones mínimas, lo que desemboca en una suerte de anulación de las mismas, ya que la repetición y la monotonía diluyen su carácter significativo; muchos cuentos se construyen a través de una trama indicial, en la que la acción no se realiza efectivamente sino que se sugiere; la descripción, y las reflexiones y valoraciones del narrador funcionan como retardatarias de la acción y recurso de vacío narrativo.
Estas acciones básicas a las que hacemos referencia (el hacer y el no hacer de los personajes) entran en relación significativa con los rasgos propios de los personajes (su decir y su callar), y en ese juego dialéctico resulta pertinente la equiparación acción-decir / pasividad-silencio, a la vez que contribuyen a crear un particular ritmo narrativo por la alternancia: acción y diálogo mínimos de los personajes -voz preeminente del narrador.
En cuanto a las estrategias retardatarias de la acción -que incluso llegan a funcionar como recursos de vacío narrativo- son significativas las exhaustivas descripciones. El espacio, elemento clave de la regionalidad, posee carga dramática: actúa en función de los personajes y de los acontecimientos, justamente porque éstos son mínimos y resultan asimilados textualmente a la estrategia descriptiva del medio. El paisaje se convierte en abierto protagonista de la lucha entre los hombres; no sólo refleja los estados de ánimo de los personajes, en actitud romántica, sino que, como hemos señalado, los condiciona, conforma la psicología de los habitantes. Isla e isleño constituyen una misma figura literaria, y el paisaje no se describe en el texto como pieza suelta o independiente, sino que, como en una proyección cinematográfica más lenta que el rodaje, forma parte de la acción en ralenti.

Soledad social y libertad metafísica
En las criaturas de Oxley la soledad del medio ha dejado su marca y los enfrenta con el atavismo de la angustia cósmica que experimentan ante su propio aislamiento y ante la vastedad de la naturaleza. El sometimiento y el conocimiento de la soledad son lo que está en el fondo de las actitudes más características de los personajes: su aislamiento, su repliegue y su incomunicación. La soledad social entronca con el silencio de los personajes que, desde una perspectiva histórica, es índice de una situación de postergación y condicionante social en tanto aceptación de un statu quo: la marginalidad y las relaciones de poder instituidas, o al menos la pasividad ante ellas.
Paradójicamente, algunos personajes encuentran en su propia miseria y degradación la posibilidad de liberación. Sin compromisos ni relaciones interpersonales, sin ataduras ni inserción social, y sin perspectivas de cambio, la última posibilidad, la opción inalienable es la de la libertad como posibilidad metafísica (es necesario aclarar que no empleamos aquí el término metafísica en su acepción filosófica ortodoxa, como conocimiento de los principios primeros y de las causas de las cosas, sino como opuesto a lo material y contingente, que hace al carácter de las relaciones profundas y oscuras que existen entre los hombres y las cosas; es en este sentido que la libertad de los personajes de Oxley deviene inalienable).
La naturaleza -que protege y devora- y el hombre -que entra en comunión con ella y padece la angustia cósmica como resabio atávico- construyen su síntesis en su mutua pertenencia. En definitiva, se trata de llegar a ser íntimamente libre aunque no se pueda elegir, y es en este sentido que esta literatura de intemperie deviene en indagación de carácter metafísico. Más allá (o paralelamente) a la descripción del paisaje y las costumbres del hombre de la región, y la mostración de su desamparo social, interesa a Oxley la esencialidad de su persona.


FUENTE:  Diario La Capital Online 

Marisa Negri presentó su libro "Hebra" en Tigre

1 marisa negri presentacion del libro hebra

Se trata de “Hebra”, la última obra de una vecina del Delta, que a sala llena fue presentada en la sede cultural del distrito. En el encuentro, la escritora explicó sus motivaciones y formas de escribir; y compartió un ida y vuelta con el público presente. 
El Municipio de Tigre, a través de la Agencia de Cultura, continúa brindando un espacio para que los artistas puedan mostrar sus trabajos y compartir con los vecinos intercambios de experiencias, a nivel cultural. El último viernes, la escritora Marisa Negri presentó en la Casa de las Culturas del distrito, su libro “Hebra”.
2 marisa negri presentacion del  libro hebra
“Con la mano derecha se tuerce, con la izquieda se toma el hilo que nace. La planta es espinosa como la vida, el cuerpo es un telar que tensa despacio. El mundo es un ovillo que no puede soltarse todavía”, así invita la poeta a descubrir “Hebra”, a través de sus páginas.

3 marisa negri presentacion del libro hebra

23 de abril de 2017

Diego Oxley - El rigor de las Islas





Tras veinte años de trabajo como docente rural en el nordeste santafesino, los
quebrachales, las llanuras, las costas e islas bañadas por el río San Javier, se
volvieron para Diego Oxley (1901-1995) un lugar de existencia y una verdadera
obsesión literaria. Criollos, mocovíes, familias de peones, de pescadores, de
nutrieros, solitarios buscavidas perdidos entre las islas, nadie plasmó con tanto
fervor como él las historias de esos pobladores de la intemperie insular. Así
como las aventuras de hombres rebeldes a toda ley.
Oxley se retiró de la docencia y se mudó a Santa Fe, donde ejerció el periodismo
en el diario El Litoral. La vida mundana no le impidió volver por largos
períodos al San Javier, «como un auténtico islero de adopción», tal como lo
definió Eugenio Castelli.
Al igual que Velmiro Ayala Gauna y Luis Gudiño Kramer, Oxley publicó su
primer libro después de los 40 años. A Quebrachos, ese título inaugural, le siguió
El dolor de la selva, Teutaj, Tierra arisca, Encono, Cenizas, El remanso, Agua
y sombra
y Soledad y distancias. También escribió una obra de teatro, Se borran
las huellas.



 


El rigor de las islas


I


Frente a la desembocadura del Guaycurú se abre en agua y cielo el panorama
extendido. Gris y azul profundo.
Ahí está detenido Jesús Altamirano, para tomar aliento. De pie sobre el plan
de la canoa, frente a esa cancha dilatada que traspone el horizonte, como si el
río hubiera querido desplazar a la tierra para arrellanar su modorra. Un suave
viento del norte encrespa el agua y arrastra el perfume agrio de las islas.
Hace calor.
El sol brilla en lo alto del cielo y abajo, hacia el poniente, se insinúan algunas
nubes vaporosas, tenues, que parecen nacidas en el río.
Ha dejado el botador y engancha los remos en los toletes para cruzar la cancha
rumbo a Puerto Malabrigo. Se palpa luego los bíceps doloridos y echa hacia
atrás el sombrero para despejar la frente sudorosa, que seca con las puntas del
pañuelo del cuello.
Pero no se decide. El sol le quema las carnes curtidas, se siente cansado y
sabe que una vez iniciada la travesía, no podrá soltar los remos hasta tocar la
costa opuesta. El cruce del Paraná demanda un esfuerzo que no está seguro de
poder realizar.
Pierde la mirada en la lejanía. Agua y cielo estremecidos por el viento y por
la luz turbia del sol.
Ahí, a pocos metros de la costa, hay un ingá que parece ofrecerle su sombra
protectora y cordial; pero también lo atrae aquella costa que no distingue
porque está perdida en la distancia. Sol implacable y cansancio y ese deseo de
llegar nacido en la angustia de la incertidumbre y del miedo que viene sufriendo
desde hace unas horas.
—Agua, Jesús.
Se estremece al oír esa voz débil, opaca, suplicante. Recostada en la proa,
entre trapos y ponchos, está su mujer, pálida, las mejillas sumidas y los labios
enrojecidos por la fiebre.
—Agua.
Le aproxima un tarro con agua a los labios resecos. Luego acomoda los trapos
para que esté más cómoda y asegura la bolsa que la protege del sol.
La mira con expresión ansiosa. Tiene los ojos cerrados y la boca entreabierta;
la respiración es agitada y le levanta el pecho acompasadamente.
—Tengo que yegar —murmura el hombre, para infundirse ánimo— antes
que nos agarre la noche.
Se sienta y empuña los remos. Siente un quejido de la mujer que ha quedado
oculta y afirma los músculos doloridos en el esfuerzo, para impulsar la canoa.
Así ha venido desde la madrugada, siguiendo el arroyo a botador, sin detener
los movimientos medidos y armoniosos del cuerpo.
Ahora la corriente lo favorece y la embarcación se desliza veloz sobre las
aguas apenas encrespadas por el viento; pero cuando entre en el cauce del Paraná
vigoroso tendrá que enfrentar su empuje para no dejarse arrastrar aguas abajo.
—Tengo que yegar.
Su voz apagada se pierde entre los chasquidos que producen los remos al
entrar y salir del agua. Sus brazos vibran en cada movimiento y los músculos
se crispan debajo de la piel oscura, haciendo resaltar las venas hinchadas. Mira
hacia atrás para medir el rumbo.
Está lejos todavía del rancho de don Ramón Soria.
Las costas frondosas del Guaycurú se alejan y se dilata su lecho gris a los
costados, extendiendo la perspectiva. Las aguas generosas del riacho se vuelcan
en el caudal ampuloso del gran río, para fundirse en un abrazo que los llevará
unidos a través de un destino inviolable. Las nubes blanquecinas, disgregadas,
alcanzan el sol y atenúan sus rayos de fuego antes de esfumarse.
Otro quejido débil de la mujer lo sobresalta y se agacha para mirarla. Ahora
el rebozo negro le cae sobre la cara para cubrirle los ojos.
En el rancho han quedado solos los cuatro hijos. La mayor tiene nueve años,
pero posee ya la fortaleza, la seguridad y la eficacia de la mujer isleña que no
conoce el miedo. Su rancho misérrimo está protegido por su propio desamparo,
allá, en la costa del arroyo manso.
Sus movimientos se han hecho mecánicos y el cansancio se va postergando
en el tiempo, mientras su ansiedad se agranda azuzada por los quejidos de su
mujer que le llegan de a ratos para mantenerlo alerta.
Aquí bailotea un poco la canoa y se insinúa la fuerza de la corriente. Entra
en el cauce del Paraná.
Respira profundamente y afirma los pies descalzos en las «costillas» de la
débil embarcación. El sudor le moja las carnes pardas, mientras un gesto de
decisión, de firmeza, acentúa sus rasgos.
—Aura viene lo güeno.
Le pone la proa a la corriente tomándola al sesgo y redobla el esfuerzo. Cuan21
do llegue a la costa opuesta tendrá que subir el río durante más de dos horas. Si
no lo «saca» muy abajo la fuerza que ya se hace sentir. Todos los sentidos están
puestos en su empeño, toda la experiencia, toda la ciencia del hombre nacido en
las islas y madurado en esa lucha recia.
A medida que avanza hacia el centro del cauce, el río bravo le exige más
ahínco, más firmeza. Su lomo se ha oscurecido y parece irritado por la acción
del viento, mientras los chasquidos de las marejadas que se rompen contra las
tablas de la canoa acentúan su balanceo acompasado. Crujen los remos en las
toleteras y el cuerpo del hombre se ha hecho más flexible, sus músculos se han
puesto más tensos y los movimientos son ahora más precisos, enérgicos, firmes.
—Agua, Jesús.
Se estremece. Apenas le llega esa voz que diluye el rumor del agua. Sin mirarla,
contesta:
—Aguantá un poco más qu’estamos en la travesía y no puedo soltar los remos.
Ya te alcanso.
Sigue empeñado en la lucha. Los puntos de referencia que tiene en el frente
le confirman la exactitud del rumbo, le permiten establecer su avance; pero,
simultáneamente, siente renacer su cansancio y una sensación de hormigueo
doloroso le taladra los músculos del pecho, de los brazos, de las piernas.
—Si aflojo…
Aprieta los dientes.
—Agua, Jesús.
Viene forzando la marcha desde la madrugada. Primero el botador, ahora
los remos. El calor, el sol, la ansiedad. El rancho de don Ramón Soria está lejos
todavía. ¿Y si no lo encontrara?
—Agua.
El perfume del río le entra en los pulmones para saturarlos, el roce áspero
de los rayos del sol y la caricia tibia del viento norte le excitan la sangre que
corre con avidez debajo de la piel curtida. Los músculos parecen anudarse en
cada contracción.
Quiere distraerse y piensa en los hijos que han quedado solos en el rancho.
Son gauchos sus hijos y se han curtido en el rigor de las islas. Saben defenderse
y saben aguantar. Son duros, no han aprendido a quejarse.
—Agua, Jesús.
Le golpea en el pecho esa voz apagada, suplicante.
—Ya yegamos a la costa. Tené pacencia. Entendé que no puedo soltar los
remos hasta no tocar tierra.
Las palabras le salen apretadas, como si las mordiera antes de liberarlas.
Él también tiene sed y siente los labios y la lengua resecos, pero sigue respirando
con la boca abierta para satisfacer a sus pulmones anhelantes. Los brazos
le pesan como si estuvieran hinchados y las manos ya no perciben la empuña-dura de los remos.
Sin embargo, mantiene su empeño y lo encumbra el deseo
de no dejarse arrollar por esa fuerza ciega del río.
Sabe que está cerca. Quizás a doscientos metros de la barranca. Sabe también
que ha resistido bien a la corriente y que arribará al lugar que había previsto.
—Agua, Jesús.
Doscientos metros…
Se vuelve en el asiento para comprobarlo, sin interrumpir el vaivén vigoroso
del cuerpo. No quiere perder la línea, no quiere concederle ventajas al río.
—Ahá.
Recoge con la lengua el sudor que cae en la comisura de los labios y lo saborea
paladeándolo. Se siente congestionado, los golpeteos de la sangre lo aturden
y la respiración se ha hecho acezante, dificultosa.
—Una juercita más y…
Se le anudan los músculos del estómago en un amago de calambre y un
súbito mareo lo obliga a cerrar los ojos. Sacude la cabeza para recobrarse. No
quiere aflojar, no debe aflojar.
Vuelve a mirar hacia atrás. Ahí está la pequeña barranca.
En un esfuerzo supremo tira dos o tres veces de los remos y la canoa se vara
en el barro de la costa. Abre con dificultad las manos para soltar los remos y
durante un instante permanece inconsciente, doblado sobre sí mismo, con la
barbilla afirmada en el pecho.
—Agua, Jesús.



II



—Ahá.
Ha acostado a la mujer sobre el catre, dentro del rancho. Las ojeras violáceas
acentúan la palidez de su rostro.
Don Ramón Soria la mira fijamente, como si meditara.
—¿Qué le ha pasao?
—Perdió, don Soria. Anduvo remando.
—¿Cuándo jue?
La luz del candil parpadea haciendo bailotear las sombras en las paredes
embarradas.
—Hace como cinco u sáis días.
La mujer permanece inmóvil, con los ojos cerrados, respirando agitada. Desde
afuera llega el ladrido insistente y desganado de un perro, junto con el rumor
de las aguas que golpean en las barrancas agrietadas del río.
—Ahá.
Le pone una mano sobre la frente y cierra los ojos.
23
Jesús Altamirano contiene la respiración, mientras estruja el sombrero entre
sus dedos endurecidos en el botador y en los remos. Siente los latidos sordos
del corazón unidos a su ansiedad y a su expectativa.
Sus hijos son gauchos y han quedado solos en el rancho solitario, allá, junto
al arroyo manso. Saben defenderse y no han aprendido a quejarse porque se
endurecieron en el rigor de las islas. Y la Jacinta está aquí tirada en este catre
ajeno, quieta, callada, como si estuviera…
—Has demorao en tráirla, m’hijo.
La sangre se le agolpa en la garganta, en las mejillas y siente su calor y siente
su empuje.
—Aura es tarde. El mal está muy agarrao.
—Pero…
—Es cuestión de un rato.
Se aproxima al catre y la mira. Se han acentuado sus rasgos, la palidez se ha
hecho casi transparente, la respiración no le levanta el pecho.
—Tenés que tener pacencia.
Sale al patio y se enfrenta con la noche estrellada, serena. Ahí está el río
brillando en escamas de plata, imperturbable, salvaje, siguiendo con seguridad
su camino de siglos. Más allá, las sombras y el misterio abarcando la soledad
de las islas, exaltando su silencio receloso y arisco. Y en el rancho pobre, agazapado
junto al arroyo manso, están los hijos esperando, expuestos al rigor de
la vida.
Jesús Altamirano levanta la cabeza y crispa los músculos con los puños cerrados.
Está frente al río macho, frente a su destino incierto. Está soportando el
rigor de las islas en toda la magnitud de su dureza implacable e inconmovible…
Dos lágrimas calientes le resbalan por la piel curtida de la cara.



Fuente: Diego R. Oxley, Las aguas turbias, Proyecto Territorio / Biblioteca Digital ,
descarga del texto completo en:
www.espaciosantafesino.gob.ar/img/ediciones/.../Oxley_Las_aguas_turbias.pdf     

17 de abril de 2017

I-kaá, el viajero del río (versión de Gervasia Puentes)


El camalote, viajero perenne del los ríos litoraleños, ha inspirado infinidad de leyendas sobre su origen. La presente fue narrada por doña Gervasia Puentes, una puestera de la localidad de Amenábar, casi en el extremo del taco de la bota que forma la provincia de Santa Fe, en la confluencia del Paraná con el Arroyo del Medio.


Cuentan los aracuá que hace mucho tiempo, allá por los tiempos de losyará -comenzó su narración doña Gervasia, en los ríos no existían los camalotes. Que la tierra era tierra, las islas, islas, y el agua, agua, sin nada que flotara en ella. Claro que eso fue mucho antes, cuando todavía los indios an­daban tranquilos por el monte, sin soldados españoles que los persiguieran para robarles el oro.


Sólo que después la cosa cambió -continuó ‘ña Gervasia, luego de echar una mirada al corderito que se asaba sin apu­ros en el horno de barro. Esto que voy a contarles sucedió cuando los hombres de don Diego García llegaron a Santa Fe, remontando primero el Mar Dulce, que hoy llaman el Río de la Plata, después el embravecido Paraná y, al final, ese río que ven ahí, que ahora llaman Carcarañá, pero que para los guaraníes era simplemente "El Río".


Pero lo que no sabía García, que llegaba con la intención de convertirse en gobernador de la región, era que el cargo ya estaba ocupado por Sebastián Caboto, quien ya había funda­do, por su parte, el fuerte Sancti Spiritu, y no estaba dispues­to a renunciar a su puesto.


Días enteros discutieron los comandantes en el fuerte, mientras sus tropas aprovechaban la oportunidad para resar­cirse de los largos meses pasados en alta mar, atiborrándose de las delicias culinarias que le ofrecía el Nuevo Mundo y po­niéndose al día con el forzado celibato impuesto por la vida marinera.


Sin embargo, no todo era barbarie en aquellos rudos ma­rinos y mercenarios de fortuna, sino que, en algunos de ellos también había lugar para el amor, y así fue que uno de los soldados de García se enamoró de una bella guayna, que in­mediatamente correspondió a sus requerimientos amorosos.


Así transcurrió todo el verano, y mientras García y Ca­boto recorrían el interior, ellos se amaron tiernamente, más allá de las barreras que les imponían el idioma y las costumbres, que, más que un obstáculo, fueron un desafío que ellos superaron con risas y pasión. Nadaron juntos en el río, mientras ella le enseñaba las formas de sobrevivir en la selva y él le contaba anécdotas de su vida marinera; él se extasió con las papas, loscamotes, el abatí, el chipá y los tomates; ella se embriagó con el amor exótico de un extranjero.


Mientras tanto, a su alrededor, las relaciones entre los indios y los invasores españoles comenzaban a desbarran­carse. Los guaraníes los habían agasajado, los habían ayu­dado a construir sus casas y sus fuertes, habían trabajado para ellos sin exigir nada a cambio, excepto algunas herra­mientas de hierro.


Sin embargo los invasores blancos, la mayoría de ellos morralla reclutada en los peores presidios europeos, no tar­daron en revelar su verdadera naturaleza: humillaron con malos tratos a quienes los habían ayudado a sobrevivir en un entorno que los habría aniquilado en un abrir y cerrar de ojos; robaron sus pertenencias, vejaron a sus mujeres y escla­vizaron a sus hijos, hasta que los indios se hartaron de su so­berbia y una noche incendiaron el fuerte con todo lo que ha­bía en su interior. Los pocos españoles que sobrevivieron a la heca-tombe se refugiaron en sus barcos, esperando el regreso de sus coman-dantes.


Obviamente, la justa represalia de los guaraníes hizo que el amor entre la india y el soldado se hiciera más difícil, más clandestino y más aciago que nunca. Día tras día, en sus en­cuentros prohibidos, ella trataba de retenerlo con regalos y caricias, pero sus esfuerzos no lograban horadar la muralla de desconfianza que la situación iba erigiendo entre ellos.


Finalmente llegaron los capitanes, se encontraron con la ciudad arrasada y decidieron que había llegado la hora de re­gresar a España. No obstante, los preparativos tomaron se­manas enteras, durante la cuales la muchacha guaraní deam­bulaba entre los sauces de la orilla, aguardando la oportuni­dad de ver a su amado, aunque fuera sólo un instante.


Pero una situación de guerra no hace lugar a sentimientos personales y la separación sorprendió a los amantes sin que mediara despedida alguna; simplemente una mañana, al lle­gar a la orilla del río, la muchacha vio los barcos que se ale­jaban y la congoja invadió su pecho. Los vio enfilar prolija­mente hacia lo profundo, y luego navegar, viento en popa, lle­vándose sus sueños y sus esperanzas y dejándole tan sólo una vida incipiente que latía en sus entrañas.


Al cabo de un rato, las siluetas de las carabelas eran tan pequeñas que costaba pensar que a su bordo podían caber tantas ilusiones deshechas. Luego, sin aviso, el primer reco­do del río se los tragó, como si no hubieran existido jamás.


Largos y amargos días se sucedieron, mientras la india llo­raba amarga-mente su amor frustrado; soñaba que le crecían las alas de una garza y que se elevaba por los aires, en busca de su amor, pero luego se despertaba bañada en lágrimas, pa­ra tomar conciencia de su soledad. Durante el día, deambula­ba por la selva, tratando de encontrar un medio que le permi­tiera surcar el agua, más allá de las islas que moteaban el río y llegar hasta donde, según la leyenda, el Paraná se hacía tan an­cho y tan profundo que sólo su color lo diferenciaba del mar.


Hasta que sus lamentos fueron escuchados por el I-porá del río, que se apiadó de su dolor y se lo contó a Tupá y Yací, su esposa, que accedieron al vehemente deseo de la joven de seguir a su amado y la convirtieron en camalote.


Finalmente se cumplía su anhelo: se alejaba de la orilla y flotaba en el agua fresca y leonada, río abajo, como una enor­me jangada gigantesca, arrastrando a su paso troncos, plan­tas y animales y transportando en su seno a todos aquellos seres ansiosos de horizontes, eternos viajeros del río.


en Lagos, Wolko "Cuentos y leyendas del litoral" Ed Continente 2000

8 de abril de 2017

El río por delante: entrevista con Guillermo Neo





Sucesos orilleros (Ediciones Neutrinos), la obra completa del poeta Guillermo Neo, reúne sus siete libros publicados entre 1998 y 2015, además de seis inéditos. Su poesía está conformada por poemas breves, incluso brevísimos. El lenguaje y el Delta del Paraná son motivos que obsesionan su escritura, por lo general perfilada hacia la experimentación con un estilo definido y sobrio. Una poética que se mantuvo casi secreta hasta la presente publicación al cuidado de Cristhian Monti y Daiana Henderson. Se trata de una de las voces más intensas y conjeturales de su generación.
Neo es Licenciado en Sociología y trabaja en una escuela del Gran Buenos Aires desde 1989. Colaboró en los años ’90 en la revista de poesía Mientras se corta el césped y codirigió la mítica publicación Tinta seca. Participó del 23º Festival Internacional de Poesía de Rosario, en 2015.
-Ante todo, sorprende el hecho que con casi 50 años de edad, y más de una decenas de libros publicados, no es frecuente tener la posibilidad de contar con tus declaraciones. ¿Evitás las entrevistas, o simplemente no se han dado?
-No se han dado. Mis libros fueron publicados por editoriales muy chicas e independientes, con una distribución muy acotada y poca cantidad de ejemplares y sin ningún tipo de prensa. También es necesario mencionar, que hace aproximadamente unos quince años que estoy “guardado” especialmente, a partir del nacimiento de mis hijos.
-El Delta del Paraná atraviesa buena parte de tu obra reunida. Brinda constantemente destellos luminosos: “El agua marrón/ lava las costas/ come las casas/ desenreda las raíces/ de los sauces”. ¿Por qué te sentís subyugado por este río?
-Me siento atraído por su paisaje, me gusta mucho el litoral mesopotámico. Especialmente el Delta. Lógicamente el Río Paraná es la teta que alimenta todo ese paisaje. Coincido con Lobodón Garra, cuando dice que el Delta del Paraná está impregnado de un hálito de tristeza, y de soledad que caracteriza a las islas. Eso es lo que me gusta especialmente. Esa tristeza y esa soledad del Delta es lo que me subyuga. Sin lugar a dudas, esa fue la atmósfera de mi estética poética durante mucho tiempo. También debería agregar a esto, que me gustan mucho los poetas del litoral como Juan L. Ortiz, Daniel Durand, Damián Ríos, Juan José Saer. Lógicamente me han influenciado con su obra.
-¿Cómo se presentó la oportunidad de reunir en un mismo tomo toda tu obra edita e inédita?, te pregunto porque no es un hecho muy frecuente.
-Fue una hermosa sorpresa de la Editorial Neutrinos, llevada adelante por Cristhian Monti y Daiana Henderson. A principios del año 2015, empezaron pidiéndome un poema temático sobre bicicletas. A la semana siguiente, me pidieron reunir en un solo volumen mis primeros libros. Al mes siguiente, me propusieron publicar todo, incluso los textos inéditos. A todas sus propuestas les decía que sí. Al mismo tiempo, me invitaron al Festival de Poesía de Rosario (en el mes de septiembre del año 2015). Fue algo increíble para mí. A Cristhian Monti y a Daiana los conocí personalmente cuando finalizó la apertura del Festival de Poesía de Rosario. Daiana se me acercó, sacó el libro terminado de su mochila y me dijo: -“Ayer mismo salió de imprenta”. Yo les dije: -“¡Ustedes están locos!”
-“Bípedo implume” es un poema de considerable extensión, y donde hacés un manejo muy lúcido de la elipsis. Allí narrás, en cierta forma, el destino de un pueblo del delta “que hace dos mil años huye;/ huye de sus recuerdos” y que “quedó sin sitio”. ¿Cuál fue su historia?
-Ese poema es un relato mítico, sobre el destino desafortunado de un pueblo originario en el litoral mesopotámico. Como, al fin de cuentas, fue el destino de todos los pueblos originarios. El efecto buscado, es el de imaginarse a los pueblos originarios en el delta del Paraná. El poema surgió a partir de un relato sobre un supuesto cementerio indio ubicado en el fondo de la isla “La Sirena” entre el Canal Arias y el río Gauycará. Si bien creo que los pueblos originarios en la zona fueron los guaraníes, los Chaná, los Timbú y los Mbeguá, yo elijo nombrar en el poema a otros pueblos originarios (Chiriguanos, Pilagá, y los Chulupí) estos están elegidos sólo por la sonoridad de sus nombres y un poco para desconcertar al lector.
-La tuya es una poesía que se preocupa por cuestionar la tradición de su propia oralidad. “El Bikya”, donde una anciana nonagenaria es la última de un idioma en extinción, es un claro ejemplo. Pero también, aflora la idea en “El poema fue tan extenso”… ¿Por qué?
-Entiendo que todos somos poetas, en alguna medida, solo que hay algunos que están atentos a lo que se dice, y las palabras que escucha le resuenan de manera distinta y luego las anotan en un papel. Me gusta escuchar. Me gusta la oralidad en la poesía, me gusta la idea del poeta como juglar. Lógicamente, también me interesa el continuo movimiento y cambios que se producen en la lengua hablada y por lo tanto, luego, en la lengua escrita. Aquí, en “El Bikya”, juego con la posibilidad real de que una lengua se termine definitivamente por la muerte de todos sus hablantes. En “El poema fue tan extenso”, imito a Scheherezade, que, en vez de contar cuentos al rey para alargar la vida de su hermana, le recita versos. En vez de 1001 noches, son solo 5 días. ¿Será que con la poesía es más difícil mantener con vida a alguien?… En resumen, no sé si decir que cuestiono la tradición de oralidad, pero en estos dos casos quise mostrar sus límites y sus imposibilidades.
-A lo que me refiero, es que encontramos en toda tu producción un particular interés por explorar las formas. Cada libro intenta abrirse a otro tipo de experiencia formal.
-En muchos de los ejercicios de escritura de texto que empiezo, trato, sin demasiado éxito, de probar y explorar nuevas formas y estructuras. Son tibias experimentaciones para no repetirme. Así, durante el año pasado trabajé un texto incluyendo la política, que nunca había hecho. Y este año estoy trabajando un texto con diálogos poéticos.
Sucesos orilleros, da la sensación que es, a su vez, una novela en verso. Pienso en la Sofanora; la Laurita; el vengativo Nicolino; el borracho Villa… Cada poema articula una anécdota a través de un personaje determinado. ¿Cómo construiste la estructura del libro?, ¿se armó secuencialmente?; ¿las historias allí reunidas las fuiste recolectando de terceros o la imaginación te fue acompañando?
-Las historias allí reunidas son parte de mi experiencia de vida. Lógicamente a veces las historias están camufladas o aumentadas, pero todos los Sucesos Orilleros los escribí mientras trabajaba de maestro de apoyo escolar en el barrio El Ceibo: un barrio costero de Vicente López, en la Provincia de Buenos Aires. Soy de la idea de escribir sobre lo que conozco y sobre lo que vivo.
-Me gustaría te refieras a La Siberia, creo que es uno de tus libros más enigmáticos, por los pueblos lejanos a los que alude, pero también los enrarecidos episodios allí narrados. Una vez más, cambiaste de perspectiva con lo que venías escribiendo hasta entonces. ¿Te documentaste para su desarrollo?
-El texto llamado La Siberia tiene la intención de generar mi primer viraje. Busqué generar un cambio de paisaje extremo (pasar del Delta a la Siberia) con la complejidad de que nunca estuve en Siberia. Pero al mismo tiempo, transpolar situaciones o anécdotas. Me parece que ambos ambientes mantienen una semejanza, tanto el Delta Argentino como la Siberia fueron los lugares de los excluidos. Ambas regiones tienen muy poca densidad poblacional. Fueron zonas de exilio y de castigo en Rusia, y de ocultamiento en Argentina. Por ese entonces, durante el verano del año 1995, junto con algunos amigos, entre ellos Manuel Alemian y Ernesto Arellano habíamos entrado a una casa abandonada en el Delta. Su dueño había muerto, solo sabíamos que le decían “El Polaco”. Increíblemente en su casa encontramos una nutrida biblioteca, que desde luego saqueamos. En ella, había numerosos libros soviéticos. “El Polaco”, seguramente había sido un militante político. Los tres saqueadores nos dividimos el botín. A mí, recuerdo que me quedó entre otros libros: La madre de Gorki y una antología de cuentistas rusos llamada Tierra Arrasada diario de guerra. Creo que esa fue mi documentación para escribir La siberia.
-“Lúgubre” es un poema donde aparece el teniente T. ¿Deberíamos sentir piedad ante su patetismo?, ¿por qué?
-Sí. Pobre teniente T. perdió la cabeza. Es un poema que hace alusión a la locura.
-Con La fragmentación, abordás la prosa. Son textos que parecen, más bien, apuntes, notas sobre posibles poemas. ¿Anotaciones autobiográficas que quisiste rescatar del olvido?
-Sí, exactamente. La fragmentación es la manifestación de mi imposibilidad de unir. Es mi imposibilidad de contar de corrido. Pretendí que cada lector pueda deducir, enlazar, asociar, los segmentos.
-Más allá de tus Poemas de superficie, la mayoría de tus textos giran en torno a escenas u objetos cotidianos. A lo que me refiero es que operan como instantáneas de una realidad inmediata, profundamente efímera. ¿Cuán importante es la sencillez y la simplicidad en tu poesía?
-Recuerdo, que al momento de escribir los Poemas de Superficie, estaba muy entusiamado con la lectura de Chantal Maillard. Ella, con en el libro Matar a Platón me llevó a esa poética instantánea, inmediata, efímera y vivencial. Para mí es primordial la sencillez. Nombrar las cosas claramente y que las pueda enterder gente del común. El trabajo que hice en Poemas de superficie es trabajar con los objetos que están a la vista de todos. Con una mínima épica íntima y muy sencilla de comprender, pero que a la vez tenga cierta intensidad y que pueda conmover. Para ello me es indispensable una experiencia de vida. Cuando no la hay, enseguida se me nota.
-¿Poemas como “El ciruelo”, o “La casa del girasol” fueron escritos in situ, o nacieron de una imagen de tu memoria? A lo que me refiero es si el poema por lo general te encuentra en el lugar en que lo escribís.
-Sí, claro. Siempre parto de una experiencia personal. Para mí es fundamental un contacto visual y una vivencia personal.
-¿Qué tipo de ejercitación buscaste con un libro tan radical como es tu Tuti fruti?
-Es un ejercicio lúdico, con las formas de los poemas y con las palabras.
-¿Coincidís en que hay una marca temática en la poesía de los ’90?
-No creo que haya una marca temática, por el contrario, la poesia de los noventa generó un abanico muy amplio de temas. Lo que me parece que sí hubo, especialmente en los principios de la década, es un tronco de lecturas comunes (Zelarayán, Joaquín Giannuzzi, Williams Carlos Williams, Leónidas Lamborghini, Nicanor Parra, Alberto Girri y otros) y búsquedas comunes en muchos de sus miembros, pero que eso luego se diversificó en resultados disímiles, especialmente hacia fines de los noventa con la aparición de una serie de poetas todavía más jóvenes. El resultado fue la aparición de poetas muy diferentes entre sí. La prueba de esto es la cantidad inconmensurable de editoriales independientes que han nacido, en los últimos 10 años, en todas las ciudades argentinas que publican cientos de libros por año.
-¿Te considerás un poeta de culto?
-La verdad que no. Más que un poeta de culto me considero un poeta inculto que no es lo mismo.
-¿Un poeta al que rescatarías del olvido?
-Rescataría a Federico Pedrido, solo porque con mi amigo Pablo Aguirre nos habíamos interesado por un librito suyo con un título hermoso: Borracho muerto (1983). Recuerdo que Pedrido insistía en que Macedonio Fernández le había prologado su primer libro. En el año 1994, lo buscamos en la guía telefónica, lo llamamos y lo fuimos a visitar a su casa. Algo parecido habíamos hecho con Daniel Durand y José Villa en 1993 o 1994, con Darío Cantón (otro poeta hasta ese momento “olvidado”), recuerdo que los acompañé a visitar a Cantón a su casa frente a la Estación de trenes de Vicente López.
-¿Cuál fue el último libro de poesía que leíste?
-Estuve releyendo el libro Diario de Alejandro Rubio, aprovechando que acaban de reeditar ese libro los chicos de la editorial Palabras Amarillas. Yo lo compré en el 2009 cuando lo publicó una editorial chilena llamada La calabaza del diablo. Cuando me enteré de su reedición me alegré mucho, porque tenía un muy buen recuerdo del mismo.
-Última pregunta, Guillermo, ¿alguna vez soñaste con el rumor del Delta?
-La verdad que no. Sueño más con un posible ascenso de Ferro Carril Oeste a la primera división o con un gol sobre la hora, que con el rumor del Delta.



FUENTE: http://www.indiehoy.com/libros/rio-delante-entrevista-guillermo-neo/