29 de junio de 2015

LAS OTRAS ISLAS - INÉS GARLAND (cuento completo)

En exclusiva para SUDESTE reproducimos el bello cuento de Inés Garland en versión completa, extraído de la compilación Las otras islas, compilación de Edgardo Esteban (Buenos Aires, Editorial Alfaguara, Serie Roja, 2012) que nuclea cuentos de variados autores argentinos que tematizan la Guerra de Malvinas. El cuento de Inés viaja de las Islas del Delta a esas otras Islas nuestras que aun esperan ser recuperadas.

 La autora nació en 1960. Fue periodista, productora de tele­visión y realizadora de documentales y cortometrajes . En 1997 se volcó a la escritura de ficción y muchos de sus relatos fueron premiados. En 2003 uno de sus cuentos recibió el primer premio del concurso intera­mericano de cuentos de la Fundación Avón y está pu­ blicado en el libro Cuentos de luz y de sombra, con selec­ción de Angélica Gorodischer. En 2005 su libro de cuentos Una reina perfecta fue galardonado por el Fon­do Nacional de las Artes (Alfaguara, 2008) y en 2006 publicó la novela El rey de los centauros, que había llega­do a la terna finalista del concurso Planeta de novela 2003. En Alfaguara Juvenil publicó Piedra papel o tijera, que recibió el Premio Destacado de ALIJA, en la cate­ goría mejor novela del año 2009. Actualmente coordina talleres literarios, traduce, en colaboración, una selección de poesías de la norteameri­cana Sharon Olds, escribe su tercera novela y da clases de creatividad que combinan técnicas psico-corporales y escritura.  

++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++

Para contar esta historia me gustaría volver a tener trece años, volver a esos días en los que no me interesaba la política ni la manera en que estaba dividido el mundo. Mi mundo era nuestra isla en el Delta, cada día de ese verano en el que conocí a Yagu, a Tatú y a Caroline (que, en inglés, se dice Carolain y con una erre distinta). En esos días, los ingleses eran solo Caroline y su papá, nuestros vecinos de la isla, no una nación que queda en otra isla muy lejana con reyes y primeros ministros, habitantes, soldados, y la idea, compartida por muchos, de que hay que apropiarse de partes del mundo que parecen no tener dueño.
Yagu y Tatú llegaron a la isla un jueves de enero, en el medio de nuestras vacaciones de verano. Mis hermanos y el hijo del doctor se bañaban en el río, pero a mí se me habían puesto los labios azules y mamá me había obligado a salir del agua y acostarme al sol. Los perros corrieron ladrando al muelle de los ingleses -le decíamos así porque era el muelle de la casa de Caroline y su papá y yo dejé el calorcito de las maderas y me levanté para ver quién llegaba. La colectiva aminoró la marcha y empezó las maniobras de atraque. Yagu estaba en el techo buscando la valija entre las cajas para el almacén, las bolsas de naranjas que la colectiva llevaba al Tigre y la torre de hueveras de cartón llenas de huevos frescos para el papá de Caroline. Tatú apareció por la popa de la colectiva, subió al muelle y atajó la valija que le tiró Yagu desde el techo. Era una valija verde, grande, pero él ni se tambaleó. La atajó, la bajó y se agachó a acariciar a los perros y a hablarles como si hubiera llegado sólo para visitarlos a ellos.
Todos nos quedamos mirando el desembarco de los recién llegados. Y esto fue lo que vimos, o, mejor dicho, lo que vi yo, porque los varones nunca parecían ver las mismas cosas que yo. Caroline apareció en el muelle en el momento en que Yagu saltaba del techo. Y Yagu aterrizó tan cerca de ella que casi la tocaba. Por un momento se quedaron los dos muy cerca, se miraron, se midieron, se gustaron tanto -vi yo que no se podían mover. Después, Yagu se alejó y se rió y dijo algo que no pude escuchar. Ella ni le sonrió. Era seca Caroline. Esa era la palabra que usaba papá. Seca. Como todos los ingleses, decía papá. El de la colectiva le pasó la torre de huevos a Caroline y la colectiva se alejó con su rugido. Los chicos aprovecharon las olas para tirarse al agua otra vez, pero yo me quedé mirando a esos tres ahí. A Caroline y a Yagu, que parecían hipnotizados, y a Tatú, con los perros; hasta el Negro, el perro más malo, lo saludaba como si se conocieran de toda la vida.
Ese es el principio de la historia: Tatú, Yagu y Caroline en el muelle, el sol caliente de enero, ella con la torre de huevos, Yagu con la valija verde, Tatú y los perros. Estábamos a un paso del cambio más grande de nuestra vida y no teníamos ninguna manera de saberlo.
-Correntinos -dijo papá esa noche-. Son sobrinos del dueño de la casa de madera.
Habíamos anclado el barco frente al muelle de los ingleses y comíamos en la proa, a la luz de un sol de noche. En la oscuridad saltaban los peces y en la isla las ventanas de las casas flotaban, amarillas por la luz de los faroles de kerosene. A veces se cruzaba una sombra o llegaba alguna voz, una puerta mosquitero se golpeaba, alguien salía al porche y se reía. Yo conocía todos los ruidos. Me gustaba sentarme a escucharlos. Los grillos y las ranas parecían tapar todo, pero después de un rato terminaban siendo como una música de fondo, una manta, la manta de la noche.
-Lindos chicos -dijo mamá, pero supongo que hablaba de Yagu, Tatú no era lindo.
Papá la miró un poco fuerte y mamá se río.
-Igual él se enamoró de Caroline -dije yo antes de pensar.
-Ya empezó Alberto Migré -dijo mamá, y mi hermano mayor hizo el gesto de tocar el violín.
Me debo haber puesto colorada, pero la luz del sol de noche casi no iluminaba nuestras caras, y nadie se dio  cuenta.
-¿Ya se enamoraron? ¿Cuándo se conocieron? -dijo papá, que, como todas las semanas, había llegado de la ciudad esa tarde.
Los correntinos se bajaron en el muelle de los ingleses -dijo mi hermano menor.
-El inglés no estaba -dijo mamá.
Yo lo había visto a la mañana temprano, con su caballete y sus pinturas, su sombrero de paja y las piernas blancas que le salían como palos de un short viejo. Lo había visto irse para el fondo de su terreno. Pero no dije nada. Si se iban a burlar de mí, no les pensaba contar nunca más las cosas que yo veía.
-Menos mal. Los hubiera sacado a los gritos -dijo papá
Siempre decía que el inglés era antipático y que se creía superior a nosotros, pero con el tiempo entendí que le tenía celos. A mamá le encantaban las pinturas del inglés, y hablaba mucho de eso. Por suerte el inglés era viejo, porque, si no, los celos de papá hubieran arruinado el verano. A mí el inglés nunca me pareció antipático. Me gustaba que estuviera ahí todos los días, que no se tuviera que ir a la ciudad como mi papá y el resto de los hombres. A las mujeres les caía bien el inglés y no le decían nada cuando recorría los jardines robando flores. Él, cada tanto, traía scones recién hechos. El inglés era como un tío viejo con pelos que le salían de las orejas, las manos manchadas de pintura y los ojos tan azules que parecían bolitas de vidrio.
-¿Así que hay romance en puerta? -dijo papá dándome un empujón.
No me gustaba que se burlaran de mí. Era verdad que yo era una romántica, pero también era verdad que veía los hilos que unen a las personas. Me imagino que para mis padres era incómodo que yo supiera de sus peleas o que supiera, por ejemplo, que a la mujer del doctor le gustaba el inglés, viejo y todo. No eran cosas que una chica de trece años tuviera que saber. Pero no era mi culpa que estas cosas me interesaran tanto. Tampoco era mi culpa que yo quisiera que el amor hiciera girar el mundo.
Los primeros días, Yagu se dedicó a pasear por la isla de una punta a la otra. Su sobrenombre venía de yaguareté, y era verdad que se movía como un gato. Donde fuera que estuviera Caroline, él aparecía. Pero ella parecía decidida a no tener nada que ver con él. Cada vez que lo veía, le daba la espalda.
Una mañana nosotros estábamos jugando carreras de natación desde lo del doctor hasta nuestro muelle, corriente abajo. Caroline tomaba sol en su muelle y nosotros pasábamos nadando. Ella me alentaba. No era nada seca conmigo, al contrario. Era imposible que yo saliera primera, pero ella me alentaba igual. La carrera, que más que carrera de verdad era un dejarse llevar por la corriente, terminaba en nuestro muelle, y volvíamos por el caminito hasta lo del doctor y nos volvíamos a juntar para largar otra. Habíamos pasado como cinco veces por el muelle de ella cuando Yagu apareció desde el fondo del terreno del doctor y nos preguntó si podía competir.
-Les doy ventaja -dijo cuando los chicos se quedaron mirándolo sin contestar.
-No es por eso -dijo mi hermano mayor. Claro que era por eso.
Largué la carrera sin darles demasiado tiempo a los otros de protestar. Preparados listos ya, y corrí a la punta del muelle y salté y todos gritaron y se tiraron. Yagu también.
Cuando llegué a nuestro muelle y salí del agua, él se estaba subiendo detrás de mí, chorreando agua. Estuvimos juntos en el muelle un momento, recuperando el aire. Mi hermano mayor y el hijo del doctor habían ganado otra vez y ya estaban corriendo por el caminito. Yagu y yo nos reíamos. De nada, porque sí. Creo que fue eso lo que le gustó a Caroline. Desde su muelle, nos miraba y sonreía también. Me dieron celos. Yo quería que ellos se enamoraran, pero también estaba harta de tener trece años. Quería ser grande y quería saber cómo era vivir un gran amor.
Como Yagu, Tatú también hacía honor a su nombre. Tenía una cara rara, con los ojos muy chiquitos y oscuros, y la nariz y la boca juntas, corno una trompa. Pero en lo que más se parecía a un tatú era en la forma de moverse. Se podía quedar horas al sol, mirando el río, muy quieto, más quieto que nadie, y de repente era corno si se le cruzara algo que quería hacer y salía a toda velocidad hacia una meta desconocida. Se movía rápido cuando le agarraba ese propósito que le agarraba de repente. Nosotros lo seguíamos como espías, para ver qué era lo que se le había ocurrido. No parecía molestarle que lo siguiéramos. Al contrario. Fue él quien nos enseñó a encarnar las lombrices para que no se salieran del anzuelo, y nos mostró muchas veces, hasta que aprendimos, cómo se hacía para sacarles el anzuelo de la boca a los pescados sin lastimarlos. Tenía las manos chicas y muy, muy hábiles.
Muchas veces, el propósito que le había agarrado era el de pescar. Hasta parecía que, mientras había estado quieto, había estado pensando dónde tirar la caña, como si el río le dijera a él solo dónde iba a haber pique ese día y a esa hora. Trataba a los pescados con una delicadeza que hacía que Yagu se burlara de él.
-Che, que no es tu novia -le decía Yagu.
Tatú no se enojaba -nunca se enojaba pero seguía desenganchando al pescado sin lastimarlo. Cuando creía que nadie lo veía, les hablaba. Yo lo escuché más de una vez, escondida entre las cañas. Decía cosas como ahora te devuelvo al agua, no tengas miedo, fue sólo un susto, ya pasó. Y bajaba los escalones del muelle, se acuclillaba, metía el pescado en el agua y lo movía para atrás y para adelante unas veces para que le entre el agüita en el cuerpo, nos dijo cuando nos enseñaba, y soltaba el pez, que se alejaba con un coletazo de libertad.
Sabía los nombres de los peces y podía reconocer los cantos de los pájaros. A todos los animales los llamaba "mis hermanitos". También a nosotros nos llamaba sus hermanitos. Me tenía una paciencia que ningún chico más grande me había tenido jamás, y yo lo seguía por todas partes para que me enseñara las cosas que sabía hacer: tejer canastos de mimbre, esteras de juncos, pajaritos con las hojas de las cañas. Hasta sabía amasar pan. Con esas manos chiquitas que tenía, Tatú podía armar un mundo en un rato. A su lado, las cosas parecían ordenarse. Esto no es fácil de explicar y yo tardé mucho tiempo en poder ponerle palabras, pero él parecía conocer un orden que el resto de las personas no conocíamos. Un orden que no era el orden de la ropa colgada y doblada en el ropero. Lo que él hacía era darles a las personas y a los animales, a las plantas, a todos, un lugar donde estaban bien, como si hubiera un lugar donde cada uno se sentía feliz y él lo supiera. Algo así. Él le ponía orden a Yagu, y Yagu, que parecía tan seguro de sí mismo, sin él se desordenaba y se perdía. Tatú era la tierra bajo los pies de Yagu.
Así que Yagu y Tatú pasaron a ser parte de nuestra vida cotidiana ese verano, y en pocos días fue como si siempre hubieran estado ahí. Éramos lo que ahora sé que se llama una comunidad. Todas las noticias eran bienvenidas por papá que volvía cada jueves con ganas de escuchar los detalles de la semana. Hasta que lo conocí a Tatú, él había sido para mí el árbitro, el juez supremo, el que tenía la última palabra sobre cada cosa que le con taba mamá o le contábamos nosotros. Creo que hasta ese verano yo le había contado todo.
Lo primero que le oculté fueron mis ganas de no tener más trece años. Lo segundo fueron las ganas de enamorarme que me daban Yagu y Caroline, y lo tercero fue mi amor por Tatú. No es que yo estuviera enamorada de Tatú, pero estaba segura de que ni papá ni mis hermanos hubieran entendido lo que yo sentía. Quería a Tatú de una manera diferente a como quería a mi familia o a mis amigos. No creo que hubiera podido explicar cuál era la diferencia porque hay cosas de mí misma que descubrí más tarde en la vida. Descubrí que yo no confiaba mucho en nadie: ni en mis hermanos ni en mis amigas; ni siquiera en mis papás. Había algo que siempre quedaba encerrado en mí, un pedacito asustado, un pedacito que pensaba que hasta las personas que más quería podían hacerme mal. Sin querer, pero daba lo mismo. Y eso no me pasaba con Tatú. Nunca, con nadie antes, había sentido la confianza que sentía cuando estaba con él. La bondad de su corazón se veía en cada cosa que hacía, en la manera en que nos trataba a nosotros o a los perros o al mismo Yagu, como si nada lo hubiera lastimado nunca y no tuviera que defenderse de nada. Tatú era como un pez que nunca había mordido un anzuelo. Y con él me sentía totalmente a salvo. Lo espiaba porque siempre espié a los demás, pero la paz que me daba seguirlo o estar con él en silencio no tenía explicación para mí. Alguien me dirá que esto lo siento ahora por lo que pasó después, en las otras islas. Pero no. Si lo conociera hoy por primera vez, volvería a sentir esa confianza de que nada malo podía venir de él.
No estaba espiando a Yagu y a Caroline cuando hablaron por primera vez. Se me ocurre que fue cualquiera de los días en que nosotros nos íbamos con el barco a la desembocadura del canal. A papá y a mamá les gustaba ver la ciudad iluminada desde el río, y cuando la corriente no era fuerte y no había viento, anclábamos ahí y pasábamos la noche. A nosotros también nos gustaba. Era distinto. El patacho solo en el medio del río, la tierra lejos, los juncos de un lado, hasta el horizonte, y la ciudad rodeada del resplandor de las luces, como una torta de cumpleaños gigantesca.
Una tarde Yagu y Caroline pasaron abrazados.
-Están todo el día chacoteando -dijo mamá ese jueves.
Caroline y Yagu se besaban en el río, en el muelle, pasaban por el caminito abrazados, hablaban en los escalones con las piernas enredadas. No se podían sacar las manos de encima.
-Parece que tu amigo mordió el anzuelo -le dijo mi hermano mayor a Tatú una tarde que pescábamos desde nuestro muelle.
-Más bien parece que los hubieran agarrado juntos con el mediomundo -dijo Tatú.
Eso era lo que él hacía: ver las cosas de otra manera
-Le va a hacer bien. Él no es para andar solo -dijo.
Yo pasaba todo el tiempo que podía con Tatú. No hablábamos mucho, pero a veces yo le contaba alguna cosa del colegio o de Colmillo blanco y que era el libro que es taba leyendo, y él me contaba alguna cosa de Corrientes, de su mamá o de sus hermanos. Eran nueve. Un montón. Y Tatú era el tercero. Me aprendí los nombres de memoria y él me los tomaba, como si fuera una prueba. La más chiquita era mujer y Tatú la extrañaba más que a ninguno. Se llamaba Estrella. Él me pidió que le enseñara una canción en inglés y le enseñé "Twinkle Twinkle Little Star" que es una canción a una estrella que me habían enseñado en el jardín de infantes. Se la cantábamos al lucero de la tarde que salía solito sobre las copas de los árboles de la orilla de enfrente.
 Vistos desde ahora, esos días entraban uno en el otro como un paisaje que pasa por la ventanilla del auto. Los juegos en el río, los enamorados, la pesca con Tatú, todo se repetía, día tras día. Era igual y nuevo cada vez. Esa era nuestra vida, llena de ritos, protegida, libre.
En febrero, Tatú y Yagu se tuvieron que ir a Buenos Aires a hacer la colimba. Era por eso que habían venido de Corrientes, pero nosotros no lo sabíamos. Caroline se convirtió en una especie de sombra que se pasaba los días en el muelle, mirando pasar el río, fumando.
-Anda como alma en pena -decía mamá. Nosotros nos aburríamos. Especialmente yo. No sabía qué hacer con las horas que antes pasaba con Tatú.
-Pesquen solos -decía papá-. Si antes siempre pescaban solos, ¿por qué ahora tiene que estar Tatú?
-No es lo mismo pescar solos.
De repente me parecía que ya no sabíamos encarnar, que no sabíamos dónde tirar la caña, que los peces se habían ido a vivir a otra parte si Tatú no estaba.
En abril de ese año estalló la Guerra de las Malvinas. Yo no quiero hablar de política, del imperialismo o de las maniobras de un lado y de otro para retener el poder. Yo quiero hablar de Tatú y de Yagu. Los gobernantes de allá y de acá, los que tomaron las decisiones, están en los libros de Historia. Yagu y Tatú, no. De ellos, si no hablo yo, no habla nadie.
Los habíamos visto una sola vez desde febrero, con el pelo rapado, feos. Tatú me había hecho algunos cuentos de la colimba que a mí no me gustaron, no me los podía imaginar, ni a él ni a Yagu, yendo para acá y para allá con un rifle, obedeciendo las órdenes de alguien que les gritaba todo el día. A ellos tampoco les gustaba nada de eso, pero Tacú no dijo mucho.
-Ahora estoy acá -me dijo-. ¿Cómo me voy a perder este día hermoso, que nunca más va a existir, hablando de allá?
Desde los primeros días de abril, "allá" ya no fue Campo de Mayo, fueron las islas Malvinas. Los militares que gobernaban el país decidieron hacer un desembarco en las islas Malvinas para demostrar que eran nuestras. Y los ingleses nos declararon la guerra. Así de rápido. Y a Yagu y a Tacú los mandaron a las islas a pelear contra los ingleses. Por la televisión mostraron un montón de gente que se juntó en Plaza de Mayo y el milico máximo, como le decía papá, dijo "Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla". Papá dijo que era una locura, que los ingleses nos iban a hacer papilla. Yo me puse a rezar todas las noches para que nada malo les pasara a Yagu y a Tatú. No me lo podía imaginar a Tacú en ninguna guerra. La verdad es que tampoco me podía imaginar una guerra.
Nosotros, los chicos de la ciudad, habíamos vuelto al colegio y pasábamos en la isla solo los fines de semana. Las hojas se habían puesto rojas y amarillas, y el río y los árboles parecían unidos por los mismos colores. Mamá nos enseñó a todos a tejer cuadrados de lana para hacer mantas para los soldados. Nos pasábamos horas tejiendo y hablando de Yagu y Tatú. El doctor colgó una bandera argentina en el porche y le prohibió a su mujer y a su hijo que hablaran con el inglés. Como nosotros seguíamos hablando con el inglés, dijo que éramos unos vendepatrias. El inglés le dijo a papá que el doctor era un imbécil y que usaba la guerra para su propia agenda secreta. En ese momento no entendí. Tampoco pregunté.
Una noche, anclarnos en la desembocadura y vino una lancha de la Prefectura a decirnos que apagáramos todas las luces, que teníamos que estar a oscuras por si los ingleses nos bombardeaban. Por un momento muy breve y ridículo pensé que los de la Prefectura hablaban de nuestros ingleses, de Caroline y su papá.
Esa noche la ciudad desapareció en la oscuridad. Todo a nuestro alrededor y hasta donde llegaban los ojos era negro. Sólo los ruidos me aseguraban que el mundo seguía estando ahí: el golpeteo del agua contra el casco, el chillido de algún pájaro, las voces de mis hermanos que hacían preguntas, las de mamá y papá que contestaban. Estábamos acostados en nuestros camarotes, cada uno en su cucheta, pero habíamos dejado todas las puertas abiertas para hablar en la oscuridad.
No podía dejar de pensar en Tatú. ¿Qué haría en las islas...? ¿Podría ir de pesca algún día?
-En el mar hay muchos peces -dijo mi hermano mayor.
-A lo mejor pesca desde la costa -dijo papá.
Pero algo en el tono de su voz me hizo pensar que estábamos diciendo cualquier cosa.
Un domingo, Caroline me vino a buscar para que le escribiéramos una carta a Yagu. Nos sentamos las dos en la proa del barco y escribimos toda la mañana. El sol se había puesto más blanco y había olor a humo en el aire. La carta de Caroline era para decirle a Yagu que se volvía a Inglaterra con su papá. A mí no me pareció una buena idea mandarle a Yagu, que estaba en la guerra, una carta con esa noticia, pero ella dijo que igual no tenía cómo mandársela, que la iba a dejar en la casa del tío de Yagu. Después escribimos otras cartas para soldados que no conocíamos. Esas las íbamos a meter en paquetes de cigarrillos que les mandaba el ejército junto con las mantas.
-Mirá si justo le llega mi carta a Tatú -dije yo-.
Sería una casualidad enorme.
Pero, cuando terminamos las cartas, lloramos.
El 14 de junio se terminó la guerra. Era lunes y yo estuve toda la semana pensando que ese sábado lo iba a volver a ver a Tatú. A Yagu también lo quería volver a ver, pero, si no se había enterado ya, iba a descubrir que Caroline se había ido a Inglaterra. Y yo sentía algo raro, como vergüenza de que ella se hubiera ido o algo así. Ni Yagu ni Tatú aparecieron ese fin de semana. Tampoco los siguientes. El tío le dijo a papá que Yagu había hablado para decir que estaba en Campo de Mayo, que en cualquier momento lo iban a dejar salir.
Tardó como un mes en aparecer en la isla. No puedo decir que no lo reconocí porque no sería cierto, pero estaba muy distinto. Rengueaba. Subió los escalones del muelle muy despacio, la pierna derecha subía un es­ calón y la izquierda la seguía al mismo escalón. Se quedó parado ahí. La colectiva se fue. Nosotros corrimos a saludarlo. Mi hermano mayor le dijo que Caroline se había vuelto a Inglaterra.
-Sí -dijo él, aunque no sé si ya lo sabía.
Pero cuando le preguntamos por Tatú nos dijo que no sabía dónde estaba. Y cuando le pregunté más, me dejó hablando sola. Se alejó rengueando hacia lo de su tío. Como a lo mejor se acababa de enterar de que Caroline se había vuelto a Inglaterra, pensé que estaba enojado por eso.
Después pasaba para un lado y para el otro por el caminito, muy despacio, y no nos saludaba.
-No lo puedo mirar -decía mamá.
Yo sí que lo podía mirar. Es más, no podía dejar de mirarlo. Lo perseguía de lejos por toda la isla. Se me había metido en la cabeza que se podía morir y que yo lo tenía que cuidar. Y quería encontrar el momento para preguntarle por Tatú. ¿Dónde estaba mi amigo?
Papá dijo que algunos todavía estaban en Campo de Mayo porque no firmaban un papel. El tío de Yagu le había contado que nada de lo que les habíamos mandado a los soldados había llegado a las Malvinas. Ni las mantas, ni los cigarrillos con las cartitas ni nada. No los dejaban salir si no firmaban un papel donde decían que no iban a contar nada. Papá estaba furioso. Seguro que Tatú no quería firmar el papel y por eso no lo dejaban salir.
Un domingo del segundo fin de semana desde que había vuelto, Yagu se metió en el cañaveral y lo seguí. Era un día feo y frío, y adentro del cañaveral estaba oscuro. Yagu se sentó en uno de los tocones de un círculo que habíamos armado ese verano con los chicos y Tatú. Puso la cabeza entre las manos. Me acerqué y le pregunté por Tatú.
-Dejame en paz -dijo Yagu.
En mi cabeza le empecé a decir cosas. Le explicaba por qué tenía que decirme algo, le decía que yo necesitaba saber, le pedía por favor, hasta me arrodillaba. Pero me había quedado ahí sentada, muy quieta y me había puesto a llorar.
Él levantó la cabeza de las manos y me miró.
-No llores, nena. Por favor no llores -dijo. Pero yo no podía parar.
Cuando Yagu se puso a hablar, no parecía que me estuviera hablando a mí. Se miraba los pies. Empezó a hablar del frío que hacía en las islas, más frío del que yo hubiera tenido en toda mi vida, dijo. Llovía durante días y días. Y soplaba un viento helado y ellos estaban en un pozo, sentados espalda contra espalda y dormían ahí, con los pies en el agua helada. A Tatú se le helaron los pies.
Después dijo algo que quedó suelto.
-No podía correr.
Yo sentía que me había dejado de latir el corazón, ya no lloraba, lo miraba como si me hubiera quedado atrapada en eso que él estaba diciendo.
Nopodíacorrernopodíacorrernopodíacorrer.
Lo dijo varias veces más. Lo decía y me miraba. Me miraba a los ojos como si yo tuviera que contestar algo.
Y después dijo algo que por un momento pareció no tener nada que ver con Tatú.
-Las bombas explotaban por todas partes.
Yo sentía lo que él me estaba diciendo. Lo sentía como un dolor en el cuerpo que no tenía palabras, pero a la vez era como si no pudiera unir esas cosas que él decía. Parecían separadas, separadas entre ellas, separadas de Tatú, y de él, y de mí.
Las cañas golpeaban con ese ruido hueco que hacen al chocarse. Y de repente entendí perfectamente lo que él me estaba diciendo. Pero lo seguí mirando. Necesitaba que me lo dijera con palabras.
-Estaba parado ahí y después no -dijo.
Pero seguía sin decir lo que yo necesitaba oír.
-Yo no miré -dijo.
-Pero ¿y qué? -me escuché preguntar.
Necesitaba oír lo que ya sabía, pero antes de que lo dijera me había tirado al piso.
-A lo mejor no se dio cuenta cuando se murió.
Me abracé a las piernas de Yagu. Cuando se murió. Eso era. Quería golpearme la cabeza contra sus rodillas. Lastimarme. Desaparecer. Yagu también lloraba, se sentó a mi lado, en la tierra. Me abrazó. Gemía. Yo me estaba ahogando con mi propio llanto.
Se había hecho de noche.
En diciembre, antes de Navidad, unos alemanes compraron la casa de Caroline y su papá. Era una familia recién llegada a la Argentina, con dos hijos más chicos que yo y una bebita.
Una tarde, al principio de las vacaciones, me encontré con el alemanito chico en el terreno del fondo. Le pregunté si quería que le enseñara a pescar. Le enseñé a pescar y le enseñé a soltar los peces sin lastimarlos. Lo que más le gustó fue que le dijera "mi hermanito" al bagre.
-¿También es mi hermanito? -preguntó. Le dije que sí.
Fui hasta la punta de la isla, donde no había ninguna casa y me metí en el río. Me había puesto a llorar corno si nunca desde esa tarde en el cañaveral hubiera dejado de llorar. Me dejé llevar por el río. El río con su corriente me iba calmando. Floté, río abajo, hasta el muelle de los ingleses. Salí del agua. Y en un escalón, todavía tibio, me senté a esperar la salida del lucero de la tarde.

[Extraído de Edgardo Esteban (comp.), Las otras islas, Buenos Aires, Editorial Alfaguara, Serie Roja, 2012, pp. 76-95. ]

25 de junio de 2015

Paulo Pécora - Marea Baja (trailer)


 Marea baja es el segundo largometraje de Paulo Pécora protagonizado por Germán De Silva, un policial negro que transcurre en las selvas del delta del rí­o Paraná y narra la huida de un ladrón que escapa de sus cómplices.
Como en su película anterior, El sueño del perro –filmada hace seis años–, Marea baja tiene como escenografí­a con peso protagónico el Delta del Tigre, paisaje que enmarca una trama plagada de incertidumbre y tensión.
La historia tiene como eje central a un extraño que irrumpe en la casita que tienen dos mujeres en el Tigre, un ladrón que huye de sus cómplices, que lo buscan para cobrarle una deuda, pero que en camino al Uruguay se detiene cerca del lugar donde tiene escondido el botí­n de un robo anterior.
El problema es que aquel viejo tesoro desapareció y el recién llegado asocia esa sorpresiva realidad con las mujeres que le dieron alojamiento, casi al mismo tiempo que de la nada aparecen otros dos hombres que andan tras sus pasos dispuestos a todo.
"Es una pelí­cula áspera y seca, que indaga en la parte oscura del ser humano, en la violencia gratuita, en la ambición sin futuro. Un policial negro minimalista, que transcurre en medio de la selva y donde todos están atados a un destino trágico", definió el director que, además, realizó del mediometraje Las amigas y una treintena de cortometrajes.
El film, que participó en el último Festival de Beijing, tiene como figuras centrales a Germán De Silva, Susana Varela, Mónica Lairana, Marcelo Páez, Abel Ledesma, fotografí­a de Emiliano Cativa y edición de Mariano Juárez.

Se reestrena Marea baja, de Paulo Pécora

24 de junio de 2015

La Regata del Dragón - Tigre y China juntos

“La Regata del Dragón” llega a Tigre  
 
El Municipio y Taiwán, isla de la República China, realizarán una jornada de actividades por más inclusión deportiva y cultural. La disputarán los clubes de remo del distrito el próximo sábado 27 de junio desde las 15hs, en Paseo Victorica, a la vera del Río Luján; se mostrarán las costumbres culturales del país.
El Municipio de Tigre los invita a participar de “La Regata del Dragón”, un evento milenario propio de China  que fusionará tintes culturales y deportivos.
Se realizará el próximo sábado 27 de junio a partir de las 15Hs, en Paseo Victorica. Allí, los vecinos podrán disfrutar de actividades familiares, de forma libre y gratuita.
Cabe destacar que durante el mes de junio, Tigre recibió la visita del embajador de Taiwán, Huang Lien Sheng, junto a una delegación de su isla para ultimar detalles de esta propuesta.
En este sentido, uno de los ejes más impulsados desde el Municipio de Tigre gira en torno al fortalecimiento de lazos con ciudades de todo el mundo y fusionar políticas públicas en materia cultural y deportiva.

20 de junio de 2015

Espacio para la creatividad infantil en el MAT

Un nuevo espacio para la creatividad infantil en el MAT
Con el objetivo de crear un espacio para favorecer el interés por el arte en los niños, el Museo de Arte Tigre (MAT) acondicionó una de sus salas como espacio para diferentes actividades del departamento de Educación.

Ambientado como una sala de juegos al estilo francés de la arquitectura del edificio, el atelier se propone complementar las acciones didácticas, reflexionando sobre el pasado y presente de la niñez.

Las actividades tendrán lugar cada sábado de 16 a 17 hs en la planta alta e incluirán acciones guiadas y libres de dibujo y pintura, entre otras, para niños de entre 3 y 12 años, de forma libre y gratuita; y adultos con la entrada del museo.

Además, hasta el domingo 28 de junio se podrá visitar las exhibiciones de Nora Correas, "En el jardín no sólo hay flores" y "Los Chupasangre". Ambas instalaciones reúnen dibujos, objetos, textos y video; y en ellas, la artista une su voz a la del poeta Oliverio Girondo (Buenos Aires, 1891-1967) para realizar una reflexión ecologista sobre el mundo contemporáneo.

Las visitas pueden realizarse de miércoles a viernes de 9 a 19 hs; sábados, domingos y feriados de 12 a 19 hs, en Paseo Victorica 972, Tigre. Con DNI en mano, los  vecinos del distrito podrán ingresar de forma gratuita. En tanto que la entrada general tiene un valor de $20.

18 de junio de 2015

Jornada de “Ropero Comunitario” en el Delta

Primera jornada de “Ropero Comunitario” en el Delta
En la intersección del Canal Onda y Arroyón, la mesa del Frente Renovador de Islas organizó la entrega de ropa y juguetes que fueron donados por los Sindicatos, instituciones y vecinos de Tigre.

El Frente Renovador de Islas  llevó adelante la primera jornada solidaria de “Ropero Comunitario” en el Delta donde se entregó ropa y juguetes a familias del Canal Onda y Arroyón.

Por su parte, el concejal Horacio Fabeiro, dijo: “Vamos a desarrollar una jornada por mes, en esta oportunidad la cita se dio lugar en el Canal Onda y Arroyón. Pero iremos por otras zonas que necesiten de nuestro apoyo. A partir del primer lunes de julio se realizará la segunda entrega de estos artículos a pedido de los vecinos”.

Presente en el lugar, Daniel Herrera,integrante de la mesa del FR contó: “Fue un éxito y la gente estaba muy contenta con la donación de indumentaria. Vamos a continuar con estas jornadas solidarias, ya que nos preparamos para agosto que es el día del niño. Por eso necesitamos de la colaboración de todos para que puedan hacer su aporte y ayudar a los que más lo necesitan”.

Cabe resaltar que las donaciones fueron aportadas por  Sindicatos y vecinos de Tigre que se acercaron durante estos días al local de la mesa del Frente Renovador de Islas.

17 de junio de 2015

CINE LATINOAMERICANO en TIGRE - GANADORES del FELCIT 2015

Todos los ganadores del FELCIT

Todos los ganadores del FELCIT

La película colombiana Ella, de Libia Stella Gómez Díaz, fue la gran ganadora del Primer Festival Latinoamericano de cine de Tigre (FELCIT) que se llevó a cabo entre el 26 y el 31 de mayo de 2015.
El evento de cierre contó con la presencia de las autoridades del festival: Daniel Fariña su director, Marcelo Páez su programador y Victoria Ciaffone productora ejecutiva.
Ella, de Libia Stella Gómez Díaz (Colombia) resultó elegida mejor película en la competencia internacional de largometrajes de ficción y su protagonista, Humberto Arango, fue elegido como mejor actor. Por su parte, Silvia Nudelman se llevó el premio a la mejor actriz por su papel en la argentina “No hay tierra sin mal”.
Ella se centra en Alcides y Georgina, dos ancianos olvidados del mundo, viven en un inquilinato en Ciudad Bolívar en los suburbios pobres de Bogotá, Colombia. A Georgina la acompaña su pequeña amiga Guiselle, una hermosa niña de 12 años a quien su padre Facundo maltrata a diario. Tras una violenta discusión con Facundo, Georgina muere. Alcides no sabe vivir sin ella. Sin tener tiempo para procesar su muerte, Alcides debe encontrar dinero para procurar un funeral digno. Tras encontrarse con muchos obstáculos e indiferencia, el amargo recorrido de Alcides le trae una lección y lo obliga a cambiar su forma indolente de ver la vida. Aprende a vivir sin Georgina y en el camino cumple con el último deseo de su amada.
En las categoría cortometraje latinoamericano resultó ganador Plato Paceño de Carlos Piñeiro (Bolivia) y El valle interior, de Alejandro Telémaco Tarraf (Argentina) en el de Tigre.
La ceremonia de cierre se realizó ayer en el Museo de la Reconquista y el jurado integrado por Paula Felix-Didier, José Celestino Campusano y Paulo Pécora también premió a Martín Rivas en fotografía (Amor, etc., Argentina), mientras  que la mención del jurado fue para Raúl, del chileno Matías Venables, y la mención a la innovación narrativa se la llevó la mexicana En la estancia, de Carlos Armella.
A continuación los ganadores en todas las categorías:

PREMIOS FELCIT 2015

CORTOMETRAJE TIGRENSE
  • Mejor actor: Gerónimo Gadea, por “El valle interior” de Alejandro Telémaco Tarraf (Argentina)
  • Mejor Actriz: Damasia Etchemendy , por “Amapola” de Federico Molentino (Argentina)
  • Mejor Fotografía: Alberto Balaz, por “El valle interior” de Alejandro Telémaco Tarraf (Argentina)
  • Mención del jurado: “Eter”, de Agustina Turzi, Emiliana Niveyro, Ignacio Coca (Argentina)
  • Mejor Cortometraje Tigrense: “El valle interior”, de Alejandro Telémaco Tarraf (Argentina)
CORTOMETRAJE LATINOAMERICANO
  • Mejor Actor: Julián Calviño por “Viedma”, de Alejandro Ortigueira (Argentina)
  • Mejor Actriz: Myriam Gleijer por “Cubierto de plata”, de David Blankleider (Uruguay)
  • Mejor Fotografía: Juan Sánchez y Francisco Villa, por “Durmiente”, de Vinco Tomicic (Argentina)
  • Mejor Cortometraje Latinoamericano: “PLATO PACEÑO” de Carlos Piñeiro (Bolivia)
LARGOMETRAJE LATINOAMERICANO
  • Mejor Actor: Humberto Arango por “Ella”, de Libia Stella Gómez Díaz (Colombia)
  • Mejor Actriz: Silvia Nudelman por “No hay tierra sin mal”, de Belén Bianco (Argentina).
  • Mejor Fotografía: Martín Frías por “Amor, etc.”, de Gladys Lizarazu (Argentina)
  • Mención del jurado: “Raúl”, de Matías Venables (Chile)
  • Mención a la innovación narrativa: “En la estancia”, de Carlos Armella (México)
  • Mejor Largometraje Latinoamericano: “Ella”, de Libia Stella Gómez Díaz (Colombia)

14 de junio de 2015

Libro CASAS De TIGRE

Un patrimonio rescatado del olvido PDF Imprimir Correo


Casas de Tigre. El libro de los arquitectos Fernando Giesso, Estela Kliauga y Nora Roncal y la socióloga Lydia Michelena Crook está organizado sobre la base de fotos, planos, comentarios y mapas. Declarado de interés municipal por la Municipalidad de Tigre.
Hablar de patrimonio arquitectónico es hablar de preservación de edificios por los que se fue amasando la historia de un pueblo. Ese almacén de la esquina por el que pasaron 3 generaciones de gallegos, el palacete sorprendente a orillas de un río sucio y, también, la casa multifamiliar que resolvió inteligentemente un problema habitacional, todos hacen al patrimonio arquitectónico.
Desde hace algunos años, el turismo cultural genera ingresos interesantes, pero, para que esto se efectivice, es imprescindible tener qué mostrar. Un paso adelante han dado, en este sentido, los autores del libro Casas de Tigre, que advierten: “Nuestra intención fue elaborar un registro para la preservación y conservación de las diversas formas de arquitectura que observamos. El primer paso para preservar el patrimonio es registrarlo, clasificarlo, inventariarlo y luego difundir su existencia. Verificamos así que el patrimonio arquitectónico en el partido de Tigre ha sido objeto de una agresión permanente”.

Datos históricos
Casas de Tigre comienza con una reseña histórica que nos remonta al pueblo guaraní que llegó bajando por el río Paraná, en busca de la tierra sin mal. “En las islas de Paycarabí, Felicaria y la Sarquita se hallaron sepulturas indígenas que confirman la existencia, habitación y permanencia de poblaciones anteriores a la llegada de los españoles”.
Como ya sabemos, la historia de las mujeres y hombres que se fueron asentando en la zona está entrelazada a las islas del Delta y al río, que toma la voz de Arturo García Buhr en la película Los Isleros: “Soy una fuerza eterna, una fuerza a veces ciega que cumple la fatalidad de su destino. Con mi trabajo silencioso he procreado estas islas. Pero del mismo modo puedo devorarlas, llevo la vida y la muerte, soy el río, soy el río”.
Entre los datos históricos que se mencionan, hay algunos sorprendentes: en 1796, “un grupo de mujeres panaderas, que elaboraban sus productos en pequeñas industrias familiares en el Delta y proveían de pan a la región, se rebelan por el precio del pan y logran que se reglamente la actividad”. En 1811 están registrados 19 labradores que cultivaban trigo. En el censo de 1854 se registraron 960 habitantes, siendo el 10% extranjeros; la principal actividad era la agricultura (había 82 chacras) y la ganadería.
Hay muchos otros datos, hasta que se llega a las urbanizaciones cerradas que “amenazan ecosistemas estratégicos y frágiles, como los humedales y las cuencas de los ríos, imprescindibles para la sustentabilidad del aglomerado metropolitano”. En relación al tema específico del libro, podríamos agregar que el encierro fractura la integración social y, por lo tanto, comienza a resquebrajarse el proceso de identificación con un espacio que es de todos, de ahí que el patrimonio arquitectónico corre el riesgo de convertirse en objeto exclusivo de unos pocos, como ocurre actualmente con la casa del General Pacheco, encerrada en un barrio privado.

Singulares casas
El libro está dividido en 3 partes: 1) casas en la ciudad; 2) casas en las islas; 3) barcos, embarcaderos y puentes. Por supuesto, la estrella es el relevamiento fotográfico, con todos los datos de ubicación. Sólo una casa de isla, catalogada como pintoresquista, no está ubicada, por lo cual los autores piden a los lectores que la reconozcan, tengan a bien informar los datos de ubicación.
Sobresale la variedad de edificaciones, tanto en tierra como en islas. Están las casas de material con estilos propios de Europa; casas mecano, es decir casas de madera para armar; casas vernáculas, de construcción sencilla, adaptada a las características climáticas y geográficas, construidas por sus propios moradores a partir de lo que ofrece el medio; por último, se menciona la llegada al Delta de la permacultura, que es “la aplicación de éticas y principios de diseño universales en planificación, desarrollo, mantenimiento, organización y preservación de hábitats aptos para sostener la vida en el futuro”.
Se pueden apreciar las 3 casas coloniales que aún están en pie: la antigua aduana (Esmeralda esquina Liniers), la Antigua Casona (25 de Mayo esquina Estrada), Museo de la Reconquista (Liniers y Castañeda).
Las casas de estilo italiano abarcan 23 páginas; unas cuantas fueron demolidas; algunas se conservan en estado regular. Sería positivo que los actuales funcionarios aseguren su definitiva preservación.
Entre las edificaciones de estilo académico (11 páginas) se encuentra la villa Vivanco, perteneciente al Club Canottieri; el predio ocupa casi una manzana y “como corresponde a una casa burguesa de fin de siglo 20, no presenta medianeras”, ahora bien, sobre la calle Pizarro se está construyendo un edificio y, como dicen los autores, “va a significar la presencia de una importante medianera. Es de lamentar que, hasta el momento, el Código de Planeamiento Urbano de Tigre no tenga en cuenta este tipo de situaciones”. También hay fotos de la Villa Carmen y la casa que da por Montes de Oca que fue el pabellón de servicio y actualmente está en venta, ¿harán algo para salvarla de la piqueta?
El capítulo “pintoresquistas” cuenta con 21 páginas; tiene fotos del palacio que mandó construir el banquero Ernesto Tornquist, ¿cómo se permitió que se demoliera un edificio tan singular? Ahora hay que ir a Amberes para ver algo parecido.
De las denominadas casas vernáculas, entre la que se destaca Rancho Viejo, hay muchas fotos; muchas de ellas ya no existen.
Entre las casas modernas, está relevado el conjunto de dúplex de Lavalle y Avellaneda.
Las casas de islas también se dividen en italianas, pintoresquistas (se destaca El Paraíso de María, sobre Luján y Caraguatá, declarada de interés municipal); mecano (atrae el complejo Isla Minahasa, casas importadas de Indonesia; también la casa Sarmiento, quien fue un insistente propulsor de este sistema constructivo); vernáculas (Tempe Argentino, antigua quinta de Marcos Sastre); algunas realizadas con los principios de la permacultura; por último, las casas modernas, donde se encuentra la casa-museo de Miguel D’Arienzo, sobre el río Luján.
En el último apartado, son de destacar las casas flotantes, con fotos de las actuales y, también, de 1930.
Escrito por Mónica Carinchi

11 de junio de 2015

Las otras islas (reseña)


Análisis: esta antología está integrada por nueve cuentos que abordan uno de los episodios más dolorosos de la historia argentina reciente: la Guerra de Malvinas.
Con motivo del trigésimo aniversario del conflicto bélico, Alfaguara presenta esta selección de relatos de prestigiosos autores argentinos que abordan desde diferentes perspectivas los hechos. El volumen se abre con un epígrafe de Jorge Luis Borges que pertenece a “Juan López y John Ward” (Los conjurados, 1985), donde el autor universaliza el tema de la guerra, como una lucha siempre fratricida, a partir de una referencia bíblica: la historia de Caín y Abel.
A continuación, Edgardo Esteban, como ex combatiente y periodista, se ocupa en las “Palabras Preliminares” de realizar un repaso de los setenta y tres días que duró el conflicto, revisa el período de la posguerra y reflexiona sobre la actitud de la sociedad frente a los sobrevivientes y a la dictadura militar de aquellos años, al tiempo que plantea la necesidad de justicia y memoria para evitar que en el futuro los jóvenes continúen siendo víctimas de semejantes desatinos.
Dado que los autores que participan de esta antología eran adolescentes o muy jóvenes durante aquel invierno de 1982, es posible reconocer en buena parte de las ficciones cierta impronta autobiográfica que refuerza el verosímil realista al recuperar modas, costumbres, usos del lenguaje y consumos culturales propios de esa generación.
Gran parte de los textos giran en torno a la evocación (“La Guerra de las Malvinas” de Patricia Suárez) y, por lo mismo, a la primera persona. Los personajes, predominantemente jóvenes, ya sea que se trate de soldados (“Clase 63” de Pablo De Santis) o, con más frecuencia, ocasionales testigos (“La penitencia” de Marcelo Birmajer) de aquellos días, dan cuenta de cómo la vida cotidiana se vio profundamente alterada por un conflicto en el que la sociedad se expresó, al menos en principio, con más euforia que criterio de realidad. Luego, sobrevendría la derrota (“No dejes que una bomba dañe el clavel de la bandeja” de Esteban Valentino), el dolor por los que nunca regresaron (“Las otras islas” de Inés Garland) o por los que, volviendo, jamás serían los mismos (“El alimento del futuro” de Pablo Ramos).
Esta selección se completa con “El puente de arena” de Liliana Bodoc, texto que se destaca por su prosa poética y una salida superadora que anula las diferencias entre ganadores y vencidos; “Memorandum Almazán” de Juan Forn que trabaja sobre el lenguaje y sus implicancias y, con una perspectiva singular, Eduardo Sacheri, en “Me van a tener que disculpar” plantea la venganza simbólica que representó el gol de Maradona frente a los ingleses durante el mundial de fútbol de 1986.
Sin dudas, estas narraciones recuperan para los jóvenes de hoy un clima de época que invita a la reflexión sobre aquella guerra que, amparada en legítimas razones, se convirtió en una aventura militar que cercenó una generación de argentinos y dejó heridas que aun no han terminado de cicatrizar.
Inés en su libro aún cuando su intención no es hablar de política vuelve sobre sus trece años transcurridos en una isla, en la que ella vivía, época en la cual se mudan cerca de su casa un inglés y su hija Caroline. Sus grandes amigos Yagu y Tatú junto a ella se convirtieron en sus grandes compañeros con los cuales realizó toda clase de aventuras. Logrando de esa forma fortalecer ese vínculo en forma muy especial.
Tatú incansable amante de la naturaleza tiene por costumbre llamar “hermanitos” a todo lo que lo rodea, inclusive a los peces que atrapa y les quita el anzuelo de sus bocas con toda ternura sin lastimarlos, para devolverlos luego al río.
Los comentarios de la familia de Inés se concentran en la permanente compañía que se brindan Yagu y Caroline, mientras que ella comparte mas tiempo con Tatú. Así transcurre el tiempo entre juegos y aprendizajes de la naturaleza y de la vida en la isla.
La tranquilidad no es permanente, les llegan avisos por medio de la lancha colectiva de que nuestro país entraría en guerra con Inglaterra, por el tema de la ocupación inglesa de las Islas Malvinas. Incluso se llegó a advertir a las isleños a que no encendieran las luces por temor a un bombardeo.
A poco tiempo Yagu y Tatú quienes estaban cumpliendo el servicio militar obligatorio tuvieron que viajar al Sur para combatir, dejándolos a todos con la preocupación y angustia que es de suponer.
Terminada la guerra del modo que se conoce tanto Yagu como Tatú tardaban en volver, preocupando esta situación a todas las familias. Las noticias tardaban en llegar y se rumoreaba que los conscriptos estaban demorados porque debían firmar cierto papel mediante el cual se comprometían a no divulgar lo sucedido en las Islas.
Tiempo después llegó Yagu con problemas de una herida en una pierna y con un humor que no dejaba ninguna duda de su tristeza y enojo. A pesar de los requerimientos de Inés para saber de lo ocurrido con Tatú, una tarde lo encontró a Yagu muy triste en y le suplicó y lloró insistiendo en saber la verdad. Yagu con palabras entre cortadas le contó que Tatú con sus piernas heladas no podía moverse, hecho que motivo finalmente su muerte en combate. Inés desolada por la noticia lloró durante mucho tiempo.
Poco antes de la llegada de Yagu, Caroline había regresado a Inglaterra con su padre, hecho que puso en su conocimiento, lo cual aumentó su enorme pena. Luego de un tiempo la casa de los ingleses fue adquirida por una familia alemana e Inés al igual que Tatú a unos de los hijos le enseñó a pescar y a llamar a los peces “mis hermanitos”.
“Decía cosas como ahora te devuelvo al agua, no tenga miedo, fue sólo un susto, ya pasó. Y bajaba los
escalones del muelle, se acuclillaba, metía el pescado en el agua y lo movía para atrás y para delante unas veces para que le entre el agüita en el cuerpo, nos enseñaba, y soltaba el pez, que se alejaba con un coletazo de libertad”.
“Era verdad que yo era una romántica, pero también era verdad que veía los hilos que unen a las personas”.
“Se me ocurre que fue cualquiera de los días en que nosotros nos íbamos con el barco a la desembocadura del canal”.
“Los militares que gobernaban el país decidieron hacer un desembarco en las islas Malvinas para demostrar que eran nuestras. Y los ingleses nos declararon la guerra. Así de rápido. Y a Yagu y a Tatú los mandaron a las islas a pelear contras los ingleses”.
“Empezó a hablar del frío que hacía en las islas, más frío del que yo hubiera tenido en toda mi vida, dijo. Llovía durante días y días. Y soplaba un viento helado y ellos estaban en un pozo, sentados espalda contra espalda y dormían ahí, con los pies en el agua helada. A Tatú se le helaron los pies”.
“Las otras Islas”
En la isla del Delta, vivía una chica romántica de trece años de edad que conocía a dos chicos llamados Tatú y Yagu; y a una chica llamada Caroline. A estos últimos dos les pareció que se gustaban por la forma de mirarse, aunque su amiga era muy seca, como todos los ingleses, supuestamente eso era lo que decía su papá. Luego había llegado un inglés  que para la mayoría, incluyendo a ella y a su mamá no era antipático.
” Quería ser grande y quería saber cómo era vivir un gran amor”.
Tatú, les había enseñado a ellos a encarnar las lombrices para que no se salieran del anzuelo, y les mostró cómo se hacía para sacarles el anzuelo de la boca a los pescados sin lastimarlos, ya que los trataba con mucha delicadeza.
“A todos los animales los llamaba < mis hermanitos >. También a nosotros nos llamaba sus hermanitos”.
Él tenía un orden que otras personas no tenía, daba seguridad, y hasta ella le contaba todo en ese verano que se conocieron, ya que estaba muy enamorada de Tatú. Yagu y Caroline pasaban mucho tiempo juntos, mientras que ella hablaba sobre diferentes temas con su amor.
En febrero, sus amigos se tuvieron que ir a Buenos Aires a hacer la colimba, por eso se habían venido de  Corrientes. Ellas estaban muy aburridas y en abril, empezó la Guerra de las Malvinas. La Argentina desembarcó allí e Inglaterra se preparó para dar batalla. Yagu y Tatú les tocó ir allá.
En la ciudad tuvieron que apagar todos las luces por si atacaba Gran Bretaña, cosa que no sucedió. En un domingo ella y su amiga le hicieron cartas a sus dos amigos y a soldados que no conocían. Caroline le escribió a Yagu que se iba a volver con su papá a Inglaterra.
El 14 de junio de ese mismo año había terminado la guerra. Cuando Yagu volvió, parecía muy distinto al que conocía antes. El hermano de ella le dijo que Caroline se había ido. Le preguntó por Tatú pero no le respondía. Luego se enteró de que todo lo que habían mandado no les habían llegado nada.
En el segundo domingo habló con su amigo y le contó como la pasaron en las Islas Malvinas. Después de tanto él le dijo que Tatú había fallecido.
“A lo mejor no se dio cuenta cuando se murió”.
Ellos dos se pusieron muy mal y mientras lloraban se abrazaban.
” Me abracé a las piernas de Yagu[…] Quería golpearme la cabeza contra sus rodillas. Lastimarme. Desaparecer[…] Yo me estaba ahogando con mi propio llanto”.
En navidad, unos alemanes le compraron la casa al  papá de Caroline. Tenían dos chicos y una beba.   A uno de ellos le enseño a pescar y a decirle que eran sus “hermanitos”, mientras que se acordaba de su gran amor Tatú.
(por Gmiranday, tomado de: https://unlarcatedras.wordpress.com/2014/02/13/analisis-de-las-otras-islas/)

Las otras islas Esteban, Edgardo - compilador- Buenos Aires. Editorial Alfaguara. Serie Roja. 2012 Las otras islas es una antología que nuclea cuentos de variados autores argentinos que tematizan la Guerra de Malvinas. Pertenece a la Serie Roja de Editorial Alfaguara, que tiene como destinatarios a los adolescentes. Esto no es un dato menor, ya que estamos frente a un texto que incursiona en la narrativa histórica y permite a los jóvenes lectores tomar contacto con este hecho histórico y- crucial en nuestra Historia- desde otro punto de vista, desde la voz de la ficción. M.Birmajer, L. Bodoc, P. De Santis, J. Forn, I. Garland, E. Sacheri, P. Suárez y E. Valentino. Todos autores de calidad que proponen textos que no se apartan de esta cualidad y siguen los lineamientos de sus poéticas. Cada historia aborda diferentes aspectos de la guerra, de los que pelearon en ella, de los que se quedaron, de la vida después … y a la manera de un caleidoscopio van permitiéndole a lector tener una visión total de un período histórico de nuestro país. “La penitencia” de M. Birmajer, inicia la antología, con un texto que tematiza la vida de una familia que espera-y desespera- la vuelta del hijo mayor. L. Bodoc en “El puente de arena” narra con un discurso poblado de imágenes sugerentes- como es su estilo- el encuentro entre dos soldados: uno inglés y uno argentino. Dos opuestos que terminan encontrándose a través de “Un magnífico puente de arena que unió dos castillos y a dos hombres a orillas de la guerra”. “Clase 63” de Pablo De Santis narra en primera persona la experiencia de un adolescente-“colimba”- que peleó en la guerra y del triste final de uno de sus amigos. Pero su discurso cuidado y bien logrado evita el sentimentalismo y los golpes bajos. “Memorándum Almazán” de Juan Forn aborda la guerra desde un lugar muy original: la visión chilena. Es decir, la primera persona protagonista cuenta lo que sucede en la embajada argentina en Chile luego de la guerra. Texto que mantiene en vilo al lector a través de la intriga. “Las otras islas” de Inés Garland y “No dejes que una bomba dañe el clavel de la bandeja” de E. Valentino cuentan historias de amor interrumpidas por la guerra. Relatos en los cuales el trabajo con el lenguaje fascina al lector en el mismo grado en que lo conmueve, ya que las situaciones descriptas pueden aunarse por la crueldad que las caracteriza. Ambas narran la vida interrumpida de dos combatientes, que antes de soldados, eran jóvenes que terminaban la adolescencia y a los cuales, la vida les quedó truncada por lo sucedido. El texto de Garland narrado por una niña de doce años, que descubre las maravillas del amor y el compañerismo de la mano de un vecino correntino que llegó al Tigre, antes de irse a “hacer la colimba”. “El alimento del futuro” de Pablo Ramos, “Me van a tener que disculpar” de Eduardo Sacheri y “La Guerra de las Malvinas” de Patricia Suárez completan esta bien lograda antología.

(reseña de Soledad Vitali)

9 de junio de 2015

Santiago Othueguy - La León (2007) - Otra visión para el Delta del Tigre




Otra visión para el Delta del Tigre

El film del director, guionista y compositor Santiago Otheguy, argentino radicado en París, fue celebrado por el periódico especializado Variety.

 “Una bellísima fotografía en blanco y negro y Cinemascope logra expresar el aislamiento y la nostalgia con que el director y guionista Santiago Otheguy visualiza las distancias entre sus personajes.” El elogio del periódico especializado Variety –uno de los más influyentes en el mundo del cine– es para La León, la primera de las tres películas argentinas que desembarcó en la Berlinale. Para hoy está prevista la presentación en competencia oficial de El otro, segundo largometraje de Ariel Rotter (ver aparte), y a partir de mañana llega Extranjera, de Inés de Oliveira Cézar, que participa del Forum del Cine Joven. Pero por ahora el film de Otheguy, que integra Panorama, la sección oficial no competitiva, se lleva los primeros aplausos.

El crítico Jay Weissberg, de Variety, encuentra “admirable la contención con que el director presenta la tensión creciente entre sus personajes” y destaca que “lo más notable es la fotografía en Alta Definición de Paula Grandío, ejemplar y siempre cautivante”. En verdad, lo primero que se impone en la opera prima de Otheguy –33 años, compositor a la par de cineasta, actualmente radicado en París– es su espléndida concepción visual, que logra mirar de manera nueva, diferente, el espacio de las islas más profundas del Delta del Tigre. Allí, en ese laberinto de corrientes y bañados, no demasiado lejos de la civilización, pero lo suficientemente apartado como para estar regido por sus propias normas, vive y trabaja Alvaro, un islero aún más parco y solitario que lo que le pide el paisaje. “Nunca se le vio una mujer” es el comentario susurrado y malicioso de los lugareños, particularmente de El Turu, un botero que al timón de su lancha “La León”, la única que abastece la zona, se ha erigido en algo así como el puntero del barrio, decidido a ordenar ese pequeño mundo a su antojo. Inexorablemente, ambos personajes irán enfrentándose poco a poco, de manera tácita, sorda, en lo que el film plantea como una lucha de pulsiones a la vez sociales y sexuales.

Uno de los méritos de La León –que llegó a Berlín bajo el paraguas de la poderosa distribuidora internacional MK2, de Marin Karmitz, quien habitualmente produce los films de Claude Chabrol y Abbas Kiarostami– está también en su elenco: Jorge Román (el protagonista de El bonaerense) y Daniel Valenzuela (quien desde Mala época ha venido acompañando a todo el nuevo cine argentino, desde Mundo grúa hasta Crónica de una fuga, pasando por La ciénaga) parecen irremplazables como Alvaro y El Turu. Son dos hombres en pugna, librados a sus propias fuerzas en una naturaleza que recuerda mucho a la que planteaba Haroldo Conti en su novela Sudeste: unas corrientes ocultas que determinan las acciones de sus personajes.

[Pagina 12, http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/5-5378-2007-02-13.html]