26 de noviembre de 2016

Sebastián Hernáiz - Repelente



No hay mosquitos en el Tigre. El río
está bajo, hace días que no llueve.
Nos sorprende
en nuestras pieles lechosas
el sol seco de media tarde. De nada
nos protege el repelente, la piel
pica de mera incomodidad con el mundo.
Somos adictos a un par de alicientes. Las mujeres,
la mujer, noches ebrias, dos canciones.
No hay repelentes que resistan
al precipitado pasar del día a día. Va a llover pronto,
el río va a crecer. Vamos a quedar por siempre
en esta piel, en esta isla que late.

en "El prejuicio del sexo", Bahía Blanca : Vox,2014.

Sebastián Hernaiz es docente de historia de la literatura argentina en la carrera de Letras de la UBA. Publicó la novela Las citas, (17grises, 2016), el libro de poemas El prejuicio del sexo (Vox, 2014), y los ensayos Rodolfo Walsh no escribió Operación Masacre (17grises, 2012) y El arte de la guerra en el póker (Mondadori, 2012). Fue editor de la revista el interpretador y conduce el programa de conversaciones sobre libros Escribir en el Aire, por FM La Tribu.

[http://pajarodemimbre.blogspot.com.ar/]

14 de noviembre de 2016

Cecilia Estalles - Fotografías

Siluetas de río, de la espera, del tránsito. De la fiebre, del remanso. Renegados, cogotudos, madereros, despechados. Retratos peliagudos, secos, de flujo tardo. El río y su arrastrar deseos, penurias parcas, intrigas masculladas en la cabina de un lanchón, en el bote maltrecho. El hombre en su condición natural, la de la espera, avanzando, en rumbo ingobernable, por más mano en timón que haya.
Sebastián Russo
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Nací en pleno verano del 82, casi Guerra Malvinas, en Carapachay, Buenos Aires, Argentina. A los 19, empecé a estudiar fotografía y a los 22, me sumé a la fundación PH15, como laboratorista y docente. En paralelo seguí estudiando fotografía con artistas: Alberto Goldenstein, Augusto Zanela, Fabiana Barreda y Julieta Escardó. A lo largo del tiempo, participé y expuse mis fotografías en diversos lugares, en Bienal Arte x Arte, Bienal Bahia Blanca, Salón Nacional, Galería Big Sur, Festival de la Luz, etc. Soy co-fundadora de M.A.f.I.A. (Movimiento Argentino de Fotografxs Independientes Autoconvocadxs) (Cecilia Estalles)
[FUENTE: https://revistacarapachay.com/2015/05/25/310/]

Epistolario isleño: Duizeide-Domínguez

Convocados por la Revista Carapachay, los escritores Juan Bautista Duizeide y Carlos María Domínguez han mantenido un diálogo epistolar durante unos meses – uno estando de viaje en el barco La Sanmartiniana, en los mares del sur; el otro desde las costas uruguayas – entorno al río, la escritura, las geografías y tradiciones literarias. Las siguientes cartas son el resultado de ese riquísimo intercambio.

Duizeide a Domínguez
Puerto Madryn, enero 2015
Querido Carlos:
¿Qué tal?
Como espuma en una costa asediada por la resaca, se amontonaron los años desde la última vez que intercambiamos seguido correspondencia. Me acuerdo bien. Fue por el 2007, cuando yo estaba trabajando en la antología Cuentos de navegantes, publicada al año siguiente. Hoy te escribo en viaje. O quizás debiera decir en otro tipo de viaje, ya que por entonces, lejos de estar quieto, recorría vida y obras de Stevenson, de Conrad, de Mutis, de Coloane, de Haroldo Conti, del “Chango” Foguet, un tucumano, maquinista naval, que escribía de espaldas a Buenos Aires y de cara al universo. Y también vida y obras tuyas, claro.
Ahora estoy haciendo una travesía a vela a lo largo del litoral marítimo argentino. En Berisso, por noviembre, embarqué a bordo del queche La Sanmartiniana, fuimos descendiendo el río hasta desembocar en agua salada, y desde entonces venimos recorriendo, puerto a puerto, esta extensión bastante olvidada por las mayorías, para quienes mar resulta, a lo sumo, sinónimo de playas y de vacaciones. Los primeros tramos -Mar del Plata, Necochea- fueron para mí como un viaje hacia el origen: singladuras hacia mi lugar de nacimiento, de infancia, de primeras lecturas. No es de extrañar, entonces, que se trate de navegaciones por las propias memorias, fundantes, lejanas, cercanas. Y que entonces aparezcan aquí un pedido de disculpas, un agradecimiento, y, de regreso al presente, de cara al futuro, una pregunta.
Recuerdo que al elegir entre ambos tu cuento Mancuso para aquella antología, te propuse un cambio en una palabra. Para nombrar la parte del buque, semejante a un edificio, en donde se concentran los compartimentos destinados a la tripulación, usabas casillería. Yo te sugerí, me temo que con un énfasis que no alentaba la réplica, usar en su lugar casillaje. Ninguna de esas dos expresiones del vocabulario marinero se ubica entre mis favoritas –como ballestrinque, zafarrancho, botavara…-, aquel pedido de enmienda no estuvo guiado por el capricho estético, sino por una mezcla de soberbia con un reclamo implícito de extra territorialidad que hoy me avergüenza. ¿Por qué, si para el idioma castellano en general, levanto la bandera del uso, antes que la de la normatividad, al tratarse de mi ámbito más entrañable me ponía en el lugar del juez?
En este viaje hacia la memoria que estoy llevando adelante, más que en aquel viaje a través de mares de libros, repasé mi relación con este río nuestro de nombre y de clasificación tan difíciles (¿mar dulce, estuario, infierno de los navegantes?).
Mi llegada a la navegación fue a través de relatos de mar. Paradójicamente, en un primer momento esas lecturas me llevaron al Río Santiago, donde cursé el Liceo Naval Militar. Cómo fue que duré allí durante la dictadura genocida, unos años después de que cursara allí sus estudios el gran C.E. Feiling, es algo que conté en extenso en un capítulo de Crónicas con fondo de agua. Baste aquí mencionar que si seguí fue por los barcos, por el orgullo de hacer algo por fuera de la tutela familiar, por cierto machismo adolescente. Y también, puedo entender ahora, porque durante esa dictadura no había lugares demasiado mejores: sobraban los docentes y directivos de colegio que delataban y mandaban al muere a sus alumnos.
Para mí, el río fue un sucedáneo del mar, una etapa del aprendizaje, y nomás comencé a navegar como marino mercante, abandoné su frecuentación. A mi preferencia por el mar, se unía un rechazo ideológico, digamos. Y el arte no me acercaba la mejor delas imágenes del pobre Río de La Plata. Un río mugroso reempujado por remolcadores chotos en La piel de caballo de Zelarrayán; la pobreza de las orillas de Sarandí y Quilmes en Gómez Bas; los domingos populares junto al río que tan bien contó Bernardo Kordon… Todo me alejaba de ese monstruo. Por entonces, no sabía del nadador de Viel Temperley. Pero llegó a tiempo Sudeste, de Conti, para mirar el río con otros ojos, para escucharlo como a una música nueva, y para volver a navegarlo. Y también llegó a tiempo, años después, tu novela Tres muescas en mi carabina para animarme a escribir una novela en la que un mestizo –el kanaka del título- recuerda una vida entera de navegaciones desde la isla Martín García, que no fue nunca la capital de una confederación sudamericana como soñaba Sarmiento en Argirópolis, sino una prisión y un lazareto. Por esa puerta de aguas que me abriste, va el agradecimiento.
Y ahora, la pregunta.
Para dar vueltas alrededor de los mismos cinco o diez temas que aborda la literatura que me interesa, bien se pueden escribir narraciones que transcurran en el desierto o en Marte. Sin embargo, extraño libros tuyos como Mares baldíos. Aunque admiro El bastardo, una obra bien rioplatense en su indefinición genérica, como este mismo gigante que no podemos decidir qué es: ¿Mar Dulce, estuario, Infierno de los navegantes?
Navegantes, barcos, muelles, beachcombers y bichicomes… ¿Volverás a esas voces y a esos ámbitos?
Por ahí, por acá, ando yo. No puedo dejar de escribir en torno al agua y desde el agua. Navegar como quien lee, escribir como quien deriva. Así intento enhebrar ahora río, mar, experiencia.
Un abrazo, j.b.
***
Domínguez a Duizeide
Montevideo, enero 2015
Querido Juan, envidio lo que viste y vas a mirar cuando te distraigas de estas líneas. Qué buena aventura ese viaje. Yo creo que los tipos que nos enamoramos del mar vamos en busca de la libertad y nos encontramos con su límite. Es, quizá, más que una idea, una intuición: la de que un hombre no se conoce hasta comprender sus limitaciones, y cuando uno enfrenta las fuerzas superiores de la naturaleza, lo entiende con el cuerpo. Es algo que el mar te lo dice en la piel, no es traducible.
Empecé a aprender eso en las costas de Olivos, porque me crié a quince cuadras del gran río, de sus playas, de sus areneras. El río acercó a mi juventud el horizonte y las diferencias: en verano el balneario se llenaba de “cabecitas negras”. Llegaban en camiones a comerse un asado y bañarse en el río, con la abuela y el loro, y la radio y el peine de bolsillo. La clase media iba a la pileta del club, para huir de la negrada, pero a mí me gustaba mezclarme con ellos porque traían otra Argentina, y ahí entrenaba la troupe de lucha libre de Martín Karadagián. Todo eso murió con la dictadura, que se adueñó de la costa, la llenó de escombros y de mugre. Pero antes de que eso sucediera yo iba de día y de noche porque muchos sábados, después de los bailes, con mis amigos terminábamos en la playa, fumando bajo las estrellas.
Cuando me vine a vivir a Montevideo comprendí que el Río de la Plata era más grande y misterioso. Acá empecé a navegar por la costa y a recorrerla por tierra. Guiado por el espíritu de Haroldo Conti, en las costas de Colonia conversé con pescadores, cazadores de pájaros, de nutrias, de ciervos, contrabandistas, con un pirata del Delta, incluso, ya retirado. Todo eso fue a parar a un libro de crónicas que en Buenos Aires no se conoce pero tuvo acá muchas ediciones, Escritos en el agua, y tiempo después hice otro libro, también desconocido allá, con los marinos que entran los grandes buques al puerto de Montevideo y al Río de la Plata, Las puertas de la tierra, que fue uno de sus nombres primitivos. En el Sitra, un barco que venía de Marruecos, con toda la tripulación hindú, a cargar palos de eucalipto a Fray Bentos para llevarlos a España, entendí que el río más ancho del mundo tiene doscientos metros, fue como llevar un elefante por el canal de una bañera. Ahora como siempre, sigue siendo “el terror de los navegantes”, porque fuera de los canales, encallan y se rompen. Algunas de las historias que recogí se convirtieron en los cuentos de Mares baldíos, que por mi condición un poco paria salió primero en Alemania, en Montevideo, y ahora acaba de publicarse en Buenos Aires.
La naturaleza y los libros fueron para mí parte de una misma experiencia, quizá por el gusto de echarme al camino y descubrir nuevos mundos, con un ánimo que vas a entender enseguida: en los márgenes está el centro de la historia que todavía no contamos. Eso lo aprendí de Haroldo, que por una cruel paradoja, acabó arrojado por los vuelos de la muerte en las aguas del Río de la Plata. Y ahí tenés el lado más tenebroso de este río que es el tercero más caudaloso del planeta y está condenado a desaparecer. No bastó que fuese un enterradero de barcos —son más de mil—, también lo convirtieron en tumba de desaparecidos. Vida y muerte van juntas en esta máquina que mezcla las aguas y los destinos.
El delta crece treinta metros por año hacia la costa uruguaya y si Kanaka hubiese estado prisionero hoy en la Martín García se hubiera vuelto caminando a Buenos Aires, solo con nadar los doscientos metros de dos canales. Ya no tiene más de un metro de agua alrededor, y la mayor parte de esa sección del río también. El arenal se ve muy bien en las fotos satelitales y la nueva paradoja es que después de muchos años de disputas por su pertenencia, Martín García va camino de quedar encerrada dentro de territorio uruguayo, abrazada como está por la Timoteo Domínguez, un pariente de destino trágico, al que el río le escribió un cuento y su regreso.
No sé qué te parece a vos, pero yo creo que fuera de la retórica con que se la nombra, la cultura del Río de la Plata todavía está lejos de reconocerse, no solo porque Buenos Aires ignora que es parte de una unidad que la trasciende, también porque es una cultura que desconoce el fundamento físico que la sostiene. Es raro, por este río pasa el mundo, todo el mundo, pero hay que estar en el agua para verlo. Y en el agua hay un mundo, todo un mundo, que uruguayos y argentinos apenas conocen. Lo que me parece un tanto fantástico, como si faltaran paradojas, es que el margen, en esta latitud, coincida con el centro. Vos que lo conocés bien, ¿no te sentiste perdido dentro de lo que te pertenece?
Te mando un fuerte abrazo ¡y buenas singladuras!
Carlos
***
Duizeide a Domínguez
Puerto San Julián, febrero de 2015
Querido Carlos:
Te escribo a mano, apoyando el papel sobre la mesa de navegación del queche La Sanmartiniana, en la que tracé hasta hoy, hasta aquí, tantas derrotas, en la que marqué posiciones, corregí rumbos y me aventuré en conjeturas o esperanzas. Navegar me resulta bastante parecido a escribir, una cuestión de tiempo, distancia y ángulos, pero escribir tiene una ventaja: derivar y perderse no sólo es algo permitido, sino que es el recurso para buscar o construir territorios nuevos, como hacían los viejos exploradores, cuando el mundo aún no estaba cartografiado por entero y se navegaba por páginas blancas.
Llevaba veinticuatro días sin estar solo. Ahora no hay nadie más que yo a bordo. La noche del mar me envuelve con una música que los distraídos llamarían silencio: el viento en la arboladura, la correntada que se desliza a lo largo del casco, las drizas que golpean contra el palo. Mientras releía tu última carta, en el ojo de buey, de acuerdo al borneo del barco, se sucedían la oscuridad cribada de estrellas y las luces del pueblo.
Mecido por el agua, repienso algunas de las cosas que escribiste. Particularmente, me vuelven un par de líneas: “Buenos Aires ignora que es parte de una unidad que la trasciende”, una; la otra, tu señalamiento de que nuestra cultura “desconoce el fundamento físico que la sostiene”.
Por cierto, hay más Argentinas de las que la pobre imaginación unitaria sueña. Pero además, Buenos Aires ignora –no alcanzo a comprender si de modo ingenuo o cínico- algunos de los pilares de su estar en el mundo. Por ejemplo, su gran río y su mar. Cuando uno mira el país en un mapamundi advierte -si no lo ciega la predisposición, tan argentina, de sentirse el centro del mundo- que el país es bastante parecido a una isla. Y apenas se indaga algo acerca de sus tráficos se sabe –malgré Moyano- que casi todo cuanto compramos y vendemos viene o va por agua. El país de la soja y la minería, o el de “los ganados y las mieses”, necesita, para su ambigua y desigualmente repartida prosperidad, del país del río y el mar. Sin embargo, esto no ha dejado marcas preponderantes en su cultura letrada o popular, como sí sucede en Chile, Brasil o Venezuela. Hay en Argentina un género gauchesco pero no se constituyó un género marineresco. Y no por falta de grandes textos: pienso de nuevo en tu Tres muescas en mi carabina, en Sudeste de Haroldo Conti, en Cabo Manila de Dalmiro Sáenz, en La tierra del fuego de Sylvia Iparraguirre, en El náufrago de las estrellas de Belgrano Rawson, en Inglaterra de Leopoldo Brizuela o en Convergencias, ese libro de cuentos tan maravilloso como secreto del Chango Foguet. Las islas están, no hemos dibujado aún el archipiélago. Las miradas de conjunto, sea por parte de la crítica o de los lectores. Y también, ese escribir mirándose de reojo como supieron hacerlo ingleses y yanquis (ver por ejemplo la lectura de Melville a cargo de Conrad). Last but not least, a ninguna de nuestras literaturas las sostiene un imperio, mientras que la literatura anglosajona del mar fue parte de la construcción imperial, y a partir de Melville, Stevenson o Conrad, mascarón de proa de la crítica de la razón imperial.
Para Martín Fierro, hombre alzado de a caballo, el mar no es una posibilidad de fuga y libertad, sino una barrera. Para Don Segundo, hombre de a caballo obediente, el mar es lo otro, lo ominoso: en la playa acechan los cangrejales que se comen carretas y pingos. Es casi un caso clínico el inmenso Hilario Ascasubi, autor de una fabulosa novela en verso aún por redescubrir, Santos Vega, así como de una especie de himno nacional alternativo y hardcore, La refalosa. Cuando niño escapó de su casa y fue grumete de una fragata armada en corso por las fuerzas revolucionarias: la Rosa Argentina. Podría también haber escrito una suerte de excursión a los ranqueles pero del agua. No lo hizo. Casi no hay trazas de sus aventuras ribereñas y marítimas en lo que escribió. Una omisión que resulta fundante.
Navegar de un tirón toda nuestra costa, puerto a puerto, como vengo haciendo este verano, me brinda una visión de conjunto como no tuve en años de marino profesional. Junto los chicotes de un cabo. Advierto una figura que antes se me escapaba. Esa continuidad entre el río que tienta a la profusión de sustantivos y adjetivos así como enloquecía a las brújulas, y este mar tan poderoso al que los ingleses, poco dados a la efusión, llamaron the roaring forties. Sin esa intención, y de modo naive, tal continuidad ya estaba en la gauchesca, al menos como equívoco: “viera que es linda la mar” le dice un paisano a otro en el Fausto de Estanislao del Campo refiriéndose al Plata.
No creo que la literatura tenga deberes, sí goza de posibilidades. Una de ellas, por cierto maravillosa y aterradora a un tiempo, es la de construir una nación y una lengua (como supieron Sarmiento, Lugones, Borges, Arlt o Saer). Y más allá de eso, lo quiera o no, la literatura siempre es retrato. Intrincado, no lineal, nunca transparente o unívoco, polisémico, abierto a las nuevas lecturas, pero retrato al fin. Y de esto ni César Aira, con sus juegos repetidos y profusos ad nauseam está exento (¿cómo no pensar su entronización académica como un signo de los tiempos, en relación con el nuevo campo crítico construido tras el final de la dictadura, luego de la derrota de los movimientos insurgentes y la caída en desgracia de la figura del intelectual comprometido y las pretensiones utópicas de la escritura?).
Ya había navegado a lo largo de estas costas, hace años, a bordo de un petrolero de Y.P.F: el Capitán Constante. Fueron palabras las que me arrastraron a enfrentar sus riesgos hermosos. Para mí la Patagonia comenzaba en Quequén. No por argumentos geológicos, climáticos o históricos, sino porque fue por Quequén donde por primera vez sonó esa palabra en mí. La Patagonia comenzó en la voz de mi tío abuelo Rafael contándome de sus naufragios.
¿Son necesarias más pruebas acerca de la potencia de los relatos?
Las tengo: pese a vivir cinco años en una isla sobre un afluente del Plata, mientras cursé el Liceo Naval Militar entre 1978 y 1982, necesité escribir en torno a ese territorio para apropiármelo, para lo cual volví a recorrerlo y hablé con pescadores, contrabandistas, trabajadores de los astilleros, lunáticos, borrachos, putas, brujas y marineros varados.
Me parece vano plantear cualquier tipo de fatalidad territorial, pero sí me resulta de lo más interesante establecer correspondencias: ¿qué es el Plata? ¿Mar Dulce, Infierno delos Navegantes, río, estuario? ¿Qué son el Facundo, Una excursión a los indios ranqueles, Allá lejos y hace tiempo, Museo de la novela de la eterna?
La noche canta y yo sueño con una literatura tan inclasificable como ese río que un apresurado llamó “color de león” y tan poderosa como el mar que acecha más allá de la ría en la que estoy fondeado.
¿Por qué no?
P.S. desde Río Gallegos:
Nuestra correspondencia estuvo a punto de quedar trunca. Después de un día de navegación que comenzó muy nublado para luego llenarse de sol y de azul, al atardecer, cuando estábamos a menos de treinta millas de puerto, nos sorprendió un temporal del SW. No llegar –como en la escritura- siempre es una de las posibilidades. Y se presentó en este caso con todas las galas del naufragio. Pero aquí estoy, escribiendo. Mientras golpeo las teclas de la computadora me asedian las imágenes del mar convirtiéndose en otro, del crepúsculo con olas que comenzaban a romper a proa, de la luna llena iluminando nuestra lucha por abrirnos camino. Todo ocurrió pasadas las veinte horas, durante la guardia que me tocaba compartir con Fabiana, mi compañera, y Pili, un gran amigo navegante. Así que estuve al timón durante lo peor (lo mejor). No hubo emoción de mi parte mientras duró. Aplicaba una técnica, intentaba las mejores variantes, quizás, con suerte, inventaba algunas. Me emociono, sí, cuando recuerdo. Y me emociono ante la sola idea de nuevas tormentas en el mar. Quizás algo de esa emoción te conmueva al leer. ¿Será apresurado sacar, de esto, una enseñanza para la escritura?
***
Domínguez a Duizeide
Montevideo, febrero de 2015
Acabo de buscar en el mapa la bahía de San Julián, así que si seguís adelante esta carta seguramente va a encontrarte en camino o ya fondeado en el Puerto de Santa Cruz, tu próximo refugio en la costa. Querido Juan, da vértigo verte tan abajo en el mapa, y hasta un poco de vergüenza escribirte desde mi escritorio, en Montevideo, bajo el amparo del aire acondicionado porque afuera de esta periquera hace un calor de todos los diablos. Nada comparable a esa aventura que te trae tan vívido, imagino que con el cuerpo cansado y pese a todo, con tiempo para reflexionar sobre tus pasiones de marino y escritor.
Hace poco conocí en el puerto de Santos al brasileño Amyr Klink, que se cruzó el Atlántico a remo, lo escribió en un libro: Cem dias entre céu e mar, desde Sierra Leona a Bahía de San Salvador, porque el bicho de la locura pega fuerte en todas las latitudes. También acabo de leer los Viajes de Stevenson, que fue de la misma raza, pese a su deplorable salud. Así que habría que agregar “y en todas las épocas”, porque como señalás, los anglosajones del XIX dieron con el imperio grandes aventureros. ¿Conocés la historia de Richard Francis Burton? Descubrió, con Speke, las fuentes del río Nilo, tradujo Las Mil y una noches mentadas por Borges, fue el Kim, de Kipling, y entre muchas otras cosas también le alcanzó la vida para andar por el Río de la Plata y oficiar de espía en la guerra con el Paraguay. Existe una maravillosa biografía de Edward Rice.
Es cierto, a ninguna de nuestras literaturas la sostiene un imperio, y la narrativa marina es para nosotros un tópico marginal al centro de las preocupaciones, pese a que los puertos cumplieron y cumplen un papel decisivo. Yo tengo una idea peregrina acerca de este asunto: creo que la literatura criolla se concentró en los desiertos y las pampas porque de allí provenía el terror de las indiadas, los gauchos, los caudillos, y la literatura necesitaba cubrirlo de sentido. Solo en contadas ocasiones las aguas del Río de la Plata fueron escenario de grandes conflictos.
A mi modo de ver, el mar ganó una nueva pero velada vigencia a partir de la globalización, que antes de las discusiones sobre el fin de la historia, el posmodernismo, internet, empezó por una revolución en la ingeniería de los barcos. Los buques sustituyeron las bodegas por los contenedores y abarataron todos los costos de puerto de los productos que llegan a las góndolas de las grandes superficies. La carga y descarga de mercaderías que hasta inicios de los años 80 llevaba varios días, ahora toma unas pocas horas y los marineros ya no bajan a tierra. Quedaron atrapados en el mar. Habrás notado que desaparecieron los bares de copas que ocupaban varias cuadras a lo largo de la calle 25 de Mayo. Lo mismo ocurrió en los alrededores de la Aduana de Montevideo. Se secaron los espineles en los que coperas y putas pescaban marineros durante sus estadías en puerto, con sensible aporte a la literatura porque por ejemplo, fue en esos tugurios donde Juan Carlos Onetti conoció a Juntacadáveres. El asunto se hace más tenso con la competencia de Buenos Aires y Montevideo, porque los calados de los barcos importan ahora decenas de miles de dólares, la sedimentación del Paraná amenaza a Buenos Aires y dragar el canal Emilio Mitre tiene un costo altísimo. Del otro lado la situación es ventajosa, pero Argentina se encarga de ponerle un pie encima, al canal Martín García y al puerto de Montevideo.
Cuando Juan José Saer escribió El río sin orillas, intercambiamos unos mails muy fraternales sobre su desconocimiento de que al Río de la Plata lo llaman “El infierno de los navegantes” precisamente porque no tiene profundidad, y es en los bancos de arena, las rocas, los cascos hundidos, donde los barcos encallan y se pierden. Repetía, creo yo, una serie de equívocos que se puede iniciar, como bien recordás, con Lugones, que llamó al Plata “río color de León” —cuando descarga el Paraná, pero se agrisa con las tierras negras del Uruguay, y vira del azul al verde cuando entra el mar—, y continua con Baldomero Fernández Moreno, que le dijo “café con leche”. Eduardo Mallea lo llamó “el río inmóvil” y Jorge Luis Borges “río de sueñera y barro”, cuando es el tercero más caudaloso del planeta y arrastra 20.000 m3 de agua por segundo. Los geólogos lo conciben como un solo delta con una dimensión en superficie y otra sumergida. Y como el agua dulce corre por arriba y la salada entra por debajo, los bancos del fondo se mueven y se levantan, de ahí sale el barro que nos identifica, con el aporte nada despreciable del Paraguay y el sur de Brasil.
Yo creo que el Plata es una cultura que se mueve, como el río, porosa a la tradición y a la novedad. Y entre esas dos cosas también se hace nuestra literatura. Es un viaje de ida y vuelta entre las palabras y las cosas. La evocación de tu tío abuelo, que te hizo descubrir la Patagonia por el nombre de Quequén, me recuerda cómo fui a dar a la costa montevideana con una canoa que adapté para que navegara como velero. La bauticé “Adastra” por aquel magnífico loco llamado Basilio Argimón, que en el cuento de Haroldo Conti invariablemente se rompía los huesos después de tirarse de un cerro con una máquina para volar. Era mi modo de andar en el mar con Haroldo, más lejos. Tiempo después descubrí que William Faulkner también había escrito un cuento titulado “Ad Astra”, sobre unos aviadores en la Segunda Guerra Mundial. Entonces me dije que Haroldo debió conocerlo y le tomó prestado el título para contar el suyo. Lo que no me cerraba era la asociación de ambos títulos con la aviación. Me lo reveló el poeta mexicano David Huerta: En la Eneida, Juno le dice al hijo de Eneas, después de admirar su valor en la batalla: “Ic itur ad astra” (Así se llega a las estrellas). Y también Séneca, el joven, escribió: “ad astra per aspera” (a las estrellas por el camino más difícil). De modo que Faulkner y Conti habían elegido el título por una asociación con el cielo que yo no había advertido y me dejaba en el agua. ¡Tres años de latín en la secundaria, y no leí que significaba “A las estrellas”!
Navegaba bien el Ad Astra, pero le costaba la virada. Con el palo de la vela cargado sobre la proa no giraba más de treinta grados, así que para terminar la maniobra debía ayudarlo con el remo. Una vez quise corregirlo y mi mujer me dijo: “dejalo así, es el espíritu del Ad Astra. Como dice Gelman, hay que hacer de la imperfección, belleza”. Así que uno va con el nombre de las cosas y se encuentra con otras imprevistas, igual que cuando leemos, como te ocurre, Juan, en tu envidiable aventura.
Casi todo lo que ocurre en el mar, ocurre en la literatura, quizá porque comparten esa frontera de riesgo en la que podés “no llegar”, ni a buen puerto ni a ningún lado. Me alegro de que hayas montado esa tormenta. Pero no abuses de la temeridad. Te queremos de regreso.
[FUENTE: https://revistacarapachay.com/2015/05/25/diuzeide-dominguez/]

12 de noviembre de 2016

Paulo Pécora - Unos días en el Segunda Hermana

Las avispas entraban y salían de la casa cuando querían. Volaban dando círculos, casi siempre cerca de las paredes, como rozándolas con las puntas de las alas. Desde la ventana se alcanzaba a ver el río y, en la otra costa, a sólo unos metros, las cañas recién cortadas y un bosque tupido que se extendía hacia el fondo, muy pero muy lejos.
Hacía días que no había ningún turista en la isla. Sólo los isleños, los perros y él. Y esos bosques inmensos de árboles en permanente movimiento que iban desde la casa hasta ese lugar lejano donde el Paraná de las Palmas bordea el horizonte.
 
Ya a media tarde aparecían los pájaros, escarbando debajo del pasto recién cortado, picoteando lombrices, dándose un festín. El los miraba fumando, desde la escalera de la casa, absolutamente pleno con el cigarrillo en la boca, los pies descalzos y la brisa tibia acariciándole la cara. Después caminaba unos pasos, bajaba por la escalera del muellecito, tanteaba el agua para aclimatarse, y se metía de cabeza en el río.
 
Había unos bichitos muy raros, algo así como una especie de araña-mosquito sin alas, negros, minúsculos, que viajan por la superficie del agua casi sin tocarla, como flotando, pero con una velocidad de reacción y cambio de ritmo increíbles. Se quedaba un rato ahí, mirándolos y juntando saliva en la boca para ver si podía cazar a alguno con una escupida. Pero no lo lograba.
 
El primer día fue el más difícil. La lancha colectiva lo deja a uno en la orilla izquierda del arroyo Segunda Hermana, en el único lugar donde hay muelle, justo ahí donde se junta con el río Capitán. Es la parte más deshabitada de la isla y abundan la vegetación virgen y los mosquitos. Para colmo, la casa está del otro lado, con el arroyo de por medio. Y para quien llega ahí con lo puesto y sin conocer a nadie, cruzarlo no es demasiado sencillo. Hay que conseguir un bote. Y para eso hay que buscarlo y molestar a personas que lo miran a uno como lo que es, un ave de paso. A menos que se anime a desvestirse y tirarse al agua con las cosas hechas un bulto, haciendo equilibrio mientras se mantiene a flote hasta la otra costa, para que nada se moje o estropeé con el agua.
 
Un buen mate y un cigarrillo pueden ser los mejores amigos del hombre en estas circunstancias de aislamiento planificado. Mucho más que un perro. El lo podía asegurar. En las islas los perros son sus propios dueños. Amos y señores de sus vidas, van de acá para allá, vagabundeando por el bosque y la selva, nadando en el río, recostándose al sol, muy a sus anchas, sin que ningún hombre ande por ahí mandándolos. Se acercan un poco, aceptan de buena gana un pedazo de pan, pero cuando llega el momento de socializar, se olvidan de los modales y se van. Así que se las arreglaba solo, con un poco de yerba y unos cinco o seis cigarrillos por día.

A la noche leía. Y también a la mañana, muy temprano, apenas amanecía. Se levantaba de la cama tambaleando, caminaba descalzo hasta el río, disfrutando del rocío fresco sobre el pasto, debajo de sus pies. Se lavaba la cara y se ponía en la puerta, sentado en los escalones de madera, alternando la mirada entre las páginas de Sudeste y las ramas de los árboles movidos por las primeras brisas.
Si le apetecía, y si el ritmo de lectura se lo permitía, preparaba los primeros mates. A veces, mientras hubo, masticaba un pedazo de pan. Fuera como fuera, le gustaba leer a Conti, porque su libro evocaba lugares tan salvajes como ese, con seres tan solitarios como esos árboles, ese río y esos perros que ladraban muy de vez en cuando, a lo lejos, al paso de algún bote.
El viejo motorcito que bombea agua desde el río hasta la casa funcionaba a medias. La correa estaba tan gastada que, apenas lo encendía, resbalaba y se zafaba de la rueda. Intentó hacerlo funcionar dos o tres veces, pero al final se olvidó del asunto y, cada vez que necesitaba agua para el inhodoro o para lavar las verduras, agarraba una cacerola y un bidón vacío, los llenaba en el río, y sanseacabó. También se lavaba los dientes. Y cuando sentía que estaba muy sucio, agarraba el jabón y se daba un baño.
Algunas noches, cuando todo estaba a oscuras y únicamente se veía relampaguear a las luciérnagas, cualquier sonido, por más mínimo que fuera -una ramita quebrada por el viento, una hoja cayendo sobre el pasto, el zumbido de un mosquito- le parecía desmesurado en semejante inmensidad, acentuaba su soledad, le producía miedo.

Un día ocurrió algo extraño. Entre los árboles, no muy lejos de la casa, apareció un machete clavado en la tierra. Después de varias horas, cuando ya empezaba a oscurecer, el machete seguía ahí, erguido sobre el piso, solitario. Acá, en medio de la nada, es más que raro que alguien se olvide una herramienta tan vital como un machete. El hombre de las islas siempre camina con él en la mano. Es casi una extensión de su brazo. Un elemento imprescindible para abrirse camino. Sin embargo, misteriosamente, el machete permanecía ahí, clavado en el suelo, olvidado en ningún lugar. Lo alcanzaba a ver a lo lejos, desde una de las ventanas, solo entre la maleza, inquietante.
Dos días pasaron hasta que una mañana lluviosa, mientras observaba el cielo sentado en el piso de la casa, un hombre se acercó con su hijo y unos perros. Le preguntó de quién sería. El hombre le dijo que no sabía, que probablemente fuera de algún otro isleño y que lo mejor era dejarlo ahí, hasta que volviera a buscarlo.

Así son las cosas en la isla. Todo tiene su propio ritmo, sus propias reglas. Y él empezaba a entenderlo. 
De todos modos, al tercer día, no pudo aguantar la ansiedad, se acercó, miró hacia todas partes para asegurarse que nadie lo veía, lo agarró del mango de plástico negro y se lo llevó para la casa. Ya lo devolveré, pensó, cuando ese isleño o cualquier otro me lo reclame.

La isla lo fue envolviendo poco a poco con su silencio, con la espesura de sus bosques, con los quejidos de sus aves. Por la noche, si el tiempo era cálido, le gustaba tirarse al río y hacer la plancha, dejándose llevar boca arriba por la corriente, con los brazos extendidos, y observando las estrellas en el cielo. Había notado que si se quedaba mucho tiempo mirando el cielo, las estrellas se multiplicaban y podía contar muchísimas más que las que había visto un instante antes.

Los días se le hacían más largos, en la soledad de esa isla. Al principio, unos hombres venían a cortar cañas del otro lado del arroyo, justo en frente de la casa. Trabajaban sin parar durante horas, lloviera o hiciera sol, daba igual. Primero prendían una fogata con hojas verdes, para hacer humo y espantar a los mosquitos. Y luego cortaban la tacuara y la apilaban a un costado, prolijamente. Pero después de un tiempo ya no volvieron. Y por ahí no pasó nadie más. Por eso, a veces sentía la necesidad imperiosa de ocuparse en algo. Para matar el tiempo y no sentirse tan solo.

Se distraía con cualquier cosa. Leía, cocinaba, lavaba los platos, cocía los agujeros de la ropa o se internaba en el bosque, entre la maleza, sin saber muy bien qué buscaba. Se acostaba temprano e intentaba dormirse pronto, tratando de perderse en algún sueño acogedor, en algún viaje agradable. Y a pesar de que se sentía como un punto en medio de la nada, lejos de todo y tan indefenso como uno de esos insectos que chillaban ahí afuera, entre los árboles, no la pasaba mal. Sólo estaba deshabituado.

Todas las mañanas, todas las tardes y todas las noches parecían las mismas. Desesperadamente idénticas. Salvo por pequeños cambios que él mismo les imponía, para no sentirlas tan monótonas y no aburrirse tanto. Y pese a que todo aquello le parecía a veces una postal detenida en el tiempo, siempre con el mismo paisaje desolado, no había nada en la isla que no estuviese en permanente movimiento. Lo descubrió tarde, es verdad. Pero cuando entendió el mecanismo ya no pudo evitar leerlo en todas partes. En cada pequeño gesto de las hojas sobre el pasto, en cada mínimo aleteo de una paloma, en cada copa de árbol mecida por el viento, en cada insecto que se agitaba sobre las ventanas. La isla misma es movimiento, pensó. Desde sus raíces más profundas hasta la copa de su árbol más alto, desde un extremo al otro de los ríos que la cruzan. Puro movimiento.

Antes de partir, tomó el machete y lo clavó en el mismo lugar donde lo había encontrado. Durante esos días, nadie había venido a reclamarlo. Por ahí no había pasado un alma. Pero él ya entendía cómo eran las cosas en la isla. Cuando lo necesitara, su dueño volvería por él. Quizás mañana, quizás en una semana, quizás dentro de un año. Así que juntó sus cosas, ordenó un poco, cerró la casa con el candadito y se marchó. Tuvo que volver a desvestirse y nadar hasta el otro lado del arroyo, haciendo equilibrio con sus bultos en el aire.

Unos momentos después encendió un cigarrillo en el muelle del Segunda Hermana, mientras observaba el río y esperaba la lancha colectiva de las siete de la tarde. La última lancha del día. Su única esperanza de regresar a la ciudad, a su verdadero hogar, muy pero muy lejos de allí.

[FUENTE: https://revistacarapachay.com/2015/10/01/unos-dias-en-el-segunda-hermana-por-paulo-pecora/]

11 de noviembre de 2016

Pecanes - Santiago Fisher


Un producto característico de la zona del delta es el pecán, o nuez pecán (carya illinoinensis).

Después de sacarle la foto a estas que me llegaron, estuve leyendo un poco como para agregar algo interesante a este post.

Como otras tantas especies, llegó al país por semillas traídas del exterior por Domingo Sarmiento en el siglo XIX. Los ejemplares más añosos se encuentran en las provincias de Buenos Aires y Entre Ríos, y son estas dos provincias las mayores productoras a nivel nacional.

En el Delta, las plantaciones más antiguas fueron hechas hacia 1918 por unos ingleses que fundaron la empresa Tigre Packing, sobre el arroyo Esperita.

El árbol que da el fruto es originario del norte de México y del centro y sur de Estados Unidos. De hecho, es el único nogal originario del continente americano. Muchas tribus de indios de esa zona de origen utilizaban esta nuez como uno de sus alimentos principales durante el otoño. Los rastros más antiguos de uso de esta especie por humanos datan del 6100 AC, en cuevas en lo que actualmente es Texas.

Hoy día EEUU es lejos el país de mayor producción mundial, y a pesar de su gran producción exporta una mínima parte ya que el resto es de consumo interno. Un postre muy popular en ese país es el "pecan pie", que quizás hayan oído nombrar.

Yo soy no muy fanático de ningún tipo de nuez, pero si están pensando que les vendrían bien algunas me avisan y los pongo en contacto con alguien que las cosecha en la isla y las vende a muy buen precio. Me dejan dicho en los comentarios de abajo o me mandan un mail y les paso el dato. Y si quieren hasta les consigo una receta para una tarta, que me ofrecieron!

Fuente principal - la mayoría de los datos "duros" los saqué del siguiente documento del INTA:
http://procadisaplicativos.inta.gob.ar/cursosautoaprendizaje/pecan/home.html
[Fuente: Santiago Fisher http://imagenesdeltigre.blogspot.com.ar/2012/12/pecanes.html]

10 de noviembre de 2016

M. Santiago Albarracín - Apuntes isleños: Sauces

El sauce que llaman criollo conviene plantarlo en las islas, en los albardones; su tronco es derecho, necesita ser cuidado y limpiado los tres primeros años a fin de que la maciega no lo tape, haciéndolo perecer. Si no se desmocha, puede crecer mucho el tallo, aunque lentamente.

 Sauce oriental, llorón o de Babilonia. Salix orientalis, flajellis dorsum pulchre pendentibus Tournefort. Salix babilónica: Linneo. Con ramas delgadas y colgantes, es el rey de los sauces, en cuanto a la belleza de su forma, vegeta con fuerza, brota con ramas largas y hecha ramillas como de diez pies de largo sumamente delgadas, y se pueden formar pabellones verdes, elegantes y graciosísimos a la vista. Este árbol crece espontáneamente en los terrenos abandonados, que se encuentran algunas veces salpicados de esta planta, ya que su semilla es transportada por las aguas y los vientos; cultivado, progresa rápidamente, si se cuida con esmero, como se deja ver en el paseo Guardia Nacional en los alrededores de Buenos Aires. Esta planta destruye cuantas alcanza a cubrir con su sombra, menos los enormes seibos, que descuellan sobre ellos admirablemente; su madera es de poco valor por ser vidriosa, y su leña, muy poco estimada.


En:"Apuntes Isleños" M. Santiago Albarracín, Ed. En Danza, 2016.


[http://pajarodemimbre.blogspot.com.ar/]

Cartografías isleñas de alumnos del Delta

1er año de la EEST1
cartografiando las islas
Docente: Marisa Negri
 




  [FUENTE: Facebook de Marisa Negri https://www.facebook.com/marisa.negri/media_set?set=a.10210965679641274.1073742219.1332321520&type=3&pnref=story]

Oliverio Coelho - A propósito de La ribera. Hipótesis de una relectura

1
La sensación de asombro y paciente fascinación que sentí al leer La ribera por primera vez, se replicó dieciocho años más tarde, aunque por distintos motivos. Quizás los matices de esa fascinación hayan cambiado, pero esencialmente eso que hace única a La ribera respecto a las novela de su época –y central en la obra de Wernicke–, reside en una asimetría que combina la madurez estilística de un escritor moderno y el existencialismo más puro y duro.
En mi primera lectura, a los veinte años, no indagué demasiado en el contexto histórico del libro. Por ende, la lectura fue parcial, enfocada sólo en la oscuridad y en la transformación de un individuo incrustado en una galaxia de solitarios y desterrados. Eduardo, el protagonista, Miguel Ángel, Susana, Nono, Simón, Juan, circulan como sobrevivientes. Adela y Julio, ajenos a la orilla, son el último lazo que Eduardo tiene con su pasado: una ex mujer y un hijo, Arturito, que más que un descendiente es un excedente en su vida.
Tuve la impresión lineal de que el narrador cumplía una condena autoimpuesta. Y de que los hombres que lo frecuentaban eran fantasmas. De aquella primera lectura, una anécdota secundaria me quedó fija en la memoria. Contarla, creo, es un modo de verificar la solidez de una escena que en realidad es recurrente a lo largo del libro: dos borrachos tratando de apoyarse uno en el otro para mantenerse en pie. En esta anécdota puntual, el protagonista y Nono emprenden “el vía crucis del regreso” desde la fonda. Nono, alguna vez amó y fue desairado. El protagonista alguna vez tuvo una cómoda vida entre la alta burguesía y prefirió “desclasarse”. Ambos, bajo la ceguera del alcohol, se reprochan la derrota para luego abrazarse.
En la relectura, a medida que pasaban las páginas, La ribera cobró una densidad insoportable. En más de un momento tuve la impresión de que el libro me iba a explotar en las manos. Una cadena de urgencias y no una suma de episodios inflaman la narración de capítulo en capítulo: el alcoholismo, el vínculo con Miguel Ángel y la joven Susana en el taller donde funden soldaditos de plomo, la relación del narrador con su (no) hijo y su ex mujer, la militancia y la resistencia política como camino hacia la democracia, cuestión omnipresente en la segunda mitad del libro.
El mundo frágil de la orilla se hace añicos a cada página y toma todas las características de un purgatorio. Mientras las horas se acumulan junto al río y el oficio cronometra la vida, asoma el conflicto político/amoroso del narrador: por un lado, el origen burgués conviviendo con el quehacer del obrero; por otro, el alma de un desamorado que tiene a una proletaria joven en el puño de la mano y puede destrozarla en cualquier momento.
Ninguna otra novela hace entrar el Trabajo como paciente forma de redención frente a la pesadumbre del intelectual. Me refiero al oficio, a la sabiduría terrenal que organiza las horas en contraste con el tiempo vacilante del artista. Sin embargo, constantemente en el narrador asoma una conciencia contradictoria y pesimista sobre su condición: “Debo ser de los pocos hombres del mundo que necesitando trabajar no se degradan en el trabajo”.
Más allá de este conflicto ontológico propio de un nihilista atravesado por prácticas burguesas, hay continuas alusiones a un pasado que muestra en el narrador a un burgués que probó las amenidades del intelecto y con el desgaste de la vida renunció a todo. La tensión entre izquierda y peronismo no puede estar más patente, aunque el peronismo como tal no existiera entonces.
2
Ya que escribir sobre un libro, de pronto, puede volverse una oportunidad no para interpretar su argumento, sino para descubrir sus líneas invisibles, sus puntos de fuga, y hacer una suerte de ficción crítica sobre el libro en cuestión, voy a introducir una hipótesis.
Antes de emprender la relectura de La ribera, me tomé la libertad de investigar cuándo había sido publicada: 1955. Probablemente haya sido escrita entre el 50 y el 54, y haya funcionado como catarsis para un intelectual de izquierda –no Eduardo, sino Enrique Wernicke–. En este contexto histórico, se podría afirmar que es una novela que indaga en el pasado –y no se avergüenza por su posible anacronismo– pero es un testimonio sesgado del presente del autor.
En primer lugar, funciona como testimonio de la topografía urbana de la zona norte, muy distinta a la actual. En esa topografía de la ribera, el arrabal y las zonas acomodadas estaban bien discernidas en centro y periferia, aunque compartían escenario: el río.
En segundo lugar, funciona como testimonio de una nueva sintaxis política que llega con el peronismo y interpela a intelectuales de izquierda. El peronismo tempranamente sustrae y reformula la categoría de clase obrera y proletariado. Aunque los hechos de La ribera transcurran en el 44-45, su lengua política está atravesada por la experiencia compleja del peronismo. De modo que La ribera es un extraño caso en el que se narra una experiencia política –la resistencia a un gobierno que tiene a Farrel como presidente, y a Perón como Vice– con la lengua de una experiencia posterior. Wernicke, involuntariamente, logra pintar mejor que cualquier otro escritor lo que para la alta burguesía representó el gobierno democrático de Perón (46-55) narrando otro proceso histórico (44-45) bajo estos tópicos: dictadura, fascismo y prisioneros políticos. Podríamos afirmar que hay un extraño dictado inconsciente en este desfasaje sintáctico y en algunas de sus aseveraciones: “No me extraña que estos nuevos ricos, ávidos por llegar a ser Ford, apoyen a los nacionalistas. De todo esto que veo saldrá la futura clase política argentina”.
3
Por fuera de esta hipótesis conspirativa, La ribera también puede leerse como un ensayo narrado sobre las formas que toma el nihilismo en un hombre que decide vivir refugiado. En este sentido, Wernicke sería el mejor compañero del Céline de Viaje al fin de la noche. Eduardo, al igual que Bardamû en el Congo, accede a una especie de purgatorio hasta llegar a los círculos más exclusivos del infierno a través de un deseo prohibido y de la voluntad política –que en ambos se expresa como humanismo áspero, para Bardamû en su rol de médico de suburbio en París, para Eduardo en su rol de hacedor de orilla e intermediario entre dos mundos y dos clases–.
En cualquier caso, tanto la novela de Céline como la de Wernicke, son relatos asfixiantes sobre la interioridad masculina y el vía crucis de la autoconciencia hegeliana, algo que sólo es posible en la ficción cuando en primera persona un narrador refiere para sí, retrospectivamente, sus tentativas de redención. Bardamú y Eduardo son hombres carcomidos por restos de una anterior vida pequeño burguesa hacia la que sienten “asco”.
La experiencia de la cárcel para Eduardo parece, en la segunda mitad de la novela, marcar una inflexión en la autoconciencia. “No es común, cuando llegamos a adultos, vivir una experiencia totalmente desvinculada de nuestro medio y de nuestra existencia cotidiana.” Ahí descubre la anhelada utopía comunista introducida con tanto tesón por su amigo Juan. La razón cínica le susurra que esa utopía sólo es posible en la cárcel.
En el río, ya libre, Eduardo recupera su condición de ermitaño antiburgués, “al margen de la vida”. Parece quedarle claro que la disolución del individuo en el comunismo no es un programa realmente antiburgués, sino un programa sustituto en donde la categoría de “prójimo” reemplaza a la de “propiedad privada”, con los mismos fines: un pacto de convivencia productivo. La reacción más radical contra el status quo, la expresión de asco mayor, sólo puede manifestarse en el solipsismo y la melancolía. De ahí que salir de la cárcel sólo apareje una sensación de alivio efímero: “jamás el hombre había significado tanto para mí”. Y de ahí que en su casilla, por fin, frente a lo que en la cárcel denomina el “privilegio de la libertad individual”, conozca el rostro de la angustia, “el dolor sin nombre y sin ubicación”, e identifique lo monstruoso de la propia inteligencia. “Creo que nunca he sufrido tanto con esta incapacidad mía para comprender un dolor ajeno”. “Pude llorar al fin. Sollozos. Romper esa placa que me aplastaba el pecho”.
Ningún otro escritor –ni siquiera Céline– abordó con tanta lucidez esa forma del malestar masculino que encarna la apatía frente a la angustia. El mundo de los hombres solitarios, hoscos, curtidos por la intemperie y la desidia, para un hombre en una casilla sobre una calle de tierra, es la puerta de acceso a la muerte. No a la muerte de la doncella amada, como parece sugerir Wernicke en las últimas páginas, superponiendo una tragedia shakesperiana sobre un drama existencialista. Sino a la propia.
[FUENTE: https://revistacarapachay.com/2016/08/12/a-proposito-de-la-ribera-hipotesis-de-una-relectura-por-oliverio-coelho/]

9 de noviembre de 2016

Carlos Trilnick - No se puede postergar el tiempo (video)


Video
2016. 7 min 24 seg
Jesús caminó sobre las aguas (Mateo 14:22-33) y Moisés abrió camino entre el mar para liberar a su pueblo de la esclavitud (Éxodo 14). Hoy a miles de inmigrantes no se les concede ese “milagro” y mueren ahogados por tratar de cruzar el Mar Mediterráneo para intentar salvar sus vidas. No se puede postergar el tiempo, tampoco las injusticias ni las guerras.
Jesus walked over the water (Matthew 14: 22-33) and Moses opened the sea to free his people from slavery (Exodus 14). Today, thousands of immigrants are not granted this “miracle” and drown crossing the Mediterranean Sea while trying to save their lives. Time cannot be postponed, nor the injustices and wars.

La ribera (fragmento) - Enrique Wernicke

Cuando se lleva una vida secreta y retirada, cualquier pequeño incidente tiene la significación de un cambio. En el taller estamos habituados a una constante soledad donde sólo existen “nuestras cosas” y nos sorprende cualquier intervención del “otro mundo”.
En estos días hemos recibido dos visitas: el cliente aquel que recomendara Julio, y Adelita. En ambos casos los chicos se portaron como indios aunque por motivos muy diferentes.
“El cliente”, como lo nombró Susana, resulta más espectacular y pintoresco que todo lo esperado.
Llegó casi a mediodía con todo el calor de un sol rajante. Golpeó las manos furiosamente y, como nadie le hiciera caso, abrió el portón y se metió en el patio. Desde mi ventana vi un hombrecito regordete vestido como para lucirse en una rambla, que agitaba los brazos para espantar al perro que le ladraba. Asomé la cabeza y sin sospechar quién era le pregunté qué quería. Como tenía el cuello muy corto le costó trabajo hablar hacia lo alto y lo hizo a gritos, indignado.
-¿Quiere bajar de una vez? –me ordenó jadeando, después de cambiar dos o tres frases.
Sólo entonces ubiqué a la visita y descendí sonriendo por la maltrecha escalera.
Mi traje de trabajo en el verano es bastante sintético: un short descolorido, una camisa que ha perdido los botones, sandalias y un gorrito blanco de playa. Como había fundido desde temprano, estaba tiznado de humo y el sudor me había trazado en el pecho unas largas estrías grisáceas.
Mi facha le choco al caballero, porque dio unos pasos atrás como temiendo que lo manchara.
-¿Usted es Eduardo? –preguntó frunciendo unos labios gorditos.
-Sí.
-Me manda Julio Martínez…
-¡Ah!
Di unos gritos llamando a Miguel Ángel y le hice traer una silla. Incómodo, mirando a todos lados, se sentó bajo los sauces. Susana lo espiaba desde la casilla con el entrecejo fruncido. Miguel Ángel lo miraba con una atención impertinente y allí se hubiera quedado firme si yo no lo despacho al taller.
-¡Qué exótico! –dijo el cliente, con la misma entonación de vos con que hubiera dicho “que asco”.
Sonreí y directamente le pregunté qué deseaba.
Pero nuestro cliente –nuevo rico, director de una banco oficial, etc. Etc.- era, como casi todos los coleccionistas, un hombre que disponía de tiempo y hacía de la compra una pequeña ceremonia. Por otra parte, me fue evidente que el pobre tipo “no sabía lo que quería” y, de acuerdo con las leyes de la venta, yo debía prepararle un rendezvous” para termina acertadamente el negocio.
Pero, naturalmente, me cuesta ser sociable con personas que no conozco y en esta mañana de calor, cuando sólo me apetecía un remojón en el río, malditas ganas podía tener de parecer fino. Lo traté un tanto despectivamente.
-¿Pero usted tiene interés en trabajar? –me preguntó violento.
-Por supuesto, señor. Estoy a sus órdenes…
-Pues entonces… -se reservó el resto de su pensamiento.
-Entonces… -dije- le voy a mostrar algunos libros para que elija los modelos que le agraden.
Antes de que respondiera, le hice una seña a Susana. Otra vez la visita tuvo que levantar la cabeza, ahora para observar a la muchacha que me mostraba unos libros por la ventana.
-Esto parece un palomar –comentó el gordito.
-pienso lo mismo.
Susana bajó en cuatro saltos y me tendió una serie de láminas. Con una cortedad de campesina, no había mirado al extraño.
-Es mi ayudanta –expliqué-. Es cliente, Susana…
Ninguno dijo palabra. Se miraron azorados. Susana marchó a la cocina. De allí, con toda insolencia, me pregunto a gritos:
-¿Almorzará temprano?
-Si m´hija.
Los ojitos del cliente relampagueaban.
-Hermosa chiquilla –comentó impresionado.
-Aquí tiene señor.
Le amontoné en las rodillas los libros y las láminas.
-Elija. Y perdone.
Antes de que pudiera contestar lo dejé plantado con su perplejidad. Fui al baño, me di una cucha y me puse un pantalón y una camisa. Mientras tanto, charlaba con Susana. Las observaciones de la chica me hicieron reír, pero para ella resultaba doloroso comprobar que tipo de gente acumulaba esas obritas que con tanto amor y minuciosidad realizábamos en el taller.
-Entonces… -me dijo compungida mientras me alcazaba el peine- nuestro trabajo no tiene sentido.
-Así es, efectivamente.
Quedó desconcertada.
-Y eso es feo.
-Estoy de acuerdo.
Sacudió la cabeza pensativamente y agregó:
-No puede ser…
Su pena era profunda y sincera. Mucho tiempo después seguía impresionada.
Cuando volví bajo el sauce comprendí hasta dónde había llegado en mi desparpajo. El pobre gordito tenía  la expresión de un hombre que ha sido abandonado por su querida en medio de una plaza. Hojeaba los libros sin ton ni son y miraba hacia el río con nostalgia.
-¿Eligió, señor?
-No sé… –admitió abrumado.
Y entonces me confesó que recién se iniciaba como coleccionista. No tenía una sola miniatura, pero le habían tentado mis figuritas. Quería llenar una vitrina de tanto por tanto. ¿Qué podía aconsejarle?
Me compadecí. Superé mi desgano y le di una larga charla. Era lo único que deseaba. Se animó, respondió afirmativamente a todas mis propuestas y como consecuencia anoté un pedido muy importante. Tan satisfecho se mostraba que temí perder una hora todavía. Se me ocurrió una idea salvadora.
-¿No le interesa conocer el taller?
-¡Oh! Sí.
Pero cuando comprendió que necesitaba subir la débil escalera, lo asaltó un pánico incontenible.
-La verdad… -murmuró  pestañando- es que estoy apurado. ¡Otro día, otro día! –y ya se dirigía hacia la calle.
Lo acompañé hasta el portón, huyó, para decir la palabra exacta.
-Salude a su ayudanta… -fue lo último que dijo y trepó a un inmenso automóvil que había estacionado frente a mi casa.
En cuanto estuve solo los chicos emergieron de sus escondites y me acribillaron a preguntas. En la vida del taller la irrupción del gordito fue un suceso singular. Creo que gracias a su visita se acabó esa tonalidad fantástica que tenía hasta entonces nuestra artesanía.
(…)
[FUENTE: https://revistacarapachay.com/2016/08/12/la-ribera-fragmento-por-enrique-wernicke/]
[FOTO: Facebook de Juan Bautista Duizeide https://www.facebook.com/photo.php?fbid=1302575476440996&set=a.475752545789964.109616.100000656674544&type=3&theater]

1 de noviembre de 2016

Festival de Ajedrez en Tigre


Noviembre - AGENDA CULTURAL


NOVIEMBRE - por Muñoz y Cofreces



El pasto crece a horcajadas de minúsculos gusanos y unos peces saltan buscando un calor que viene de más allá. La superficie promete una tormenta de sol mientras llueve tercamente. La variedad de los días impone confusión a los pájaros y a las botánicas. Todo resulta una insinuación más que una promesa. Todo a la expectativa de la convulsión, de la exasperación del verano que atentará contra las cabezas descubiertas. Mientras la paciencia reflexiva del alguacil aguarda una tormenta, la hormiga pergeña su senda, el abejorro merodea y el jején arremete con su siniestro ataque al atardecer. Los calores matizados con agua resultan pegajosos, al igual que la miel, que comienza a chorrear en la higuera. Se aguarda por un jinete de oro, al que se escucha galopar con su incontenible dominio del fuego.


[fuente Cofreces, Muñoz, Tigre, Buenos Aires, Ediciones en Danza, 2010, p. 397]