COMO UNA ISLA ESTRELLADA SEBASTIÁN RUSSO
Viajamos a Martín García. Es fin de año. Somos varios. Es sábado de una mañana apenas fresca y con un muelle atestado. Varias parejas. De distintas edades, en distintos planes. El modo pareja aquieta. Hacia adentro, hacia afuera. Esa misma noche es fin de año. Viajamos en la víspera. Con sol. Al sol. En la cubierta de la Cacciola. Con otros: el grupo que escapa. Un grupo de parejas desconocidas. Algunas entrelazadas. Nosotros solos. Ella filma, habla con un viejo habitante de la isla, el único no turista. Yo miro, al paisaje, a ella, a todos. Leo. Me traje lecturas alusivas, sarmientinas: el Carapachay, Argiropolis. Las vísperas son momentos expectantes. En donde se experimenta una frontera, el límite. No te cases, ni te embarques, en la víspera, en la frontera. Y allí nosotros, arriesgando, arriesgándonos, entre avisos de incendios varios.

Los mitos construyen la densidad espectral de la isla. Algunos cercanos (al menos, temporalmente): el de los Pan dulces que Menem venía en persona a buscar para despuntar el vicio aeronáutico (entre alguno de sus vicios) Otros, tantos, todos, mitos ancestrales, de la misma edad histórica de nuestras instituciones. De hecho Martín García era un tripulante del mismísimo Juan Díaz de Solís, “descubridor” del Río de la Plata. Desde allí, al Almirante Brown, los auracanos extirpados de su desierto, Sarmiento, anarquistas revoltosos y los YPF. Mitos que hacen de la isla una (la) cuidadela fantasma rioplatense. Capital (utópica) de los Estados Confederados del Rio de la Plata, tal subtitula Sarmiento su libro/programa. Espectralidad y utopía, ethos político de los pueblos que resisten.
Viajamos en el primer verano sin kirchnerismo. O con sus restos aun encendidos, buscando no dejar de ser un cuerpo vivo, vibrante. Viajamos en carne viva. Afligidos por lo porvenir, aun sorprendidos. Ella lo había anticipado. En la trasnoche de la primera vuelta: al oírlo al manco pedir apoyo para el ballotage se puso a llorar. Yo aun no entendía, incrédulo como tantos de un triunfo macrista. Ella lagrimeó. Perdimos, me dijo, es un discurso de derrota. Ella, que había abjurado del kirchnerismo, y que lo fue descifrando de a poco, en su cuerpo, en el de otros, asumiendo un indudable nosotros, leía lo que pocos podían siquiera imaginar. Ir a Martín García era, aun no lo
sabíamos, un principio/fin, sintomático, de lo que entendimos de ahí en más como el otro, el nosotros.

En la isla aguiluchos y lagartos salen a nuestro encuentro. Nos obligan a estar alerta, en estado de inminencia. Un modo de estar que se aleja al del turista relajado y lanzado al mero confort. En la isla se está en coexistencia vívida, además de con fantasmas, con una naturaleza que no es la del plácido y muerto paisaje, sino uno indómito, al acecho, inquietante. Martín García es una roca. Como la del mármol de las cruces torcidas de su cementerio ancestral. Una roca viva, en su desocultada y persistente conversación con los muertos, con lo muerto. La que se entabla en cada rincón, en cada caminata por sus calles, sus senderos. Muertos mal enterrados, a la intemperie. Antígona Vélez resucita en cada apagón, en cada intruso.
Paramos en un camping hostal dentro de lo que fue un destacamento militar. Cuerpo de grumetes. Las grandes barracas que habitaban los grumetes hoy están vacías, salvo las utilizadas para los “dormis”. Están pintadas de rosa y divididas entre las que tienen baño privado y las que no. Habitaciones de grumetes con camas cuchetas y puro cemento.

Antes del Brisas habíamos festejado el año nuevo solos, en las escalinatas del muelle, tomando sidra y mirando a lo lejos el aura lumínica de Buenos Aires. Imaginamos presenciar a la distancia una fiesta de fuegos de artificios, pudiendo ver toda la ciudad reunida en un trozo de horizonte. Nada de eso ocurrió. Con apenas una lucecitas cada tanto la ciudad se mostraba lejana, juiciosa: una farsa grandilocuente. A un mes del triunfo del partido de los globos
y espejitos de colores, a lo lejos, desde el cónclave paradigmático de la tragedia y esperanza nacional/regional, como es Martín García, el oscurantismo de su (fuego de) artificio expresaba la evidencia taimada, bufona, resignada de lo que vendría.

En el muelle hay fotos de grumetes. Posiblemente los que fueron enviados a defender la frontera del sur de la provincia de Buenos Aires. Trayendo presos a la indiada que construyó su propio presidio. Síntoma trágico que no deja de retornar. Cuerpo de grumetes se llama el camping. Cuerpo de cuerpos dóciles. Llevados a realizar una tarea patriótica en el confín, aisaldos, casi sin enemigos a la vista. Enemigos invisibles como fueron también los guerrilleros setentistas, escondidos, disueltos en la sociedad, infectando a elementos sanos, y ahora ya todos y por lo que vendrá (villeros, negros, piqueteros) peligro inminente. Cuerpos dóciles preparados, entrenados para combatir cuerpos invisibles, enemigos de otros, de pretensiones otras. Cadena de mando desfasada, también invisible.

La isla Martín García es el último fortín. Enclavado frente a las costas uruguayas persiste incluso con y en la memoria trágica de la conquista del desierto y el expansionismo nacional de pretensiones proto imperiales. Un fortín alucinado. Como el del “El desierto de los tártaros”, donde un destacamento militar existe a la espera de un enemigo que nunca llega y que empieza a vérselo en todos lados, como en los cardos, o en los tábanos. O como el de Saldungaray, en Sierra de la Ventana, en la línea de fronteras y fortines, cuyo general, enloquecido, ordenaba estar listos (pa lo que mande mi general) ante la irrupción malónica inminente. Desierto, soberanía y locura. Martín García es, allí, emplazada firme, rocosa, la persencia paradójica, la fantasmagoría irradiante e irredenta, dirá Horacio González, de una “fuerza utópica a ser”.

El último día la recorremos una vez más. La caminamos en un sentido. En otro. Nos habían hablado de un avión estrellado. Vamos en su búsqueda. Nos creemos perdidos, pero no. De repente, al borde de la claudicación, allí, ante nosotros. Una avioneta monoplaza, en medio de un bosquecito, al lado de la pista, estrellada. Nos quedamos en silencio, contemplando la tragedia. Solos. La filmamos. Nos entrometemos impávidos en su aura trágica. La muerte ronda. Como en una muñeca vudú colgada en un sendero, como en un tanque de agua oxidado en la playa, como en un viejo crematorio en desuso. La isla murmura, sopla en la nuca, late. Arrimamos al muelle. Allí todos. Nos miramos cómplices, portando algún secreto compartido, aunque desconocido. Hay lugar de sobra. Cacciola miente. Sus habitantes lo saben. Prefiere a los turistas. Los que hacen la vueltita programada. Y nada sabrán.
Fotos de Maia Gattás Vargas.
Fuente: https://revistacarapachay.com/2017/09/28/1837/
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