8 de mayo de 2017

Fedra Spinelli - Delta (fragmentos)

Fedra Spinelli, nació en Buenos Aires, Argentina, en noviembre de 1970. Es poeta y periodista. Exploró también por la antropología, brevemente por artes combinadas. Hizo teatro, performances, danza y fotografía. En poesía tiene publicado «Vietnam» (edición artesanal) «Digo bosque y otros poemas» (ediciones del Dock)
su blog es cotidianapoesia.blogspot.com
 
 
 
 (fragmentos de Delta)

Adentro

El cuerpo ese pedacito de tierra, alrededor. Emoción, río que fluye, calma a primera vista.
Una soga en el fondo que se lleva los objetos, personas, embarcaciones, fuerza agazapada bajo la calma, hambre escondida en la profundidad del cauce.
Busca algo en la profundidad. Algo que la corriente no puede arrastrar.
El cuerpo es atisbo de raíz, parentesco con el árbol.
Algo escondido en los pliegues de los años, del zumbido en los oídos.
Algo añejo, ancestral, del origen en el fondo de la lengua, donde nadie puede ver lo silencioso marcando el pulso de la respiración, las enzimas trabajando, la savia distribuyendo vida.
La isla abre un pliego y muestra la supervivencia.
La pregunta sobre el amor llevó a la pregunta sobre el ser.
En un tren hay cientos de personas. Nos iguala la situación de viajantes, solo eso.
Irme para irme, irme para encontrarme.
*

La mujer está exhausta, a pesar de su cansancio se levanta temprano y va a hacer las compras. No siempre es bueno empezar por el principio. La cronología nada nos dice.
Ella está sentada en el muelle, escucha el agua golpear la madera. Esta rodeada por dos perros. Cerca cuerpo perruno contra cuerpo de mujer, muy cerca. La sombra, de haberla, nos mostrará que son uno. En el tiempo que dure la estadía del río serán unidad. Mujer y perro, cuerpo y sombra.


*
"Tiempo atrás, en un tiempo ya olvidado, ella había imaginado África. Lo salvaje en lo cotidiano. El olor a África en las papilas. Ir de polizona, de fotógrafa, como quien espía la vida exuberante. De alguna manera, aunque sea como ladrona, ser parte, tomar instantes, colores, huellas."



"La corriente arrastra objetos, los manipula, los moldea, los transporta, los pasea. Ella decide esos destinos de cementerio para hojas, ramas, botellas, restos de casa o embarcaciones, cosas que la gente abandona.

Ella pensó que hay dos tipos de objetos, los que flotan y los que se hunden. Mientras ve el agua discurrir, crecer, subir la costa y avanzar a tierra. Masa duplicada (aumentada) de agua por la lluvia. Mientras observa el brillo sinuoso de esa danza que hace el río. Intenta hacer una lista de lo que queda en la superficie, lo liviano; y lo que se sumerge, lo que pesa. Trata de descubrir si lo que flota está vivo y lo que se hunde muerto. Pero no puede, no le sirve ese pensamiento. Le preocupa no poder saber qué tipo de cosa es ella. Si se va a ir al fondo o va a rodar a la deriva. Pero ve que el fondo también es una deriva, que si se hunde está viva, que el peso de algo se define en la corriente."

Fedra Spinelli







[fuente: https://edicioneslamariposaylaiguana.blogspot.com.ar/2013/12/presentacion-de-delta-de-fedra-spinelli.html]

Claudia Aboaf - El Rey del Agua - fragmento



Claudia Aboaf nació en Buenos Aires. Creció junto a su abuelo y maestro Ulyses Petit de Murat, quien la inició en la lectura y la escritura. Durante varios años se dedicó a la astrología y a distintos emprendimientos gastronómicos. Como escritora, ha publicado las novelas Medio grado de libertad (2003) y Pichonas (2014), y participó de la antología de cuentos Pura coincidencia, que reunió Fernando Sánchez Sorondo en 2005. Colabora con revistas digitales de España y Argentina. El Rey del Agua es su tercera novela.




1
Andrea espera en la antesala de la oficina del abogado, estudia la alfombra de lana turquesa de pared a pared y se pregunta qué clase de piso habrá debajo. La oprimen la falta de aire natural y la decoración. Las paredes están recubiertas con paneles cuadrados de madera lisa, intervenidos por conos de iluminación amarilla que revelan cómo se desgajan.
El impulso que la trajo hasta aquí alcanzó para abordar, desde el muelle de la isla, la lancha colectiva, y luego el tren en el continente. Descarga ahora el excedente nervioso moviendo una pierna; el rebote aminora bajo la luz artificial.

Teme haber llegado tarde o temprano.

Luego de encontrar la carta del abogado había esperado un lapso que casi completó su noche-día. Por un período, en tierra continental del municipio de Tigre y las islas próximas a la costa, la explotación turística de parques acuáticos y casinos abiertos sin pausa había alargado los días luminosos, empujados por la luz eléctrica excesiva. El nuevo gobernante había retomado una de las magníficas visiones de Sarmiento: el auge turístico del Delta. Traer a la gente para que gastara aquí su plata. Los satélites mostraban esta pequeña parcela encendida en el mundo, que competía con la ciudad de Las Vegas. Pero aquí se sumaba el oro brillante de la luz reflejada en el agua, formando la letra Delta con los ríos. Los transportes acuáticos y terrestres traían pasajeros a pasar la noche despiertos, se detenían en Punto Tigre para fotografiarse junto a la ciclópea cabeza, que en vez del Jaguar —pantera originaria de la zona— devino un Tigre. Las enormes pantallas cristal rearmaban sus pixeles con diferentes imágenes del gobernante: Tempe, el Rey del Agua. A la luz del neón y de las pantallas, el día continuo parecía incluso posponer la muerte. Pero al desoír la rotación de la Tierra inscripta en el cuerpo, los visitantes, trabajadores y vecinos no durmieron, o cada uno lo hizo en un momento cualquiera. Con el ritmo circadiano quebrado por el continuo lumínico artificial, se hizo difícil convenir encuentros y labores. Saborear en familia fue historia antigua. La noche no abrazaba el sueño ni el delito.

El eje de la Tierra era el péndulo de este reloj primitivo. Cuando el pulso de luz superó los umbrales, el jet lag que sufrió la gente se incrementó hasta replegar los pétalos de la flor circadiana. Y el reloj se detuvo. Se fragmentó el sueño y la vigilia, y planificar se volvió una habilidad incierta. Sin embargo, el exceso de demanda de energía hidroeléctrica quemó una de las grandes turbinas, y luego estalló otra causando grandes daños. Al resto las fueron apagando. Se va restaurando la oscuridad —están los que añoran la luz permanente— junto con los hábitos sedantes. La noche contenida se restablece a través de los resquicios de artefactos lumínicos en desuso.

Pero todavía la gente adora las pantallas, y un resplandor alcanza las islas. Esa mañana, Andrea, ante la probabilidad, a falta de concurrencia, de vagabundear en el continente, se había sumido en la indecisión horaria que aún persiste en estos días.

Pasa a una sala más amplia donde la invitan a sentarse en uno de los sofás de cuero verdadero; se enciman llenando el espacio, enormes y aristocráticos. La secretaria ocupa una silla arrinconada que combina con su escritorio, descansa las palmas sobre la tapa de vidrio. Andrea nota que ese mueble termina con las patas en punta, encapsuladas en bronce, y que las puntas pelaron la alfombra a su alrededor, dejando a la vista fibras sarnosas. La misma alfombra, el mismo escritorio, tal vez la misma secretaria. Intuye que este estudio atravesó incólume cantidades incontables de años. El olor que exuda la alfombra y el cuero es del tufo acumulado de la gente. Quiere sacar la cabeza afuera.
En el momento de su convulsiva llegada a la casa de la isla, Andrea había tropezado con un cúmulo grumoso de sobres amontonado al pie de la escalera. Luego los había ignorado. Nadie podría confirmar si estuvieron allí sólo un par de jornadas, o tal vez una o dos inundaciones. Los pisó, los desplazó con las botas de goma. Pero una lluvia sonora los lavó y un borde azul maya quedó a la vista. Ese color llamativo la detuvo con un pie en un escalón de madera y otro en el pasto blando. Finalmente, se sentó en la escalera para despegar los sobres de plástico fino. El pigmento antiguo que sedujo su retina había resistido intacto el agua y la luz corrosiva. Distinguió otros colores de empresas conocidas pero amarronados por la intemperie. Su nombre apareció en un recorte transparente; el azul era para ella. Dejó los de su padre —a quien nombraban los demás remitentes— donde estaban. Deseó que se los llevara la próxima crecida. Sacudió el sobre, quedó limpio de greda seca. Lo abrió cuidando la estampilla con las dos islas Malvinas como gemelos unidos por el dorso, abandonados en el mar frío. “Un asunto importante…”, “Indemnización…”. La carta concluía con la firma cursiva algo tembleque de quien se anunciaba como “un amigo de su padre”.

Aunque confirme ahora su apellido a la secretaria, siente que la remanencia de su padre, Sergio Blanco, es como el halo negro de un cigarrillo que ve estampado en un cenicero de Cinzano.

Aparta las publicaciones de tribunales y agradece encontrar una revista de turismo para distraerse del encierro. Una página colorida anuncia las rutas de navegación en la red. Advierten, con letras macizas, rojas, sobre el riesgo del turismo en la internet profunda y difunden en cambio la ruta de la moda y el diseño; se destaca que es ruta blindada, no hay peligro de despistarse entre los sin patria. También hay imágenes del desierto español. Muestran las últimas láminas de agua donde se amontonan cúmulos de aves rosadas. En un párrafo exaltan a Tempe, el Rey del Agua, que cumplió con otro augurio del antiguo Presidente, el loco Sarmiento, dando inicio a una exportación épica, en este caso de agua cruda. Deja la revista en su lugar, luego de admirar en la contratapa unas magníficas botas de hule tornasolado. Se venden en todos los talles. Botas de hule para los países donde todavía queda agua, y aquí hay en cantidad. España ya es un desierto, sólo se usan sandalias.

Sale a recibirla el Dr. Tullio. Un hombre viejo, alto, con un traje acerado y un nudo flor coronando la corbata, una versión ilustre de como lo había imaginado. Ansioso, la invita con la mirada. Le toma la mano, la retiene y, para desconcierto de Andrea, se la besa en el dorso. Pasan a la oficina. Se enfrenta al espejo que cubre la pared como en el baño de un aeropuerto. Adelante, un gran escritorio que semeja un elefante sentado sobre sus rodillas ancianas. En la casa de la isla no hay espejos, hace bastante que no se ve, y por un momento se sobresalta. La casa ciega no me dice nada.

El abogado sabe que su presencia intimida, cree que es él quien la asusta. Domina a Andrea con un brazo en la cintura, la empuja fuera del espejo, suave pero con firmeza, la guía para que se siente en la butaca. Andrea vigila el sobre azul que resiste ileso en la cartera.

Tullio ocupa su sillón en el despacho, junta las palmas como si rezara, rota sus pupilas hacia arriba y hace un esfuerzo por aspirar el énfasis que cree necesario.

—Querida Andrea, finalmente tengo la palabra. Te esperé varias jornadas. La única dirección registrada en el estudio es la del arroyo Rama Negra.

—Me tuve que ir de donde vivía, en Maschwitz. Y desemboqué en la casa de la isla. —Andrea recuerda los senderos en las orillas. El resplandor y un poco de luna mezclados. Puentes de palos quebradizos. Pájaros y perros. El río bajante había dejado a la vista enormes raíces sujetas a un lodo blando. Esa noche creyó que podía caerle un árbol encima. —No fue cuando llegué, ni al otro día, pero entre las cartas acumuladas encontré el sobre azul chillón del estudio.

En las esperas melancólicas, acompañado de su secretaria, que escatima sonidos y movimientos, Tullio creyó que no alcanzaría esta cita. Ha vivido en un insomnio hipnótico fuera de cualquier huso horario, pero con la aparición de Andrea, calcula, su biografía sumará líneas. Quiere destacarse, por última vez. Ser memorable.

—La amistad con tu padre no fue conveniente pero tampoco perjudicial, y dejó a salvo algunos recuerdos. Tenemos que hablar de su desaparición. Yo puedo determinar lo legal y lo ilegal… —Su voz se ahoga en viejos discursos, vuelve a inspirar con su fuelle viejo para tirar otra línea con mejor anzuelo—, la indemnización es mucha plata. Y lo legítimo es que sos la hija. Ustedes dos tenían una relación muy estrecha.

Le llega un aliento estofado, como si por siglos este hombre no hubiera abierto la boca. Andrea se retrae contra el respaldo de la silla. Estrecha. Si por estrecha se entiende apretarme con mi padre en cuartos oscuros mientras le sudan las manos para mantenerme quieta…

—No sé por qué ahora reflotan a Blanco. Busco en la isla una calma que ni sé qué gusto tiene. Todavía no encuentro un plato, tampoco una almohada que no tenga manchas.

Andrea había estado en la casa de Tigre cuando era una nena. En alguna avanzada primavera con calores y mosquitos de verano, la casa del Delta fue el refugio para la familia. En realidad, para ella y su padre. Juana, su hermana menor, y su madre, habían continuado como siempre su rutina en la ciudad. Las actividades de su padre la llevaron a descubrir estrategias urgentes en cada cambio que hacía la familia. También en los subrepticios movimientos de noche o en el crepúsculo cuando llegaban personas a la casa de la isla con un bolso pequeño o nada de equipaje. Se escuchaban diálogos sin menciones para evitar el peligro de la memoria. Andrea recuerda el sonido seco al atrancar los postigos y la falta de espejos. Alguien habrá pasado verdaderas vacaciones, aunque sea un solo día de placer, en esa casa.

—Mi derecho natural es comunicártelo, Andrea. Era mi amigo. ¿Mi responsabilidad legal? Estoy designado para representarte ante el municipio. Sólo tenés que firmar un poder para que pueda entregarte la plata.

Tullio explica despacio. Quiere apaciguarla, separa las palabras como un catedrático:

—Hace sólo unas semanas, Tempe y su equipo encontraron casos olvidados en este Territorio Líquido, aún sin indemnizar. Lanzó un llamado desde su búnker isleño.

Andrea le detalla, aunque querría irse, que hacía muchos años que no se veía con su padre. Murió enfermo, o al menos eso le dijeron. Al llegar ella a Misiones su cuerpo enterrado yacía fuera de la vista y de toda comprobación posible. Cuando le preguntó a Mirta, la prima del papá, ella le habló de su gato, muerto por causa de la vieja yarará, y dijo que el felino tenía su tumba y también la yarará. Le mostró las tumbas. Esos dos montículos eran más prolijos, más desgranados que la tumba de su padre.

Tullio no quiere que Andrea lo distraiga. Aprieta los puños para retener sonidos y letras. Recurre a sus notas; algo queda.

—Esta nueva rueda de indemnizaciones es un signo de estos ausentes, tal como el humo es el signo del fuego. Vos y tu hermana figuran en la nómina.

—El humo es un halo oscuro —murmura ella, recordando el cenicero de Cinzano que vio en la mesa baja.

Tempe gobierna el Delta de Tigre, donde derrama el acuífero más grande de Sudamérica. Una nueva ley, única posible luego del debate nacional en el que se encimaron voces en un coro ruinoso, propició la división, fraccionando el país en miles de municipios. Esta reforma silenció finalmente el grito de protesta. Borradas las fronteras provinciales, quedó consagrada la total autonomía de cada uno. Pequeños países que se dan la espalda, dueños exclusivos de sus recursos naturales. Tigre era un territorio líquido. Otros municipios quedaron reducidos a sus llanuras chatas, o tierras empolvadas, algunos tuvieron una creatividad inesperada. Tempe, que había fracasado con el turismo, ahora vendía el agua, con la que se había enriquecido desmesuradamente. Pero al intendente le faltaba un público que lo aplaudiera. Por un período debió mantenerse oculto en su búnker, alejado de la prensa. Temía que le plantaran algún terrorista para justificar una invasión y sacarle su agua. Necesitaba endulzar su orgullo. Luego de sufrir su prominencia escondido, apareció como si hubiera salido de abajo de las piedras, delgado e imberbe, con el pelo ensortijado y voz aguda. Esperaba una idea que lo mostrara magnánimo e hiciera circular el dinero.

—Se encontraron trazas genéticas de Sergio Blanco. Aquí, en esta jurisdicción líquida.

—Si mi papá murió lejos, en el municipio de Puerto Iguazú, y la isla fue sólo un refugio ocasional… Tendrían que plegar el mapa para dibujar una cruz en el río Luján.


[Claudia Aboaf, El Rey del Agua, Buenos Aires, Alfaguara, 2016]

30 de abril de 2017

Escritores del mundo anfibio - Julián Varsavsky

El embarcadero de la vivienda que alquilaran Rodolfo Walsh y Lilia Ferreyra.
El embarcadero de la vivienda que alquilaran Rodolfo Walsh y Lilia Ferreyra.
(Imagen: Julián Varsavsky)









El río es memoria. Haroldo Conti
El Delta de Tigre es un territorio literario, dice Juan Bautista Duizeide en la casa isleña de Haroldo Conti, frente a los asistentes al taller anual de escritura a partir de la obra del gran autor, que comenzó el mes pasado. Estamos en la cocina de una casa de dos pisos hecha con madera de timbó y barro, donde Conti desarrolló mucha de su escritura incluyendo su obra maestra Sudeste, protagonizada por El Boga, ese existencialista silvestre habitante de este submundo que fluye. Tras los inspiradores ventanales no se ve el cielo sino una “muralla” verde y plantas caña de ámbar, con un colibrí en vuelo suspendido, libando sus flores blancas como un zafiro alado.
 
“Esta casa no solo es importante en la biografía de Conti sino también en la literatura argentina y en la historia misma de este territorio isleño, que si bien fue abordado antes en otras ficciones, aún no había tenido una presencia tan fuerte en la literatura como la que inauguró Conti”, fundamenta el periodista, escritor y navegante Duizeide al frente del taller.
 
Según el docente la primera marca literaria de no ficción en este territorio anfibio fueron los escritos de Sarmiento, un poco “el inventor” de estas islas para las cuales ideó un proyecto político fundacional y productivo, inspirado en sus viajes por el Delta del Mississippi. Esos textos publicados en el diario El Nacional –donde proponía la industria del mimbre– se recopilaron en el libro El Carapachay, como llamaba el presidente a la región en la que veía una “masa de verdura” habitada por los “carapachayos”. A pesar de su formación positivista, cuyas posturas racistas excluían la integración de aborígenes y gauchos a la sociedad, el sanjuanino no estuvo de acuerdo con el método de distribución de la tierra en latifundios después de la Campaña al Desierto. Propuso no repetir ese modelo en el Delta: pensaba en un sistema productivo basado en unidades pequeñas y medianas. Y llegó a plantear, contra toda lógica en su época, que “la tierra es para quien la trabaja”. De todas formas esos modestos agricultores debían provenir de la “civilizada” Europa.  El otro escritor íntimamente ligado a la región fue Rodolfo Walsh, quien escribió la famosa crónica Claroscuro del Delta. Cuenta Duizeide a los talleristas que en cierta ocasión Lilia Ferreyra le pidió a su compañero Rodolfo algo para leer y él le dio Sudeste, diciendo cariñosamente: “Este hijo de puta escribió la novela que a mí me hubiera gustado hacer”. Y en cierta entrevista, ante una consulta sobre su escritura, Walsh respondió: “Mi método de trabajo es el Delta”, a donde vino durante años a dos casas que alquiló.
Haroldo Conti y Rodolfo Walsh en sus exploraciones por el Delta.
EL DELTA DE WALSH “Un día de marzo en 1996 yo estaba descansando cuando vi desde la ventana a cuatro personas en una lancha debatiendo acerca de mi casa”, cuenta Daniel Arguello, actual dueño del refugio isleño que entre 1971 y 1976 alquilara la pareja Ferreyra-Walsh, en el 459 del río Carapachay. En esa lancha estaban Lilia Ferreyra y los periodistas Coco Blaustein y Luis Bruschtein.
Arguello, sorprendido, los invitó a desembarcar mientras los extraños discutían: “No Luis, yo creo que no es acá”. Entonces los invitó a pasar y ella dijo mirando el suelo ajedrezado: “¡Las veces que habré baldeado estas baldosas!”.
La recién llegada se presentó por su nombre agregando que era la compañera de Rodolfo Walsh y se hizo un emotivo silencio de catedral. “Lilia me contaría más adelante que, por mis bigotes y la experiencia de la casa de San Vicente tomada por un policía, tenía miedo de que yo fuera milico”, cuenta muerto de risa Arguello, quien también fue militante peronista. La conmoción fue grande porque Daniel y su esposa Mabel habían armado a retazos los avatares de esta casa –comprada en 1992– a partir del testimonio de los vecinos: “La llegada de estos desconocidos nos produjo una alegría inmensa, hacía tiempo esperábamos que, de alguna manera, alguien viniese en busca de esta historia incompleta”.
A El Edén, nombre actual de la casa, se ingresa por un muelle y una pérgola como un túnel vegetal de enredaderas y flores colgando hasta el suelo. La casa no es un museo -aunque las fotos de Ferreyra y Walsh en el interior crean cierto ambiente histórico- pero los anfitriones le cuentan la historia a quien pase por casualidad frente a su galería con cuatro columnas por donde trepan las plantas y anidan colibríes.
En el frente, una placa: “En esta isla Rodolfo Walsh practicó el peligroso oficio de escribir junto a su compañera Lilia Ferreyra”. Aquella pareja de militantes setentistas alquiló esta casita entonces sin luz, para descansar y sobre todo escribir los fines de semana.
Para hacernos conocer la historia de primera fuente, Arguello llama a su vecina Rosita. Nos sentamos en la cocina viendo a los colibríes entrar por una ventana y salir por la otra: “Se meten especialmente cuando pongo a Chopin”.
Rosa Rotblat es una señora octogenaria a quien le tocó vivir el allanamiento de esta casa. Según Rodolfo Walsh, Buenos Aires era ya “un territorio cercado” y emprendió su repliegue clandestino hacia San Vicente después del golpe de Estado: “Hay que seguir la ruta de las lagunas porque nos quitaron el Tigre. Necesito vivir cerca del agua.”
Después de abandonar esta casa a mediados de 1976, cierto día Lilia vino sigilosamente a retirar pertenencias y documentos, dejando abandonados una máquina de escribir y un “mapa del cielo” con las constelaciones que fascinaban a Walsh y que un sobreviviente dijo haber visto en la ESMA.
El 18 de septiembre de 1976 dos hombres amarraron una lancha en el muelle de Liberación, como se llamaba esta casa desde hacía mucho (Walsh y Ferreyra descubrieron el cartel con el nombre durante una poda y celebraron la coincidencia). Los recién llegados le pidieron permiso a Rosita para usar su parrilla ya que venían “desde muy lejos” y querían almorzar. Se los concedió y la invitaron a comer junto con sus hijitas; incluso sacaron una guitarra y se pusieron todos a cantar. Después pidieron con suma amabilidad que sus hijas les mostraran la isla, aprovechando la oportunidad para hacer inteligencia: la casa de Walsh, claramente, estaba vacía.
Esa misma noche Rosita oyó ruidos y descubrió hombres con pasamontaña y ametralladora desembarcando frente a su casa. Uno de ellos le advirtió por la mirilla de la puerta: “Váyase a la cama con las chicas y, pase lo que pase, olvídese de todo”.
Avanzaron en dos columnas que rompieron a culatazos la puerta de Liberación y también la de la casa de al lado, donde hasta unos meses antes iba Piri Lugones –nieta de Leopoldo Lugones– desaparecida en 1977. El objetivo era saquear y obtener información: destrozaron todo llevándose objetos de valor como la máquina de escribir. Y secuestraron a un vecino, el profesor Gutiérrez con su esposa, liberados dos días después.
En el fondo de la casa de los Arguello hay un gran jardín protegido por una muralla rectangular de árboles, entre ellos dos liquidámbares plantados por los dueños de casa y que tienen un nombre cada uno indicado con un cartelito: Lilia Ferreyra y Rodolfo Walsh. En la fachada de su casa Mabel escribió con marcador la última frase que le dijo Lilia a Rodolfo al despedirse por última vez en la casa de San Vicente, cuando iba hacia la cita fatal: “No te olvides de regar las lechugas”.
La casa de Haroldo Conti está sumergida entre la vegetación, lejos de la costa.
(Imagen: Julián Varsavsky)
LA CASA DE CONTI Al refugio verde del autor de Sudeste se llega con la lancha colectiva y luego de una larga caminata bordeando la isla encerrada por el arroyo Gambado, el río Sarmiento y el canal Buenos Aires: aparece al fondo de un claro en la espesura vegetal que invade esta casa muy isleña sostenida sobre pilotes.
Nos recibe María del Carmen Bruzzone, encargada del museo, quien sabe la historia del lugar como nadie, ya que se crió y vive en la casa de al lado construida por su abuelo: “A Haroldo lo conocí de chiquita; era amigo de mi padre con quien se pasaba horas hablando sobre la vida en las islas y de ahí sacaba cositas que imprimía en los libros…   pero él tenía más amigos por la zona del arroyo Anguila y otros lugares, y todos están en los libros; mi padre –el Nene Bruzzone– está en el cuento Los Caminos, y también Don Noy, quien tenía dos perros, Quién sabe y Como nunca”.  
Recorremos la cocina de la planta baja donde está la mesa de madera rústica que los días de creciente llevaban al piso superior, la misma que se usa ahora para el taller de escritura. Allí siguen estando la cocina “económica”, el anafe de dos hornallas, una heladera a kerosén, ollas, una caja de galletitas Bagley, tacitas de café y una guadaña para cortar el pasto, como en una cápsula del tiempo de los ’70. No se trata de objetos recolectados sino la casa tal cual quedó luego del secuestro del gran escritor, ya que durante años la familia no volvió y la vegetación se comió la propiedad adquirida en los ’50.
En el primer piso hay un living con hogar a leña adornado con acuarelas de veleros y barcos, boyas y timones, creando un ambiente muy ligado al agua. En un cuarto hay dos camas y también se mantiene la decoración original: una virgencita de Luján (Conti fue seminarista), una foto del Che, una postal que alguien le envió desde Moscú con la foto de una estatua de Lenin, y un volante del PRT titulado “La crisis tiene salida, el futuro nos espera”. Y perdura una pequeña biblioteca: La sangre de la libertad (Albert Camus), Una historia hindú (Tagore), Hombre y superhombre (Bernard Shaw), La tierra azul (Bernardo Verbitsky) y un ejemplar de la revista El Combatiente. Una escalera de madera conduce al altillo donde dormían los niños.
–Acá venían muchos escritores, me acuerdo de Galeano y Walsh; con este último eran muy unidos, iban a pescar, remar y andar en barco… ¡si lo habré escuchado teclear a Conti por las noches! Cuando escribía, su mujer y los hijos tenían que venir a mi casa y jugábamos… muchas veces él venía nadando hasta acá por un kilómetro desde la Prefectura y se volvía con el botecito a buscar a la familia –cuenta la señora Bruzzone.
Bajamos a la cocina-comedor de la casa porque el taller literario está arrancando y Juan Bautista Duizeide hace una introducción a la obra de Conti: “El autor terminó de constituirse como tal en esta casa y en este territorio. Me parece que el Delta, además de ser un territorio que lo sedujo y al cual abordó como una suerte de etnógrafo, estuvo en los cimientos de su obra madura. Y creo que siempre hubo una gran afinidad entre Conti y la forma poética japonesa del haiku, con su capacidad para hacernos sentir ambientes naturales a partir del detalle significativo. El río salta a la cara de quien abre la novela Sudeste. Su primer párrafo –en el que se retuerce y se alarga la frase como el mismo arroyo Anguilas descripto, hasta desembocar en otra frase, el río abierto– me parece uno de los inicios de novela más memorables. Conti era capaz de infinitos matices relacionados con el agua, los vientos, los cielos y el paso de las estaciones, con sus colores, sus rumores, sus aromas. Pero no se limitó a ser un paisajista. Su río no es naturaleza, sino territorio. Con sus hombres desasidos y a la orilla de todo, con sus barcos, con sus naufragios. Su río es de historias, es poesía, es metáfora: cifra la conjunción del desarraigo existencial con los avatares políticos”.
La Casa Museo Sarmiento, resguardada para la historia en su caja de cristal.
(Imagen: Colectivo Modo B – Fetival Latinoamericano de Cine 2015)
MORADA SARMIENTINA En 1855 Sarmiento hizo su viaje iniciático de “exploración y descubierta” por las islas de Tigre, en un barco impulsado por doce remeros y dirigido por el Coronel Bartolomé Mitre. En diversas incursiones se dedicó a recorrer las islas machete en mano sobre un pony zaino, mientras veía yaguaretés cruzando a nado el Paraná de las Palmas y recogía historias de algún poblador acorralado por ellos en su rancho. Rápidamente desbordó de entusiasmo por la región y adquirió una isla en la zona del río Abra Nueva.
Su brega civilizatoria lo llevó a hacer experimentos agrícolas con una mula y un arado pero concluyó que no era posible labrar la tierra de esa forma en un suelo tan esponjoso, sino con la mano del hombre: “La forma de las islas es lo más caprichosa e indescriptible; no pueden someterse a ningún género de mensura porque la superficie es una ilusión; no es tierra todo lo que parece, ni puede saberse de antemano la que existe útil, sino después de haber invertido un capital”. Su conclusión fue que en el Delta ”el trabajo del hombre vale diez veces más que en tierra”.
Sin embargo hizo extender el tren hasta Tigre y después de su campaña mediática llegaron cantidad de pobladores, con un entusiasmo al estilo de la fiebre del oro en California. A la larga terminaría desarrollándose una industria frutera a mediana escala, no tan lucrativa como creía Sarmiento: para muchos la incursión isleña fue una decepción.
La casa de madera de timbó de Sarmiento perdura hasta hoy, restaurada en 1996 y protegida por un gran cubo de cristal, una discutida técnica conservacionista que produce un efecto invernadero. Como senador y presidente, pasaba largas temporadas aquí dedicado a reposar y escribir, recibiendo también a su amante Aurelia Vélez Sarsfield y a toda clase de visitas internacionales, a quienes mostraba orgulloso el potencial económico de la zona.
Susana Bruzzone, la hermana de María del Carmen, nos recibe en la Casa Museo Sarmiento y nos completa la historia mientras recorremos los cuartos con la cama y un escritorio del prócer. En 1893 la isla fue vendida a la familia Delcasse, que en 1915 donó la casa a Sociedad Protectora de Niños, Pájaros y Plantas. De aquel tiempo queda una placa que reza: “Los niños son el porvenir de la patria, edúquemoslos; los pájaros son auxiliares de la agricultura, protejámoslos; las plantas dan salud, placer y riqueza, cultivémoslas. Los niños, los pájaros y las plantas son la delicia del hogar, amémoslos”.
En tanto “adelantado” del racionalismo positivista de su tiempo, Sarmiento publicó un texto titulado Arquitectura y paisajes isleños donde proponía para esta región no una casa de piedra ni ladrillo sino de madera aserrada. En lugar de columnas corintias prefería el diseño hogareño al estilo norteamericano. Y por supuesto, predicó con el ejemplo a través de su chalet de planta en forma de cruz griega, punta de lanza para su sueño de progreso en el que imaginaba un Delta lucrativo como el del Nilo, con el agregado de una suerte de Venecia americana floreciendo entre una barroca vegetación.

FUENTE_ Página 12 - suplemento de turismo - 30 de abril de 2017