26 de diciembre de 2017

LA ISLÍADA O CÓMO ENCUADERNAR LAS ISLAS - JAVIER CÓFRECES sobre Urquía


En el muelle color de niebla
De troncos desorejados
Donde el bagre tropieza y el sol se rompe
Y cae
He iniciado la empresa de encuadernar las islas.

Carlos Enrique Urquía (de Amistad en las islas)



Carlos Enrique Urquía fue el único escritor argentino que publicó cuatro obras poéticas dedicadas a las islas del Delta del Paraná. Ningún otro autor lo hizo. Sólo él soñó compilar sus cuatro libros (Amistad en las islas, La cimbra, Rama negra y Sintáxis del Ibicuy, publicados a lo largo de cuarenta años), que evocan una geografía fascinante y le otorgan carnadura lírica, para convertirlos en un solo tomo y titularlo La islíada. Ese sueño desveló al poeta, nacido en 1921, y habitante de San Fernando. No logró concretarlo en vida. La obra recién pudo ser editada en 2015, a doce años de su fallecimiento.

Accedí al nombre de Urquía, en su condición de antólogo, gracias al tomo rojizo y de tapa dura que conservaba en mi biblioteca desde hacía décadas. Se trataba de Cuarenta años de Poesía Argentina (Editorial Aldaba, 1962) con selección y notas de Carlos Enrique Urquía, en colaboración con José Isaacson. El trabajo recopila la producción de los poetas argentinos más notables, entre 1920 y 1960.

A la vez, accedí a la obra poética del escritor de San Fernando a través de otra antología, la de poesía argentina más extraordinaria que se tenga memoria. Me refiero a la que recopilara el poeta Raúl Gustavo Aguirre en los tres tomos que publicara Ediciones Fausto en 1979.

En el tomo II de dicha obra (página 699) aparecen los datos biográficos de Urquía. Apuntan que, además de antologar Cuarenta años de Poesía Argentina, ya había publicado dos libros, Amistad en las islas, (1957) y La cimbra (1961). Por entonces, nadie imaginaba, treinta y cinco años más tarde, que ambos títulos integrarían La islíada. De ellos, la Antología de poesía Argentina de Aguirre extrae dos poemas, “Los pájaros y “Cantos paralelos para el membrillo”, respectivamente.

Hace apenas cuatro o cinco años encontré en una librería de usados un ejemplar de Rama negra, publicado por Urquía en 1971, y recordé su nombre…

Por cierto, el hallazgo lo disfruté cantidad, ya que se trataba de un excelente libro de poemas vinculados a Tigre, evocado desde su título, que hace referencia a uno de los cientos de arroyos del Delta del Paraná.

De tal suerte, comenzó mi rastreo (emprendido junto a la poeta Marisa Negri y el artista plástico Martino -ambos habitantes isleños-), tras la certeza de haber dado con un poeta consustanciado con la temática isleña. No sin esfuerzo conseguimos sus libros anteriores (Amistad en las islas y La cimbra). Hasta entonces no sospechábamos que aún nos faltaba rescatar un cuarto libro escrito por Urquía y referido a la región. Recién nos enteramos de su existencia cuando tomamos contacto con los familiares del poeta, para solicitarles autorización de la reedición de los trabajos (los tres que hasta entonces conocíamos), en el sello que dirijo. De manos del hijo, Carlos Pedro, recibimos como obsequio un par de ejemplares del cuarto trabajo dedicado a las islas, Sintáxis del Ibicuy, editado póstumamente en 2004, al año siguiente de la muerte del autor.

Fue en aquel encuentro cuando nos interiorizamos de los detalles del proyecto, del sueño que desvelaba a Carlos Enrique y que no alcanzó a concretar. Se trataba de reunir los cuatro títulos dedicados al delta en un solo tomo, bajo el título de La islíada.

Retomando ese plan concebido por el autor, y con la autorización de su esposa y su hijo, en 2015 Ediciones en Danza publicó finalmente La islíada, el sueño que proyectó y tituló Urquía años antes de morir.

Cientos de poetas argentinos se han ocupado de escribir acerca de las islas del Delta del Paraná y sus ríos. Desde Martín Coronado, hasta Diana Bellessi, desde Manuel José de Lavardén, hasta Miguel Gaya, pasando por Leopoldo Lugones, Juan Rodolfo Wilcock, Alfonsina Storni, Ricardo Molinari, Alicia Genovese y Alberto Muñoz, entre tantos…Podríamos confeccionar un listado interminable. Sin embargo, no me consta que alguno de estos formidables escritores haya abordado la poética vinculada a la región con la abnegación, la constancia y la fecundidad lírica con que lo hiciera Urquía desde sus obras, convertidas en una pieza conceptual, gracias a la configuración de La islíada.

Antes, yo tenía demasiado respeto por la naturaleza.
Me ubicaba frente a las cosas, frente a los paisajes,
Y los dejaba hacer.
Pero esto se acabó, ahora intervendré.

Henri Michaux

(acápite extraído de La cimbra)

En La islíada, y a partir de cuatro libros de poesía absolutamente diferenciables entre sí, por sus tonos, por su impronta y por sus características expresivas, Urquía presenta una atrapante cosmovisión reveladora de una zona que conoció como pocos. Desde los mismos sedimentos que generaron y configuraron un sitio tan inestable como lo es el isleño, el poeta “decide intervenir”. Lo hace en un territorio inundable, movible y provisional, al acecho de aguas marrones e imprevisibles que modifican caudales, cursos y devenires. Nada más comparable al destino humano y sus avatares. Por lo tanto, La islíada es la proyección de un sino incierto, al acecho de imponderables, como la vida misma.

Urquía se instala en un paisaje que convierte en propio, y reivindica uno de los tantos mundos posibles que transitamos. Un mundo aislado, en el cual incorpora metáforas comunes y trasladables a otros mundos, quizás más secos o menos húmedos y frondosos, pero en los que también existen el amor, la amistad, el desamparo y la soledad. En suma, un mundo tan fértil o inhóspito como cualquiera. Urquía extiende en su poética una paradoja existencial y ese atributo la dimensiona.

En La islíada fluye como un torrente inagotable la riqueza del conocimiento de un autor consustanciado con el paisaje y sus habitantes. Su escritura recorre todos los accidentes geográficos y emocionales propios del lugar.

Es evidente que en Urquía late un corazón isleño, de explorador, y desde esa impronta de búsqueda el poeta transita los más variados caminos para enriquecer su voz. Del resultado de esa inquietud surgen poemas audaces, casi experimentales, con tintes vanguardistas, que conviven con textos de raíz más clásica; piezas breves que se alternan con otras extensas; poemas coloquiales conviven con textos más intrincados; en fin, la alternancia lírica de este universo isleño es tan matizada y variable como los climas, los colores y los aromas que se perciben a través del recorrido del libro. Ese tránsito atrapa al lector, ávido de las revelaciones del iniciado, el poeta que “interviene” con maestría. Aporta las interpretaciones de los signos del lugar y la decodificación de lenguajes que la naturaleza impone.

La islíada ofrece semejante riqueza porque está atravesada por los propios isleños que desafían las contingencias del entorno. También por las distintas especies de árboles autóctonos, peces, plantas y bicherío. La exaltación, el canto y el homenaje, latentes en los textos, exceden el marco descriptivo y paisajístico: prodigan belleza lírica, riqueza poética y audacia expresiva. Construyen el albardón por donde transita Urquía, y desde donde propone un abordaje único al Delta del Paraná, La islíada.

FUENTE: Revista Carapachay
https://revistacarapachay.com/2017/09/28/1831/

29 de noviembre de 2017

Adela Basch - Poemas de Rama rama, rama negra

Río

Si alguien me preguntara
aquí, ahora,
en este instante en que estoy recostada
sobre la espalda
de un río en flor,
si alguien me preguntara qué espero,
mi respuesta sería: nada.
¿Qué es, pero, una respuesta?
¿Qué espero, un saber, una certeza?
Sea lo que fuere, fuere lo que sea
el mundo es una sola pieza
que no tiene derecho ni revés.
futuro ni pasado.
Lo que ha de ser ya es
Aquí, donde se disipa toda pena,
en el fluir que todo lo diluye
junto al murmullo rasante de un poema,
cualquier expectativa huye.
Yo también soy el río que me presta su espalda
para que me recueste
y el río sabe que también él es
una mujer en flor, frágil y fuerte
que pasa fugaz con un poema
sin saber cuál es el límite preciso
entre las butacas de la platea
y el escenario donde fulgura el hechizo
con que transcurre la marea.

En el umbral del río

En el umbral del río
floreció la niebla
corola de pétalos grisáceos
de no deshojar.

Otoñea

Otoñea en la isla.
El río cruje en las ramas.
El agua balbucea, anárquica

y sagrada.


 de "Rama rama, rama negra" (Adela Basch, Ed La mariposa y la iguana, 2017)

Fuente: http://pajarodemimbre.blogspot.com.ar/2017/05/rama-rama-rama-negra-adela-basch.html

27 de noviembre de 2017

Santiago Rial Ungaro - Sobre muestra de Gomez Canle y Lux Lindner

Ayer nomás, el 4 de octubre, se cumplieron 140 años de la explosión de El Fulminante. Parte de la denominada Escuadra de Sarmiento, El Fulminante fue un vapor depósito de torpedos y minas submarinas que explotó en 1877 en el apostadero del Río Lujan, generando incluso un hongo y, según los testimonios de la época, una lluvia de esquirlas de hierro hasta diez cuadras a la redonda, destrozando incluso la mayoría de los vidrios y ventanas de San Fernando.

Encontrada por Max Gómez Canle en el Museo de la Reconquista de Tigre mientras preparaba esta muestra, Explosión de Fulminante es una sorprendente pintura de Antonio Somellera que describe con pasmosa fidelidad la explosión de la Santa Bárbara y que está incluida en el primer piso junto a sus obras: por el estilo, tranquilamente podría ser una de sus propias obras. El hecho histórico, con toda su carga conspirativa latente de que podría haber sido tranquilamente un sabotaje (aunque parece que fue un accidente mientras se manipulaban explosivos) podría ser también una de esas visiones de Lux Lindner, en las que lo político y lo literario se mezclan generando una auténtica “máquina de captura narrativa” en la que los sistemas utópicos argentinos siempre aparecen presentes.

Dice Gómez Canle: “Somellera es como una especie de Cándido López naval pero completamente olvidado.  Hubo algo que nos gustó de Cándido López y que hizo que aún se lo recuerde, yo creo que los dos fueron pintores bastante ingenuos pero que a la vez manejaban mucha data técnica, algo que quizás sea por la época. Me cuesta creer que Somellera haya pintado así el hongo de la explosión: hay un detalle azul en donde nace la explosión que es increíble. Es muy sci-fi esa imagen y a la vez es como algo que creo que yo podría haber pintado”.

Convocados por Milagros Noblia Galen (directora y coordinadora de Artes Visuales del municipio) con la expectativa de que Tigre los inspirara y que se involucraran con cierta ‘mística’ del paisaje del Delta y del patrimonio de sus museos, el hallazgo de esta obra de Somellera resultó clave para poder articular las investigaciones de Gómez Canle que dialogan con las obras que Prilidiano Pueyrredón (1823-1870), Carlos Barberis (1861-1913) y Horacio Butler (1897-1983) le dedicaron al Delta. “Yo conocía a los clásicos, como Pueyrredón o Butler, pero también me daba la impresión de que históricamente hay pintores que logran ser muy fantásticos desde la historia. A mí en principio me interesaba investigar el imaginario de Tigre, pero cuando apareció esta obra de Somellera funcionó como una especie de Big Bang: yo creo que la ficción también es una forma de conocimiento, me interesa porque es más abierta que algo más conceptual, mas ‘flashero’”. Así fue como surgió entonces la creación de un tigre alucinado y fantasmal: Canle cuenta que estuvo un mes en una residencia en Tigre investigando y pintando. “Prilidiano Pueyrredón tenía por un lado su pintura oficial, que es la más conocida, pero dentro de su pintura tenía dos lados b: uno era los desnudos de criadas, algo más de gabinete del señor; y el otro eran acuarelas y óleos que pintaba en sus caminatas por Tigre. Por entonces estaba deprimido porque él, que era arquitecto, había hecho un puente sobre el Riachuelo que se cayó el día de la inauguración, en 1867. Así que yo lo imaginé paseando alucinando por Tigre, con visiones apocalípticas y oscuras, porque eso lo deprimió mucho, además de que se fundió. El Tigre tiene algo que es a la vez de pantano y de paraíso, tiene esa dualidad. Mucha gente se escondió en Tigre, y los isleños encima son gente extremadamente callada”. El siguiente artista cronológicamente es Carlos Barberis que también vivió en Italia: “Barberis era un pintor plenairista, como esos pintores pre-impresionistas estilo Barbizon o Courbet, seguidores de esa escuela de salir a pintar al aire libre; y tiene esas pinturas medio oxidadas e impresionistas, no se sabe muy bien por qué estuvo viviendo ahí en Tigre. Para esas obras llamé a un amigo mío marplatense, Mauro Cruz y lo que imaginamos con él es que había unos seguidores de Barberis obsesionados con las ruinas del Fulminante que se internaron en el Tigre buscando pintar esos paisajes ruinosos llenos de limo, barro y óxido. En Tigre en 10 años cualquier cosa queda ruinosa porque hay muchísima humedad, y hay una pared con obras que se regodean en esas plantas, maderas y troncos, ahí la mayoría de las obras son de Mauro”. Por último también está la obra del pintor y escritor Horacio Butler que es bastante más conocido: “Él era contemporáneo a Berni y esa camada, y hasta fue becado y viajó a Europa, donde estudió con André Lhote y Othon Friesz; pero curiosamente a su regreso de Europa se alejó de las vanguardias y se fue a pintar al Tigre. Algunos especulan con que era gay, está esa cosa de historias tapadas y ocultas, típicas del Tigre y sus obras están hechas con un lenguaje moderno, pero con esos motivos”. Entre las investigaciones que hizo Gómez Canle por los museos tigrenses aparecieron unas litografías de Butler que llamaron su atención: “Las encontré en el Museo de Arte de Tigre, y en esas obras todos los temas tienen algo de fantasmal, y esa onda de casas embrujadas. Y ahí me imaginé a un fantasma de Butler que seguía pintando ahora, así que por ahí incluso aparece el Barrio Chino. Y en esas obras Butler aún ve esquirlas de esa explosión y de esa lluvia de escombros que cayó a varias cuadras de la redonda, así que ahí también sentí que se abría un mundo fantasioso, dramático y melancólico”.

Otro de los hallazgos que encontró Gómez Canle es una entrevista a Butler que le proporcionó el crítico y artista Santiago Villanueva: “Él ahí dice que el Delta era lo contrario a Estados Unidos, a donde él había viajado. Me interesó esa interpretación de tomar a Tigre como la retaguardia opuesta a esa idea norteamericana del progreso”. Volviendo a El Fulminante, Gómez Canle cuenta que, cuando ya se esperaba de un momento a otro la explosión final, mientras en tierra los vecinos seguían las alternativas desde una azotea alguien bromeó acerca de quién sería capaz de traer la bandera. Un joven y valiente vecino llamado Juan Gamba se lanzó heroicamente con una pequeña canoa hacia el buque en llamas, llegó a la popa del Fulminante rescatándola cuando el asta de la bandera ya ardía; la arrancó y volvió a la costa media hora antes de la explosión final. Cuenta Gómez Canle: “A raíz de esto surgió esta bandera, que tiene esos colores filtrados y en vez de un sol tiene una luna. Me vino a la mente la Noche Americana, esa técnica cinematográfica en la que, en vez de filmar de noche, que en cine es muy caro, se filma de día mientras se van superponiendo filtros azules, que es algo que genera una noche muy fantasmal. Y así surgió esta bandera, fantasmal como las obras de esa ‘noche americana eterna’ de las obras de Butler en la que la lluvia de esquirlas del torpedero nunca termina”.


Stills preliminares de El Regreso del Astrólogo, película de 2017, Lux Lindner
Utopías vigiladas
Por su parte en el espacio dedicado en la planta baja a El Regreso del Astrólogo, mediante dibujos, performance y videos Lindner intenta descifrar el paradero de El Astrólogo arltiano: presente en Los Siete Locos (1929) y en Los Lanzallamas (1931) El Astrólogo en cuestión lidera una sociedad secreta que pretende trocar el orden social imperante a través de una cruel y terrible revolución que sería financiada por una red de burdeles distribuidos por todo el país bajo la administración del Rufián Melancólico. Explica Lindner: “La idea original, que después mutó, era hacer un intento por saber qué pasaría si el Astrólogo volviera, que es algo que Piglia y otros autores ya hicieron. En Los Lanzallamas el Astrólogo desaparece, se va con una mina y nadie sabe hacia dónde. Últimamente estuve bastante metido en pensar libretos de ópera, y se me ocurrió  que volviera un poco después del golpe de Estado de 1955. No se sabe si está del lado de Perón o del lado de los revolucionarios, la verdad es que yo hago muestras para darme respuestas a estas preguntas. La idea es que en una situación similar a El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad (sobre la que Francis Ford Coppola se basó para hacer Apocalypse Now), alguien pasa el dato de que El Astrólogo podría estar en Tigre así que se arma una expedición para saber dónde está, como cuando buscan a Kurtz”.

Lindner comenta que siempre sintió una fascinación especial por los hidroaviones, que suelen aparecer en sus obras y que, acá vuelven a aparecer en un curioso video en el que surge una pelea entre los proyectos utópicos de la Vuel Villa de Xul Solar y la Ciudad Hidroespecial de Gyula Kosice. Dice Lindner: “En un momento la ciudad Hidrospecial queda averiada, y gana la Vuel Villa y la remolca; pero en el ínterin aparece justamente el Hidroavión, que sería como un principio utópico de las fuerzas de seguridad, corta el hilo con el que remolcaba la Ciudad Hidroespacial, y la Vuel Villa cae a una instalación militar que es como en una especie de estructura piramidal rodeada de tanques. A Perón en el 55 lo llevaron en el Hidroavión Catalina perteneciente a las fuerzas aéreas paraguayas. Pero en el video aparece otro tema, porque hay muchos temas, y es que creo que coincide con el crecimiento exponencial que ha habido de las fuerzas de seguridad, tanto policial como privada, que es algo imposible de no ver”.

Lindner habla de las utopías vigiladas (o vigilantes) y confiesa que, a pesar de que no tiene celular, siente que esa “paranoia sideral” de la que escribió Paul Virilio y la “industrialización de la no mirada” con un entidad no humana que nos vigila sin vernos es hoy en día una realidad tan abrumadora como innegable. Lindner: “Creo que estamos más vigilados que nunca: la otra vez pasé con el 55 por la comisaría 27, que está en la calle Camargo, y siempre pasé por ahí, durante años, y capaz que había uno o dos patrulleros. Pero ahora ves que está toda la cuadra llena de patrulleros. Yo veo que ahora está todo lleno de policías y de seguridad privada, como si esa fuera una solución al desempleo. Me fijo en eso, aunque yo nunca tuve ningún problema con la policía porque soy un ortiba de pelo corto. Pero la cantidad que hay es insoportable”, analiza Lindner que también se sorprende de cómo su imaginario lamentablemente volvió a tomar vigencia: “Yo crecí con una pila de libros sobre la Segunda Guerra Mundial, y como esas cosas me las sé de memoria en mis obras siempre aparecen esos tanques y máquinas de guerra. Hace un par de años atrás me decía a mí mismo que la tenía que cortar con eso, que eso no iba a volver más y se había acabado; pero ahora de repente eso de los tanques y los militares volvió a ser la coyuntura de este momento”.

En 1929, en Lo gótico, signo de Europa, el tucumano Juan Benjamín Terán señaló que “América es Europa sin la Edad Media”. El no haber atravesado este período histórico priva, según Terán, a nuestro arte del factor milagro. Con sus conjeturas, alucinaciones y visiones apócrifas, partiendo de una explosión olvidada que aún hoy parece ficticia o de los deseos aún latentes de una revolución, las obras de estos dos artistas apuntan a despertar ese inconsciente colectivo aún necesitado de milagros. Sean históricos, o por qué no, inventados.

Las muestras de Max Gómez Canle y Lux Lindner se podrán visitar hasta el 10 de diciembre de miércoles a viernes de 10 a 18 y de sábado a domingo de 13 a 18 en la Casa de las Culturas de Tigre, Bartolomé Mitre 370.

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/75257-pantano-paraiso-y-revolucion


7 de noviembre de 2017

"Confluencia" de Ines Kreplak - El Río como Frontera

 “CONFLUENCIA” DE INÉS KREPLAK: EL RÍO COMO FRONTERA

La novela Confluencia (Alto Pogo, 2017) de Inés Kreplak propone una narrativa tan fluida como el río, el cual ocupa un lugar principal en la obra. Mediante un descubrimiento personal que tiene a un conjunto de circunstancias extremas como motor, la narradora de este libro va transformándose a medida que va conociendo la vida que se forma al rededor de esa cinta de agua que algunos ignoran y otros eligen como su hogar. 

Sobre la autora
Inés Kreplak nació en Buenos Aires en 1987. Estudió Letras en la UBA. Trabaja en el área de comunicación de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad y es docente universitaria. Coordina un taller literario y varios proyectos de promoción de lectura. Entre otros, fue curadora de la colección de narrativa contemporánea Leer es futuro del Ministerio de Cultura de la Nación  y fundadora de la primera Biblioteca al Paso. Confluencia es su primera novela.

El río como frontera
¿Qué se puede hacer cuanto todo se vuelve repentinamente inestable? Similar a ciertos colectivos de línea, los problemas parecen no venir nunca o pasar todos juntos, sin darnos tiempo de reacción. A partir de esos momentos claves, Confluencia (Alto Pogo, 2017) de Inés Kreplak empieza una historia que va a navegar por las corrientes turbulentas del río, el principal protagonista de esta novela.
El descubrimiento de una enfermedad crónica y los deseos de ser madre ponen en jaque a la narradora de este libro que a priori busca una salida dentro de sí misma hasta darse cuenta que tomó el camino a contramano. A partir de su curiosidad por la vida en el Delta de Tigre y revivir una relación con Malena, una conocida que eligió cambiar su forma de vida para vivir ahí, la fluidez del relato empieza a tomar un ritmo donde confluyen y se difurcan distintas historias personales con la historia de un país que tiene una relación un tanto compleja con los ríos que la atraviesa.


Uno de los grandes logros de Confluencia es el pasaje casi natural de una historia centrada en la vivencia personal de la narradora a un interés cada vez mayor por lo que sucede con los demás, sirviendo Malena como un espejo donde verse deformada y en movimiento, al igual que sucede cuando se ve el propio rostro en el río. En ese sentido, puede leerse: “Ella y su vida fueron también excusa para que yo mirara para adentro y pensara en mi vida, en lo construido y en lo que también me falta construir, y en los esfuerzos que cada paso requiere”.
Ese pasaje, que tiene al río como frontera, se puede ver en el cambio de protagonista, donde Malena ocupa un lugar más importante en Confluencia, así como también las historias que la rodeaban en las islas, convirtiéndose la narradora en alguien casi con un registro de cronistas tras ser, en los primeros capítulos, una persona que parecía estar centrada en sí misma.
Con un registro amigable y sin temor a las referencias culturales, políticas y sociales que hacen a la coyuntura de su producción, la primera novela de Inés Kreplak logra introducir al lector en un mundo extraño y a la vez similar, lo mismo que ocurre cuando se visita el Delta de Tigre. Eso, que parece otro país con sus reglas de vida propias, está a pocos metros de nuestra vida cotidiana. Confluencia, en definitiva, habla de eso muy bien.


Fuente: http://www.laprimerapiedra.com.ar/2017/10/confluencia-ines-kreplak/ 

Presentación Obras - Re-Conquista


Feria de Editoriales Independientes - Temática "El Río"


6 de noviembre de 2017

Lucas Espina - Sentado en el Muelle




Espina proviene de una familia donde la música marcaba el ritmo de los encuentros familiares. Con 15 años ya formaba parte de una banda y paralelamente comenzaba sus estudios de percusión y batería.



“Sentado en el muelle”, nace de sus vivencias en el Tigre. Las letras, por momentos agudas y filosas, fueron surgiendo de tardes de reflexión en el desembarcadero, en las afueras de la Capital, escenario que eligió para vivir.



El propio Espina cuenta que necesitó alejarse un poco para ver las cosas de otra manera, cambiar el prisma. De ese pensamiento, nace este disco de 9 canciones donde se permite la melancolía, el compromiso social, el dolor ante la pérdida.

En este trabajo el muelle es el hilo conductor que puede ser punto de partida y de llegada y las canciones esos botes que transitan.
Los faros de Espina son: Bob Marley, los Stones, The Clash y también Hector Lavoe, reconocido músico de salsa.
Las melodías que se reflejan en el disco van desde el reggae, el hip hop, la música latina y una variada diversidad de estilos que denotan el camino que recorrió este joven músico a lo largo de 20 años de carrera.


Más Sobre Lucas Espina:
EL músico y percusionista tomó clases de percusión afrolatina y afrobrasilera, congo y tumbadora, percusión y folklore afrocubano.


Entre sus maestros destaca a: Huber Reyes, Ramiro Musotto, Norberto Minichilo, Miguel Anga Díaz entre muchos otros.

Forma parte de la banda de Kevin Johansen (The Nada) hace casi 17 años, con quien grabó 9 discos y giró por lugares como Chile, Brasil, Uruguay, Paraguay, Ecuador, Colombia, Venezuela, México, Perú, Estados Unidos, España, Inglaterra, y Bélgica entre otros.

Participó de los festivales internacionales de world music como el Womad, Womex, Sfinks, Latin Alternative Music Conference (LAMC), Sounds of Brazil (SOB´s), APTC, Pohoda Festival entre otros.


Acompañó y compartió escenario con Jorge Drexler, Calle 13, Lila Downs, Paulinho Moska, Natalia Lafourcade, Javier Calamaro, Sara Hebe y Banda de Turistas entre otros.


Actualmente forma parte también de la banda de Cata Raybaud y presenta su proyecto solista “Sentado en la Isla” en el Museo Sarmiento en el Tigre el 25 de Noviembre.


Ficha Técnica Sentado en el Muelle
1. Siento
2. Te lo llevaste
3. Brohter
4. Mirándote
5. Sentado en el muelle
6. Estoy en la isla
7. Deja que te cuente
8. Adeus Adeusa
9. La gran realidad


Lucas Espina: Composición, voces, programación, percusión y horas de alegría y sufrimiento
Maximiliano Padin: Arreglos musicales. guitarras, bajos, programación, alma y cuerpo de este disco.
Juan Manuel Alvarez: voces y bajo en Te lo llevaste y Mirándote. Teclado, bajo, guitarra y voces en Mirándote y probablemente uno de los únicos seres que pueden hacer de la vida una canción.
Andres Reboratti: saxo y flauta traversa, arreglos de vientos, composición musical en Siento, tema de la Familia Ingle llamado Ignacio. Eterno compañero de ruta.
Kevin Johansen: invitado y coros en Te lo llevaste. Mentor del que a prendí que la música puede ser mucho más que melodía ritmo y armonía.
Franciso y Sebastián Videla Igualitos voces: la magia de Cuyo y mis hermanos en la vida en Deja que te cuente.
Gonzalo García Blaya: sintetizador, máquinas y gran inspirador desde que lo conozco.
Pedro Pepo Oneto: piano y sutilezas en Te lo llevaste.
Catalina Raybaud: coros en Estoy en la isla, Brother y belleza para siempre.
Ruli Casabet: coros y lamentos en Adeus Adeusa (según el master la voz de un ángel, para mi también su corazón)
Dj Frann Di Gianni: prestó programación en Te lo llevaste, y Groove infinito.


Todos los temas compuestos por Lucas Espina y arreglados musicalmente por Maximiliano Padin, excepto Siento de Andres Reboratti, Maxi Padin y Lucas Espina y Mirándote de Juan Manuel Alvarez, Maxi Padin y Lucas Espina.
Grabado y mezclado por Maxi Padin en Estudio Zamudio.
Masterizado por Gastón Chacho Schachtel, quien es uno de mis mentores y no me cree.
Fotografías, arte y diseño Silvia Sergi, quien puede ver los colores que ningún humano conoce.


Sábado 25 de Noviembre 16.00hs
Museo Sarmiento - Río Sarmiento y Arroyo de los reyes - Delta del Tigre

25 de octubre de 2017

Crónica de viaje a la isla Martín García - Sebastián Russo


COMO UNA ISLA ESTRELLADA SEBASTIÁN RUSSO


Viajamos a Martín García. Es fin de año. Somos varios. Es sábado de una mañana apenas fresca y con un muelle atestado. Varias parejas. De distintas edades, en distintos planes. El modo pareja aquieta. Hacia adentro, hacia afuera. Esa misma noche es fin de año. Viajamos en la víspera. Con sol. Al sol. En la cubierta de la Cacciola. Con otros: el grupo que escapa. Un grupo de parejas desconocidas. Algunas entrelazadas. Nosotros solos. Ella filma, habla con un viejo habitante de la isla, el único no turista. Yo miro, al paisaje, a ella, a todos. Leo. Me traje lecturas alusivas, sarmientinas: el Carapachay, Argiropolis. Las vísperas son momentos expectantes. En donde se experimenta una frontera, el límite. No te cases, ni te embarques, en la víspera, en la frontera. Y allí nosotros, arriesgando, arriesgándonos, entre avisos de incendios varios.
El que habla con ella le dice que a Martín García la llaman YPF, en alusión a los ilustres políticos presos en ella: Yrigoyen, Perón y Frondizi. Aunque quien nos lo cuenta nos dice que Perón no estuvo preso sino refugiado. Avatares de la enunciación política, de la política a secas. Perón preso o refugiado. Aramburu asesinado o ajusticiado. En la lengua, todo, o casi.
Los mitos construyen la densidad espectral de la isla. Algunos cercanos (al menos, temporalmente): el de los Pan dulces que Menem venía en persona a buscar para despuntar el vicio aeronáutico (entre alguno de sus vicios) Otros, tantos, todos, mitos ancestrales, de la misma edad histórica de nuestras instituciones. De hecho Martín García era un tripulante del mismísimo Juan Díaz de Solís, “descubridor” del Río de la Plata. Desde allí, al Almirante Brown, los auracanos extirpados de su desierto, Sarmiento, anarquistas revoltosos y los YPF. Mitos que hacen de la isla una (la) cuidadela fantasma rioplatense. Capital (utópica) de los Estados Confederados del Rio de la Plata, tal subtitula Sarmiento su libro/programa. Espectralidad y utopía, ethos político de los pueblos que resisten.
Viajamos en el primer verano sin kirchnerismo. O con sus restos aun encendidos, buscando no dejar de ser un cuerpo vivo, vibrante. Viajamos en carne viva. Afligidos por lo porvenir, aun sorprendidos. Ella lo había anticipado. En la trasnoche de la primera vuelta: al oírlo al manco pedir apoyo para el ballotage se puso a llorar. Yo aun no entendía, incrédulo como tantos de un triunfo macrista. Ella lagrimeó. Perdimos, me dijo, es un discurso de derrota. Ella, que había abjurado del kirchnerismo, y que lo fue descifrando de a poco, en su cuerpo, en el de otros, asumiendo un indudable nosotros, leía lo que pocos podían siquiera imaginar. Ir a Martín García era, aun no lo sabíamos, un principio/fin, sintomático, de lo que entendimos de ahí en más como el otro, el nosotros.
En la isla aguiluchos y lagartos salen a nuestro encuentro. Nos obligan a estar alerta, en estado de inminencia. Un modo de estar que se aleja al del turista relajado y lanzado al mero confort. En la isla se está en coexistencia vívida, además de con fantasmas, con una naturaleza que no es la del plácido y muerto paisaje, sino uno indómito, al acecho, inquietante. Martín García es una roca. Como la del mármol de las cruces torcidas de su cementerio ancestral. Una roca viva, en su desocultada y persistente conversación con los muertos, con lo muerto. La que se entabla en cada rincón, en cada caminata por sus calles, sus senderos. Muertos mal enterrados, a la intemperie. Antígona Vélez resucita en cada apagón, en cada intruso.
Paramos en un camping hostal dentro de lo que fue un destacamento militar. Cuerpo de grumetes. Las grandes barracas que habitaban los grumetes hoy están vacías, salvo las utilizadas para los “dormis”. Están pintadas de rosa y divididas entre las que tienen baño privado y las que no. Habitaciones de grumetes con camas cuchetas y puro cemento.
El club social y deportivo Brisas es el indicado para después del brindis de año nuevo. Su dueño, joven y proactivo (se lo ve de día cortando el pasto, subido a un tractor), con su hija en silla de ruedas, nos recibe jugando al pool. Escena que veremos repetirse las siguientes tarde-noches. A 35 pesos la Brahma de litro, y un enganchado de cumbias, cuartetos y bachatas, resulta ideal para la ocasión festiva. Fuimos los primeros en llegar, bancando la parada un rato largo, hasta que caen las tres parejas con las que viajamos en la Cacciola. El más joven es el menos vital, con barbita y bermudas de trash metal y una novia gordita y con anteojos. El de mediana edad, petiso y pecho inflado, estilo diegote, está con su mujer, de pelo rojo, pizpireta durante el viaje, la noche del 31 parece apagada o pasada de excitación. Los que rompen la pista son los más veteranos de los 3. Ella, una bailarina incansable y de intensidad desmesurada, tanto para los que bailamos con medido esmero a su lado, como para su acompañante que parece no querer mostrarse ni cansado ni lejos de la alta vara bailarina de su más joven compañera. Ella que en la Cacciola se mostraba distante y con aires aristocráticos, en la noche de año nuevo, en el Brisas, deslumbra y desparrama a su esforzado compañero.
Antes del Brisas habíamos festejado el año nuevo solos, en las escalinatas del muelle, tomando sidra y mirando a lo lejos el aura lumínica de Buenos Aires. Imaginamos presenciar a la distancia una fiesta de fuegos de artificios, pudiendo ver toda la ciudad reunida en un trozo de horizonte. Nada de eso ocurrió. Con apenas una lucecitas cada tanto la ciudad se mostraba lejana, juiciosa: una farsa grandilocuente. A un mes del triunfo del partido de los globos y espejitos de colores, a lo lejos, desde el cónclave paradigmático de la tragedia y esperanza nacional/regional, como es Martín García, el oscurantismo de su (fuego de) artificio expresaba la evidencia taimada, bufona, resignada de lo que vendría.
En el muelle hay fotos de grumetes. Posiblemente los que fueron enviados a defender la frontera del sur de la provincia de Buenos Aires. Trayendo presos a la indiada que construyó su propio presidio. Síntoma trágico que no deja de retornar. Cuerpo de grumetes se llama el camping. Cuerpo de cuerpos dóciles. Llevados a realizar una tarea patriótica en el confín, aisaldos, casi sin enemigos a la vista. Enemigos invisibles como fueron también los guerrilleros setentistas, escondidos, disueltos en la sociedad, infectando a elementos sanos, y ahora ya todos y por lo que vendrá (villeros, negros, piqueteros) peligro inminente. Cuerpos dóciles preparados, entrenados para combatir cuerpos invisibles, enemigos de otros, de pretensiones otras. Cadena de mando desfasada, también invisible.
Un nene juega sobre uno de los cañones de la costa con una ametralladora de juguete en mano. Su madre impávida lo acompaña, parece ser mujer de algún prefecto (cierta sumisión en su paso, prejuiciosamente nos lo indica). Pasado y futuro: la isla suspende el presente. Su reminiscencia y actitud guerrera se entrampa y nubla en un país, una región de más guerras intestinas que contra invasiones externas. El jugar a la guerra del niño en la Argiropolis es una fabulación perversa. Afincada en la mirilla de las elites, que arrojan cuerpos de grumetes entre sí.
La isla Martín García es el último fortín. Enclavado frente a las costas uruguayas persiste incluso con y en la memoria trágica de la conquista del desierto y el expansionismo nacional de pretensiones proto imperiales. Un fortín alucinado. Como el del “El desierto de los tártaros”, donde un destacamento militar existe a la espera de un enemigo que nunca llega y que empieza a vérselo en todos lados, como en los cardos, o en los tábanos. O como el de Saldungaray, en Sierra de la Ventana, en la línea de fronteras y fortines, cuyo general, enloquecido, ordenaba estar listos (pa lo que mande mi general) ante la irrupción malónica inminente. Desierto, soberanía y locura. Martín García es, allí, emplazada firme, rocosa, la persencia paradójica, la fantasmagoría irradiante e irredenta, dirá Horacio González, de una “fuerza utópica a ser”.
El último día la recorremos una vez más. La caminamos en un sentido. En otro. Nos habían hablado de un avión estrellado. Vamos en su búsqueda. Nos creemos perdidos, pero no. De repente, al borde de la claudicación, allí, ante nosotros. Una avioneta monoplaza, en medio de un bosquecito, al lado de la pista, estrellada. Nos quedamos en silencio, contemplando la tragedia. Solos. La filmamos. Nos entrometemos impávidos en su aura trágica. La muerte ronda. Como en una muñeca vudú colgada en un sendero, como en un tanque de agua oxidado en la playa, como en un viejo crematorio en desuso. La isla murmura, sopla en la nuca, late. Arrimamos al muelle. Allí todos. Nos miramos cómplices, portando algún secreto compartido, aunque desconocido. Hay lugar de sobra. Cacciola miente. Sus habitantes lo saben. Prefiere a los turistas. Los que hacen la vueltita programada. Y nada sabrán.
Fotos de Maia Gattás Vargas.

Fuente: https://revistacarapachay.com/2017/09/28/1837/