26 de enero de 2016

Delta del Paraná: Esas islas misteriosas - Las Lechiguanas

Las islas de Las Lechiguanas son un archipiélago fluvial del delta del río Paraná. Forman parte del departamento de Gualeguay en el Sur de la provincia de Entre Ríos, en el límite con Buenos Aires.
Delta del Paraná: Esas islas misteriosas
Este grupo insular comienza frente a la ciudad de San Nicolás de los Arroyos y está delimitado por el río Paraná.

Debido a que las islas se han formado en una planicie fluvial por la exposición permanente de sedimentos trasladados por el río Paraná, su tamaño y forma fluctúa constantemente, dependiendo también de las variaciones estacionales.

Es un lugar con escasa población estable, atravesado por arroyos y esteros y es utilizado en gran parte para la cría de ganado.

Entre los brazos internos se hallan los arroyos del Tala, Lobitos, Tigre, de los Lobos y Francés.

Esta zona se caracteriza por su gran belleza natural y por su suelo húmedo arcilloso.

La fauna es muy rica, con animales totalmente silvestres, como por ejemplo, nutrias, carpinchos, gato montés, lobito, zorros y comadrejas, entre otros.

En cuanto a las aves se pueden ver gansos, garzas, cigüeñas, variedad de patos, gallaretas, chajá, caranchos, gaviotas, halcones, etc...

Los pájaros son la compañía de los visitantes durante su estadía en la isla, ya que se pueden encontrar de una gran variedad.

El que está interesado en la pesca está isla ofrece bogas, truchas, armados, surubí, carpas en época de invierno y en verano se pueden pescar hermosos ejemplares de dorados.

Para visitar
Para los amantes de la investigación, El Cerro es una zona que resulta algo complicada para ir sin un guía. Se puede llegar en canoa o caminando. En este lugar hay un cementerio indígena, posiblemente perteneciente a los Chana, en donde se han encontrado restos de esta civilización, la que ha dejado rastros de su asentamiento en Las Lechiguanas.

La Boca del Gualeguay es interesante para visitar. Se encuentra ubicada sobre el río Paraná. Este curso de agua atraviesa la provincia y la divide en dos partes, a través de 470 kilómetros de extensión, lo cual determina  la división del río Pavón al Norte y Paraná Ibicuy al Sur. Este hermoso lugar se encuentra a sólo 45 kilómetros de la ciudad de Entre Ríos y para trasladarse a las islas Lechiguanas se sale de Puerto Ruiz, en lancha.

Es increíble que tan cerca de la ciudad de Buenos Aires pueda existir un paisaje tan exótico como el del Delta del río Paraná.

Ríos y arroyos de tonos amarronados viborean entre islas con densa vegetación de ceibos, juncos, cañas, sauces, álamos y frutales.

Un paseo fluvial por sus recovecos es una experiencia más que recomendable.

En las distintas islas hay recreos para pasar el día o alojarse, además de restaurantes y complejos de cabañas, muchos de ellos con playas de arena y amarras para las lanchas particulares.

Para navegar el delta hay varias opciones, se pueden abordar catamaranes de paseo, lanchas taxi o lanchas colectivas, que hacen distintos recorridos.

En los ríos principales, Sarmiento y Capitán, el tránsito de embarcaciones es intenso: lanchas almacén que transportan mercadería para los isleños, veleros, yates, botes de pescadores, lanchas colectivas, kayacs y pequeñas canoas transitan por las aguas.

En la costa de las verdes islas se pueden apreciar las típicas casas con pilotes, algunas centenarias, otras más actuales.

Sobre el río Sarmiento se puede ver una enorme caja de vidrio que protege una casa de madera. Es el Museo Sarmiento, a salvo de las inclemencias del tiempo. Desde 1860 y durante más de 30 años, Domingo Faustino Sarmiento utilizó esta casa para descansar, escribir e interiorizarse sobre las necesidades del lugar y de los vecinos.

Desde 1966 es Monumento Histórico Nacional y actualmente funciona como museo y biblioteca Leopoldo Lugones, otro escritor  que gustaba del Delta.

El Delta del Paraná puede definirse como un macromosaico de islas de diferentes características, rodeadas de sus amarronadas aguas y su variedad de flora.

[fuente:

20 de enero de 2016

La Tempestad de Shakespeare, en el Convento San Francisco, Rio Carapachay


Si sos vecino de Tigre podes retirar tus entradas gratis ( 2 por persona) a partir del Jueves 21 de Enero de 10 a 16 hs. presentando tu dni (Cupos limitados) Agencia de Cultura - Av. Liniers 1601.Tigre

Desde este miércoles 27 de enero hasta el sábado 30, se presentará la consagrada obra “La Tempestad”, en el Convento de San Francisco del Delta. Será con una gran producción y puesta en escena, que reunirá a acróbatas, actores, cantantes y bailarines para conmemorar los 400 años de la muerte del prestigioso dramaturgo.
El Festival Ópera Tigre no deja de sorprender. A partir de este miércoles y por cuatro días consecutivos, a las 21 hs, se presentará “La Tempestad” de William Shakespeare en el Convento de San Francisco, Río Carapachay/arroyo Gallo Fiambre, Delta de Tigre.
La obra se enmarca en el 400° aniversario de la muerte del recordado poeta y aborda un espectáculo de gran envergadura artística y cultural, que podrán disfrutar cientos de vecinos, tanto del distrito como de zonas aledañas.
Con dirección artística de Michal Znaniecki, música de Henry Purcell y protagonizada por el actor Nacho Gadano y la mezzo soprano Guadalupe Barrientos, “La Tempestad” es una inmortal historia de pasiones, venganzas, amor y redención, que estará enmarcada por una selección de las melodías más bellas de la música barroca, realizada exclusivamente para este espectáculo en el que participarán cantantes solistas, coro, actores, bailarines y acróbatas de Argentina y del exterior.
La síntesis argumental se enfoca en un naufragio, que tras una tempestad arroja a los pasajeros de un navío a una isla perdida en el mar. Allí, descubrirán que la isla es gobernada por el mago Próspero, que somete a todos sus habitantes bajo sus poderes mágicos, junto a su hija Miranda y toda una corte de seres fantásticos como el espíritu Ariel y el malvado Calibán. Pero poco a poco se revela que el naufragio no ha sido una fatalidad casual.
El Convento de San Francisco, lugar dónde se realizará el show, es un espacio rodeado de agua en el que se crea un mundo único y singular sometido a sus propias leyes. El público entrará en una isla auténtica donde disfrutará de un espectáculo sumamente original, al aire libre.
Para más información, ingresar a www.festivaloperatigre.com


19 de enero de 2016

Sobre Juan L. Ortiz y el río, texto de A. Alzari

Ofrecemos este bello ensayo de Agustín Alzari sobre el río de Juan L. Ortiz, extraído del número 15 de la revista Transatlántico

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Aquí y allá, la corriente | Por Agustín Alzari

A lo largo de cuarenta años de escritura Juan L. Ortíz hizo de la experiencia fluvial la materia privilegiada de la experiencia poética. Desde la elusión simbolista a la fidelidad toponímica, desde el matiz al auge referencial, toda su obra puede leerse como un historial de la contemplación. 

Desde el momento en que el mundo se despereza ante Juan L. Ortiz, el poeta aparece junto al río. El truco es simple y teatral. Él ya está ahí cuando se alza el telón. “A caballo, a pie, a nado, en bote. [Llega] Un pintor y poeta entrerriano que quiere hacerse célebre”. Así se anuncia el arribo de Juan L. a Buenos Aires en 1914, en Fray Mocho. Quien lo redacta es su amiga Salvadora Onrubia, por entonces encargada de la página literaria del periódico anarquista La Protesta, luego mujer de Natalio Botana (el director de Crítica), y actualmente cada vez más tía de Copi. Salvadora lo presenta en sociedad con esas líneas. Juan L. es muy joven por entonces, no tiene más de 17 años y está en buen estado. Es probable, también, que no tenga un peso.
Lo primero que aprende un escritor de provincias que quiere hacerse célebre es el camino a Buenos Aires. Saber huir de su tierra, conocer los atajos, los modos más baratos, los horarios, las estaciones. Es un bagaje iniciático esencial. “A caballo, a pie, a nado, en bote”, es casi una secuencia de la desesperación. Frente al letargo de su provincia, Juan L. emprende la aventura literaria: cabalga, corre, se zambulle, nada y rema. Así es como escapa del “fresco abrazo de aguas” de Entre Ríos
Si bien este primer encuentro registrado en palabras entre Ortiz y sus ríos —donde las aguas del Gualeguay y del Paraná son una mera vía de escape, y el poeta un joven aventurero— parece un tanto rústico, elemental frente a lo que vendrá después, es preferible no someter estas experiencias a ninguna clase de orden evolutivo, sino desplegarlas en el ámbito más vasto de su obra. Es decir, no como algo que ha quedado atrás, sino como algo que seguirá funcionando, aunque no aparezca habitualmente, o, justamente, porque no será usual que aparezca. El ritmo de la contemplación contiene a su opuesto complementario, el ritmo de la acción. Lo que se ensaya, lo que ha pasado por el cuerpo, jamás se abandona.
El río, en tanto tema, es decir, en tanto materia de la experiencia poética de lo cual el poema es huella, ha sido, quizás, el que mayor solicitud le demandara a Ortiz. Es previsible que a lo largo de cuarenta años de escritura haya éste ensayado diversas resoluciones. Claro que lo que destaca, frente al panorama, es una sorprendente organicidad en sus búsquedas. Como si Juan L. estuviera acechando, una y otra vez, a lo largo del tiempo, un único territorio.
Sin embargo, es factible disponer en diversas series sus escrituras del río, siguiendo un orden de crecientes y bajantes en su adhesión al principio simbolista de la elusión de la referencia.
Un primer grupo de poemas cae o se ordena bajo el manto de una enérgica decisión inicial —y cuando digo inicial, intento señalar que nace con su primer libro, en 1933, con El agua y la noche—: no procurar jamás el nombre del río al que se está refiriendo.
Esta decisión estética dota a su poesía de una inmediata novedad. El río es el río. Ese militante menoscabo de la ambición toponímica tiene, en su reverso, la efectiva consignación de los matices que adquieren las orillas, las islas, la corriente.
El río tiene esta mañana, amigos,
una fisonomía cambiante, móvil,
en su amor con el cielo melodioso de otoño.
Como una fisonomía dichosa cambia,
como una fisonomía sensible, sensitiva.
Orillas. Isla de enfrente.
Como danzaría la alegría allí,
cómo danzaría,
ebria de ritmo ante las formas de las nubes,
de las ramas, de la gracia de los follajes
penetrados de cielo pálido y dichoso!
Orillas.
Una mujer que va hacia una canoa.
Hombres del lado opuesto que cargan la suya.
Los gestos de los hombres y el paso de la mujer
y el canto de los pájaros se acuerdan
con el agua y el cielo en un secreto ritmo.
Un momento de olvido musical, un momento.
Un momento de olvido para nosotros, claro.
El poema se llama “El río tiene esta mañana” y pertenece a El ángel inclinado, su tercer libro, de 1937, escrito mientras vivía en Gualeguay. Cuando se visita esa ciudad, y tropezando un poco con la ignorancia de los actuales vecinos, se llega a la esquina donde estaba su casa, hoy transformada en un kiosco, y se atraviesa el parque que queda justo enfrente, se cruza un canal y se caminan otros pocos metros; cuando el lector de Ortiz tiene delante suyo, por fin, el río Gualeguay, es inevitable que sienta la emoción de estar ante aquello que, sin conocer, ya conocía.
Si el abandono y la pasividad figuran entre sus atributos, el lector viajero se echará en la vera del río y dejará que los minutos corran. Lentamente, el diálogo sonoro que su presencia ha silenciado retornará, y allí estarán los pájaros. Aparecerán unos perros de pelaje overo, unos niños, los pescadores en sus canoas.
El hecho de que Juan L. Ortiz no mencione en los poemas de sus primeros cuatro libros, y en otros tanto posteriores, el río Gualeguay ni sus arroyos afluentes, no implica que este río no sea el soporte de sus experiencias fluviales. La eficacia de estos poemas radica en un delicado equilibrio entre la precisión de un ojo y un oído agudo y entrenado en captar el detalle, la nota esencial del momento del río, y el hecho de no nombrarlo.
La índole de las sucesivas observaciones fluviales que registra Juan L. develan un contacto atento: están los colores, los matices, la calidad de los sonidos, y todo esto en combinación con las estaciones del año, incluso con los diferentes horarios del día y hasta con las temperaturas. A tal extremo dona su experiencia de la contemplación, que sus versos se tornan objetivos a fuerza de quebrar las convenciones: “Río rosado aún en la noche”, llama a uno de sus poemas de esa misma época; “Invierno. Tarde tibia” a otro, que comienza con la siguiente estrofa: “Invierno. Tarde tibia/ Como en una dicha diamantina todo./ Aéreos, casi, la hierba y el agua”.
Lo que no implica que Ortiz haya cantado el río Gualeguay tal cual era. En toda operación de escritura hay selección, recorte, transformación. Podría hacerse una lista de elementos del Gualeguay que no están en su poesía. Sin ir más lejos, las barcazas que transportan hacienda desde el puerto de Puerto Ruiz —su pueblo natal, a pocos kilómetros de Gualeguay— hacia el Paraná. No voy a entrar en detalles acerca de por qué prácticamente no aparecen, pero el hecho a remarcar es que no pesa en su obra ese aspecto del río, el Gualeguay como vía de salida del ganado y los cereales de esa región entrerriana. Algo habitual desde mediados del siglo XIX, que llegó incluso a modificar físicamente el río, con el canal dragado en los cuarenta kilómetros que separan a Puerto Ruiz de la desembocadura del Gualeguay en el Paraná.
Pero el razonamiento, o la mirada, se vuelve interesante cuando la invertimos: no todo el río Gualeguay aparece en estos poemas de Ortiz, es cierto, pero ante el río, inmerso en su contemplación, el lector tiene la impresión de estar ante una totalidad orticiana. Si tuviésemos que resumirlo en una fórmula, sería la siguiente: su poesía no contiene el Gualeguay sino a la inversa, es el Gualeguay quien la contiene a ella.
Esta serie de poemas sobre el río que colocamos bajo el paraguas de la sustracción del nombre es la que mayor trascendencia ha tenido dentro de su obra. La razón es compleja, pero interesa detenerse en un aspecto: la ausencia como principio motor. Quizás el poema más famoso de Ortiz sea “Fui al río”. ¿A cuál río?, cabe preguntarse. El mismo poeta, magistralmente, nos respondería con el título de otro poema, “Este río, estas islas”. El contexto nunca se repone y el lector accede, por la gravitación encantadora de sucesivas veladuras, al corazón de la experiencia poética. El río sin nombre genera un vacío, y ese vacío imanta las más dispares —y disparatadas— vivencias fluviales. Los efectos –que siempre son individuales– interesan menos que la causa: una extraordinaria conciencia de las posibilidades del lenguaje en relación a la ausencia.
Paralelamente, mientras estos poemas siguen su curso, empiezan a aparecer algunos ríos mencionados hacia las décadas de 1940 y 1950. Dos ejemplos, el río Paraná en “Los mundos unidos”, que fue publicado en Nueva Gaceta (revista dirigida por el intelectual comunista Héctor P. Agosti) en mayo de 1942, y el río Gualeguay en “Las Colinas”. A los que quisiera agregar otros poemas bastantes conocidos entre los lectores de Ortiz, como “Gualeguay” y “La casa de los pájaros”, donde también aparece el río Gualeguay. Son piezas que decididamente no cuadran con lo dicho hasta aquí. Conforman un segundo grupo, una serie excepcional por tres motivos. En primer lugar, se trata de poemas donde la finalidad aparece en la superficie: la celebración civil, el tema autobiográfico, la militancia por la igualdad, etcétera. Luego, se establece un uso particular del topónimo. Puesto a nombrar las cosas que lo rodean, se tiene la impresión que Juan L. Ortiz se va de mambo: “camino hacia ‘La Carmencita’”, “el bajo”, “la ‘escuela vieja’”, “la chacra en que estaba Don Juan”, “las vecindades del ‘Prado’”, “el ‘Barrio de las ranas’”, “la pieza de Agustín”, “el arroyito de la crecida”, “un banco perdido en la parte este del Parque”, etcétera. Emplea, en estos poemas que mencionamos más arriba, una escala diminuta, hiperfamiliar, de nombres que tachan todo vestigio de promoción de la región; pues las señas carecen, notoriamente, de las cualidades mínimas para tolerar esa mirada, orientándose más bien hacia un lector-cómplice de la propia zona. La operación, está vez, no está marcada por la ausencia de las referencias, sino por una prima de ella, la miniaturización. Y, para terminar con el tercer motivo que determina la serie: se trata de poemas donde la acción, que mencionábamos como opuesta complementaria de la contemplación, asoma, se deja ver. Aquellas palabras de Salvadora Onrubia, “a caballo, a pie, a nado, en bote”, encuentran continuidad, se despliegan ahora en la propia obra del poeta. Sólo que, como veremos a continuación, el recorrido es inverso, es él quien recibe las visitas de los ávidos porteños:
A Carlos, el tercer Carlos, lo traía el estío, más blanco aún de gran ciudad,
con los últimos “frissons” y una sonrisa afilada para todas las “arrugas”…
Venía con él el Negro Luis, impaciente de tropos y de faldas, pero con sed de agua sola…
—Oh, detallábamos juntos, sobre el “biciclo”, muchas fugaces dulzuras del camino,
y en la canoa “celosa”, por la isla, muchas intimidades del reflejo…
Existe, para concluir esta clasificación ad hoc de los poemas del río, una última serie a la que cabe prestarle una atención especial. Comparte, con la anterior, el atributo de la nominalidad extrema, y también, ciertamente, el de la intencionalidad, sólo que esta vez el centro de la atención estará puesto en el río. En realidad casi que no llega a serie, pues sólo la conforman dos poemas: “Al Paraná” y “El Gualeguay”, piezas que Juan L. Ortiz comienza a escribir a partir de la década de 1950, y se publican en libro entre 1970 y 1971, en la edición de Editorial Biblioteca, de la Vigil, en Rosario.
Estos poemas a los ríos Gualeguay y Paraná comparten una clave que, a falta de una mejor expresión, podríamos denominar “histórica”. Aun en su delicado desenvolvimiento, dicha clave perturba la asimilación del paisaje en tiempo presente e impone, por su propia impronta, otro ritmo, otro tiempo, otra duración a la mirada que el poeta extiende sobre el río. Ciertamente, será en “El Gualeguay”, el poema-libro, donde esto adquiera una dimensión verdaderamente colosal. Si el río ha sido el centro de la vida de los hombres, de los animales y de las plantas de la región desde los tiempos remotos, y el deseo es mantener viva esa memoria, nada mejor parece decir Juan L., que contarlo.
En este sentido “El Gualeguay”, en mayor medida que “Al Paraná”, se presenta como uno de los principales poemas civiles de Ortiz. Incluso en términos de militancia. Luego de la revolución militar de 1943, bajo el peronismo histórico y tras la caída de Perón en 1955, el tópico de “los deberes de la inteligencia”, acuñado por Aníbal Ponce en la década de 1930, fue moneda corriente entre la sociabilidad comunista a la que perteneció el poeta. En un pasaje de un artículo suyo publicado en El Litoral, en mayo 1942, titulado “Mayo y la inteligencia argentina”, Juan L. escribía: “En este proceso de ahondamiento de nuestra individualidad, nuestra conciencia histórica, nuestra sensibilidad histórica, pueden jugar —jugarán— un papel de importancia. El sentimiento de nuestra tradición revolucionaria y de los ideales que nos dieron vida como nación está estrechamente ligado a la conquista de nuestra alma individual y colectiva y al arte, por lo tanto, que pueda surgir de ella”.
Pero “El Gualeguay”, más que un poema-libro es un poema-problema. Hace unos años, Sergio Delgado tuvo la atinada idea de editarlo en un único volumen, respondiendo al proyecto original de Ortiz. Trabajó duramente, no caben dudas. El resultado es el siguiente: 49 páginas de prólogo, 120 páginas de notas y, en el medio, las 95 páginas del poema, con sus versos plagados de asteriscos. El problema ya lo había planteado Carlos Mastronardi en una carta que le enviara a Ortiz a mediados de la década del 50, a propósito de otro poema, “Gualeguay”: “Las personas y los hechos que finamente convocas vienen a ser, ya reunidos, como un secreto carnet del alma, como una vasta ternura retrospectiva que no aspira a lograr autonomía ‘exterior’. Pienso en el lector —no de nuestro medio y nuestra época— y me pregunto si los nombres que les propones son canjeables para él”.
Efectivamente, el esfuerzo de reconstrucción que necesita un poema como “El Gualeguay” para “canjear” cada una de las referencias históricas y geográficas difícilmente se condiga con aquellas otras coordenadas que son, por decirlo de alguna manera, distintivas de la poesía de Ortiz: el ritmo, la musicalidad, la necesaria ligereza. Incluso, en el aspecto visual del poema, la falta de peso tipográfico.
“Al Paraná”, en cambio, se muestra como un poema más accesible. Es, por así decirlo, la declinación al conocimiento del gran río argentino. Ortiz reside en su costa, en la ciudad de Paraná, por muchos años. Pero esa convivencia no atenúa la distancia. El poema tiene, por otro lado, un cariz visual que impacta desde el momento inicial: su forma en la hoja remeda el cauce de un río visto desde el cenit. No es la primera ni la única vez que lo utiliza, pero es notable el juego entre el carácter mimético de la forma del poema y lo que el poema, a través de sus palabras, está expresando:
Y se podría hablar de ti,
intimando, aún por años, con las figuraciones que reviste, diríase,
aquí y allá, la corriente
de tu ser?
Oh, no…
no se podría, me parece,
tocarte todavía
así…
Cómo,
entonces, cómo,
asumir tu duración sin probabilidad de disminuir
tu tiempo, tal vez, de dios?
Quisiera, por último, mencionar un poema suelto. Se llama “Al Villaguay”. O sea que, en el punto en el que estamos, deberíamos bajar por el Paraná hasta Ibicuiy y remontar unos cuantos kilómetros por el río Gualeguay para encontrarnos con este arroyo, rodeando la ciudad a la que da nombre. Ortiz pasó algunos años de su “infancia campesina” en Mojones Norte, al norte, precisamente, de Villaguay. ¿Por qué mencionar este poema “de arroyo” justo ahora, al final? Para ser sinceros, nobleza obliga, porque arroja por la borda las formulaciones de las que nos fuimos valiendo para diferenciar las diversas series, apelando a una mezcla asombrosa de todos los elementos. El resultado es un poema fluvial, toponímico, pero sin un objetivo claro, donde el tiempo juega un rol ordenador, sí, pero no de una serie de sucesos históricos que atañen a un territorio, sino conduciendo una suerte de historial de la contemplación. Parece un imposible, pero está increíblemente logrado. Incluso en su aspecto visual. Lo que se ve en la página no es un río, sino, claramente, un arroyo. Queda el lector invitado, pues, a remontar la poesía de Juan L. Ortiz hasta llegar “Al Villaguay”, y bajar, desde allí, hacia los cauces mayores.

El autor nació en Junín (provincia de Buenos Aires) en 1979. Es licenciado en Letras. Actualmente realiza una tesis doctoral sobre Juan L. Ortiz y la poesía comunista. Escribió la introducción de los libros Hacia allá y para acá de Florian Paucke (2010) y Tumulto de José Portogalo (2012). Publicó en colaboración el libro de poemas Congodia (2011).

[Fuente: http://ccpe.org.ar/aqui-y-alla-la-corriente-por-agustin-alzari/ ]

12 de enero de 2016

“Voces del Delta”, en el Festival Ópera Tigre




FOT
El espectáculo se presentará el próximo domingo 17 de enero, a las 12.30 hs, en Kaiola Blue del Delta tigrense. Será en el marco de la programación del mega evento cultural, que ya se puso en marcha y convocó hasta el momento a una gran cantidad de espectadores, expectantes por vivir una noche distinta a pura música y teatro.
Siguen las sorpresas en el evento artístico del verano. La cartelera del Festival Ópera Tigre (FOT) se actualiza para este domingo 17 de enero con una nueva propuesta, “Voces en el Delta”, la posibilidad de disfrutar de algunas de las voces más relevantes y prometedoras en un recital lírico “Dos por Dos”.
Con un recorrido por distintos géneros y estilos, desde música barroca hasta las canciones más populares, pasando por grandes clásicos del romanticismo, la ópera, la zarzuela, el concierto contará un amplio repertorio integrado por: Natalia Quiroga y Gustavo Ariel Vita con acompañamiento del pianista italiano Franceso Paganini y la pianista suiza Beatrice Lupi.
El programa incluirá: Purcell, Handel, Monteverdi, Cimarosa, Donizetti, Bellini y Gershwin. Así, el evento dará comienzo a las 12.30 hs en Kaiola Blue, ubicado en el Arroyo Gélvez y Espera, Delta de Tigre.
Durante un mes y medio, el FOT brindará la posibilidad de vivir un acontecimiento cultural pionero en la zona -que ensambla la experiencia de disfrutar con el marco de una de las maravillas naturales geográficas- con espectáculos líricos de calidad internacional.
La programación completa del festival puede consultarte a través de la web:
http://www.festivaloperatigre.com/

Mercedes Sosa – Rio de Camalotes



La querida Mercedes Sosa nos brinda en Rio de Camalotes una preciosa música de fondo para la procesión de nuestros nómades amigos que vienen de río arriba


11 de enero de 2016

Camalotes por el río Paraná, de Julia Solomonoff y Ana Berard

Camalotes por el río Paraná. Dirección: Julia Solomonoff y Ana Berard. Parte del ciclo Paraná. Biografía de un Río. Emitido por Canal Encuentro y Señal de Santa Fe.

10 de enero de 2016

Camalote, de Diego Poleri

En homenaje a los ilustres visitantes que recibimos por estos días en nuestras islas, ofrecemos una serie de materiales para pensarlos y sentirlos más allá del miedo, el desprecio y la paranoia.
En este caso, un micro llamado "Camalote", de Diego Poleri.

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Un camalote viaja y baja con el Rio. Se desprende de sus pares y se deja llevar. Curioso descubre nuevas visiones en su aleatorio camino. Asi aparecen el viento, los árboles, perros, niños, patos. Un hombre misterioso, el puente y el inevitable final del paseo.





El ciclo:
Se trata de una serie de 13 microprogramas en coproducción con Canal Encuentro caracterizados por una fuerte y subjetiva impronta visual a cargo de distintos realizadores que aportan su mirada sobre los ríos Paraná, Paraguay y Pilcomayo

8 de enero de 2016

Arte, historia y otras novedades para descubrir en los museos de Tigre

Arte, historia y otras novedades para descubrir en los museos de Tigre

Museo Haroldo Conti Durante todo el año, distintos espacios artísticos de Tigre invitan a vecinos y turistas a explorar sus salas y actividades, con múltiples propuestas para disfrutar en tiempo libre. Tanto en la ciudad como en el Delta, las opciones apuntan a conocer la trayectoria de figuras destacadas, como Sarmiento y Haroldo Conti, así como a difundir la historia del partido y dar a conocer la obra de grandes artistas.  

Los museos no se toman vacaciones. Sus puertas abren en diversos días y cómodos horarios para que sean recorridos por aquellos interesados en conocer novedosas propuestas artísticas y culturales.
El Museo de la Reconquista tiene habilitadas cinco salas: Santiago de Liniers – El desembarco – Invasiones inglesas; exposiciones temporarias: Padre Edel Torrielli, silencios y colores del Delta; Memoria,  Verdad y Justicia; Historia social de Tigre del siglo XIX al XXI; y una exposición de esculturas seleccionadas del “Concurso Nacional de Escultura 2015″, homenaje al Desembarco de Santiago de Liniers”.
El museo fue inaugurado en agosto de 1967 e incorporado al patrimonio municipal en 1980. Santiago de Liniers desembarcó frente al sitio donde hoy se levanta su edificio y desde aquí se encaminó con sus tropas para reconquistar Buenos Aires en 1806.
El espacio cuenta también con una biblioteca especializada en historia universal, argentina y del Pago de las Conchas; un archivo documental fotográfico de Tigre, una mapoteca y, además un auditorio con capacidad para 130 personas en donde se realizan talleres, muestras, obras de teatro, conciertos y seminarios.
El Museo de la Reconquista (Padre Castañeda 470, Tigre) abre en verano de lunes a viernes de 10 a 18 hs y ofrece visitas guiadas por sus instalaciones. Para ello es necesario realizar una reserva previa para agendar la actividad los días miércoles, jueves y viernes. El teléfono de contacto es 4512-4496 y su mail museoreconquista@tigre.gov.ar.
El Museo de Arte de Tigre es otro de los destinos más elegidos por los turistas que quieren combinar belleza e historia. Para aquellos que quieran recorrerlo, se inaugurará una instalación interactiva de Claudia Cerminaro.  Además,  en sus salas se exhiben destacadas muestras de artistas de renombre, como Jorge Gamarra y el escultor mexicano Sebastian.
El MAT puede ser visitado de miércoles a viernes de 9 a 18:30 hs. y los sábados, domingos y feriados de 12 a 18:30 hs.
 Por otro lado, se destacan dos grandes museos en el Delta tigrense. El Museo Casa Sarmiento (Río Sarmiento y Arroyo Los Reyes) abre de miércoles a domingo de 10 a 18 hs y permite recorrer la historia del ex Presidente y padre del aula por la que fuera su casa. 
En 1855 Domingo F. Sarmiento compró una vivienda sobre el Abra Nueva (actual Río Sarmiento). De madera y levantada sobre pilotes para resguardo de las crecidas del río, consta de tres ambientes, uno principal en el que se encuentra el escritorio y muebles de su despacho del Consejo Nacional de Educación. Los otros dos ambientes son más pequeños, uno es el cuarto donde se encuentra su cama de hierro y el otro es la cocina.
 En 1996, el Ministerio de Educación de la Nación traspasó al Municipio el actual museo y éste asumió rápidamente su restauración, protección y puesta en valor de la casa y mobiliario. Se recuperaron así las construcciones lindantes al museo y se inauguró la Biblioteca Popular “Paula Albarracín” donde se dictan cursos y talleres.
Declarada como “Lugar Histórico” por Decreto del Poder Ejecutivo nº 4370 en 1966, el 11 de septiembre de 1997 quedó inaugurado como “Museo Casa de Domingo F. Sarmiento” en memoria de quien contribuyó al desarrollo social y económico del Delta. Para más información, es necesario contactarse al 4728-0570 o por mail a: museosarmiento@tigre.gov.ar
 El Museo Casa Haroldo Conti es el otro sitio cultural del Delta. Ubicado en el Arroyo Gambado y Leber, puede visitarse los viernes y sábados de 10 a 16 hs. La vivienda pertenece al escritor detenido y desaparecido en 1976 a causa del terrorismo de Estado.
 Está compuesto por dos espacios destinados al conocimiento y la difusión de su vida, sus ideas y textos: el “Rincón del Escritor” y la “Biblioteca de la Memoria”. Allí, permanecen inalterados objetos cotidianos de su vida isleña: elementos de cocina, instrumentos de navegación, cuadros, algunos libros y la mesa en la que escribía que hoy pueden visitarse a partir de la puesta en valor por parte del Municipio de Tigre. Además se reparó el muelle y se construyó una extensa pasarela que facilita el acceso.