28 de diciembre de 2016

Cecilia Ferreiroa - Regreso a la isla

Hemos llegado. Las flores de la azalea están abiertas y llenas de luz, una luz rosa que encandila. El pasto está alto y la tierra mojada. Hemos llegado pero la gata no viene a recibirnos, o a pedirnos comida, con impaciencia y malos modos. Estamos en casa después de tanto tiempo. El Chaná corre silencioso hacia los Bajos, callando todo lo que se descompone y vive en su interior. El jacarandá que C. replantó está sin hojas, perdió algunas ramas, las de abajo. No es seguro que vaya a vivir en su nuevo lugar. La galería está como la dejamos, con el termo que nos olvidamos en el apuro o en el descuido de la partida. Siempre nos vamos como si nos persiguieran, desorganizados, confundidos. La camelia está florecida nuevamente, por segunda vez en el año. ¿O es que no dejó de florecer nunca en todo este tiempo? Los zorzales y los horneros comen por todo el jardín, picotean y miran de reojo, desconfiados, nuestro regreso. ¿Qué venimos a hacer acá?, parecen preguntarse. Y yo corro al rincón del techo donde duermen los caburés con temor de no encontrarlos. Los veo parados, uno al lado del otro, pegados y mirándome con las cejas levantadas. No soy bien recibida. Si me muevo, ellos mueven su cabeza, siguiéndome con la vista, amenazantes. Los primeros escalones de acceso a la casa guardan restos de tierra fina, olvidada por el río. Abro por fin la puerta. Está bastante oscuro y con olor a humedad. Una capa de moho cubre la mesa de la sala y la pinta de verde. En el piso yacen una docena de avispas, atrapadas dentro en lo repentino de nuestra partida. Un murciélago está recostado en un rincón del bidé, parece muerto pero cuando me acerco lanza un sonido agudo y vibrante. Las telarañas crecen por todos los rincones; decenas de arañas tiemblan en sus frágiles nidos ante mi mano que avanza con el plumero. Cuando lo paso y destruyo las telarañas ellas caminan a gran velocidad por la pared para salvarse. Huyen de mí y se esconden en pequeñas rendijas del techo. Estamos acá, después de tanto desearlo, con emoción, conmovidos por la belleza, que se aleja de nosotros. Por fin llega la gata. Nos escuchó y viene corriendo y gritando. Pide comida con desesperación y se refriega en nuestras piernas. La única criatura de este diverso mundo que se alegra por nuestro impensado regreso.

[FUENTE: https://revistacarapachay.com/2016/12/07/5/]

26 de diciembre de 2016

Nacho Iasparra - Fotografias (Segunda serie)

Nacho Iasparra Nació en 1973 el 25 de Mayo en la Prov. de Bs. As. En 1992 vino a Buenos Aires, un año después comenzó a estudiar fotografía. Estudió en la escuela argentina de fotografía, hizo talleres con Ricardo Torosian, Fabiana Barreda y estudió 2 años fotografía publicitaria en Foto Desing. Formó también grupos de estudio e intercambio de inquietudes con amigos y colegas de la misma generación. Desde 1997 ha participado en muchas muestras colectivas y en 3 individuales. Sus fotos están en la colección del MALBA y del MAMBA. Publicó en el libro Rutas y Caminos, Nueva Fotografía Latinoamericana 2, la revista Big Buenos Aires y Purple. Actualmente vive en Buenos Aires, donde da clases de fotografía.
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 [FUENTE: https://revistacarapachay.com/2016/12/07/4-2/]

23 de diciembre de 2016

Daniel Moyano - Para que no entre la muerte

El Viejo fijó un buen rato los ojos en el arroyo, por lo menos hasta la primera curva, donde aparentemente desaparecía; después dio una chupada a la pipa y se quedó como pensando.

-¿Pasa algo? -dije sin mirarlo, con los ojos clavados en el agua para tratar de ver lo que él había visto.

-Están pasando muchas cosas en este momento -me llegó la voz-; debe haber comenzado a llover en las sierras grandes. La creciente llegará aquí en un par de horas. Vamos a buscar las redes.

Habíamos perdido muchas crecientes por no conocer bien las costumbres de la lluvia. Muchas veces, a pleno sol habían pasado crecientes hermosas llevándose lejos, hacia las ciudades ricas y poderosas preciosos cargamentos de objetos que hubieran sido útiles para nuestra casa. Porque nosotros a la casa la hicimos con el río.

A medida que en el pueblo se construían hoteles para los turistas, a nosotros nos obligaban a corrernos más hacia las afueras. Ya habíamos hecho como cuatro o cinco casas utilizando los troncos y las cañas que había en los suburbios, pero ahora, donde nos había tocado, no había más nada. Las lomas estaban roídas por las cabras y el terreno pedregoso llegaba hasta la orilla misma del arroyo. Cuando llegamos con los colchones al hombro, algunas gallinas y nuestra colección de tías, los vecinos ya habían utilizado todo el material posible de la zona. Nos ayudaron a reconocer la parte de terreno que nos correspondía -puras piedras- y nos alquilaron una piecita al frente del terreno, del otro lado del arroyo, hasta que pudiésemos construir la casa. Era fácil ver en los alrededores que donde faltaba un árbol ese árbol estaba clavado en forma de poste formando la esquina de una casa. Las piedras más o menos cuadradas habían desaparecido también y eran o pared o piso en las casas desparramadas por el pedregal ese. Tampoco había lajas ni adoquines ni piedra bola: todo había sido aprovechado por los que llegaron primero.

Me acuerdo que mientras mis tías sacaban sus vestidos azules y rojos de los baúles y los colgaban en los clavos de las paredes de la piecita, yo y el abuelo nos sentamos en medio del terreno a pensar qué se podía hacer.

-Acá ya no queda nada, más vale que busquen otro lugar más lejos -nos dijo uno de los vecinos mientras rasqueteaba a su caballo.

Mi abuelo debió estudiar profundamente el arroyo en ese momento, porque después de mirarlo un rato dijo:

-Nos quedaremos.

Lo que no recuerdo es si mi abuelo era joven antes de llegar aquí, porque después supimos, durante el resto del tiempo, que él había envejecido después de descubrir los misterios de la lluvia. Que era como saber, según lo supimos siempre, todas las cosas de la vida y de la muerte. Pienso que sus cabellos se pusieron blancos en esos minutos, porque una vez, cuando le pedí que me explicara el asunto de las crecientes, que él preveía con varias horas de anticipación, me dijo que si lo aprendía envejecería en el acto. Pero las cosas se equilibraron, porque si envejeció en ese momento, ya no necesitó fuerzas para acarrear piedras desde lo alto de las lomas (además ya no había), ni troncos desde las llanuras distantes, porque con las crecientes todo se lo traía el río y se lo dejaba en el mismo terreno, gracias a la red que habíamos construido con alambres también traídos por el arroyo.

Nuestra llegada, mejor dicho de mis tías con sus vestidos al viento llenos de colores y de pliegues, fue una alegría para el barrio. Vivíamos todos amontonados en la piecita y teníamos una radio de pilas ante la que mis tías lloraban inclinadas cuando oían alguna canción de Libertad Lamarque. Mis tías eran hermosas y los hombres, a la tardecita rodeaban nuestra pieza esperando que saliera alguna de ellas. Salían por las noches, perfumadas, y se iban con los hombres a caminar por las riberas siguiendo el canto de los sapos y, de tanto en tanto, según la luna, nacían hermosos bebés, que en poco tiempo se prendían a los bigotes del abuelo. Cuando les dolía la pancita, yo seguía el curso del arroyo y buscaba menta para las infusiones, y al volver oía que el vecino rasqueteador de caballos le decía a mi abuelo que era muy difícil alimentar tantos chicos. El viejo consultaba al río antes de responder y luego de una corta meditación decía:

-Que nazcan. Ellos son la única alegría que podemos tener en la vida.

Yo mismo había nacido así y era una de sus alegrías.
El año de la Gran Creciente murieron muchos bebés, porque dicen que el agua había sido revuelta por los microbios. Lloramos todos muchas veces y mi abuelo se sacó el sombrero por primera vez en varios años. También vinieron a llorar los hombres de los alrededores y por un tiempo más o menos largo no volvieron a salir con mis tías siguiendo el canto de los sapos. Aprovechamos esos días de mucho silencio para reforzar nuestras redes. El abuelo decía que había que detener en todo lo posible las riquezas que traían las crecientes, «porque si no esta zona será siempre muy pobre. Las cosas pasan por este arroyo, llegan al río y siguen saltando y bamboleándose; luego el río avanza hacia ríos más grandes, con más riqueza acumulada, y todo va a parar finalmente a Buenos Aires, y después al mar, a Europa, y nosotros nos quedamos con las manos vacías».

Aquel día la creciente había sido muy rica. Además de ladrillos medio redondeados pero sanos había traído adoquines, muchos tarros y piedras grandes de varios colores. La parte de red que me tocó controlar solo dejó escapar una lata de querosén de veinte litros, que abierta hubiera significado una buena parte de techo. La vi bambolear por encima de las crestas sucias, casi en el aire, y perderse vaya a saber hacia dónde, pero logré detener una gran piedra blanca casi cuadrada, que ahora forma el ángulo más vivo de nuestra casa. Después separamos las piedras por formas, luego por colores; también los adoquines, los ladrillos, que eran muchos y la gran cantidad de tarros para el techo. Cuando pasó la creciente pese al fresco que hacía; mi abuelo y yo sudábamos.

Mis tías salieron todas juntas de la pieza y levantándose los vestidos azules cruzaron el arroyo para ver cuántas maravillas nos había dejado la creciente. Ellas mismas se pusieron a ayudarnos a separar todo y, mientras lo hacíamos, cantábamos sin saber qué estábamos cantando. Todos estábamos contentos porque había material para proseguir la casa, que ya tenía casi treinta centímetros de alto. Ahora podríamos llegar al metro por lo menos. Solamente el viejo no estuvo muy contento, y no quiso contestarme cuando le pregunté por qué estaba así. Pero me respondió años después (años que para él no significaban nada, porque estaba acostumbrado a usarlos), me dijo cosas que no pude entender y que sin duda se relacionaban con esos días de silencio, de los chicos cuyos rostros yo había olvidado completamente, de las aguas revueltas por los microbios y de otras cosas más que el abuelo mismo temía. Creo que fue entonces cuando me dijo que era mejor no entender nada para no envejecer de golpe.

El verano terminó, y con él las lluvias, y mis tías estaban impacientes porque termináramos por lo menos una pieza y la techáramos. Sobre todo dos de ellas, que esperaban alumbrar hacia la mitad del invierno, pero el viejo vacilaba antes de decidir un cambio de emplazamiento de la casa, que tenía muy pensado. Se pasó varios días mirando no solo el río sino también las plantitas que crecían en las riberas. Levantaba piedras, observaba los bichos que vivían debajo de ellas, cortaba y olía las hojas de las pocas plantas que sobrevivían en el pedregal. Un día decidió que sacáramos todas las piedras que ya habíamos puesto y que llegaban apenas a treinta centímetros de altura, porque había resuelto construir la casa más lejos del arroyo, casi sobre el nacimiento de la loma. Ciertamente el viejo se volvía más misterioso a medida que avanzaba en el conocimiento del arroyo y de las lluvias. Observaba cuidadosamente el desplazamiento del sol entre las estaciones, y todo lo que clavaba o plantaba tenía relación con el giro del fuego. La única explicación que nos daba era:

-Ustedes no entienden nada de estas cosas. Tenemos que protegernos.

Finalmente cavamos los cimientos otra vez en un lugar muy incómodo que nos obligaba a hacer un rodeo para traer el agua y para salir a la calle natural que corría junto al arroyo y llevaba al pueblo. Mis tías protestaron hasta muy avanzado el invierno, y después callaron cuando el viejo anticipó la nevada. Hacía cuarenta años que no nevaba en la zona. Desde entonces nunca más discutieron sus puntos de vista.

Antes de decidir el nuevo emplazamiento, desapareció por una semana. Se había ido al monte, que estaba al otro lado del río grande. Volvió lleno de pelos, yuyos y bichos, medio quemado por el sol y con un gesto triunfante. Trajo dos quirquinchos que le habían sobrado de la cacería que hizo para alimentarse esos días y anunció, muy contento, que ya sabía dónde haríamos la casa.

-En esta casa no podrá entrar nunca la muerte -dijo estirándose los bigotes.

Mis tías entonces hicieron girar sus dedos índices sobre las sienes y le sacaron la lengua.

En el verano siguiente, durante el tiempo que le dejaba libre el olfatear las crecientes, marcaba en el suelo la sombra que proyectaba una estaca alta clavada frente al sol. La sombra era paulatinamente más larga y luego, a medida que se iba el verano, se acortaba. En todos los casos mi abuelo marcaba bastante hondo en el suelo el alcance de la sombra, de modo que al final había un montón de rayas profundas que sin duda tenían una relación directa con la orientación de la casa, o quizás con su muerte, vaya uno a saberlo. Se lo pregunté y él admitió ambas cosas casi sonriendo y me dijo que no me convenía ahondar más en el asunto. «Eso dejalo para mí, que ya estoy viejo».

El abuelo tenía razón. Cuando terminó la casa empezó a morirse. Pero fue una muerte larga, que duró varios años. Creo que comenzó a morir aquel día que volvió del monte, lleno de bichos. Esa noche se le descolgó una arañita del ala del sombrero y una de mis tías, asustada, se la quiso sacar.

-No la toquen; dejen esa araña donde está -le oí gritar por primera vez.

La araña, comprendiendo, subió por su hilo y se escondió otra vez en la cabeza, debajo del sombrero.
Habíamos terminado las dos piezas de mis tías, una hecha enteramente de adoquines y otra de canto rodado. A los pocos días de mudarnos, los hombres de mis tías tenían que cruzar el arroyo, de noche, haciendo equilibrio sobre las piedras para poder darles las serenatas de costumbre. Conocíamos perfectamente sus voces y sus desafinaciones. Ése es Evaristo, ése Pablito, ése Pepito, decía mi abuelo en la sombra del cuarto, mientras se dormía con el sombrero sobre la cara para evitar la luz de la luna que entraba por la ventana. A mí me quedaba más lejos el camino del arroyo para ir a buscar los yuyos contra el dolor de panza de los chicos pero después sacrificamos algunos tarros destinados al techo de la cocina y en vez de abrirlos trasplantamos en ellos las variedades principales para tenerlas de noche al alcance de la mano. Dormíamos en la pieza de las tías solteras, para evitarle al viejo el llanto nocturno de los chicos, que le impedía oír el ruido del agua del arroyo, tan importante para él. Nos faltaba la cocina, que tenía ya la mitad de su altura, hecha con ladrillos, redondeados por las aguas. Ese año hubo varias crecientes, pero no trajo ladrillos, solamente piedras y adoquines, y el viejo quería terminarla con el mismo material con que había empezado. Además, no se podía poner en la parte alta de las paredes material más pesado que los ladrillos carcomidos por el arroyo. La última creciente grande vino llena de víboras, y nadie se animó a meter un solo dedo en el agua. Durante varios días tuvimos que ir a buscar el agua, en tarros, al hotel de los militares, al pie de la montaña, que quedaba bastante lejos. Nos llevaba casi todo el día ir y volver, pero los hijos de mis tías se salvaron de los tremendos dolores de estómago y de la mala suerte de varios niños que las aguas contaminadas silenciaron río abajo ese año.

Un día, con una lluviecita muy pobre, sin creciente, llegaron por el arroyo cerca de trescientos tarros vacíos de duraznos. Venían del hotel ese, donde los coroneles pasaban quince días de vacaciones. Eran todos del mismo tamaño y de idéntico color, lo cual favorecía la construcción. El viejo decidió entonces, muy a su pesar, terminar la cocina. Abrimos una gran cantidad de tarros para terminar las paredes y luego y con los mismos tarros hicimos el techo de dos aguas. Como sobraron muchos, cortamos algunos por la mitad, sin abrirlos pero desfondados, para hacer las canaletas de desagüe. Mis tías quedaron maravilladas de los detalles. La cocina parecía una casita dibujada, con su chimenea de latas tan azules como el humo.

Generalmente los hoteles arrojaban la basura al arroyo. Un día vimos pasar alrededor de dos mil patas de gallina. Mi abuelo dedujo que se trataba de la colonia militar, que era el hotel más grande de la zona, explicando que si eran dos mil patas se trataba de mil pollos, de los cuales podían comer bien alrededor de dos mil coroneles. Yo los conocí. Eran muy buenos conmigo y me daban propinas cuando trabajaba de parapalos en la cancha de bowling del hotel.

Hacía unos días que habíamos terminado la cocina cuando al viejo se le aflojó el primer diente. Se estuvo hurgando un rato con los dedos y protestando, hasta que se lo sacó y lo arrojó por la ventana. Fueron inútiles todos los yuyos que tomó (traídos a veces desde la cima de la montaña, donde el viento y las plantas son más limpios), porque cada tres o cuatro días se le aflojaba otro más, que él arrojaba afuera maldiciendo la vida, y yo cada día entendía menos lo que decía, hasta que se quedó sin uno solo y no pudimos entenderle nada por un tiempo.

Las demás partes del cuerpo se le fueron yendo poco a poco, y cuando se habían ido del todo vino la Creciente Terrible que casi se lleva el hotel de los coroneles. Estuvimos toda la noche tapándonos los oídos y tocándonos el corazón con las manos para que no se nos soltara de miedo, oyendo las piedras inmensas que la creciente arrojaba contra la pared más gruesa de la casa, donde el viejo no había dejado ninguna puerta ni ventana.

Al otro día el arroyo, que había cambiado de curso, estaba en el lado opuesto al que había tenido siempre, y ahora sí todo era natural; pasaba al frente mismo de la casa y los yuyos para los hijos de mis tías quedaban al alcance de la mano. El arroyo pasaba ahora por los lugares que mi abuelo había marcado pacientemente siguiendo el curso del sol con la sombra de las estacas. Nuestra casa se había salvado, pero el río se llevó varias, con todo lo que había adentro, entre ellas la del hombre que rasqueteaba los caballos y que, según dicen, le había dado en otros tiempos muchas serenatas a una de mis tías, que lloraba mucho.

Nosotros lloramos ese día todo lo que había que llorar por los que se había llevado el agua. Vinieron fotógrafos de ciudades distantes y un avión estuvo dando vueltas por el lugar.

Ahora hace mucho que no llueve, y harían falta algunas crecientes para mejorar ciertos detalles de la casa. A veces miro el río y noto cambios de color o de sonido, pero evito mirarlo mucho, porque no quiero envejecer. Algunos de los hombres de mis tías consiguieron trabajos buenos y se fueron de aquí con ellas. Hoy están en Buenos Aires, son señoras elegantes y tienen hermosos perros que sacan a pasear por las plazas iluminadas. Muchos de los chicos que tomaban las infusiones que yo hacía con yuyos, se han ido también y trabajan en grandes fábricas, amplias y hermosas, a las que entran y salen como si fueran los propios dueños.

El viejo me dijo varias veces que cuando él se fuera se prolongaría en mí, que seguiría viendo por mis ojos, tal como sucede cuando advierto el cambio de color en el agua. Por eso he resuelto quedarme aquí para esperar el fin. Algunas veces siento deseos de irme de este pueblo, pero advierto que, pese al deseo, el río no me ha dado todavía los medios para hacerlo.

Los otros días se me descolgó una arañita del sombrero que heredé del abuelo. La tomé por el hilo y la tiré al río. Después estuve mirando un rato cómo el agua se la llevaba, probablemente hacia las ciudades ricas y llenas de luces.

[FUENTE: https://revistacarapachay.com/2016/12/07/7/]

20 de diciembre de 2016

Osvaldo Baigorria - El Tata


 
Así lo conocían en el Marchini, ese arroyo de agua escasa, apenas navegable si hay viento norte, que llega o sale al Sarmiento cerca del muelle La Esmeralda, ahí donde el río cambia de nombre quizá por un error de cartografía, como él mismo decía. Un isleño típico, o sea, alguien que no nació en la isla pero se aquerenció a tal punto que solo podían sacarlo con los pies para adelante y las botas (de goma) puestas.


Mi recuerdo del Tata me incita o requiere no hablar de literatura, ni del río como espacio imaginario ni del delta en general sino de algo muy particular, real y concreto: voy a hablar de la muerte, que es un tema del delta verdadero, ese que te atrapa y te deja como alimento para los peces. Porque hay un Tigre que engaña al turista, al visitante de día o de finde, al que se va después de tocar la superficie. Y porque hay que vivir y morir en la isla como lo hizo Luis “El Tata” Leonardi, rosarino nacido en el 44 que se vino a mediados de los 70 tras haber militado en el Peronismo de Base, en busca de un exilio interior que sólo podía encontrar en ese espacio que se nombra en singular, igual que el río. La isla, un lugar que en la imaginación siempre parece inabarcable, con meandros y orillas en formación constante, vegetación que oculta todo rastro, ausencia o mínima presencia de policía, vecinos que preguntan poco, tiempo de sobra, fronteras difusas entre municipios, provincias y países.

El Tata vivió primero en vivienda alquilada junto al arroyo La Perla y después compró terreno y casa que llamó El Vagón en el Marchini. Años más tarde edificó otras tres cabañas para alquilar los fines de semana; fue uno de los primeros en practicar ese modo de ganarse la vida isleña en la zona. Empezó cuando el Tigre no estaba de moda y la luz artificial del boom turístico aún no había acorralado al delta silvestre en esos pantanos donde el pie se hunde y el remo se atasca, donde la carne y el vegetal se pudren. Había estudiado para ingeniero mecánico en la UTN, había diseñado tuberías para reactores atómicos y otros modelos de ingeniería industrial, trabajó incluso en Perú, sabía hacer plano de obra y ponerse a construir. Se le ocurrió el diseño e impresión de un mapa isleño que vendía por su cuenta y todavía se consigue por ahí, ese mapa donde intentaba corregir el error que había llevado a que en un lugar el río fuese llamado Sarmiento y en otro Capitán; porque en los mapas –explicaba El Tata– como el nombre Capitán Sarmiento era muy largo, los tipógrafos solían cortarlo en dos, quedando de un lado el nombre “río Capitán” y en el otro “río Sarmiento”. Pero era (y es) un solo río.

A mediados de los 80, El Tata salió del exilio interior a su manera: la militancia. Estuvo al frente de la movilización para conquistar más y mejores servicios de lancha colectiva, hasta que se inauguró la salida de las 21 horas desde Tigre (se reía: “la primera noche fuimos todos en manifestación a tomarla para demostrar a la Interisleña que éramos muchos los que necesitábamos el horario de las 9”). También publicó la primera revista en la zona: El carpincho. Todavía hoy se puede encontrar su nombre y apellido en el Centro de Estudios del Delta Bonaerense, donde aparece como presidente (junto a un vice que es Marcelo “Nono” Frondizi), en el primer Centro de Jubilados Delta, en la Agrupación Envar El Kadri y en alguna otra que se me va de la memoria. En ninguno de esos sitios buscaba figurar ni trepar a un puesto rentado. El Tata era un militante de base, sin mayúsculas.

Nos conocimos alrededor del 2003-2004, cuando con Susi empezamos a pasar fines de semana en cabañas alquiladas, en los principios de mi idilio con el delta, todavía para mí un territorio exótico, deseado, paradisíaco, casi inaccesible y al que tenía que renunciar los días de semana por la amarga vuelta a la ciudad. Después empecé a vivir ahí mismo y dejé de idealizarlo, tanto al delta como al Tata.
Nos conocimos y reconocimos en memorias generacionales, aunque con perspectivas e historias diferentes. Eran años en los que podíamos coincidir y discrepar sobre temas de coyuntura sin pelearnos (“yo siempre fui medio peroncho” aclaraba El Tata; después, eso de “medio” se vio que era una mentira a medias). Coincidíamos en políticas para la isla: transporte público, autonomía, organización vecinal pero había divergencias en torno al medioambiente (“eso hay que dejarlo para más adelante” sentenciaba El Tata cuando se le decía que mejor que pedir más lanchas colectivas era controlar los motores contaminantes; o también: “ojito que yo no soy de Grin Pis” si se le pedía que no tirara los filtros de cigarrillos al agua ). Cada tanto discrepábamos en políticas macro: ley anti-terrorista, mega minería, modelo extractivo, inflación, corrupción. Admitía: “Hay corrupción. Y Cristina estará loca pero hay que bancarla. Ya se arreglará todo. Como decía el General: andando el carro se acomodan los melones”. En fin: nos habrá agarrado la grieta, no sé; pero dejamos de hablar sobre lo que nos dividía.

Mis recuerdos más felices: las celebraciones de su cumpleaños, cuando preparaba una tremenda bagna cauda para las muchedumbres que iban al Vagón, 30 o 50 personas. El Tata estaba hecho de tan buena madera que no parecía afectado por el mal del sauce, esa enfermedad que no es ninguna leyenda, que puede llevar al alcoholismo o al suicidio. Porque hay que bancarse la isla como él por casi 40 años, bebiendo apenas un poco de alcohol en las fiestas y marihuana sólo si lo convidaban. Eso sí, siempre estaba con su tabla de salvación a mano: esa tenacidad en la militancia que lo sostenía, que lo hacía insistir en que participáramos, que evitáramos el aislamiento, que fuésemos “orgánicos”. Lo decía también con sentido del humor: en asados y veladas compartidas con Gumier Maier, vecino cercano, llegamos a delirarnos con la independencia del delta. ¿Formar un Frente de Liberación Isleño o un Frente Isleño de Liberación? El énfasis en la isla o en la liberación; esas serían las diferencias, según la calidad del vino o del porro.

Fue El Tata quien me enseñó casi todo lo que había que saber sobre los misterios de la vida en la isla; digo “casi” porque siempre hay un resto que da la propia experiencia y otro resto que quedará por explorar. Cuando compré casa a un kilómetro de distancia, me ayudó con todos los consejos que necesitaba para instalarme. La casa estaba impecable, lista para habitar, pero como siempre se necesita reparar algo o llevar algún faltante desde el continente, dijo: “Mirá bien esta casa. Es perfecta, pero este será su mejor estado de aquí en adelante”. Sabias palabras. Luego me instruyó sobre cómo hablar con los parquistas que cortan el césped para no quedar de rehén de los caciques de la zona. Me alentó a hacer todo lo que pudiera con mis propias manos. Me explicó cómo podar la ligustrina a machetazos, cortar cada rama en ángulo de 45 grados con el propio peso del machete bien afilado para que el corte sea de un solo golpe. Me orientó para calcular a qué altura llegaría la crecida cuando hay sudeste y a qué hora se cubriría el terreno según el número de metros previstos para el puerto de San Fernando. Me recomendó aprovechar la marea cuando está en bajante para meterse con el agua por la rodilla y empezar a remover con un secador o escoba el barro del fondo mientras todavía está fresco y liviano, así los caminos serán más fáciles de limpiar para que estén transitables sin pegarse un resbalón. Me indicó cómo sacarle el anzuelo al bagre que chilla y se retuerce al final de la línea para que no te clave una espina en las manos. Me enseñó a encender el fuego para  el asado aunque no tuviera papel gracias a las ramitas de casuarina y muchas otras cosas más que de tan naturalizadas ya quedaron en el olvido.
Al principio el Tata venía caminando esas diez “cuadras” que nos separaban sobre muelles precarios, puentes tambaleantes, raíces de árbol y senderos tapados por la crecida, con la espalda encorvada de tanto mirar hacia el suelo para no tropezar y caerse. Lo recuerdo con sus ojos claros y su pelo rubio con canas y su piel curtida y su tos de fumador imparable llegando hasta el portón para decir algún saludo en clave de chiste gauchesco como “ave maría purísima” y esperar el “sin pecado concebida”, o “viva la santa federación” y esperar el “mueran los salvajes unitarios”. Después se enfermó y ya no pudo venir más.

Se enfermó del riñón, fue grave, empezó a ir a diálisis tres veces por semana al continente contra viento y marea; eran seis, siete u ocho horas desde que tomaba la lancha en el muelle, llegaba a puerto, se arrimaba a la clínica, aguantaba la limpieza de la sangre y volvía al atardecer desfalleciente por la paliza recibida. ¿Por qué se enfermó El Tata? ¿Acaso la vida isleña no era más saludable, por falta de estrés, horarios y ansiedades? Preguntas inútiles. Quizá le ponía demasiado sulfato de aluminio al agua para hacerla potable, quizá ya tenía en su ADN el germen de la enfermedad del riñón, quizá necesitaba más compañía que esa perra bóxer que tuvo en sus últimos años. Tenía sus amigas pero se resistía a formar hogar compartido. Y esperó en vano cuatro o cinco años un trasplante de riñón que nunca se pudo hacer: no lograba dejar el tabaco que agravaba su corazón y pulmones, y que pondría en riesgo la operación y el posquirúrgico. Además, los años le nadaban en contra. No conozco, no puedo hablar de su historia clínica pero sí de mis impresiones, desde mi lugar de pura subjetividad. Y cada vez que lo visitaba, lo veía más deprimido. Tuvo varias internaciones antes del final-final. La perspectiva de pasar toda la semana enchufado a una máquina de diálisis lo exasperaba. Ese era el futuro que aguardaba si no se podía hacer el trasplante. Era lúcido, sabía que no le quedaban más opciones.

La última vez que hablé con El Tata fue en la lancha colectiva, donde nos cruzamos por casualidad en un viaje desde el continente, cerca de la navidad de 2015. Venía de diálisis bastante agotado; además, se había caído y lastimado el brazo. De todos modos, pudimos hablar de las recientes elecciones en las que él lógicamente había votado a Scioli y yo a Nadie. El Tata disimulaba el bajón a través de la bronca. Estaba furioso con La Cámpora. Igual soñaba con que Macri terminaría saliendo en helicóptero de la Rosada. “Vos viste que yo siempre fui peroncho, no?”. Ya el “medio” había desaparecido del todo.

Esa vez lo vi irse en la lancha más deprimido y encorvado que nunca. Me enteré poco después que por varios días se negó a volver a diálisis, que se dejó estar en el Vagón hasta que su cuerpo no pudo más y que cuando fue –por presión de sus vecinos– ya estaba tan débil que al intentar tomar la colectiva en el muelle La Esmeralda se cayó al río –o se dejó caer– con mochila y todo. Casi se ahoga, lo sacaron del agua con vida pero en la caída se fracturó una costilla contra el muelle. Fue el principio del final: cuando lo visité en la unidad de terapia intensiva ya no podía hablar. Logramos entendernos con la ayuda de un papel donde escribí el alfabeto para que su índice tembloroso eligiese las letras con las que podía formar palabras: “frío” para decir que necesitaba más frazadas, “alto” o “bajo” para pedir que le subieran o bajaran la cama.

Se fue del todo una madrugada de febrero o marzo, no recuerdo bien. Hubo un llamado de su amiga Mónica para darme la noticia, un suspiro de dolor y alivio, uno de esos comentarios impotentes como “y bueno, por ahí es mejor, ya estaba sufriendo mucho”. Pero sentí que algo de mí también se iba definitivamente de la isla. La ausencia del Tata fue como el despertar de un sueño, la pérdida definitiva de una utopía.

Más tarde escuché que sus cenizas fueron arrojadas al río por algunos amigos y vecinos. Como no hago culto de los muertos, no me interesé por el destino de sus restos. Me queda su alma como recuerdo. Ya no quise ir al Marchini a rendirle homenaje colectivo. Ya no quise ir a decir, junto a otros: “El Tata está presente, ahora y siempre”. Yo sé que estoy aquí y él no está, no me engaño; solo puedo armar este texto algo triste, quizá aturdido entre la fascinación y el cariño como es mi recuerdo personal, egoísta e intransferible de lo que para mí fue el Tata, el guerrero de base, el iniciador de isleños. En su memoria, estas torpes palabras.

[Fuente: Revista Carapachay n° 5 - diciembre 2016]
[https://revistacarapachay.com/2016/12/07/10-2/]

19 de diciembre de 2016

Raúl González Tuñón - Poema de las islas y el río de la muerte

 

 

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905-1974): principales obras: El violín del diablo; La calle del agujero en la media; La rosa blindada; Primer canto argentino; A la sombra de los barrios y La veleta y la antena.

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Poema de las islas y el río de la muerte

En el país en donde el viento cambia de nombre cada cien leguas.

En el país en donde nacen las grandes crecientes y naufragan
las veletas.

En el país donde los ríos cambian de nombre cada cien leguas.

Donde las orquídeas son devoradas por las lianas.

En la cuenca del Amazonas y del Plata,

poblada de gatos monteses, caimanes, jabalíes, basiliscos,

multicolores moscardones, grandes pájaros asesinos.

En el país donde la selva atrapa con el sutil veneno

de la terrible fiebre verde.

Allí donde se encuentran los imponentes ríos,

vecinos del dolor y del espanto de los caucheros y los leñadores.

Y más allá, donde yacen extrañas ciudades enterradas desde hace miles de años;

sus muertos, sus hazañas y sus ritos.

En el país donde disputan vientos y soles, lluvias y sequías,

olores excitantes, gritos mágicos, sapos gigantescos.

Allí donde hay algo más que el oro y los diamantes,

más que el bosque compacto, las selvas vírgenes y los ríos tremendos:

hay, en el corazón misterioso de ese mundo,

la total, fascinante atracción de la selva.

Y pregúntenle a Fawcet, explorador inglés, si es que retorna

de la isla que navega en el Río e la Muerte,

rumbo a un destino inexorable, hacia el Océano.

Hacia el inconmensurable cementerio

de aventureros, de islas y de barcos.






[FUENTE: blog Pájaro de mimbre de Marisa Negri 
http://pajarodemimbre.blogspot.com.ar/2013/07/poema-de-las-islas-y-el-rio-de-la.html]

14 de diciembre de 2016

Ricardo Molinari - Oda a los viejos y grandes ríos

 

Atardecer sobre el Río Paraná / marisa negri



De pie, alejado y sin beber, miro los grandes ríos de mi país,
salir con sus enormes lenguas oscuras hacia el mar.

Los ríos abiertos, angustiadores, abrasados por el sol y la soledad sombría,
llegan al sur con sus dulces bocas melancólicas,
con sus continentes de flores;
con sus generosas venas apoyadas en el cieno.

Yo los he visto en las altas madrugadas acercarse como pájaros solitarios,
y tocar la llanura, espantados, bebiendo sus lágrimas y enterrando sus laúdes.

La planicie aplaca la voz y enceniza la piel de los labios,
y arde el corazón alegre con su fuerza y sus vientos infinitos
-perdidos-
debajo de sus incansables cielos que llegan hasta el llanto.

Los ríos vienen con sus bañadas espadas, con sus rotos albornoces amarillos,
con sus innumerables pueblos para arrojarse en el mar.

Yo permanecí todo un día, alguna vez, mirándolos y sentí como el sol se ponía detrás de mi espalda
y anochecía por una parte de mi cara, y no pude detener las lágrimas.

Los ríos grandes bajan hacia el sur cargados
de lluvias, enloquecidos de verano,
de los insectos, de sus enormes flores pesadas que crecen en la noche
y lucen sobre la corriente fragante: sobre el harpa suave.
Llegan apretados a unir sus antiguas cabezas-los guardados cabellos-
y a mover sus cuerpos desnudos- la deleitosa frente- en el agua salada.
¡El mar desierto recoge nuestras soledades continuadas!

¡Oh, dulce Paraná!, flor, río, padre de islas y largas costas,
enaltecido por los ancianos bardos de mi país;
ciego en tu eternidad, acaricias tus ciudades
como a una inmensa piel abandonada. Ellas te miran pasar por debajo de hermosos árboles,
sobrio, con  tu canasta de raíces y flores azules.
Tras de ti el aire, la luna, las tierras altas,
los ligeros caballos, el viento caluroso,
los pájaros, el manguruyú y los pequeños ríos
donde moja la furiosa lengua
el ocelote.

Te vuelves hacia el mar, sin huida, con los amarillos ojos cerrados, corpulento,
y sin sumisión golpeas con los abiertos brazos
las islas, las rabiosas ramas: los muros últimos de la tierra
¡Solo!
El Uruguay arrastra sus piedras, sus caracoles, y sus hinchadas nubes por el naciente;
los fortunados cuerpos y las rotas amapolas.
¡Oh ríos, fuentes de la memoria!



[FUENTE: http://pajarodemimbre.blogspot.com.ar/2013/07/oda-los-viejos-y-grandes-rios-ricardo.html]

Arte Correo 2016


11 de diciembre de 2016

Nacho Iasparra - Fotografías (Primera serie)

Nacho Iasparra Nació en 1973 el 25 de Mayo en la Prov. de Bs. As. En 1992 vino a Buenos Aires, un año después comenzó a estudiar fotografía. Estudió en la escuela argentina de fotografía, hizo talleres con Ricardo Torosian, Fabiana Barreda y estudió 2 años fotografía publicitaria en Foto Desing. Formó también grupos de estudio e intercambio de inquietudes con amigos y colegas de la misma generación. Desde 1997 ha participado en muchas muestras colectivas y en 3 individuales. Sus fotos están en la colección del MALBA y del MAMBA. Publicó en el libro Rutas y Caminos, Nueva Fotografía Latinoamericana 2, la revista Big Buenos Aires y Purple. Actualmente vive en Buenos Aires, donde da clases de fotografía.
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[FUENTE: https://revistacarapachay.com/2016/12/07/12/]

5 de diciembre de 2016

Félix de Azara - El Delta y su antigua fauna: Nutrias


Nutria

Llamo nutria al animal que en el país llaman lobito de río y que se encuentra en todos los lagos y todos los ríos del Paraguay ya hasta el río de la plata. Cada sociedad de estos animales vive en un gran agujero que excavaban al borde del agua, y donde nacen y crían a sus hijos. No viven más que de peces, que comen generalmente fuera del agua. Permanecen todo el tiempo que quieren debajo del agua, sin ahogarse, y muestran a veces la cabeza detrás de los buques y ladran como perros; pero el sonido de su voz es ronco y nunca muerden a los que están nadando. En tierra su marcha es pesada y avanzan casi arrastrándose sobre el vientre. El hocico no es puntiagudo, está bien provisto de bigotes, los ojos son pequeños. Yo había visto de lejos, navegando algunos ríos nutrias que me parecieron más grandes que los ocho individuos que había visto y descrito. Sospeché que estos animales pertenecían a otra especie, después me persuadí que la diferencia de tamaño venía de la edad y no de otra diferencia específica.


En: "El Delta y su antigua fauna" Félix de Azara, Ed. En Danza, 2016.
 
[http://pajarodemimbre.blogspot.com.ar/]

26 de noviembre de 2016

Sebastián Hernáiz - Repelente



No hay mosquitos en el Tigre. El río
está bajo, hace días que no llueve.
Nos sorprende
en nuestras pieles lechosas
el sol seco de media tarde. De nada
nos protege el repelente, la piel
pica de mera incomodidad con el mundo.
Somos adictos a un par de alicientes. Las mujeres,
la mujer, noches ebrias, dos canciones.
No hay repelentes que resistan
al precipitado pasar del día a día. Va a llover pronto,
el río va a crecer. Vamos a quedar por siempre
en esta piel, en esta isla que late.

en "El prejuicio del sexo", Bahía Blanca : Vox,2014.

Sebastián Hernaiz es docente de historia de la literatura argentina en la carrera de Letras de la UBA. Publicó la novela Las citas, (17grises, 2016), el libro de poemas El prejuicio del sexo (Vox, 2014), y los ensayos Rodolfo Walsh no escribió Operación Masacre (17grises, 2012) y El arte de la guerra en el póker (Mondadori, 2012). Fue editor de la revista el interpretador y conduce el programa de conversaciones sobre libros Escribir en el Aire, por FM La Tribu.

[http://pajarodemimbre.blogspot.com.ar/]

14 de noviembre de 2016

Cecilia Estalles - Fotografías

Siluetas de río, de la espera, del tránsito. De la fiebre, del remanso. Renegados, cogotudos, madereros, despechados. Retratos peliagudos, secos, de flujo tardo. El río y su arrastrar deseos, penurias parcas, intrigas masculladas en la cabina de un lanchón, en el bote maltrecho. El hombre en su condición natural, la de la espera, avanzando, en rumbo ingobernable, por más mano en timón que haya.
Sebastián Russo
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Nací en pleno verano del 82, casi Guerra Malvinas, en Carapachay, Buenos Aires, Argentina. A los 19, empecé a estudiar fotografía y a los 22, me sumé a la fundación PH15, como laboratorista y docente. En paralelo seguí estudiando fotografía con artistas: Alberto Goldenstein, Augusto Zanela, Fabiana Barreda y Julieta Escardó. A lo largo del tiempo, participé y expuse mis fotografías en diversos lugares, en Bienal Arte x Arte, Bienal Bahia Blanca, Salón Nacional, Galería Big Sur, Festival de la Luz, etc. Soy co-fundadora de M.A.f.I.A. (Movimiento Argentino de Fotografxs Independientes Autoconvocadxs) (Cecilia Estalles)
[FUENTE: https://revistacarapachay.com/2015/05/25/310/]

Epistolario isleño: Duizeide-Domínguez

Convocados por la Revista Carapachay, los escritores Juan Bautista Duizeide y Carlos María Domínguez han mantenido un diálogo epistolar durante unos meses – uno estando de viaje en el barco La Sanmartiniana, en los mares del sur; el otro desde las costas uruguayas – entorno al río, la escritura, las geografías y tradiciones literarias. Las siguientes cartas son el resultado de ese riquísimo intercambio.

Duizeide a Domínguez
Puerto Madryn, enero 2015
Querido Carlos:
¿Qué tal?
Como espuma en una costa asediada por la resaca, se amontonaron los años desde la última vez que intercambiamos seguido correspondencia. Me acuerdo bien. Fue por el 2007, cuando yo estaba trabajando en la antología Cuentos de navegantes, publicada al año siguiente. Hoy te escribo en viaje. O quizás debiera decir en otro tipo de viaje, ya que por entonces, lejos de estar quieto, recorría vida y obras de Stevenson, de Conrad, de Mutis, de Coloane, de Haroldo Conti, del “Chango” Foguet, un tucumano, maquinista naval, que escribía de espaldas a Buenos Aires y de cara al universo. Y también vida y obras tuyas, claro.
Ahora estoy haciendo una travesía a vela a lo largo del litoral marítimo argentino. En Berisso, por noviembre, embarqué a bordo del queche La Sanmartiniana, fuimos descendiendo el río hasta desembocar en agua salada, y desde entonces venimos recorriendo, puerto a puerto, esta extensión bastante olvidada por las mayorías, para quienes mar resulta, a lo sumo, sinónimo de playas y de vacaciones. Los primeros tramos -Mar del Plata, Necochea- fueron para mí como un viaje hacia el origen: singladuras hacia mi lugar de nacimiento, de infancia, de primeras lecturas. No es de extrañar, entonces, que se trate de navegaciones por las propias memorias, fundantes, lejanas, cercanas. Y que entonces aparezcan aquí un pedido de disculpas, un agradecimiento, y, de regreso al presente, de cara al futuro, una pregunta.
Recuerdo que al elegir entre ambos tu cuento Mancuso para aquella antología, te propuse un cambio en una palabra. Para nombrar la parte del buque, semejante a un edificio, en donde se concentran los compartimentos destinados a la tripulación, usabas casillería. Yo te sugerí, me temo que con un énfasis que no alentaba la réplica, usar en su lugar casillaje. Ninguna de esas dos expresiones del vocabulario marinero se ubica entre mis favoritas –como ballestrinque, zafarrancho, botavara…-, aquel pedido de enmienda no estuvo guiado por el capricho estético, sino por una mezcla de soberbia con un reclamo implícito de extra territorialidad que hoy me avergüenza. ¿Por qué, si para el idioma castellano en general, levanto la bandera del uso, antes que la de la normatividad, al tratarse de mi ámbito más entrañable me ponía en el lugar del juez?
En este viaje hacia la memoria que estoy llevando adelante, más que en aquel viaje a través de mares de libros, repasé mi relación con este río nuestro de nombre y de clasificación tan difíciles (¿mar dulce, estuario, infierno de los navegantes?).
Mi llegada a la navegación fue a través de relatos de mar. Paradójicamente, en un primer momento esas lecturas me llevaron al Río Santiago, donde cursé el Liceo Naval Militar. Cómo fue que duré allí durante la dictadura genocida, unos años después de que cursara allí sus estudios el gran C.E. Feiling, es algo que conté en extenso en un capítulo de Crónicas con fondo de agua. Baste aquí mencionar que si seguí fue por los barcos, por el orgullo de hacer algo por fuera de la tutela familiar, por cierto machismo adolescente. Y también, puedo entender ahora, porque durante esa dictadura no había lugares demasiado mejores: sobraban los docentes y directivos de colegio que delataban y mandaban al muere a sus alumnos.
Para mí, el río fue un sucedáneo del mar, una etapa del aprendizaje, y nomás comencé a navegar como marino mercante, abandoné su frecuentación. A mi preferencia por el mar, se unía un rechazo ideológico, digamos. Y el arte no me acercaba la mejor delas imágenes del pobre Río de La Plata. Un río mugroso reempujado por remolcadores chotos en La piel de caballo de Zelarrayán; la pobreza de las orillas de Sarandí y Quilmes en Gómez Bas; los domingos populares junto al río que tan bien contó Bernardo Kordon… Todo me alejaba de ese monstruo. Por entonces, no sabía del nadador de Viel Temperley. Pero llegó a tiempo Sudeste, de Conti, para mirar el río con otros ojos, para escucharlo como a una música nueva, y para volver a navegarlo. Y también llegó a tiempo, años después, tu novela Tres muescas en mi carabina para animarme a escribir una novela en la que un mestizo –el kanaka del título- recuerda una vida entera de navegaciones desde la isla Martín García, que no fue nunca la capital de una confederación sudamericana como soñaba Sarmiento en Argirópolis, sino una prisión y un lazareto. Por esa puerta de aguas que me abriste, va el agradecimiento.
Y ahora, la pregunta.
Para dar vueltas alrededor de los mismos cinco o diez temas que aborda la literatura que me interesa, bien se pueden escribir narraciones que transcurran en el desierto o en Marte. Sin embargo, extraño libros tuyos como Mares baldíos. Aunque admiro El bastardo, una obra bien rioplatense en su indefinición genérica, como este mismo gigante que no podemos decidir qué es: ¿Mar Dulce, estuario, Infierno de los navegantes?
Navegantes, barcos, muelles, beachcombers y bichicomes… ¿Volverás a esas voces y a esos ámbitos?
Por ahí, por acá, ando yo. No puedo dejar de escribir en torno al agua y desde el agua. Navegar como quien lee, escribir como quien deriva. Así intento enhebrar ahora río, mar, experiencia.
Un abrazo, j.b.
***
Domínguez a Duizeide
Montevideo, enero 2015
Querido Juan, envidio lo que viste y vas a mirar cuando te distraigas de estas líneas. Qué buena aventura ese viaje. Yo creo que los tipos que nos enamoramos del mar vamos en busca de la libertad y nos encontramos con su límite. Es, quizá, más que una idea, una intuición: la de que un hombre no se conoce hasta comprender sus limitaciones, y cuando uno enfrenta las fuerzas superiores de la naturaleza, lo entiende con el cuerpo. Es algo que el mar te lo dice en la piel, no es traducible.
Empecé a aprender eso en las costas de Olivos, porque me crié a quince cuadras del gran río, de sus playas, de sus areneras. El río acercó a mi juventud el horizonte y las diferencias: en verano el balneario se llenaba de “cabecitas negras”. Llegaban en camiones a comerse un asado y bañarse en el río, con la abuela y el loro, y la radio y el peine de bolsillo. La clase media iba a la pileta del club, para huir de la negrada, pero a mí me gustaba mezclarme con ellos porque traían otra Argentina, y ahí entrenaba la troupe de lucha libre de Martín Karadagián. Todo eso murió con la dictadura, que se adueñó de la costa, la llenó de escombros y de mugre. Pero antes de que eso sucediera yo iba de día y de noche porque muchos sábados, después de los bailes, con mis amigos terminábamos en la playa, fumando bajo las estrellas.
Cuando me vine a vivir a Montevideo comprendí que el Río de la Plata era más grande y misterioso. Acá empecé a navegar por la costa y a recorrerla por tierra. Guiado por el espíritu de Haroldo Conti, en las costas de Colonia conversé con pescadores, cazadores de pájaros, de nutrias, de ciervos, contrabandistas, con un pirata del Delta, incluso, ya retirado. Todo eso fue a parar a un libro de crónicas que en Buenos Aires no se conoce pero tuvo acá muchas ediciones, Escritos en el agua, y tiempo después hice otro libro, también desconocido allá, con los marinos que entran los grandes buques al puerto de Montevideo y al Río de la Plata, Las puertas de la tierra, que fue uno de sus nombres primitivos. En el Sitra, un barco que venía de Marruecos, con toda la tripulación hindú, a cargar palos de eucalipto a Fray Bentos para llevarlos a España, entendí que el río más ancho del mundo tiene doscientos metros, fue como llevar un elefante por el canal de una bañera. Ahora como siempre, sigue siendo “el terror de los navegantes”, porque fuera de los canales, encallan y se rompen. Algunas de las historias que recogí se convirtieron en los cuentos de Mares baldíos, que por mi condición un poco paria salió primero en Alemania, en Montevideo, y ahora acaba de publicarse en Buenos Aires.
La naturaleza y los libros fueron para mí parte de una misma experiencia, quizá por el gusto de echarme al camino y descubrir nuevos mundos, con un ánimo que vas a entender enseguida: en los márgenes está el centro de la historia que todavía no contamos. Eso lo aprendí de Haroldo, que por una cruel paradoja, acabó arrojado por los vuelos de la muerte en las aguas del Río de la Plata. Y ahí tenés el lado más tenebroso de este río que es el tercero más caudaloso del planeta y está condenado a desaparecer. No bastó que fuese un enterradero de barcos —son más de mil—, también lo convirtieron en tumba de desaparecidos. Vida y muerte van juntas en esta máquina que mezcla las aguas y los destinos.
El delta crece treinta metros por año hacia la costa uruguaya y si Kanaka hubiese estado prisionero hoy en la Martín García se hubiera vuelto caminando a Buenos Aires, solo con nadar los doscientos metros de dos canales. Ya no tiene más de un metro de agua alrededor, y la mayor parte de esa sección del río también. El arenal se ve muy bien en las fotos satelitales y la nueva paradoja es que después de muchos años de disputas por su pertenencia, Martín García va camino de quedar encerrada dentro de territorio uruguayo, abrazada como está por la Timoteo Domínguez, un pariente de destino trágico, al que el río le escribió un cuento y su regreso.
No sé qué te parece a vos, pero yo creo que fuera de la retórica con que se la nombra, la cultura del Río de la Plata todavía está lejos de reconocerse, no solo porque Buenos Aires ignora que es parte de una unidad que la trasciende, también porque es una cultura que desconoce el fundamento físico que la sostiene. Es raro, por este río pasa el mundo, todo el mundo, pero hay que estar en el agua para verlo. Y en el agua hay un mundo, todo un mundo, que uruguayos y argentinos apenas conocen. Lo que me parece un tanto fantástico, como si faltaran paradojas, es que el margen, en esta latitud, coincida con el centro. Vos que lo conocés bien, ¿no te sentiste perdido dentro de lo que te pertenece?
Te mando un fuerte abrazo ¡y buenas singladuras!
Carlos
***
Duizeide a Domínguez
Puerto San Julián, febrero de 2015
Querido Carlos:
Te escribo a mano, apoyando el papel sobre la mesa de navegación del queche La Sanmartiniana, en la que tracé hasta hoy, hasta aquí, tantas derrotas, en la que marqué posiciones, corregí rumbos y me aventuré en conjeturas o esperanzas. Navegar me resulta bastante parecido a escribir, una cuestión de tiempo, distancia y ángulos, pero escribir tiene una ventaja: derivar y perderse no sólo es algo permitido, sino que es el recurso para buscar o construir territorios nuevos, como hacían los viejos exploradores, cuando el mundo aún no estaba cartografiado por entero y se navegaba por páginas blancas.
Llevaba veinticuatro días sin estar solo. Ahora no hay nadie más que yo a bordo. La noche del mar me envuelve con una música que los distraídos llamarían silencio: el viento en la arboladura, la correntada que se desliza a lo largo del casco, las drizas que golpean contra el palo. Mientras releía tu última carta, en el ojo de buey, de acuerdo al borneo del barco, se sucedían la oscuridad cribada de estrellas y las luces del pueblo.
Mecido por el agua, repienso algunas de las cosas que escribiste. Particularmente, me vuelven un par de líneas: “Buenos Aires ignora que es parte de una unidad que la trasciende”, una; la otra, tu señalamiento de que nuestra cultura “desconoce el fundamento físico que la sostiene”.
Por cierto, hay más Argentinas de las que la pobre imaginación unitaria sueña. Pero además, Buenos Aires ignora –no alcanzo a comprender si de modo ingenuo o cínico- algunos de los pilares de su estar en el mundo. Por ejemplo, su gran río y su mar. Cuando uno mira el país en un mapamundi advierte -si no lo ciega la predisposición, tan argentina, de sentirse el centro del mundo- que el país es bastante parecido a una isla. Y apenas se indaga algo acerca de sus tráficos se sabe –malgré Moyano- que casi todo cuanto compramos y vendemos viene o va por agua. El país de la soja y la minería, o el de “los ganados y las mieses”, necesita, para su ambigua y desigualmente repartida prosperidad, del país del río y el mar. Sin embargo, esto no ha dejado marcas preponderantes en su cultura letrada o popular, como sí sucede en Chile, Brasil o Venezuela. Hay en Argentina un género gauchesco pero no se constituyó un género marineresco. Y no por falta de grandes textos: pienso de nuevo en tu Tres muescas en mi carabina, en Sudeste de Haroldo Conti, en Cabo Manila de Dalmiro Sáenz, en La tierra del fuego de Sylvia Iparraguirre, en El náufrago de las estrellas de Belgrano Rawson, en Inglaterra de Leopoldo Brizuela o en Convergencias, ese libro de cuentos tan maravilloso como secreto del Chango Foguet. Las islas están, no hemos dibujado aún el archipiélago. Las miradas de conjunto, sea por parte de la crítica o de los lectores. Y también, ese escribir mirándose de reojo como supieron hacerlo ingleses y yanquis (ver por ejemplo la lectura de Melville a cargo de Conrad). Last but not least, a ninguna de nuestras literaturas las sostiene un imperio, mientras que la literatura anglosajona del mar fue parte de la construcción imperial, y a partir de Melville, Stevenson o Conrad, mascarón de proa de la crítica de la razón imperial.
Para Martín Fierro, hombre alzado de a caballo, el mar no es una posibilidad de fuga y libertad, sino una barrera. Para Don Segundo, hombre de a caballo obediente, el mar es lo otro, lo ominoso: en la playa acechan los cangrejales que se comen carretas y pingos. Es casi un caso clínico el inmenso Hilario Ascasubi, autor de una fabulosa novela en verso aún por redescubrir, Santos Vega, así como de una especie de himno nacional alternativo y hardcore, La refalosa. Cuando niño escapó de su casa y fue grumete de una fragata armada en corso por las fuerzas revolucionarias: la Rosa Argentina. Podría también haber escrito una suerte de excursión a los ranqueles pero del agua. No lo hizo. Casi no hay trazas de sus aventuras ribereñas y marítimas en lo que escribió. Una omisión que resulta fundante.
Navegar de un tirón toda nuestra costa, puerto a puerto, como vengo haciendo este verano, me brinda una visión de conjunto como no tuve en años de marino profesional. Junto los chicotes de un cabo. Advierto una figura que antes se me escapaba. Esa continuidad entre el río que tienta a la profusión de sustantivos y adjetivos así como enloquecía a las brújulas, y este mar tan poderoso al que los ingleses, poco dados a la efusión, llamaron the roaring forties. Sin esa intención, y de modo naive, tal continuidad ya estaba en la gauchesca, al menos como equívoco: “viera que es linda la mar” le dice un paisano a otro en el Fausto de Estanislao del Campo refiriéndose al Plata.
No creo que la literatura tenga deberes, sí goza de posibilidades. Una de ellas, por cierto maravillosa y aterradora a un tiempo, es la de construir una nación y una lengua (como supieron Sarmiento, Lugones, Borges, Arlt o Saer). Y más allá de eso, lo quiera o no, la literatura siempre es retrato. Intrincado, no lineal, nunca transparente o unívoco, polisémico, abierto a las nuevas lecturas, pero retrato al fin. Y de esto ni César Aira, con sus juegos repetidos y profusos ad nauseam está exento (¿cómo no pensar su entronización académica como un signo de los tiempos, en relación con el nuevo campo crítico construido tras el final de la dictadura, luego de la derrota de los movimientos insurgentes y la caída en desgracia de la figura del intelectual comprometido y las pretensiones utópicas de la escritura?).
Ya había navegado a lo largo de estas costas, hace años, a bordo de un petrolero de Y.P.F: el Capitán Constante. Fueron palabras las que me arrastraron a enfrentar sus riesgos hermosos. Para mí la Patagonia comenzaba en Quequén. No por argumentos geológicos, climáticos o históricos, sino porque fue por Quequén donde por primera vez sonó esa palabra en mí. La Patagonia comenzó en la voz de mi tío abuelo Rafael contándome de sus naufragios.
¿Son necesarias más pruebas acerca de la potencia de los relatos?
Las tengo: pese a vivir cinco años en una isla sobre un afluente del Plata, mientras cursé el Liceo Naval Militar entre 1978 y 1982, necesité escribir en torno a ese territorio para apropiármelo, para lo cual volví a recorrerlo y hablé con pescadores, contrabandistas, trabajadores de los astilleros, lunáticos, borrachos, putas, brujas y marineros varados.
Me parece vano plantear cualquier tipo de fatalidad territorial, pero sí me resulta de lo más interesante establecer correspondencias: ¿qué es el Plata? ¿Mar Dulce, Infierno delos Navegantes, río, estuario? ¿Qué son el Facundo, Una excursión a los indios ranqueles, Allá lejos y hace tiempo, Museo de la novela de la eterna?
La noche canta y yo sueño con una literatura tan inclasificable como ese río que un apresurado llamó “color de león” y tan poderosa como el mar que acecha más allá de la ría en la que estoy fondeado.
¿Por qué no?
P.S. desde Río Gallegos:
Nuestra correspondencia estuvo a punto de quedar trunca. Después de un día de navegación que comenzó muy nublado para luego llenarse de sol y de azul, al atardecer, cuando estábamos a menos de treinta millas de puerto, nos sorprendió un temporal del SW. No llegar –como en la escritura- siempre es una de las posibilidades. Y se presentó en este caso con todas las galas del naufragio. Pero aquí estoy, escribiendo. Mientras golpeo las teclas de la computadora me asedian las imágenes del mar convirtiéndose en otro, del crepúsculo con olas que comenzaban a romper a proa, de la luna llena iluminando nuestra lucha por abrirnos camino. Todo ocurrió pasadas las veinte horas, durante la guardia que me tocaba compartir con Fabiana, mi compañera, y Pili, un gran amigo navegante. Así que estuve al timón durante lo peor (lo mejor). No hubo emoción de mi parte mientras duró. Aplicaba una técnica, intentaba las mejores variantes, quizás, con suerte, inventaba algunas. Me emociono, sí, cuando recuerdo. Y me emociono ante la sola idea de nuevas tormentas en el mar. Quizás algo de esa emoción te conmueva al leer. ¿Será apresurado sacar, de esto, una enseñanza para la escritura?
***
Domínguez a Duizeide
Montevideo, febrero de 2015
Acabo de buscar en el mapa la bahía de San Julián, así que si seguís adelante esta carta seguramente va a encontrarte en camino o ya fondeado en el Puerto de Santa Cruz, tu próximo refugio en la costa. Querido Juan, da vértigo verte tan abajo en el mapa, y hasta un poco de vergüenza escribirte desde mi escritorio, en Montevideo, bajo el amparo del aire acondicionado porque afuera de esta periquera hace un calor de todos los diablos. Nada comparable a esa aventura que te trae tan vívido, imagino que con el cuerpo cansado y pese a todo, con tiempo para reflexionar sobre tus pasiones de marino y escritor.
Hace poco conocí en el puerto de Santos al brasileño Amyr Klink, que se cruzó el Atlántico a remo, lo escribió en un libro: Cem dias entre céu e mar, desde Sierra Leona a Bahía de San Salvador, porque el bicho de la locura pega fuerte en todas las latitudes. También acabo de leer los Viajes de Stevenson, que fue de la misma raza, pese a su deplorable salud. Así que habría que agregar “y en todas las épocas”, porque como señalás, los anglosajones del XIX dieron con el imperio grandes aventureros. ¿Conocés la historia de Richard Francis Burton? Descubrió, con Speke, las fuentes del río Nilo, tradujo Las Mil y una noches mentadas por Borges, fue el Kim, de Kipling, y entre muchas otras cosas también le alcanzó la vida para andar por el Río de la Plata y oficiar de espía en la guerra con el Paraguay. Existe una maravillosa biografía de Edward Rice.
Es cierto, a ninguna de nuestras literaturas la sostiene un imperio, y la narrativa marina es para nosotros un tópico marginal al centro de las preocupaciones, pese a que los puertos cumplieron y cumplen un papel decisivo. Yo tengo una idea peregrina acerca de este asunto: creo que la literatura criolla se concentró en los desiertos y las pampas porque de allí provenía el terror de las indiadas, los gauchos, los caudillos, y la literatura necesitaba cubrirlo de sentido. Solo en contadas ocasiones las aguas del Río de la Plata fueron escenario de grandes conflictos.
A mi modo de ver, el mar ganó una nueva pero velada vigencia a partir de la globalización, que antes de las discusiones sobre el fin de la historia, el posmodernismo, internet, empezó por una revolución en la ingeniería de los barcos. Los buques sustituyeron las bodegas por los contenedores y abarataron todos los costos de puerto de los productos que llegan a las góndolas de las grandes superficies. La carga y descarga de mercaderías que hasta inicios de los años 80 llevaba varios días, ahora toma unas pocas horas y los marineros ya no bajan a tierra. Quedaron atrapados en el mar. Habrás notado que desaparecieron los bares de copas que ocupaban varias cuadras a lo largo de la calle 25 de Mayo. Lo mismo ocurrió en los alrededores de la Aduana de Montevideo. Se secaron los espineles en los que coperas y putas pescaban marineros durante sus estadías en puerto, con sensible aporte a la literatura porque por ejemplo, fue en esos tugurios donde Juan Carlos Onetti conoció a Juntacadáveres. El asunto se hace más tenso con la competencia de Buenos Aires y Montevideo, porque los calados de los barcos importan ahora decenas de miles de dólares, la sedimentación del Paraná amenaza a Buenos Aires y dragar el canal Emilio Mitre tiene un costo altísimo. Del otro lado la situación es ventajosa, pero Argentina se encarga de ponerle un pie encima, al canal Martín García y al puerto de Montevideo.
Cuando Juan José Saer escribió El río sin orillas, intercambiamos unos mails muy fraternales sobre su desconocimiento de que al Río de la Plata lo llaman “El infierno de los navegantes” precisamente porque no tiene profundidad, y es en los bancos de arena, las rocas, los cascos hundidos, donde los barcos encallan y se pierden. Repetía, creo yo, una serie de equívocos que se puede iniciar, como bien recordás, con Lugones, que llamó al Plata “río color de León” —cuando descarga el Paraná, pero se agrisa con las tierras negras del Uruguay, y vira del azul al verde cuando entra el mar—, y continua con Baldomero Fernández Moreno, que le dijo “café con leche”. Eduardo Mallea lo llamó “el río inmóvil” y Jorge Luis Borges “río de sueñera y barro”, cuando es el tercero más caudaloso del planeta y arrastra 20.000 m3 de agua por segundo. Los geólogos lo conciben como un solo delta con una dimensión en superficie y otra sumergida. Y como el agua dulce corre por arriba y la salada entra por debajo, los bancos del fondo se mueven y se levantan, de ahí sale el barro que nos identifica, con el aporte nada despreciable del Paraguay y el sur de Brasil.
Yo creo que el Plata es una cultura que se mueve, como el río, porosa a la tradición y a la novedad. Y entre esas dos cosas también se hace nuestra literatura. Es un viaje de ida y vuelta entre las palabras y las cosas. La evocación de tu tío abuelo, que te hizo descubrir la Patagonia por el nombre de Quequén, me recuerda cómo fui a dar a la costa montevideana con una canoa que adapté para que navegara como velero. La bauticé “Adastra” por aquel magnífico loco llamado Basilio Argimón, que en el cuento de Haroldo Conti invariablemente se rompía los huesos después de tirarse de un cerro con una máquina para volar. Era mi modo de andar en el mar con Haroldo, más lejos. Tiempo después descubrí que William Faulkner también había escrito un cuento titulado “Ad Astra”, sobre unos aviadores en la Segunda Guerra Mundial. Entonces me dije que Haroldo debió conocerlo y le tomó prestado el título para contar el suyo. Lo que no me cerraba era la asociación de ambos títulos con la aviación. Me lo reveló el poeta mexicano David Huerta: En la Eneida, Juno le dice al hijo de Eneas, después de admirar su valor en la batalla: “Ic itur ad astra” (Así se llega a las estrellas). Y también Séneca, el joven, escribió: “ad astra per aspera” (a las estrellas por el camino más difícil). De modo que Faulkner y Conti habían elegido el título por una asociación con el cielo que yo no había advertido y me dejaba en el agua. ¡Tres años de latín en la secundaria, y no leí que significaba “A las estrellas”!
Navegaba bien el Ad Astra, pero le costaba la virada. Con el palo de la vela cargado sobre la proa no giraba más de treinta grados, así que para terminar la maniobra debía ayudarlo con el remo. Una vez quise corregirlo y mi mujer me dijo: “dejalo así, es el espíritu del Ad Astra. Como dice Gelman, hay que hacer de la imperfección, belleza”. Así que uno va con el nombre de las cosas y se encuentra con otras imprevistas, igual que cuando leemos, como te ocurre, Juan, en tu envidiable aventura.
Casi todo lo que ocurre en el mar, ocurre en la literatura, quizá porque comparten esa frontera de riesgo en la que podés “no llegar”, ni a buen puerto ni a ningún lado. Me alegro de que hayas montado esa tormenta. Pero no abuses de la temeridad. Te queremos de regreso.
[FUENTE: https://revistacarapachay.com/2015/05/25/diuzeide-dominguez/]