25 de diciembre de 2015

Reseñas sobre Alicia Plante - Una mancha más (novela)



La boca del Tigre

En Una mancha más, Alicia Plante tejió una implacable trama de policial negro ambientado alrededor de un eje tan traumático como actual: la apropiación de bebés bajo la dictadura. Una revelación casual entre vecinos dispara la acción, y ya no para hasta ubicar unas muertes dudosas en el escenario del delta del Tigre, logrando unir a la trama una reflexión acerca de la identidad y la culpa. Además, acá se reproduce un texto escrito especialmente por Guillermo Saccomanno para la edición de la novela.




Una de las características del policial negro frente al modelo clásico es aquello que indica que los personajes participan activamente de la intriga, exponiendo su cuerpo al peligro, esto es, no como meros sujetos entregados al análisis y la observación. Esa es una, sí: la otra gran característica es que el detective en cuestión, quizás alguien no tan relacionado con la profesión como un tipo apenas interesado por un caso, quizá con ciertos aires de curioso, termina descubriendo no solamente al asesino o responsable de tal crimen sino develando la compleja red social en la cual el culpable se encuentra insertado y que de repente aparece frente a los ojos del protagonista como algo imposible de desarmar: la corrupción, la vileza del mundo es la principal responsable de los hechos, no tanto la mano que apretó el gatillo. Alicia Plante, en Una mancha más, pone a disposición de una complicada historia el mecanismo del policial negro casi con el mismo fin: no concentrarse exclusivamente en el hecho particular, enigma a resolver, como apuntar a una compleja trama superior, tanto más oscura, tanto más llena de implicados.
La historia se abre con un velatorio, el de Ramona, la esposa del gallego García Mejuto, vecino de toda la vida de Raúl Galván, un guionista de cine un poco desencantado de todo que se siente intimidado por los ojos de su vecino, que no dejan de observarlo. Para distraerse, Raúl decide cambiar un par de palabras con Daniel, el hijo adoptado del gallego, diez años menor que él, pero con un notable futuro: profesor de Física, el joven García Mejuto es uno de esos ejemplos de barrio que todos conocemos. A Raúl le toma apenas un poco de reflexión desenrollar el secreto que con tanto celo la familia mantuvo a lo largo del tiempo, atando apenas un par de cabos como los asados que el vecino realizaba casi todos los domingos de su infancia con un grupo de ruidosos militares, o el dato de que la fallecida Ramona era estéril: Daniel es hijo de desaparecidos. ¿Qué hacer con esa información apenas comenzada la novela?
Una mancha más. Alicia Plante Adriana Hidalgo 322 páginas
La historia se centra no tanto en el destino de Daniel, en su posibilidad de acceder a una información que le corresponde legítimamente o los conflictos que podrían desprenderse de esta situación, como en el de Raúl, y la opción que elige una vez reconocido este dato: chantajear al presunto padre, a ese molesto gallego de la cuadra de enfrente, y sacarle el dinero necesario para tener una vida un poco más holgada. A partir de este descubrimiento, de esta opción por sobre lo averiguado, comenzarán una serie de investigaciones policiales que se detendrán no sólo en el destino de Raúl, no sólo en el conflicto vital de Daniel, sino también en tres muertes aparentemente accidentales que irrumpen promediando la novela y que funcionarán como el disparador de toda una serie de investigaciones por parte de Julia, Gerardo y Leo, tres amigos metidos en el caso por un repentino interés que luego no podrán abandonar las averiguaciones, el planteo de posibles causas, la búsqueda de la verdad.
El mundo social de la novela de Plante (pese a proponer algunos héroes, esto es, personajes que ponen las opciones éticas por delante y que descartan cualquier instancia de beneficio personal, arriesgando sus vidas) está repleto de culpables: cada uno arrastra una culpa profunda con respecto al pasado, desde la apropiación de bebés hasta el silencio cómplice, quedando en el personaje de Raúl la figura que unifica todos estos conflictos: personaje gris, sin ser totalmente el centro de la historia, abre la posibilidad de que su mediocridad funcione como núcleo en donde pueda observarse con detalle no las opciones políticas del pasado sino lo que se hace con ese pasado en el presente. Ni totalmente malo, con algunas buenas intenciones, es la figura criminal por excelencia: el que se hunde por una pequeña ambición abrazada sin miramientos éticos.
Alicia Plante, quien ganó el Premio Azorín de Novela por Un aire de familia en 1990 y publicó El círculo imperfecto en 2003, presenta una novela policial que sigue a rajatabla los elementos del género con algún que otro giro sobre el final: el estilo, pese a que por momentos quiere rescatar ciertas expresiones específicas de algunos personajes, sea ya por su lugar de pertenencia o rol en la sociedad, es totalmente preciso en su transparencia, permitiendo una lectura ágil que coincide con las intenciones de la intriga, sin dejar de ofrecer por eso algunos juegos secretos, guiños para una lectura más atenta (desde el hecho de que las acciones tienen lugar en el Tigre hasta los vericuetos particulares de la palabra “identidad”.
Una mancha más es una novela que, con una prosa cuidada y nítida, muestra las continuidades de los hechos del pasado en el presente; pero, claro, no de cualquier pasado: retomar el problema de los hijos apropiados en clave de policial es encerrar un crimen dentro de otro crimen, y así sucesivamente: antes que colaborar en la creación de protagonistas elocuentes, lo que hay son personajes encerrados en una red que ellos mismos han creado, encontrando cada uno su particular justificación con respecto a la realización de un acto aberrante, declarándose para sus adentros inocentes de toda culpa.
Hagamos una paráfrasis, una de una frase harto conocida por cualquiera, una que le queda muy bien a cada uno de los retratados en el texto, una casi de policial negro: el camino al Infierno está pavimentado de buenas intenciones.

Fernando Bogado

Las cosas por las que se muere

Alicia Plante propone en Una mancha más un juego deductivo que, a poco de entrarle a su historia, deja de serlo. Porque la trama que despliega supera los límites de la novela policial clásica y, de pronto, cuando el lector menos se lo espera, se encuentra atrapado en una intriga donde los escenarios de lo cotidiano, los gestos de la rutina, todo aquello que parece reconocible a primera vista se vuelve enigma y entonces surge, con violencia subterránea, densa, la tragedia de los chicos apropiados por la última dictadura. Una mancha más opera, en superficie, como una reivindicación de la novela deductiva. Homenaje, si se quiere, al primer Walsh, el cultor de la intriga cerebral. Pero también, y en lo profundo, homenaje al Walsh posterior que, más acá, aplicó todo su aprendizaje de la policial deductiva en la investigación de la violencia política. Sin desatender este anclaje literario, Plante emplea con inteligencia los recursos de la narración de suspenso y los instrumenta en una lectura de lo social: la clase media, su hipocresía, el autoritarismo y, en un subrayado de la historia, el robo de bebés, el borramiento de una identidad.
Mientras empieza a indagar los entretelones de un doble crimen, Julia, la heroína de Plante, se pregunta: “¿De dónde venían entonces los valores, la ideología, las cosas por las que se muere, por las que se vive? Fuentes misteriosas que sin embargo estaban ahí, que ciertamente habían estado siempre. Los cromosomas quizás, vidas anteriores, antiguas deudas que al fin se pagan, alguien amado que alguna vez nos señaló con el dedo”. Buscando respuestas, Plante construye una novela oscura, densa, que respeta las reglas de la novela deductiva (pistas, sospechas, atar cabos, formular hipótesis, conjeturas, atención al detalle), todo ese arsenal de mecanismos con los que se resuelve un crimen. Pero ¿qué ocurre cuando ese crimen, por más que se pueda identificar un asesino, ha sido instrumentado y legitimado por la complicidad civil? Plante no hace bajada de línea. Pero sí formula preguntas que, mediante lo detectivesco, refieren una tragedia que compromete al lector.

Guillermo Saccomanno
[fuente: 
 http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-4358-2011-07-31.html]

19 de diciembre de 2015

Alicia Genovese: agua que enciende y quema

Dos nadadoras


María Inés Mato nadó las aguas
                        más frías del planeta;
cruzó el Beagle, el canal de la Mancha,
un estrecho impensable del mar Báltico.
Sin trofeos, ni estadios
sus travesías parecieron inventadas.
Bordeó el glaciar en paralelo,
en círculo la isla de Manhattan;
aguas que expulsan con su mezcla ácida,
raras aguas que entregan
su cauce de vértigo.
María Inés Mato eligió en lo abierto
mareas de montaña
y volcanes helados,
oleaje turbio del mundo sensible
cenizas, peces, barro.
¿Quién acepta una nadadora sin pie
o ese imposible desequilibrio?
Con una pierna menos y sin prótesis
entrenó como una disidente;
en el verso libre encontró ritmos,
palabras que sostuvieran el calor;
en la falta de gravedad del agua
se llenó de voces;
nadar es hablar con la respiración.
Al mar del sur le habló con la memoria
de las mujeres yámanas,
a bordo de sí, con la corriente
del cuerpo hizo canoa
para llevar el fuego a la otra orilla.
María Inés Mato unió el estrecho
que separa Malvinas. Brazada tras
brazada, de la guerra abre olvidos;
una huella de espuma, un puente blanco,
un rastro en el agua de los vencidos.
¿Quién acepta una nadadora sin pie
que explora las bajas temperaturas,
sin rayas marcadas ni andarivel,
en las olas de su propia ruptura?
Con aire, un mar en contra se horada.
Del agua helada dijo duele muchísimo
pero es una frontera,
un cruce, solo eso.
Sin traje de neoprene
se zambulló en los hielos antárticos,
la gorra de goma de los nadadores
emergió inédita entre los témpanos;
un video muestra el barco guía
y su continuo braceo
bajo el ancho vaivén de una gaviota.
Coordenadas desiertas
que borran cualquier marca.
Proezas hacia adentro
probadas con el pulso.
Si cada persona es su propio mapa,
el suyo traza líneas,
casi imaginarias.
María Inés Mato buscó aguas frías
mares renuentes a la aceptación,
nieve hendida del planeta  ¿o qué
callados, secretos límites cruzó?
                 ****** 


Una nadadora cruza las 103 millas
entre Cuba y Cayo Hueso,
sobre el atardecer encendido del mar Caribe;
desde un kajak alejan
a su alrededor los tiburones
con un aparato que emite ondas;
usa unas antiparras que permiten
la visión nocturna y a eso se limita
el despliegue tecnológico.
Cuando hunde la cabeza al nadar  sucede
lo que importa: el ser frente al obstáculo elegido
para probar que es.
Se llama Diana Nyad
y ya cruzó
desde Bahamas, batió récords.
Tiene 61 años y no se detiene
mas que para beber unos minutos
en el apuro de esa inmensidad.
Cuando nada parece no haber llorado nunca,
cuando nada parece que la melancolía no le hubiese roto
los deseos nunca.
Cuando nada la fuerza
no es solo atributo
de los dioses.
Pero la marea en contra la obliga a desvíos hirientes
mientras el agua brilla
como una autopista interminable en la lluvia,
como una hoja de filodendro agigantado por la lluvia
y el fracaso ahueca el aire
como un graznido.
Si abandona, la meta permanecerá, invisible
en la mañana después del cansancio,
en la noche anterior de la necesidad;
cuando crece la necesidad no hay sal, ni sed, ni sol
enceguecedor que melle
la voluntad de ir.
Pero ella nada ahora. Es dura, entrenó, bracea,
no se desgastó en lo inútil;
tiene 61 años y toda una vida de nadadora.
 
(del libro Aguas (Ediciones Del Dock, 2013)

 RESEÑA:
 
El último libro de Alicia Genovese abre un discurso poético sobre el elemento líquido primordial, que abraza un cuerpo a cuerpo con cada palabra escogida.


Alicia Genovese
Aguas
Ediciones del Dock

“Los nadadores de aguas abiertas/ hablan del agua, incansables...” Los dos primeros versos del nuevo libro de Alicia Genovese (Lomas de Zamora, 1953), organizado por pares de poemas secuenciados por haikus o aforismos o simplemente formas breves, dan el tono (abierto, enérgico, coloquial) de las series de textos que contiene. En ellos el agua, como ruta o como deriva, fija un recorrido cuerpo a cuerpo con la respiración y el aliento, ese motor oculto del poema, que reaparece regularmente, como la cabeza de un nadador de aguas abiertas. Heroínas de la natación como Diana Nyad o María Inés Matos, quien cruzó el canal de Beagle con el handicap de una pierna ortopédica (“¿Quién acepta una nadadora sin pie/ o ese imposible desequilibrio?”), célebres poetas nadadores (en el podio, Héctor Viel Temperley), alimañas marinas entrevistas en pesadillas televisadas, el cuerpo de una desaparecida encontrado en las playas de Santa Teresita, Tales de Mileto y la propia Genovese son algunas de las figuras que las aguas del libro rozan, salpican, entregan y envuelven.

“La presencia del agua no es algo nuevo en mi poesía –dice Genovese, con más de diez libros publicados–; aparece en ‘El borde es un río’, en ‘Puentes’, en ‘Los diarios del Delta’, de Química diurna, sólo que aquí lo hacen más francamente, como si yo misma hubiese encontrado mis aguas abiertas. Como voy al Delta seguido, el tema del agua siempre está ahí y aparecen poemas que hacen referencia a ella o que son el punto de partida de imágenes. La figura de María Inés Mato me llamaba mucho la atención, por el tipo de desafío corporal que implica y porque nunca se sabe bien con qué obstáculo tendrán que enfrentarse los nadadores de aguas abiertas. Me gusta ese modo de escribir donde parece que estoy contando un cuentito, tomo una escena o una breve narración, hasta que el poema empieza a girar y se desliza hacia otro lugar, hacia otro tipo de enunciado de realidad, otra dimensión menos esperable en una simple historia o una simple descripción, pero que está sujeto a ella.”

Si “nadar es hablar con la respiración”, escribir parece, en los poemas de Genovese, menos una cuestión de estilo libre aplicado al género que una disidencia sobre el ritmo y las palabras, una “conciencia constante del equilibrio” cuando el único punto de apoyo es el cuerpo en el “verano del río” o en las coordenadas inciertas del océano. “En diálogo con el agua tomo/ las mejores decisiones”; del desliz humorístico del verbo se infieren bocas blandas, surcos dejados por dioses y humanos, lagunas no imaginadas por Walden, el alcohol de la lluvia, lagos y ríos nacionales tapiados por latifundistas, zambullidas, incluso, en el curso intangible de la poesía: “Casi en el borde/ de su estética/ el poema concluye:/ la amenaza es un tiempo/ donde la muerte sucede./ En el bosque/ lo imprevisible,/ la belleza del desconcierto./ El poema desaparece”. Ensayista además de poeta, la autora describe en “Aguas” el desarrollo de un proceso que atraviesa lo general, el mundo de la historia y de la filosofía, lo abierto del lenguaje entendido como “agua del otro”, y alcanza la intimidad de “aguas que débiles/ pueden besar” y la orilla de lo propio, “como lluvia dulce sobre lo seco”.

Sobre la presencia de la historia en sus poemas, y de la historia argentina en función de las arremolinadas (cuando no oscuras) “aguas de la memoria”, Genovese puntualiza: “El poema dedicado a mi amiga Ana Bianco se refiere a la desaparición y al asesinato de su mamá, María Ponce de Bianco, que fue secuestrada junto con las monjas francesas y su cuerpo apareció en las costas de Santa Teresita. Hace relativamente poco fueron identificados los restos de María Ponce, me reencontré con Ana y de ahí el poema. Necesité hablar de eso, también para no permanecer en un locus amoenus, al modo de Garcilaso, en un lugar lírico puro e incólume. Hablar del agua trajo también esa realidad que nos costó tanto asimilar, una imagen de pesadilla y tan real sin embargo”.

(Daniel Gigena, Pagina 12, suplemento Las 12, 29 de agosto de 2014) 



El Delta poético: un refugio natural para la literatura

 



                                                                   Pablo Bernasconi

Oliverio Girondo y Norah Lange le imprimieron la bohemia de los años treinta, las fiestas, las reuniones literarias. Lugones, su sello de muerte: en 1938 ocupó una habitación en el recreo "El Tropezón" y se tomó un frasco de cianuro. Rubén Darío, Rafael Alberti, María Teresa León, Silvina Ocampo, Olga Orozco: todos pasaron por el Delta, les cantaron a esas aguas amarronadas y densas, a los sauces, a los camalotes que cierran los riachos.
Fue refugio -aunque también centro clandestino de detención- en años de la dictadura: Diana Bellessi, una de las voces poéticas que hoy más se identifican con el paisaje isleño, llegó por primera vez en 1976. El rinconcito en el arroyo Felipe donde se instaló fue, según cuenta en el documental El jardín secreto (2013) -dirigido por Diego Panich, Claudia Prado y Cristian Constantini-, un Edén recién descubierto en medio del infierno que se vivía.
Paraíso anfibio de sauces, ceibos, juncos que crecen como plaga; "masa de verdura", como dijo Sarmiento en 1875; "Paraná incomparable" para el uruguayo Marcos Sastre en su libro El Tempe Argentino (1858); "una tierra encantada cuya realidad apenas podíamos imaginar", según comerciantes ingleses del siglo XVIII: la historia poética de la zona comienza con los guaraníes y su tradición oral de verso y canto -"¿Algo tienes para comunicarnos colibrí?/ ¡Colibrí lanza relámpagos!"- donde se celebra al jaguar, al pájaro.
Los versos llegan en las versiones del etnógrafo paraguayo León Cadogán, quien en los años veinte supo ganarse la confianza de las comunidades de la zona. Y no se pierden: los versos de los poetas actuales recogen el legado. Porque con su vegetación cerrada y su infinidad de arroyos, el Delta sigue siendo el lugar ideal para aquellos que necesitan escaparse del ritmo de la gran ciudad para escribir.
Algunos, como Bellessi, Alberto Muñoz, Javier Cófreces o Alicia Genovese, tienen su casa en el Delta desde hace años y suelen pasar temporadas enteras ahí. Otros, como Nurit Kasztelan, fueron a pasar Año Nuevo y no pudieron dejar de volver. Empezaron a ir los fines de semana, a pasar una temporada o dos. Kasztelan compartía casa con algunos escritores. Se turnaban para escribir. "Hay toda una movida en el Delta -cuenta-. Gente que busca un tiempo distinto, que las cosas transcurran de otro modo y esto es propio de los poetas."
Ni monte ni selva, el "continente isleño". como lo llaman Cófreces y Muñoz, autores de ese tratado poético sobre la zona que es Tigre (Ediciones en Danza), parece materializar el costado poético del lenguaje, es decir, esa zona en la que se abandonan las certezas y las palabras exploran otros tonos y matices.
Inmutable y móvil
No hay orden que rija el Delta. Tampoco lugar donde apoyar el pie porque lo que hay, siempre, es barro resbaladizo y oscuro. El Delta es móvil, variable en su propia inmutabilidad. "Las dos orillas que propone el río muestran lo mismo -dicen Muñoz y Cófreces-. Sin embargo, ?lo mismo' es cambiante, en una renovación intolerable."
Basta con salir de la estación y subirse a la lancha colectiva para entrar en una lógica que nada tiene que ver con la de los barrios privados o las urbanizaciones cerradas que paradójicamente lo rodean. El Delta es exuberancia y precariedad. Los pies abandonan tierra firme y empiezan a moverse por un territorio que al mismo tiempo abraza y ahoga, donde los límites entre tierra y agua no son claros, donde una crecida puede darse en cuestión de horas dejando al viajero sin posibilidad de salir. La mirada se agudiza. El paisaje pide una atención especial en relación con lo pequeño, lo mínimo: el bichito que camina por la hoja, la gota de lluvia que cuelga del helecho.
Además de poeta, Marisa Negri es docente en la escuela secundaria de Paraná Miní. Administra el blog pájaro de mimbre, una antología sobre poesía isleña que empezó siendo un proyecto para el Fondo Nacional de las Artes. Ahí están desde los versos de Silvina Ocampo en su "Plegaria de una señora del Tigre" hasta una foto conmovedora: Haroldo Conti y Rodolfo Walsh de espaldas a la lente, de frente al río. Conti, particularmente, amaba la zona y eso es evidente en novelas como Sudeste, con impronta poética. Su casa a orillas del arroyo Gambado es hoy un museo. Desde 2010, Negri organiza junto a Alejandra Correa el ciclo "Poesía en la escuela". Si hay alguien que conoce y milita a favor de la movida poética del Delta, es ella. Cuenta que hay talleres, encuentros y un ciclo en su casa que se llama "Poesía en el muelle", en el que invita a "leer para los bagres".
A la hora de nombrar un poeta isleño la referencia es necesariamente Carlos Enrique Urquía, cuya obra reunida (sus cuatro libros sobre el Delta) acaba de publicar Ediciones en Danza bajo el nombre de La Islíada. Urquía vivió desde pequeño y hasta su muerte en 2003 en San Fernando. "Es de los pocos que hablan del Delta desde su permanencia en él -cuenta Negri-. Pero los poetas nativos de las islas, a excepción de los guaraníes, son mis alumnitos de la escuela. Todos los demás sólo somos viajeros fascinados o venidos a las islas."
Negri vive, junto a su compañero de toda la vida, en el "otro" Delta, cruzando el Paraná de las Palmas, lejos de las casas de fin de semana ("esas casas de juguete destinadas alweekend de la metropolí", como escribía Roberto Arlt en 1941), una zona donde, si se tiene suerte, se puede llegar a ver alguna cierva esconderse en el monte. "Mi relación con el Delta comienza en la primera infancia -cuenta-. El lugar en el que vivo se llama Nautilus, nombre que mi tío abuelo le puso en homenaje al stud de caballos de mi tatarabuelo, Domingo Torterolo. La primera casa, a la que yo venía de chica con mi abuelo y con mi papá, con la muerte de mi viejo fue abandonada y finalmente se la llevó el río de a poco."
Marisa regresó al Tigre y construyó la casa en la que vive con sus propias manos, tratando de modificar el entorno lo menos posible. "Vivir acá es abandonar el control y dejar que la naturaleza retome el mando. Al principio o si estás de visita puede resultar abrumador: todo el verde es igual; todos los pájaros, parecidos... pero con el tiempo eso empieza a cambiar, empezás a nombrar el mundo, a reconocer a los pájaros por su comportamiento, por su canto, por su plumaje."
El Delta es el agua pero también la posibilidad de la isla y, como tal, la utopía de fundar un mundo nuevo: "El terreno fue desmalezado -dice Genovese en el poema que abre la sección "Diario del Delta II" del libro Química diurna (Alción)- y la tierra apareció rugosa/ como la piel de un recién nacido". Basta pensar en Xul Solar, que vivió sus últimos diez años en Li Tao, una casa a orillas del río Luján. La muestra del Museo de Arte Tigre -se puede visitar hasta fin de año- muestra cómo Xul plasmó en la obra de esos años lo que sería la arquitectura de las islas, las fachadas de sus casas, la filosofía que inspiraría a sus habitantes: de qué modo imaginó ese lugar ideal como territorio real.
El Delta exige un esfuerzo físico: hay que hachar, quitar la maleza, hacer acopio de provisiones. En este sentido, es el espacio de la aventura. Ahí van Cófreces y Muñoz en una canoa a través del Paraná para poder hacer un libro que es a la vez poemario y catalógo de árboles. O Diana Bellessi, según la vemos en el documental, ocupándose del árbol caído después de la tormenta, buscando al isleño capaz de hacharlo. Ella misma dice, en un fragmento bellísimo del film, que encontró ahí, en la isla, en un rincón del monte, su propio continente africano, ese con el que soñaba de niña y que parecía siempre inalcanzable. Como en las Metamorfosis de Ovidio, la isla transforma: se puede ser al mismo tiempo serpiente, jaguar, araña que trepa y la misma hiedra aferrada al tronco. La isla, uno de los libros de Mercedes Araujo, refleja esto.
Al igual que el personaje de Defoe y también como el poeta, el isleño tiene el mundo ahí, al alcance de la mano, sólo hace falta ponerle nombre para que de verdad exista. Esto, por un lado, se relaciona con el afán del naturalista que etiqueta la fauna y la clasifica. Pero, por el otro, de lo que se trata es de armar un bestiario personal, de inaugurar un paraíso propio en el que lo referencial pierde peso. Construir una poética, como suele decirse.
"El Delta, en mi caso -explica Muñoz vía correo electrónico- es un hemisferio cerebral. Allí están las fijaciones, la pobreza, la infinitud, las ramas y los árboles posibles, el río, las canoas, los perros y el cielo o el espejo propio de los hongos. Eso a veces coincide con el paisaje y a veces no. Ahí están, en ese territorio, las ranas, los grillos y los musgos. Ahí, en ese tejido, en ese telar, se expresan historias de orilleros, historias oscuras y bellas. La isla aísla, repele, se come todo con sus fauces de tierra y raíces, pero ese animal es el que amamos."
 

11 de diciembre de 2015

3° Encuentro Regional de Artesanos

feria 1 La última edición de la feria anual se desarrolló en el Paseo de las Banderas de Tigre y contó con más de 200 puestos, que ofrecieron una amplia gama de productos autóctonos. Así, el Municipio sigue impulsando el desarrollo local a través de la calidad y el oficio de los vecinos. 
El Municipio de Tigre, a través de la Subsecretaría de Empleo y Producción, volvió a promover una nueva edición del Encuentro Regional de Artesanos. De esa manera, por tercera vez se realizó la propuesta de la Dirección de Promoción de la Economía Social y Microempresas, dependiente de dicha Subsecretaria, con el fin de apoyar y promover el trabajo artesanal e independiente de aquellos vecinos que encontraron de las ventas en las ferias, su medio de vida.

feria

El encuentro tuvo lugar en el Paseo de las Banderas del distrito el último lunes y martes; y se contaron con más de 200 puestos con diversos productos, como: tejidos, mimbres, cueros, muñequearía, juguetes artesanales, bijouterie, textil, vitrofusión, alfarería, carteras, artesanías en metales, alpaca, cerámica, materiales reciclables, cactus y bonsáis, etc.

Los expositores fueron tanto artesanos locales como emprendedores invitados los municipios vecinos: Malvinas Argentinas, San Miguel, San Fernando, San Martin, San Isidro, Tres de Febrero, Quilmes, entre otros.

Además, se realizaron diversos shows en vivo de bandas de rock y folklore; y se pudo disfrutar de un gran kermesse en el que pudo participar toda la familia.