9 de mayo de 2017

Diego Oxley - La fuga





Apresuradamente salta de la canoa robada y se interna en la arboleda de la
isla. La lancha de la Prefectura, cargada con gendarmes del destacamento de
fronteras, acaba de aparecer en un recodo del río y no es cuestión de perder
tiempo. Sabe que no tardarán los perseguidores en descubrir la embarcación
y en encontrar su rastro, pero dentro de la maleza será otra cosa; ahí podrá,
por lo menos, vender cara su libertad y su vida. Además, seis o siete hombres
no podrán rodearlo y no cree que se arriesguen a seguirlo, porque saben que
está armado y dispuesto a no entregarse. Zacarías Troncoso no se ha entregado
nunca a esos perros y es hombre de no aflojar mientras le quede un resuello.
Cae el sol detrás de la fronda de la costa opuesta y se ha encendido el cielo
en una exaltación de rojos que se reflejan en las aguas quietas, para irisar el aire
transparente de pureza.
Sigue avanzando apresuradamente, zigzagueando por entre los árboles, sin
descubrir la orientación de sus pasos. Luego da un rodeo y vuelve a tomar rumbo
caminando ahora con precaución para que no sea tan perceptible el rastro.
De pronto se enfrenta con un cañaveral, que penetra sin vacilar, llevando un
brazo cruzado ante sus ojos para defender la cara. No se cuida del ruido que
producen sus pasos, porque sabe que no podrán oírlo sus perseguidores que
aún no han alcanzado la costa. Cuando se detiene, percibe claramente las explosiones
del motor de la lancha y las voces confusas de los hombres.
Desde el suelo blando se levanta un vaho pesado y húmedo con penetrante
olor a moho.
Ahora camina sin apresuramiento porque ya no hay motivos para ganar distancias
a costa de su fatiga y porque quiere reservar sus energías para poder
hacerle frente a cualquier eventualidad. Ahí, o mil metros más adentro, es la
misma cosa. Sigue pensando que no se atreverán a entrar en la maleza detrás
de su rastro, pero si se animaran ya se encargará de hacerlos desistir.
Se detiene y examina el winchester. Se palpa el cinto lleno de balas y el 44
que descansa dentro de la cartuchera. Eso, junto con su instinto salvaje y con su
audacia, son elementos suficientes para hacerle frente a cinco o seis «milicos»
y obligarlos a abandonar su propósito de capturarlo.
¡Cuántas veces se había visto en situación parecida, sin que lo arredrara el
peligro! ¡Cuántas veces había soslayado a la muerte haciendo uso de su serenidad
y de su confianza!
Ahora llega con más nitidez el ruido que produce el escape del motor. Sin
duda se están aproximando al lugar en que dejó la canoa y es necesario estar
atento para entender la maniobra del enemigo y disponer la defensa. Aguza el
oído mientras se abre paso dificultosamente a través del cañaveral enconado.
Respira con esfuerzo en esta atmósfera asfixiante.
Por el ruido que se aleja comprende que no se han atrevido a desembarcar
para seguir sus pasos. Eso le da la seguridad de que saben con quién tienen que
vérselas, que conocen su decisión y su arrojo.
Está oscureciendo en la espesura. Un silencio de soledad infinita lo rodea
como si quisiera oprimirlo. Solo se oye, de vez en cuando, el batir de alas de
algún pájaro que busca su dormidero y el ruido seco que producen las cañas al
rozar sus hojas ásperas.
De pronto se detiene el motor y la quietud se extiende abarcando el río. Zacarías
Troncoso hace alto y luego se sienta en el suelo húmedo; saca un cigarrillo
y lo enciende.
—Han desembarcado lejos, pero no conviene moverse porque pueden rumbiar.
Las sombras de la noche van acentuando gradualmente la oscuridad que se
cierra sobre la isla. En el cielo aparecen apenas insinuadas las estrellas, para
dar más profundidad a su transparente pureza.
Durante un largo rato todo parece dormido. Quietud y silencio prolongados
en las sombras estremecidas de misterio.
El hombre continúa fumando y con el oído alerta. De a ratos se ilumina su
rostro con el fuego del cigarrillo. El gesto hosco y la mirada dura se acentúan
con el reflejo rojizo y se destacan los rasgos que parecen marcados con tajos
profundos. Los minutos pasan lentamente como si se arrastraran en la noche.
De pronto, otra vez las explosiones del motor llegan con su tableteo monótono.
Sin esfuerzo advierte que se acercan otra vez, enfrentan el lugar en que él
está, y se alejan por donde vinieron. Lógicamente hay que admitir que han dejado
algunos hombres apostados en lugares estratégicos y que se vuelven para
buscar más gente. Tal vez piensan rodear la isla y estrechar el círculo cuando
se haga día.
—Y güeno. Si quieren baile, no les viá mesquinar.
Se tira de espalda sobre la tierra mojada y permanece sin pensar durante un
momento. Luego sacude la cabeza y se incorpora hasta quedar apoyado sobre
un codo. Piensa ahora que es necesario sacar toda la ventaja que sea posible,
sin arriesgar mucho.
Está sereno Zacarías Troncoso. No lo conmueve el peligro que amenaza su
vida. Al fin y al cabo, este hecho es una cosa corriente. Andar ocultándose en las
malezas como las fieras, vivir en sobresalto aguzando los sentidos, desplegar
todo su ingenio y su audacia configuran su diario andar en la lucha por la subsistencia.
Es claro que ahora se han puesto sobre su rastro estos «perros» de la
gendarmería provincial «que saben ser corsarios», pero él confía en su instinto
montaraz y en el conocimiento que tiene de las islas y de los caprichos del río.
Se pone de pie y distiende los músculos elásticos. En seguida vuelve a moverse
para avanzar silenciosamente en medio de la oscuridad impenetrable del
cañaveral, orientándose con seguridad. De a ratos levanta la cabeza y mira las
estrellas que ahora se destacan con nitidez en el fondo azul del cielo. Apenas un
leve rumor va produciendo su paso cauteloso.
Luego de un rato sale a un limpio y se detiene para escuchar, mientras su
mirada de lince escruta las sombras minuciosamente. Intenso silencio pesa sobre
la isla.
Vuelve a caminar sorteando matas de paja brava. Lleva el winchester debajo
del brazo derecho y el oído atento. Una tensa expectativa lo mantiene encogido
y con los músculos listos para el movimiento imprevisto.
Avanza con seguridad en las sombras, sin descuidar las precauciones. Sus
ojos se achican y se mueven incesantemente, como si su mirada quisiera meterse
en todos los rincones para descubrir cualquier emboscada.
Ahora se enfrenta con un sauzal cerrado y vuelve a detenerse.
—Estoy a cien pasos de la costa —murmura, mientras se agacha hasta apoyar
la rodilla en la tierra.
Concentra toda su atención para estudiar las posibilidades que puede aprovechar.
Mide serenamente los riesgos, examina las circunstancias y sus eventuales
consecuencias. En su imaginación excitada desfilan vertiginosamente
todas las derivaciones lógicas con sus pequeños detalles.
—No hay güelta; si me cercan tendré que morir o entregarme por hambre.
Esta es la única salida… Y cuanto antes, mejor.
Deja el arma en el suelo, se anuda la blusa en la cintura y se arremanga la
bombacha hasta lo alto de los muslos.
—Vi’andar medio pesadón, pero la corriente me v’a sacar.
Recoge el winchester y se pone de pie. Camina lentamente costeando el sauzal
y luego lo penetra avanzando en cuatro pies, sin hacer el más leve ruido.
Todo duerme a su alrededor con la profundidad de la muerte; solo las estrellas
parpadean de aburrimiento en lo alto de la comba oscura del cielo.
Ahora que va a salir a la costa tiene que extremar las precauciones. Pueden
estar distribuidos los hombres y en acecho detrás de algún mogote.
Se tira boca abajo y respira profundamente durante unos minutos. Luego se
arrastra con movimientos pausados como un reptil herido, hasta que llega a la
barranca y se detiene agitado.
Ante sus ojos penetrantes está el río quieto que se extiende y se pierde en las
sombras. El cielo profundo abre un paréntesis de serenidad en la noche, madre
de esa calma adosada al infinito.
Zacarías Troncoso afloja los músculos para descansar ampliamente, apoyando
la cabeza sobre un brazo. Su respiración se normaliza lentamente.
Sigue pasando el tiempo con uniformidad imperturbable, como si marchara
cauteloso para no interrumpir el letargo de esta naturaleza pujante y bravía,
dominadora y huraña.
El hombre permanece tranquilo como si no pesara el peligro sobre su ánimo.
Esta es su vida de contrabandista, de delincuente, de rebelde, y está en su camino.
Sin este excitante, sin esta lucha de fiera acorralada, no sabría cómo pasar
los días, no podría quemar esas energías salvajes que lo ahogan. —¡Perros! Yo
les viá enseñar…
Se desliza por la pendiente que lleva al río. Con la correa sujeta el winchester
atravesándolo en la espalda y entra decidido en el agua arrastrándose. Luego
nada suavemente para ganar el centro de la corriente, casi enteramente sumergido.
El frío se pone en contacto con su piel para hacerlo estremecer.
Apenas perturba la quietud ensimismada del río con sus movimientos medidos
y suaves, pero avanza con seguridad hacia su destino. Pronto pierde de vista
la franja oscura de la isla y solo lo rodean la oscuridad y el cielo engalanado de
estrellas. Se hace más inquietante su aislamiento, más intenso su desamparo.
Su cabeza es un punto negro que resbala en la superficie pulida y apretada en
sombras.
Quiere distraerse Zacarías Troncoso. Sabe que tendrá que nadar mucho para
ganar la otra costa y que además de su empeño, tendrá que poner todas sus
fuerzas en la lucha. El río es implacable con los que aflojan; desdeña a los débiles
y los aplasta como a cosa despreciable.
Siente frío. Imprime más vigor a sus movimientos para evitar sus efectos.
Además, tiene que impedir que la corriente lo arrastre demasiado.
Quiere imaginar el propósito de los enemigos, pero se distrae porque la correa
que sujeta el winchester a su espalda lo está molestando en el hombro. Se
encoge para acomodarla mejor.
Sigue nadando a pesar del peso de la ropa y de las armas. Sus brazos y sus
piernas se mueven con regularidad debajo del agua, sin producir el menor ruido.
Sabe que el río y la noche llevan lejos los ruidos y no quiere aventurarse a
sufrir un contratiempo.
El frío del agua le produce ahora una impresión molesta, como si estuviera
por acalambrarse, como si se le endurecieran los músculos y perdieran la soltura
habitual. Alarga más los movimientos y los afirma repechando un poco más
la fuerza del agua.
—Si pudiera pitar…
Otra vez siente la correa metida en las carnes del hombro. Por detrás del
cuerpo levanta el arma para apoyarla en la espalda. Cuando descuida su accionar,
se sumerge enteramente para resurgir en seguida chorreando agua.
—¡Pesao el fierrerío! —exclama, con voz entrecortada.
Regulariza otra vez las brazadas y sigue avanzando en medio de las sombras,
un poco acezante ahora. Siente el empuje de la corriente con firme persistencia
y el rebullir de los remansos empeñados en dificultar su propósito.
Inútilmente tiende su mirada hacia adelante buscando algún punto de referencia.
A pocos metros se cierra su horizonte definitivamente y sin esperanzas.
Otra vez intenta distraerse para desvincular el pensamiento del esfuerzo
físico. Piensa en sus correrías, trae desde lejos hechos aislados e indiferentes,
recuerda hazañas, pero no consigue abstraerse. Hay un dolor muscular en los
brazos y en las piernas, un adormecimiento de sus energías, que ya no puede
atribuir solamente al frío.
Le resulta imposible calcular el tiempo que lleva nadando y como consecuencia
de ello, no puede establecer el lugar donde se encuentra. ¿Le falta una
hora de lucha? ¿Le falta más? ¿Resistirá hasta alcanzar la costa?
El dolor del hombro se ha hecho agudo y le produce la sensación de que la
correa ha cortado la carne entrando en la sangre El frío le aprieta los huesos.
Sigue moviéndose rítmicamente. Ni el dolor ni el frío conseguirán doblegarlo
porque su cuerpo y su voluntad están hechos a rigor de golpes, porque él mismo
está acostumbrado a llevarse por delante todos los obstáculos para vencerlos.
Al levantar el winchester que se ha corrido, vuelve a sumergir la cabeza en el
agua y cuando sale respira dificultosamente, con la boca abierta.
—M’estoy queriendo cansar —dice—. Pesa esta carga y el frío m’está maniando.
Reuniendo todas sus fuerzas consigue equilibrar los movimientos para seguir
avanzando en el camino de su salvación.
Pasa el tiempo sin que le sea posible medirlo. Una desorientación inusitada
lo perturba, pero su voluntad no ceja en su empeño de mantenerlo firme en la
lucha. Sin embargo, se agudiza el dolor de sus músculos y sus movimientos se
van haciendo cada vez más torpes y menos efectivos.
Si pudiera ver la costa, le resultaría fácil calcular las posibilidades de conservar
sus armas y sus ropas que ahora le pesan extraordinariamente. ¡Son tan
indispensables en su situación! Pero ya no puede haber dudas y si no se decide
habrá terminado su carrera azarosa.
Desprende con una mano la correa que sujeta el winchester, luego la hebilla
del cinto y deja deslizar las armas al fondo del río. Se sumerge y se ahoga con
una bocanada de agua que lo hace toser convulsivamente. La respiración se
hace anhelante y señala una agitación extrema.
Se mueve con más soltura ahora, aunque el dolor paralizante del hombro
persiste y el cansancio se acentúa.
Avanza lentamente hacia las sombras, mientras sus energías decaen y una
incertidumbre punzante va minando su voluntad.
—Más vale entregarse al río que a los hombres —piensa.
Al cabo de un rato siente que le pesan las piernas como si fueran de plomo
y a pesar de su intento no consigue mantenerlas en posición horizontal. Entonces
sus brazos se proyectan hacia adelante buscando un quimérico asidero que
lo salve del fracaso y sus movimientos se hacen desacompasados y torpes. Se
hunde de pronto y pierde un instante la noción de la realidad…
Cuando se recupera, sus pies se apoyan en el lecho fangoso del río. Camina
tambaleante manoteando para no caer y consigue salir a la orilla. Ahí se afloja
su cuerpo y se desploma pesadamente, oprimido el pecho de extenuación…
Y de nuevo queda Zacarías Troncoso frente al interrogante de su destino.
Mañana, cuando haya recuperado las fuerzas, volverá a la lucha con el mismo
ahínco, de cara a la vida. Siempre hosco, siempre rebelde, siempre dentro de la
órbita fijada por su instinto de fiera. Hasta que lo mate la policía, o un accidente,
o los años…

[Fuente: Diego Oxley, Las aguas turbias, Proyecto Territorio, Biblioteca Digital, Espacio Santafesino Ediciones, 2015]

8 de mayo de 2017

Fedra Spinelli - Delta (fragmentos)

Fedra Spinelli, nació en Buenos Aires, Argentina, en noviembre de 1970. Es poeta y periodista. Exploró también por la antropología, brevemente por artes combinadas. Hizo teatro, performances, danza y fotografía. En poesía tiene publicado «Vietnam» (edición artesanal) «Digo bosque y otros poemas» (ediciones del Dock)
su blog es cotidianapoesia.blogspot.com
 
 
 
 (fragmentos de Delta)

Adentro

El cuerpo ese pedacito de tierra, alrededor. Emoción, río que fluye, calma a primera vista.
Una soga en el fondo que se lleva los objetos, personas, embarcaciones, fuerza agazapada bajo la calma, hambre escondida en la profundidad del cauce.
Busca algo en la profundidad. Algo que la corriente no puede arrastrar.
El cuerpo es atisbo de raíz, parentesco con el árbol.
Algo escondido en los pliegues de los años, del zumbido en los oídos.
Algo añejo, ancestral, del origen en el fondo de la lengua, donde nadie puede ver lo silencioso marcando el pulso de la respiración, las enzimas trabajando, la savia distribuyendo vida.
La isla abre un pliego y muestra la supervivencia.
La pregunta sobre el amor llevó a la pregunta sobre el ser.
En un tren hay cientos de personas. Nos iguala la situación de viajantes, solo eso.
Irme para irme, irme para encontrarme.
*

La mujer está exhausta, a pesar de su cansancio se levanta temprano y va a hacer las compras. No siempre es bueno empezar por el principio. La cronología nada nos dice.
Ella está sentada en el muelle, escucha el agua golpear la madera. Esta rodeada por dos perros. Cerca cuerpo perruno contra cuerpo de mujer, muy cerca. La sombra, de haberla, nos mostrará que son uno. En el tiempo que dure la estadía del río serán unidad. Mujer y perro, cuerpo y sombra.


*
"Tiempo atrás, en un tiempo ya olvidado, ella había imaginado África. Lo salvaje en lo cotidiano. El olor a África en las papilas. Ir de polizona, de fotógrafa, como quien espía la vida exuberante. De alguna manera, aunque sea como ladrona, ser parte, tomar instantes, colores, huellas."



"La corriente arrastra objetos, los manipula, los moldea, los transporta, los pasea. Ella decide esos destinos de cementerio para hojas, ramas, botellas, restos de casa o embarcaciones, cosas que la gente abandona.

Ella pensó que hay dos tipos de objetos, los que flotan y los que se hunden. Mientras ve el agua discurrir, crecer, subir la costa y avanzar a tierra. Masa duplicada (aumentada) de agua por la lluvia. Mientras observa el brillo sinuoso de esa danza que hace el río. Intenta hacer una lista de lo que queda en la superficie, lo liviano; y lo que se sumerge, lo que pesa. Trata de descubrir si lo que flota está vivo y lo que se hunde muerto. Pero no puede, no le sirve ese pensamiento. Le preocupa no poder saber qué tipo de cosa es ella. Si se va a ir al fondo o va a rodar a la deriva. Pero ve que el fondo también es una deriva, que si se hunde está viva, que el peso de algo se define en la corriente."

Fedra Spinelli







[fuente: https://edicioneslamariposaylaiguana.blogspot.com.ar/2013/12/presentacion-de-delta-de-fedra-spinelli.html]

Claudia Aboaf - El Rey del Agua - fragmento



Claudia Aboaf nació en Buenos Aires. Creció junto a su abuelo y maestro Ulyses Petit de Murat, quien la inició en la lectura y la escritura. Durante varios años se dedicó a la astrología y a distintos emprendimientos gastronómicos. Como escritora, ha publicado las novelas Medio grado de libertad (2003) y Pichonas (2014), y participó de la antología de cuentos Pura coincidencia, que reunió Fernando Sánchez Sorondo en 2005. Colabora con revistas digitales de España y Argentina. El Rey del Agua es su tercera novela.




1
Andrea espera en la antesala de la oficina del abogado, estudia la alfombra de lana turquesa de pared a pared y se pregunta qué clase de piso habrá debajo. La oprimen la falta de aire natural y la decoración. Las paredes están recubiertas con paneles cuadrados de madera lisa, intervenidos por conos de iluminación amarilla que revelan cómo se desgajan.
El impulso que la trajo hasta aquí alcanzó para abordar, desde el muelle de la isla, la lancha colectiva, y luego el tren en el continente. Descarga ahora el excedente nervioso moviendo una pierna; el rebote aminora bajo la luz artificial.

Teme haber llegado tarde o temprano.

Luego de encontrar la carta del abogado había esperado un lapso que casi completó su noche-día. Por un período, en tierra continental del municipio de Tigre y las islas próximas a la costa, la explotación turística de parques acuáticos y casinos abiertos sin pausa había alargado los días luminosos, empujados por la luz eléctrica excesiva. El nuevo gobernante había retomado una de las magníficas visiones de Sarmiento: el auge turístico del Delta. Traer a la gente para que gastara aquí su plata. Los satélites mostraban esta pequeña parcela encendida en el mundo, que competía con la ciudad de Las Vegas. Pero aquí se sumaba el oro brillante de la luz reflejada en el agua, formando la letra Delta con los ríos. Los transportes acuáticos y terrestres traían pasajeros a pasar la noche despiertos, se detenían en Punto Tigre para fotografiarse junto a la ciclópea cabeza, que en vez del Jaguar —pantera originaria de la zona— devino un Tigre. Las enormes pantallas cristal rearmaban sus pixeles con diferentes imágenes del gobernante: Tempe, el Rey del Agua. A la luz del neón y de las pantallas, el día continuo parecía incluso posponer la muerte. Pero al desoír la rotación de la Tierra inscripta en el cuerpo, los visitantes, trabajadores y vecinos no durmieron, o cada uno lo hizo en un momento cualquiera. Con el ritmo circadiano quebrado por el continuo lumínico artificial, se hizo difícil convenir encuentros y labores. Saborear en familia fue historia antigua. La noche no abrazaba el sueño ni el delito.

El eje de la Tierra era el péndulo de este reloj primitivo. Cuando el pulso de luz superó los umbrales, el jet lag que sufrió la gente se incrementó hasta replegar los pétalos de la flor circadiana. Y el reloj se detuvo. Se fragmentó el sueño y la vigilia, y planificar se volvió una habilidad incierta. Sin embargo, el exceso de demanda de energía hidroeléctrica quemó una de las grandes turbinas, y luego estalló otra causando grandes daños. Al resto las fueron apagando. Se va restaurando la oscuridad —están los que añoran la luz permanente— junto con los hábitos sedantes. La noche contenida se restablece a través de los resquicios de artefactos lumínicos en desuso.

Pero todavía la gente adora las pantallas, y un resplandor alcanza las islas. Esa mañana, Andrea, ante la probabilidad, a falta de concurrencia, de vagabundear en el continente, se había sumido en la indecisión horaria que aún persiste en estos días.

Pasa a una sala más amplia donde la invitan a sentarse en uno de los sofás de cuero verdadero; se enciman llenando el espacio, enormes y aristocráticos. La secretaria ocupa una silla arrinconada que combina con su escritorio, descansa las palmas sobre la tapa de vidrio. Andrea nota que ese mueble termina con las patas en punta, encapsuladas en bronce, y que las puntas pelaron la alfombra a su alrededor, dejando a la vista fibras sarnosas. La misma alfombra, el mismo escritorio, tal vez la misma secretaria. Intuye que este estudio atravesó incólume cantidades incontables de años. El olor que exuda la alfombra y el cuero es del tufo acumulado de la gente. Quiere sacar la cabeza afuera.
En el momento de su convulsiva llegada a la casa de la isla, Andrea había tropezado con un cúmulo grumoso de sobres amontonado al pie de la escalera. Luego los había ignorado. Nadie podría confirmar si estuvieron allí sólo un par de jornadas, o tal vez una o dos inundaciones. Los pisó, los desplazó con las botas de goma. Pero una lluvia sonora los lavó y un borde azul maya quedó a la vista. Ese color llamativo la detuvo con un pie en un escalón de madera y otro en el pasto blando. Finalmente, se sentó en la escalera para despegar los sobres de plástico fino. El pigmento antiguo que sedujo su retina había resistido intacto el agua y la luz corrosiva. Distinguió otros colores de empresas conocidas pero amarronados por la intemperie. Su nombre apareció en un recorte transparente; el azul era para ella. Dejó los de su padre —a quien nombraban los demás remitentes— donde estaban. Deseó que se los llevara la próxima crecida. Sacudió el sobre, quedó limpio de greda seca. Lo abrió cuidando la estampilla con las dos islas Malvinas como gemelos unidos por el dorso, abandonados en el mar frío. “Un asunto importante…”, “Indemnización…”. La carta concluía con la firma cursiva algo tembleque de quien se anunciaba como “un amigo de su padre”.

Aunque confirme ahora su apellido a la secretaria, siente que la remanencia de su padre, Sergio Blanco, es como el halo negro de un cigarrillo que ve estampado en un cenicero de Cinzano.

Aparta las publicaciones de tribunales y agradece encontrar una revista de turismo para distraerse del encierro. Una página colorida anuncia las rutas de navegación en la red. Advierten, con letras macizas, rojas, sobre el riesgo del turismo en la internet profunda y difunden en cambio la ruta de la moda y el diseño; se destaca que es ruta blindada, no hay peligro de despistarse entre los sin patria. También hay imágenes del desierto español. Muestran las últimas láminas de agua donde se amontonan cúmulos de aves rosadas. En un párrafo exaltan a Tempe, el Rey del Agua, que cumplió con otro augurio del antiguo Presidente, el loco Sarmiento, dando inicio a una exportación épica, en este caso de agua cruda. Deja la revista en su lugar, luego de admirar en la contratapa unas magníficas botas de hule tornasolado. Se venden en todos los talles. Botas de hule para los países donde todavía queda agua, y aquí hay en cantidad. España ya es un desierto, sólo se usan sandalias.

Sale a recibirla el Dr. Tullio. Un hombre viejo, alto, con un traje acerado y un nudo flor coronando la corbata, una versión ilustre de como lo había imaginado. Ansioso, la invita con la mirada. Le toma la mano, la retiene y, para desconcierto de Andrea, se la besa en el dorso. Pasan a la oficina. Se enfrenta al espejo que cubre la pared como en el baño de un aeropuerto. Adelante, un gran escritorio que semeja un elefante sentado sobre sus rodillas ancianas. En la casa de la isla no hay espejos, hace bastante que no se ve, y por un momento se sobresalta. La casa ciega no me dice nada.

El abogado sabe que su presencia intimida, cree que es él quien la asusta. Domina a Andrea con un brazo en la cintura, la empuja fuera del espejo, suave pero con firmeza, la guía para que se siente en la butaca. Andrea vigila el sobre azul que resiste ileso en la cartera.

Tullio ocupa su sillón en el despacho, junta las palmas como si rezara, rota sus pupilas hacia arriba y hace un esfuerzo por aspirar el énfasis que cree necesario.

—Querida Andrea, finalmente tengo la palabra. Te esperé varias jornadas. La única dirección registrada en el estudio es la del arroyo Rama Negra.

—Me tuve que ir de donde vivía, en Maschwitz. Y desemboqué en la casa de la isla. —Andrea recuerda los senderos en las orillas. El resplandor y un poco de luna mezclados. Puentes de palos quebradizos. Pájaros y perros. El río bajante había dejado a la vista enormes raíces sujetas a un lodo blando. Esa noche creyó que podía caerle un árbol encima. —No fue cuando llegué, ni al otro día, pero entre las cartas acumuladas encontré el sobre azul chillón del estudio.

En las esperas melancólicas, acompañado de su secretaria, que escatima sonidos y movimientos, Tullio creyó que no alcanzaría esta cita. Ha vivido en un insomnio hipnótico fuera de cualquier huso horario, pero con la aparición de Andrea, calcula, su biografía sumará líneas. Quiere destacarse, por última vez. Ser memorable.

—La amistad con tu padre no fue conveniente pero tampoco perjudicial, y dejó a salvo algunos recuerdos. Tenemos que hablar de su desaparición. Yo puedo determinar lo legal y lo ilegal… —Su voz se ahoga en viejos discursos, vuelve a inspirar con su fuelle viejo para tirar otra línea con mejor anzuelo—, la indemnización es mucha plata. Y lo legítimo es que sos la hija. Ustedes dos tenían una relación muy estrecha.

Le llega un aliento estofado, como si por siglos este hombre no hubiera abierto la boca. Andrea se retrae contra el respaldo de la silla. Estrecha. Si por estrecha se entiende apretarme con mi padre en cuartos oscuros mientras le sudan las manos para mantenerme quieta…

—No sé por qué ahora reflotan a Blanco. Busco en la isla una calma que ni sé qué gusto tiene. Todavía no encuentro un plato, tampoco una almohada que no tenga manchas.

Andrea había estado en la casa de Tigre cuando era una nena. En alguna avanzada primavera con calores y mosquitos de verano, la casa del Delta fue el refugio para la familia. En realidad, para ella y su padre. Juana, su hermana menor, y su madre, habían continuado como siempre su rutina en la ciudad. Las actividades de su padre la llevaron a descubrir estrategias urgentes en cada cambio que hacía la familia. También en los subrepticios movimientos de noche o en el crepúsculo cuando llegaban personas a la casa de la isla con un bolso pequeño o nada de equipaje. Se escuchaban diálogos sin menciones para evitar el peligro de la memoria. Andrea recuerda el sonido seco al atrancar los postigos y la falta de espejos. Alguien habrá pasado verdaderas vacaciones, aunque sea un solo día de placer, en esa casa.

—Mi derecho natural es comunicártelo, Andrea. Era mi amigo. ¿Mi responsabilidad legal? Estoy designado para representarte ante el municipio. Sólo tenés que firmar un poder para que pueda entregarte la plata.

Tullio explica despacio. Quiere apaciguarla, separa las palabras como un catedrático:

—Hace sólo unas semanas, Tempe y su equipo encontraron casos olvidados en este Territorio Líquido, aún sin indemnizar. Lanzó un llamado desde su búnker isleño.

Andrea le detalla, aunque querría irse, que hacía muchos años que no se veía con su padre. Murió enfermo, o al menos eso le dijeron. Al llegar ella a Misiones su cuerpo enterrado yacía fuera de la vista y de toda comprobación posible. Cuando le preguntó a Mirta, la prima del papá, ella le habló de su gato, muerto por causa de la vieja yarará, y dijo que el felino tenía su tumba y también la yarará. Le mostró las tumbas. Esos dos montículos eran más prolijos, más desgranados que la tumba de su padre.

Tullio no quiere que Andrea lo distraiga. Aprieta los puños para retener sonidos y letras. Recurre a sus notas; algo queda.

—Esta nueva rueda de indemnizaciones es un signo de estos ausentes, tal como el humo es el signo del fuego. Vos y tu hermana figuran en la nómina.

—El humo es un halo oscuro —murmura ella, recordando el cenicero de Cinzano que vio en la mesa baja.

Tempe gobierna el Delta de Tigre, donde derrama el acuífero más grande de Sudamérica. Una nueva ley, única posible luego del debate nacional en el que se encimaron voces en un coro ruinoso, propició la división, fraccionando el país en miles de municipios. Esta reforma silenció finalmente el grito de protesta. Borradas las fronteras provinciales, quedó consagrada la total autonomía de cada uno. Pequeños países que se dan la espalda, dueños exclusivos de sus recursos naturales. Tigre era un territorio líquido. Otros municipios quedaron reducidos a sus llanuras chatas, o tierras empolvadas, algunos tuvieron una creatividad inesperada. Tempe, que había fracasado con el turismo, ahora vendía el agua, con la que se había enriquecido desmesuradamente. Pero al intendente le faltaba un público que lo aplaudiera. Por un período debió mantenerse oculto en su búnker, alejado de la prensa. Temía que le plantaran algún terrorista para justificar una invasión y sacarle su agua. Necesitaba endulzar su orgullo. Luego de sufrir su prominencia escondido, apareció como si hubiera salido de abajo de las piedras, delgado e imberbe, con el pelo ensortijado y voz aguda. Esperaba una idea que lo mostrara magnánimo e hiciera circular el dinero.

—Se encontraron trazas genéticas de Sergio Blanco. Aquí, en esta jurisdicción líquida.

—Si mi papá murió lejos, en el municipio de Puerto Iguazú, y la isla fue sólo un refugio ocasional… Tendrían que plegar el mapa para dibujar una cruz en el río Luján.


[Claudia Aboaf, El Rey del Agua, Buenos Aires, Alfaguara, 2016]